INTERIORIDAD

A menudo nos preguntamos por el sentido de la vida, si es posible transformar la realidad cotidiana, si las circunstancias pueden limitar mi autonomía y libertad… quizás no encontremos fácilmente respuesta a las sencillas preguntas de ¿quién soy yo? ¿cómo actuar correctamente según mis intereses más profundos? Múltiples interrogantes de más o menos trascendencia salen al encuentro de nosotros mismos y quizás también muchos silencios por respuesta.

Creo que ha llegado el momento de encontrarnos con el ‘yo profundo’ con nuestra interioridad y para ello te propongo que terminemos la conversación que comenzaron Juan y M95 donde esta le descubre sus inquietudes más existenciales.

Créeme que mi vida ya está cambiando, con tanto como me estáis enseñando en estos meses que estoy con vosotros.

 —Me alegro de que así sea. Con esto verás que el Señor ya te está hablando.

—¿Tú crees esto?

—Por supuesto que sí. Lo que pasa es que aún no sabes ponerle nombre a estas sensaciones nuevas que estás descubriendo en las relaciones que vas teniendo con todos nosotros.

—Supongo que así es.

—¿Nunca has tenido la impresión de que una fuerza interior te impulsa a hacer algo positivo?

 —Seguro, pero no me sé explicarlo con vuestras palabras.

—Bueno, pero eso significa que ahí está la fuerza potencial de tu energía espiritual, y que debes estar atenta a sus impulsos si de verdad quieres meterte en este camino de conquista de tu bien interior. Pero tienes que saber que esto va más allá de lo que tú puedes intuir a la luz de tu inteligencia, es alguien que te está guiando en tu interior que se te insinúa pero que respeta tu libertad.

—¿Qué pruebas que todo esto es verdad?

—Bueno, yo estoy completamente seguro de ello. Así lo siento, lo creo, lo vivo… ¿Pruebas? … ¿Las hay?… Esto no se puede comprobar con los ojos, ni con razonamientos de causas intelectuales… ¡Y qué! Lo que le falta al mundo de hoy es ese enlace entre lo material tangible y probable y lo espiritual que está en otra dimensión no medible. ¿Pruebas? Yo no las necesito, pero me va mejor que a muchos de los que no han descubierto lo transcendente de la persona humana. Es aquí donde tienes que plantearte tu existencia. Este es un proceso personal y una determinación individual, en el que cada uno tiene que hacer un vacío interior de sus prejuicios y lanzarse a bucear en lo más profundo de esta maravillosa aventura existencial.

—Voy a ser sincera. Me gustaría creer en lo de siempre, en lo que me han enseñado. Veo que mis conocimientos me hacen caminar por una dirección de ideas distintos de vosotros, pero desde que estoy viviendo por aquí me estoy confundida. Tengo muchos de sorpresas y temores, y lucho por seguir a mi vida de siempre, por saber que allí está la verdad, pero ahora quiero decir que empiezo a ver la verdad en vosotros, pero me gustaría que no lo sea, que sois vosotros los equivocados, pero veo que no es eso. Cada vez que hablo con alguno de vosotros entiendo más que no puedo seguir pensando lo que siempre he creído que era la única verdad de la vida humana.

—¡Uf! ¡Qué bien te has expresado!

 —Tenía tantas ganas de decirlo, que me ha salido como un chorro de sangre de una herida abierta.

—Está bien. Tómalo con calma. Es bueno que vayas descubriendo nuevos conceptos existenciales sin poner ninguna resistencia. Las preguntas transcendentes hay que hacérselas con temor y temblor, pues rozamos el misterio y hemos de ir iniciándonos en este camino.

