CONVIVIR CON LA VIOLENCIA

Hoy voy a reflexionar sobre otra cara del confinamiento. Hemos visto a familias unidas, disfrutando de estar más tiempo juntas, organizándose el día con las tareas escolares, con actividades artísticas, lúdicas e incluso participando en las tareas de la casa y cocinando en familia. Cuando se les ha permitido salir a los niños, los hemos visto que la mayoría lo hacían con bicicletas, patinetes y diferentes juguetes. Pero pocas veces hemos tenido noticias de las dificultades de convivencia que puede haber entre padres e hijos. Casi no se ha hablado de niños, niñas e incluso adolescentes que tienen que convivir en un ambiente de violencia y maltrato. Por supuesto que no será fácil cohabitan en esas circunstancias en un espacio del que les es imposible salir. Yo me niego a que esta realidad resulte invisible a los ojos de la sociedad.

Por eso hoy quiero traerlo aquí, como una buena ocasión para sensibilizarnos ante este problema, que quizás porque no lo palpamos directamente no somos conscientes de su gravedad. Para ello voy a ayudarme de una entrevista con un médico forense a la que asistió M95

—Creo que te va a gustar. Se trata de venir conmigo a una cita que tengo cerca de aquí, con un médico forense. Le he pedido una entrevista sobre los abusos y mal tratos ejercidos en menores. ¿Qué te parece el programa?

—La verdad que soy contenta. Ya sabes que me gusta mucho conocer vuestro ambiente.

—Por eso no he dudado en invitarte, en cuanto te he visto vagando aburrida por esta alocada ciudad.

—Dime, ¿qué es un médico forense?le pregunté cuando subíamos en el ascensor.

—Es un médico que trabaja en los tribunales jurídicos, ayudando a los jueces con su criterio ante los casos penales.

Una vez ante el forense, Ana comenzó la entrevista activando su magnetofón. Por supuesto que yo también tenía conectado el mío:

—El tema que nos ocupa es siempre interesante pues, aunque los derechos del menor están ahí, ¿no le parece que debemos de sensibilizarnos con más información ante tan grave y real problema?

 —Pienso que sí. En mi opinión y con la experiencia de tantos años en este trabajo, puedo asegurarles que no son pocos los casos en los que la violencia sobre los niños llega a causarles lesiones indelebles físicas, e incluso psicológicas, y éstas son aún más difíciles de tratar.

 —¿Podría indicarnos los actos más significativos de violencia? 

—Son muchos. Algunos increíbles de imaginar. Pero por señalar algunos enumeraré la violación, abusos deshonestos, malos tratos y lesiones físicas, agresiones y acometimientos, acoso psíquico con amenazas e insultos… en fin, un sin número de tratos violentos. Hay una larga lista de la que quizás lo más penoso es la secuela psicológica que puede marcar a la víctima para toda su vida.

 —¿Hay muchas denuncias por estos delitos?

—Por desgracia no todas las que deberían ser. A pesar de que nuestra legislación les protege, existe una enorme desproporción entre los casos reales de daño a menores y aquellos que llegan a los tribunales.

—¿Qué pasa cuando son dañados de gravedad?

—Normalmente a nosotros suelen llegarnos los casos peores. Cuando las agresiones son leves, se pueden ir ocultando, pero si se les va la mano ya es más difícil.

—¿A qué se refiere?

 —Verá, cuando un menor es presentado al médico, generalmente va acompañado por la madre o en su ausencia otra persona adulta, y esta trata de justificar las lesiones como resultado de una caída o cualquier otro accidente.

—¿Quiere decir que siempre es encubierta la causa?

—Generalmente, cuando la agresión se produce en el ámbito familiar sí. Esto se explica porque saben que el doctor está obligado por ley a denunciar el hecho a la justicia, cosa que no suele favorecer a la acompañante de la víctima.

 —¿Se dan muchos casos de violencia fuera del entorno familiar?

—También los hay, pero éstas son más fáciles de detectar, porque suelen ser denunciadas por los mismos familiares, a no ser que el agresor tenga un poder dominante sobre ellos y se vean forzados a guardar silencio.

—¿Cuáles son los mecanismos que generan estos abusos y violencias?

 —Normalmente son mecanismos psicológicos de dominio y agresividad que instigan al menor por la fuerza hasta llegar a la violencia si se tercia.

—También puede darse el caso de un sentimiento de frustración ¿verdad?