—Bueno, yo tengo mucha ignorancia de esto. Yo estudié el significado de Dios a través de la historia. Sé que unas culturas lo ven como un ser que da la vida a cuanto existe; otras creen que somos prolongación de él mismo, creo que son los panteístas; otros creen la doctrina de Platón que dicen que Dios es el arquitecto del Universo; también Newton y Leibnitz dicen que el orden del mundo es porque Dios trabaja como un relojero, o como un omnipotente ingeniero que hace funcionar todas las cosas según sus planes; otros dicen que Dios es la causa de todo el universo, es el creador, el principio y el fin de todo lo que existe; en otro lugar también tratan de llegar a él definiéndole como el ser que tiene todos los atributos de la existencia terrena: la belleza, bondad, justicia… Bueno, no sé cuántas más razones. Pero todo esto es distinto a lo que vosotros me habéis hecho sentir. Vuestro Dios es un Dios íntimo y cercano que invita a una relación personal

—Sí, esto es parte del misterio. Dios, aunque se presenta muy cercano, no deja de ser un ser superior que nunca podremos abarcar y comprender. Todas esas teorías son pruebas de que a lo largo de la historia el hombre ha tratado de entenderlo y explicarlo, pero somos demasiado cortos de mente para abarcarlo y por eso siempre nos desborda. Pero el camino para llegar a él no consiste en estudiarlo como si de una investigación científica se tratara. Nos podemos pasar toda la vida intentando conocerlo sin éxito, a lo más llegar a la conclusión de que no depende de nuestra capacidad intelectual o de una falsa comprensión, sino de que él es un ser libre y como tal manifiesta su intimidad como quiere y a quien quiere. Es su secreto que se lo oculta a los sabios e inteligentes pero que se lo revela a los de corazón sencillo y confiado.

—¿Tú crees que es así?

 —Yo creo que nadie puede entrar en el misterio de Dios sin haberse sentido expresamente invitado. Por todo esto hemos de situarnos ante él como delante de una persona que nos ofrece tomar parte en su impenetrable intimidad descubriéndonos su amor secreto.

—¿No es esto una explicación muy bonita?

—Pues sí. Ten siempre presente que esta relación parte de él y que el gozar de la experiencia de su presencia se mide en términos de intimidad. Es él que se acerca gratuitamente a sus hijos, cuando quiere y como quiere. Porque nuestro Dios nos invita a participar no sólo en una relación de amistad, sino que, como Padre que es, nos llama a tomar parte de su familia que está formada por toda la humanidad, por eso el que no descubre esa filiación difícilmente podrá abrirse a la auténtica relación fraterna.

—¡Esto suena a muy compromiso!

—Así es. Pero el deseo ya es señal de que él está moviendo tu corazón para que lo busques y te dispongas a relacionarte con él. Es el Señor quien sale a nuestro encuentro, quien nos busca y nos desea, como un padre a quien se le ha marchado el hijo y lo espera y lo acoge sin reproches, con gestos de gratuidad, por encima de nuestras respuestas.

 —Este aspecto de Dios nunca lo pensé.

—Pues es uno de los cimientos más profundo de nuestra fe. Y es lo que más nos mueve a la confianza. Dios es padre y así se comporta con todos nosotros. Escucha lo que nos dice en el libro:

¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella llegase a olvidar, Yo no te olvido.

» ¿No te parece hermoso? Este es nuestro Dios. Un ser lleno de cariño y ternura. Por eso en otro lugar puedes leer la oración de un creyente que no duda en afirmar:

Si mi padre y mi madre me abandonan, El Señor me recogerá.

 » Y es que, en cualquier circunstancia, el creyente sabe que la mano paterna y materna del Señor nunca le va a faltar. Sentimos su presencia amorosa en el silencio de nuestra intimidad aun en los momentos más dolorosos y solitarios. Aun en la pérdida de los afectos más queridos, no nos sentimos totalmente desamparados, porque sabemos que Dios se inclina misericordioso y comprensivo llenando nuestra amargura con un gozo que tiene sabor a eternidad.

—¿Tú crees que esto es fácil para yo llegar a sentirlo así?

—¿Por qué no? Ya te digo que estás dando los primeros pasos para este encuentro. Esto es un proceso personal, cada cual avanza según sus potencialidades y su disposición franca y autónoma. Pero ten en cuenta que no se trata de una decisión voluntarista, sino de reconocer su presencia en ti. De saberte habitada por dentro, de descubrir que es él el que quiere hacerte una nueva criatura y que sólo espera tu decisión libre de convertirte en colaboradora de su obra, para que así, todo tu ser, con todas tus facultades movidas por la acción de Dios y tu libertad, conquistéis juntos esa batalla interior. Por tu parte has de intentar corresponder a su amor con una actitud de súplica confiada, segura de que es él quien te impulsa desde dentro a desprenderte de tu ser anterior, egoísta y pecador para lanzarte a amar a Dios y a los hermanos.

—¡Qué descubrimiento!

—Yo creo que estás en una disposición muy positiva para empezar la experiencia del encuentro, pero no me preguntes cuando se dará.

—-Al menos supongo que me daré cuenta cuando pase ¿no?

—Supongo que sí. Se trata de estar atenta. Es un proceso que invade suavemente todo nuestro ser y lo vamos descubriendo en nuestra mente, nuestros sentimientos, nuestras resistencias… todo tu yo. Y llegará el día en que, sin saber cómo ni por qué, te pararás a contemplarte y te reconocerás como una mujer nueva, con nuevos ojos y nuevos oídos ante la realidad humana y la vida toda, en busca de nuevos horizontes. Es entonces cuando caerás en la cuenta de que ha llegado el momento de sabes que tu existencia ha de ir por un camino distinto, por el que tienes libremente que optar generosa y gratuitamente, si quieres embarcarte en esta empresa de colaborar en construir una historia distinta, con la esperanza de que estamos avanzando con él hacia una nueva humanidad que tiene su meta en la otra vida.

 —Pero todo esto es un vivir muy distinto.

—Así es. Esto no es un mero cambio de mentalidad, se trata de algo más profundo, que afecta toda la persona, al sentido de tu vida personal y social, a tus valores, tus criterios, tus centros de interés, tus…

Nos interrumpió una llamada telefónica. Sin duda era una noticia mala por la expresión de Juan. Cuando colgó me dijo:

—Uno de nuestros muchachos ha sufrido un accidente laboral y está muy grave en el hospital. Me disculpas ¿verdad? Creo que debo acercarme allí sin perder tiempo.

LA MADUREZ PERSONAL

Como comprenderás, el estilo de vida de este colectivo social donde se desarrolla la novela, le parece a M95 de lo más extraño y original, puesto que ella proviene de otra civilización nihilista que se mueve sólo por valores pragmáticos y escépticos.

Hoy te invito a escuchar una conversación de ella con Juan, el sacerdote del barrio, donde este trata de aclararle muchos de sus interrogantes existenciales.

—¿Cómo puedo ponerme en comunicación personal con S.H.?

 —Eso depende de ti. Sólo puedes llegar a él, si los ojos de tu mente están abiertos a lo trascendente y si los oídos de tu corazón están dispuestos a escuchar el amor que el mundo te reclama. No porque el ciego no vea, las cosas no están. No porque tu mente y tu corazón no estén a tiro para alcanzarle, deja él de estar cercano.

—Pero yo soy muy lejos de esta ciencia religiosa que vosotros tenéis.

—No lo creas. Todos, por el simple hecho de ser persona, estamos llamados por Dios a vivir esa intimidad con él. Desde su origen, el ser humano fue creado para el diálogo con Dios. Es el Señor el que quiere esa relación, y se comunica en cuanto ve el mínimo deseo sincero en nuestro interior, aunque este sea más o menos acertado. Él conoce nuestros sentimientos más que nosotros mismos y está siempre disponible para dar el primer paso, lanzando su propuesta de amistad, pero siempre respeta nuestra respuesta, de ahí el riesgo de la libertad humana.

—¿Es esto verdad?

—Por supuesto. Él llama, valiéndose de cualquier acontecimiento humano y se deja oír dentro de cada uno, si estamos atentos a su voz.

—¿Cómo?

 —Sencillamente tratando de estar alerta a esa llamada interior. Queriendo de verdad escucharle. Esta apertura interior a lo transcendente es lo que más dignifica a la persona.

—¡Explícame!

—Pues verás, El interior del hombre tiene que ser sencillo, sin pretensiones de superioridad y autorrealización soberbia, confiando en que tiene que realizarse desde dentro, donde Él está haciéndonos una criatura nueva según su corazón.

—¿Cómo, no somos la responsable de nuestra persona?

—Sí y no. Me explico.

—Sí, sí, porque esto me está complicando mucho.

—Tú misma experiencia te habrá llevado a reconocer que en nosotros hay dos fuerzas que luchan por dominarnos. El bien y el mal. Están ahí y nunca somos capaces de conseguir que vivan con armonía porque no son compatibles y a la vez no nos podemos liberar de ninguna de ellas.