—Pues sí. Este es sin duda, uno de los motivos más complejos. Cuando el adulto advierte que sus deseos o apetencias no se realizan, su reacción es de deshacerse del obstáculo que se interpone entre él y el deseo. A veces es un fracaso real de ilusiones puestas en el menor, pero no siempre. E incluso se da el caso de que la víctima es el blanco de un desahogo o revancha contra el más débil, aunque él no sea el verdadero causante de dicha frustración.

—¿Y qué me dice de los acosos psicológicos?

—Esto es más difícil de detectar si no va acompañado de mal trato físico, pero son sin duda tanto o más peligrosos, al tener tan pocos recursos de defensa. El menor desprestigiado, humillado y lastimado, que se sabe no querido y despreciado en su entorno, nunca sabrá valorarse como persona, su autoestima queda completamente destruida.

—¿Son más frecuentes los daños causados por el sexo masculino?

—En mi trabajo al servicio de la justicia, he podido comprobar que casi nunca es la mujer sola la causante de estas agresiones, aunque a veces exista consentimiento o coparticipación de ambos, suele ser más frecuente el trato abusivo por parte del hombre.

—¿Qué consecuencias traumáticas señalaría como las más relevantes?

—La violencia engendra violencia. Un niño que ha sido víctima es en potencia un futuro agresor. Son muchos los casos de adultos que, al estudiar su historial, descubrimos que fue mal tratado en su infancia.

—¿Qué nos puede decir de la muerte de menores por esas agresiones?

—Sí. Por desgracia también puedo señalar homicidios, parricidios o incluso accidentes que provocan la muerte como resultado de los malos tratos.

—Supongo que habrá conocido casos escalofriantes. ¿Qué les pasa a esos adultos?

—Por lo general suelen ser problemas patológicos, y a veces llegan a acciones verdaderamente macabras. Pero, como siempre, la víctima es el más indefenso. Además de los malos tratos, hay bebés que son echados a los contenedores de basura; otros que son vendidos para ser material en el tráfico de órganos, o para ser adoptados ilegalmente; o simplemente se les abandona a malvivir en las calles.

—¿Por qué tener hijos para eso? —me atreví a decir.

—Eso mismo estaba pensando yo. ¿Dónde quedan los sentimientos de esos padres? —comentó Ana.

—Sí, verdaderamente es incomprensible que se llegue a esas bajezas, pero por desgracia mi experiencia profesional me lo confirma.

—¿Cuáles son los pasos por seguir para denunciar estos crímenes?

—Primero hay que acudir al médico, después, denunciar el caso ante las fuerzas de seguridad. Desde ahí se verá atendida la víctima por el jurado y será reconocida por el médico forense quien legalizará el diagnóstico de las lesiones.

—¿Cuál es la función concreta del médico forense?

—Somos facultativos que pertenecemos al Cuerpo Nacional de Peritos Médicos, adscritos al Ministerio de Justicia. Nuestra función es asesorar a jueces, magistrados, tribunales y fiscales en materias propias de nuestra especialidad

Después de agradecer al doctor la atención que nos prestó, nos dirigimos en coche a la universidad para asistir a la rueda de prensa en la facultad de ciencias.

—¿En qué vas pensando? —me preguntó Ana en el trayecto.

—En todo lo que he aprendido en este tiempo que estoy aquí, sobre las relaciones familiares y las cosas que nos cuenta el médico forense, me parecen dos mundos distintos.

—Sí, ¿verdad? ¡Es incomprensible, pero cierto! Vivimos en una misma realidad social, pero cada entorno tiene sus luces y sus sombras. Son las dos caras de la moneda de nuestra actual sociedad —hizo una pequeña pausa y prosiguió—. Gracias a Dios, aún existen muchísimas familias con valores morales dignos de ser aplaudidos. Por lo general esas atrocidades son minoritarias, pero ahí están. Cuando nos dejamos conducir por nuestras inclinaciones egoístas, los resultados pueden ser demenciales. Una persona que no ama, es capaz de no ver más allá de su capricho o interés mezquino, y pasa por todo con tal de conseguir lo que quiere, aun a costa de hundir a sus más allegados.

¡Ah! Yo no comprendo para qué tienen hijos si no los quieren.

—Yo tampoco lo entiendo. Quizás para explotarlos. ¡Qué sé yo! De todas las maneras, me cuesta aceptar que una madre, después de haber engendrado un hijo y haberlo ido tratando durante nueve meses dentro de ella, sea capaz de abandonarlo cuando nace o manifestarse cruel con él. A no ser que el bebé le haya decepcionado.

 —De verdad soy sorprendida.

 —Te comprendo.

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