—Si, eso es así. Y ¿qué hacer?

—Hay que conocerse por dentro, saber cuáles son las fuerzas personales que más poder tiene en nosotros y tratar de analizar qué clase de persona queremos desarrollar.

—¿Así de sencillo?

—No te creas. Siempre el mal es más fácil y por tanto más peligroso. Ya nos lo dice S.H. que

“La puerta para entrar en el reino es angosta y estrecha, y sólo los esforzados entran por ella”

—Entonces, ¿cuál es lo que hay que hacer?

—Verás. La soberbia, el dominio, el egoísmo, la autosuficiencia son los enemigos más peligrosos del hombre interior. No se trata de inteligencia ni de cualquier estrategia humana, sino que, si de veras deseas vivir conquistando el bien de tu interior, tienes que ejercitarte en la paciencia, la fe, la humildad y la confianza estando en una actitud constante de interiorización, de escucha en tu interior. Lo primero la paciencia porque es un proceso de por vida, la fe porque es asunto de la dimensión transcendente del hombre que nunca se impone, pero que se debe de pedir con empeño y constancia, en alerta permanente de renuncia a lo que el mal te sugiere, la humildad porque no es cuestión de creerte con la suficiente fuerza para salir triunfadora y la confianza porque sabemos que al final es el bien el que ganará la última batalla si somos perseverantes.

—Esto es todo muy novedoso.

—Puede ser que nunca hayas oído hablar de esto antes, pero es la verdad más existencial que se te puede plantear en la vida.

—¿Por dónde empezar?

—Lo primero por creer que el Señor está en tu interior para ayudarte a ir venciendo tu mal. Él está en ti, en lo más profundo de ti misma, en todo lo bueno que tú deseas. Ya lo posees, pero tienes que ir haciéndolo presente. Tienes que ser consciente de su presencia.

—¿Cómo?

—Deseándolo sinceramente y estando sin reservas abierta a su voz.

—¿Dónde habla?

—En multitud de ocasiones cotidianas. En todo lo bueno que hay en ti y a tu alrededor. En el ejercicio del amor gratuito, en la lucha por la justicia y la acogida a todos, en tantas personas como nos hablan del bien con sus buenas obras… en fin, si estás atenta puedes descubrirle y con ello sin duda que cambiará tu punto de vista ante la vida.

DIÁLOGO INTERSOCIAL

Los cristianos de hoy estamos llamados a escuchar los signos de los tiempos discerniendo por donde sopla el Espíritu de Jesús resucitado que quiere ser Señor del siglo XXI. ¿Qué nos pide la sociedad de hoy? ¿Cómo pasar por la historia de nuestra existencia siendo sal, levadura, iluminando el camino de nuestros coetáneos? Hay que pasar de una moral del miedo al castigo y una pastoral de amenazas y ataques, a una visión de la vida cristiana responsable y abierta a la fraternidad y la solidaridad, a lo social y a lo ecológico. Hay que profundizar y tratar de vivir los valores del Reino como justicia, honradez, tolerancia, equidad, legitimidad …, en una palabra, hay que desarrollar en nosotros la potencialidad del amor fraterno, en diálogo interdisciplinar con las ciencias sociales, políticas y científicas.

Voy a presentarte pinceladas sobre este tema, comenzando por algunas de las apreciaciones y argumentos de Andrés donde se refleja su proceder ante su compromiso existencial a nivel social.          

Después de terminar las actividades de la tarde en el club, he estado charlando con Andrés en su despacho. Tenía una lista muy larga de interrogantes desde mi asistencia a su clase y pretendía que él me las aclarara.

—Me gusta que me expliques, eso que llamáis los deberes que tiene una ciudadanía responsable.

—Bueno, yo creo que la persona tiene que sentirse y actuar como parte constructiva de la sociedad donde vive, y nadie puede privarle de este derecho, ni ella misma debe evadirse de esa responsabilidad.

 —Entonces, ¿tú apoyas eso que todas personas tienen su papel sociopolítico en la historia?

—Si, así es. Pienso que nadie se puede quejar de estar viviendo en una sociedad que no es de su agrado, si no intenta poner los medios para transformarla, si no trata al menos de mejorarla participando, como un ciudadano con responsabilidad.

—¿Crees esto fácil?

 —No, no lo es. Pero las lamentaciones y quejas sin hacer un intento por ayudar no llevan a la solución de las situaciones incómodas. Esa postura pasiva son quejas estériles que terminan por engendrar pesimismo y desaliento o en el peor de los casos una indiferencia, pasotismo y aburrimiento ante la causa social, y no conducen a nada bueno.

—¿Tú crees en democracia?

—Como te decía, estoy convencido de que todo hombre tiene derecho a participar libremente en su bienestar social, y este es el principio fundamental de todo sistema democrático, la participación de todos los ciudadanos, colaborando en el perfeccionamiento del desarrollo cívico más inmediato, donde el bien de todos se ha de construir con la cooperación de cada uno.

—¿Es clasista vuestra sociedad?

—¡Por supuesto que sí! La situación social en la que vivimos está cimentada en el tener y no en el ser. Por eso funcionamos entre las categorías de los ricos, inteligentes, poderosos… El que tiene dinero, poder, capacidad intelectual… es el que triunfa, aunque esto lo haya adquirido de una manera poco honesta, y así no construimos positivamente el bienestar de todos, puesto que el que carece de esas cosas, a veces por no querer pactar con ciertos valores, éste se puede encontrar marginado o sencillamente quizás nunca alcance a ser influyente en la sociedad. Pues, aunque en teoría se afirme que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, en la práctica sabemos que no es verdad, y que en ocasiones se llega a violar los principios más elementales de los derechos humanos, por mucho que se diga que la democracia está a favor de estos principios

—¿Y cuál es vuestra propuesta?

—Sin duda, el ir sensibilizando a los ciudadanos del deber de construir otra realidad social, siendo conscientes de sus obligaciones cívicas, contribuyendo en la cooperación solidaria, a fin de que todos disfruten de una aceptable calidad de vida, al menos con sus necesidades más elementales cubiertas.

—¿Tú crees que mejoráis el futuro?

—¡Por supuesto! Ya te he dicho que la solución está en no lamentarnos inútilmente sino en ayudar al cambio para mejorar. Es verdad que la meta es muy ambiciosa, pero creo que al final el bien va a triunfar, y si nos juntamos los que tenemos esta esperanza, y trabajamos por el bien común algo conseguiremos ¿no te parece?

—Puede ser…

—Por mi parte no quisiera pasar por la historia sin haber puesto mi grano de arena para lograrlo. Porque esto es urgente. Si, urge que nos comprometamos socialmente si queremos de verdad que suenen voces que proclamen la justicia, la solidaridad, la participación responsable… Este ha de ser nuestro empeño, ir buscando hacer el bien junto a las personas que tengan estas mismas inquietudes.

—¿Es así donde terminará la pobreza?

—Este es un tema muy complejo. Como ya te he dicho, espero que algún día caigamos en la cuenta de que todos tenemos derecho a tener cubiertas las necesidades más básicas, cosa que aún no es una realidad.

—Esto me suena a… ¿cómo se dice… utopía?

—Quizás te parezca una meta inalcanzable, pero sabemos hasta dónde pueden llegar nuestras fuerzas y no por eso nos acobardamos ni renunciamos a la lucha.

—¿Cómo me explicas de los países donde los gobernantes buscan su bien económico propio o sólo gobiernan para mandar y dominar?

—Eso es parte de lo que te he comentado. Cuando el poder político está en manos de desaprensivos que sólo tienen miedo de perder su plataforma de poder y dominio, su cómoda existencia y su alta posición social, sin meterse en el tema de la solidaridad apoyando el bienestar de todos los ciudadanos, asistimos al descrédito y al propio suicidio de las instituciones políticas.

—¿Tú crees esto?

—Estoy completamente seguro de que el pueblo tarde o temprano se levantaría contra los que así abusan de su poder. Los gobernantes tendrían que plantearse su situación y saber que esto los llevaría a ser los primeros en perder sus privilegios. ¿No te parece?

—Si, me temo tienes razón. ¿Cómo van a responder a las necesidades más urgentes de los ciudadanos, si con esto no se benefician, sino que tienen que renunciar de lo suyo para todos?

—Veo que lo vas captando. Además, hay otro problema que es el que surge en los países donde se pone como meta la producción a consta de la explotación de los propios trabajadores.

—Si, algo leo de esto en una crítica de la sociedad de consumo.

—Son planteamientos económicos que no miran en absoluto la dignidad de la persona. Las fuerzas laborales están organizadas para obtener el máximo beneficio sin tener en cuenta las condiciones de vida de los trabajadores, que son al fin y al cabo los que hacen progresar la economía con sus esfuerzos y sudores. La persona es explotada y sólo se le mira como un instrumento más de la productividad.

 —Y así sólo se enriquecen los jefes ¿verdad?

—Así es. Los beneficios del desarrollo económico siguen estando en manos de unos cuantos poderosos que mueven los hilos de toda la producción.

—Ya veo.

—Por eso es urgente hacer propuestas alternativas desde la base para cambiar el sistema, poniendo en primer eslabón en el respeto a todas y cada una de las personas que la forman.

—¿Y cuál es tu propuesta?

—Pues verás, tenemos un programa de orientación ciudadana, en el que se informa a la gente de sus auténticos derechos. También es muy importante la educación de los valores para ir tomando conciencia de que las relaciones humanas tienen como base la igualdad, aboliendo toda forma de explotación y discriminación y por último nos interesamos por la formación de conciencias rectas, honradas, íntegras, que no se dejan embaucar por la injusticia, la inmoralidad de los ambientes que buscan el engaño y el fraude social.

—Esto suena muy interesante.

—Así es. Yo creo que es el camino por el que se podría llegar a construir una sociedad donde se respete al ser humano en toda su dignidad. Cuando el ciudadano conoce sus derechos y los exige, la autoridad ejecutiva no le queda otra alternativa que actuar en favor de esas voces.

Este es el secreto que encierra el vivir cotidiano de este colectivo humano desde donde se desarrolla toda la trama de la novela, en un ambiente de iniciativas educativas y sociales.

SED SAL Y LEVADURA

“La educación es el mejor servicio que se puede prestar a la sociedad, pues es la base de toda transformación de progreso humano, tanto personal como comunitario… No olviden que la clave de toda obra buena está en la perseverancia y en ser conscientes del valor del trabajo bien hecho, independientemente de sus resultados inmediatos. Sean fuertes y valientes, tengan fe en ustedes y en lo que hacen” (Papa Francisco a los educadores).

Hoy nos vamos a meter de incógnito -como hizo M95- en una charla de Andrés con sus alumnos, para discernir sobre su modo de enfocar sus charlas.

He aquí lo que ella nos cuenta:    

Tenía muchas ganas de saber personalmente cómo se desenvuelve Andrés entre los jóvenes, por lo que esta tarde, antes de que alguien llegara, me las he ingeniado para entrar en la sala donde tiene sus reuniones en el club, y he instalado un mini-cassette debajo de su silla, para grabar la sesión con control remoto.

—Buenas tardes. Me gustaría que hoy reflexionáramos juntos sobre nuestra responsabilidad personal de ir mostrando con actos concretos que vivimos lo que decimos. En otras palabras, ser coherentes, actuando según hablamos, pues esta es la única manera de convencer, no con lo que se dice sino con lo que se hace y se vive. Ya sabéis las palabras del Señor que por nuestros frutos nos conocerán. ¿Queremos ser levadura pequeña, silenciosa, pero capaz de fermentar toda la masa? ¿Queremos ser sal que sazona toda la comida sin que se vea, pero que se la echa de menos si está ausente del guiso? Pues esto sólo se consigue teniendo cuidado con ser coherente con los principios que nos han inculcado.

—Pero… ¿qué podemos hacer nosotros tan pocos, un grupo tan pequeño, ante todo un ambiente muchas veces hostil?

—Hay que ser imaginativos y creativos, pero sobre todo hemos de hilar muy fino y tener las antenas del espíritu conectadas permanentemente con nuestro maestro interior. Tened la plena confianza de que cada uno de nosotros lleva en su interior una gran riqueza, aunque no siempre seamos conscientes de ello.

 —Esto, no parece muy fácil.

—No digo que lo sea, pero hemos de intentar poco a poco vencer las dificultades, seguros de que hemos sido llamados para ir colaborando en la transformación de la sociedad en la que vivimos, cada uno en su sitio y con las fuerzas que va recibiendo para cada ocasión, por eso nunca dejo de insistir en que el secreto de nuestro poder está en dejar que el maestro interior nos conduzca según sus planes, sin ser nosotros obstáculo, ni pretender ser los protagonistas. Este es el secreto, pues en cuanto queremos dominar la situación con nuestras pobres fuerzas o nuestro corto entender, el fracaso viene seguro.

—Tú lo dices muy convencido ¿verdad?

—Sí que lo estoy. Y si vosotros también creéis firmemente en que esta es vuestra misión y actuáis en consecuencia, poco a poco lo viviréis por dentro y podréis ser sembradores de la semilla de un mundo nuevo.

—¿Tú crees que la gente aprecia nuestro esfuerzo?

 —No se trata de que los otros lo aprecien o no. Nuestro actuar no es para ser aplaudido por ellos, sino que nuestra última motivación es vivir intensamente la única vida que vale la pena vivir. Si ellos descubren que esta verdad, no es obra nuestra, sino de aquél que mueve los corazones, pero siempre respeta las decisiones del hombre, pues lo hizo con el riesgo de elegir y de poder equivocarse, comprenderán. El secreto está en creer que en cada ser humano el Señor interviene llamándonos en nuestra singularidad y en nuestro ser para el otro, en nuestra autonomía y en nuestra dependencia fraterna. Confiad en que su ayuda nunca os ha de faltar. Os aseguro que vale la pena intentarlo.

—Pero a veces no nos entienden y tenemos dificultades.

—Es verdad. Esto que tú nos propones puede ser más o menos sencillo entre nosotros, pero cuando alguien por ahí se pone terco y se empeña en llevarte la contraria o en ridiculizarte… entonces se te calienta la sangre y ya no es tan fácil guardar las formas.

—¿Y qué Luis? Cuando uno no quiere enfadarse, dos no se pelean. ¿Has olvidado esto?

—No, pero…

—Mira, los psicólogos aconsejan contar hasta veinte antes de responder, pero para nosotros la solución la encontramos en recurrir a nuestra fuerza interior, al espíritu de paz y reconciliación que habita en lo más sano de nuestro ser. Si es este nuestro recurso, vendrá a nuestros labios la palabra justa y nuestro ánimo se serenará. Y para que todo esto tenga su fundamento, vamos a escuchar lo que dice el Libro

—Así que obremos siempre el bien, para que el mundo crea en nuestro mensaje y se anime a buscar la auténtica felicidad que es el fruto de las buenas obras. Estas son las palabras que he recibido hoy para que os las transmitiera.

—Y ¿qué nos aconsejas?

—Voy a leeros el consejo que el propio Libro nos da

Creo que vale la pena pararnos a reflexionar sobre la PALABRA de DIOS

VEN Y VERÁS

El pasar de un antes y un después del encuentro con el Señor, es dejar atrás una vida más o menos equilibrada para lanzarse a un cierto vacío existencial, a sumergirse en una iniciación de lo desconocido e incierto. Es pasar por la experiencia de un nuevo nacimiento, de una nueva vida que se nos ofrece como gracia y don, pero a la vez, como toda novedad, es un dar comienzo a algo que supera nuestros cálculos de personas razonables y prácticas. Es, en fin, un atreverse a ponerse confiadamente en las manos de aquél que nos marca nuevos horizontes existenciales. Es un vivir a la escucha del Espíritu que nos impulsa a seguir a Jesús como sus discípulos y colaboradores en la extensión del Reino aquí y ahora.

Por eso hoy vamos a seguir la conversación de nuestros dos amigos, adentrándonos en el misterio del Reino

—Y ¿qué tiene que ver esto con un reino que me dijo Andrés?

 —El reino que el Señor nos propone, es de orden espiritual, crece en el interior de la persona, se va desarrollando en la medida que va rompiendo muros y barreras que destruyen la fraternidad. Se trata de dejar atrás los prejuicios y las costumbres cimentadas en ideas de superioridad, separatismo y desigualdad, dominio y afán de poder, de tener, de ser más que los que nos rodean para ir construyendo el reino de la fraternidad, de la familia de Dios. Hay que empezar por construir en nuestro propio interior un talante nuevo de unidad fraternal, de tolerancia con la diferencia, de solidaridad con las necesidades de todos los que la vida les ha dado menos que a mí. Hay que ir creando unos nuevos esquemas mentales, donde se admiten a todos, no solo como útiles y necesarios sino como amados por sí mismo por el mero hecho de pertenecer a la familia de la humanidad.

—A ver si yo me entiendo. Ese reino, es esa sociedad nueva, esa historia distinta que queréis hacer con todos juntos ¿no?

—Correcto. El reino que S. H. -El Señor de la Historia- nos propone, se va haciendo entre nosotros a medida que vamos arrancando las hostilidades y las diferencias, cuando tratamos de construir esa sociedad donde no residen las ambiciones, prepotencias y desigualdades injustas. Su reino no es de poder y dominio, sino de fraternidad, servicio y amor. Como ya te he dicho es la familia de Dios en la tierra.

—¿Y veis algún éxito?

—Por supuesto. Pero no busques resultados espectaculares. El reino de este Señor es como la sal y la levadura que son necesarias en un buen guiso, pero no se perciben a simple vista. Hay señales inconfundibles y prometedoras en la sencillez de la existencia cotidiana. Señales ocultas y perseverantes de muchos hombres y mujeres anónimos que, sin ruido, están sembrando estos valores, que sin duda son semillas de nuevas relaciones humanas. ¿No te parece un programa muy interesante?

 

—Sí, parece bonito, pero… ¡es todo tan novedoso…!

—Sin duda. Pero de cómo sepamos hoy aprovechar esta fuerza transformadora, ayudaremos a ir construyendo el futuro de las próximas generaciones.

—¡Qué responsabilidad!

—Sí que lo es. Espero que cuando lleves una temporada entre nosotros, vayas comprendiendo y acogiendo este estilo de vida. Lo único que pretendemos es ir construyendo, dentro de nuestro pequeño círculo, un ambiente donde predomine el amor y la libertad fruto de la fortaleza interior de cada uno de sus individuos.

—¿Dónde tú aprender esto?

—Cada día, antes de comenzar la jornada, nos ponemos a la escucha del espíritu del Señor. Él es el que nos comunica estos buenos consejos y nos enseña a vivir ese día desde un discernimiento comunitario, a la luz de la palabra del mismo Señor. Es ahí donde cogemos fuerzas para el caminar cotidiano. Estos momentos diarios de escucha y de intercambio con los hermanos convocados por el espíritu, es lo que alimenta nuestra vida interior y da energía a toda nuestra jornada. El cometido que debemos realizar en la familia y en la sociedad, tiene su fuente en esta disposición interior compartida cada mañana. Así intentamos dar respuestas a los acontecimientos diarios desde estas coordenadas que impulsan nuestro caminar en la historia al lado de nuestros hermanos los hombres. Porque sabemos que la felicidad se fundamenta en el amor y que el amar va creando unas relaciones humanas cuyos pilares son la justicia y el reconocer a todos sus derechos, desterrando con ello la desigualdad de oportunidades, la opresión y el dominio, la rivalidad y toda clase de marginación. Por supuesto que no es fácil, exige el cultivo de la propia autonomía y del propio altruismo, pero esta es, por así llamarlo, la meta de nuestra filosofía vital.

¿Quién se apunta a continuar la misión de llevar la Buena Nueva a la gente, profundizando en el verdadero mensaje del Evangelio e invitándoles a seguirle?

Tal vez esta puede ser nuestra primera experiencia en la búsqueda de Dios.

“Ven y verás” es lo que le dijo Felipe a su amigo Bartolomé cuando le anunció que había conocido a Jesús. Quizás recordemos quien nos mostró el camino de nuestra fe, quien, en nuestra iniciación espiritual, nos ayudó a creer, a seguir, a confiar, porque vimos en ello ese brillo de Cristo en sus ojos, sentimos ese Amor que Cristo nos da en el corazón de los otros, en su forma de vivir, de transmitir lo que sienten, en su felicidad. Eso es lo que nos transforma y nos ayuda a ser seguidores de Jesús.  Somos eslabones de una cadena de testigos que une la historia presente con lo eterno.