HACIENDO BALANCE

Ya ha pasado el primer trimestre, estamos en vísperas de las vacaciones de invierno, y siguiendo los interrogantes de la semana pasada, M95 continúa su  introspección ante las experiencias vividas estos meses entre estas personas tan originales.

 Calculando que estamos a la mitad de la primera etapa marcada en el proyecto, voy a dedicar un espacio a hacer una reflexión sobre los acontecimientos vividos durante mi estancia en esta sociedad. Veo que mi relato se ha ido desarrollando como pinceladas que dan pistas de lo que ha acontecido y he intuido a lo largo de estos meses. Todo ello va siendo un mosaico, aún incompleto, de escuetos relatos. Pero he de reconocer que quizás he abusado en mis comentarios, interpretaciones y expresiones personales que, aunque dan, sin duda, riqueza informativa a los hechos, me temo que he podido haberme excedido en algunas ocasiones, dando ocasión a que se interprete como denuncias, inculpaciones, acusaciones… pero para mí ha sido una gran ayuda de reflexión personal donde he podido libremente dedicarme a la búsqueda del sentido de la existencia humana.

Para completar y reforzar mis argumentos, he recurrido a muchas y variadas fuentes informativas, tanto orales como escritas, que me han llevado hasta conclusiones válidas. Pero lo más rico ha sido la inigualable experiencia de haber compartido estos meses de mi vida con estas personas tan especiales.

¿Eran estos los planes propuestos por el proyecto?

Yo estaba conceptuada como una de las personas más cerebrales de mi promoción. Se supone que soy fría, calculadora, impenetrable… raramente vulnerable ante la influencia de cualquier ideología. Así he sido preparada durante todos mis años de estudio para llevar a buen término esta empresa. Todo lo teníamos bien controlado. Según los cálculos profesionales se me eligió como ideal para asumir esta tarea, muy segura de mis convicciones, con criterios firmes e inquebrantables, con una capacidad poco común para realizar con éxito esta misión.

 ¿Qué ha pasado?

Esta situación me ha desbordado. Nunca pudimos imaginar la trayectoria de mi reacción ante tal experiencia. ¿Cómo voy a presentar este informe donde tanto me he implicado si se trataba de hacer una investigación neutral?

 Ahora que me he puesto fríamente de nuevo ante toda esta documentación, me está resultando tan subjetiva… ¡tan personal!

—Es cierto, M95. Al principio pensé que tendría remedio, pero cada vez lo veo más complicado. Me temo que te he dejado ir demasiado lejos y si no ponemos pronto remedio nos vamos a ver en una posición muy comprometida para los dos.

—Sí, tengo que reconocer que me he involucrado muy personalmente en el informe y esto puede ser peligroso.

—Se suponía que tu trabajo era sólo de observadora y te has convertido en protagonista.

—Pero… es que… ¡algo se ha roto en mi interior! ¿Quién soy yo realmente? ¿Por qué siento esa disgregación entre mi pasado y el presente? Presiento que he perdido mi identidad anterior. ¿Cómo me atrevo a censurar el sistema de valores con los que he crecido y he asumido siempre como los únicos buenos?

—¡Pero te atreves!

—Sí, es cierto. ¿Qué puedo hacer? Esto me ha superado.

—No podemos quedarnos de brazos cruzados. Algo se nos tiene que ocurrir para arreglar este conflicto.

—Me temo que estamos metidos en un gran lío. Pero así y todo me pregunto ¿qué hemos hecho con la vida, con nuestra responsabilidad histórica? ¿Dónde quedaron esas motivaciones, esos sentimientos que dignifican y ennoblecen a la persona y que he descubierto en esta generación?

—¿Por qué sigues insistiendo?

—Es que me duele mucho el que hayamos desintegrado unos vínculos existenciales tan esenciales para el desarrollo pleno de las personas. Estoy segura de que esto vamos a pagarlo caro.

—¿A qué te refieres?

—Pues al sentido profundo que aquí se les da a los lazos familiares, amigos, compañeros, tradiciones comunes… El dar la cara ante la injusticia, el reclamar los derechos de todos…

—¿Y tú crees que todo esto es imprescindible para la subsistencia humana? Nosotros no lo echamos en falta, ¿por qué quieres ahora venir tú con esos argumentos que seguro nos complicaría la vida?

—Ese es el problema. Que nos han programado desde el nacimiento para no sentir, ni desear lo que no les interesa suministrar. Pero ahora me he convencido de que cada ser humano tiene que poseer unas raíces que hemos perdido eliminando esos vínculos de relación. Por la reproducción en laboratorios, hemos destruido nuestra capacidad de crecer con autonomía. Nacemos según los planes de una programación gubernamental. Al ser condicionado genéticamente por manipulaciones ajenas a la propia naturaleza, hemos perdido el derecho a ser uno mismo, dejando de pertenecer a un grupo homogéneo surgido de las relaciones humanas más íntimas. Hemos sido preconcebidos desde el primer instante de nuestra existencia para servir a unos intereses concretos, privándonos de acertar o errar personalmente. En fin, hemos perdido el gran don de sufrir el riesgo de ser libres e independientes, nos han fragmentado disolviendo las capacidades de relación.

—¡Qué tonterías dices! Yo siempre me he considerado libre.

—Es que… El concepto de libertad que aquí se vive es distinto.

 —¿Acaso es eso mejor?

—No lo sé, pero en este momento optaría por esa experiencia.

—Creo que no se trata ahora mismo de ver lo mejor, sino de cómo desenredamos este conflicto antes de que nos llamen para presentar el trabajo.

—Pero, aunque nos lleve algún tiempo más, quisiera que, al menos por hoy, me dejases comentarte todo lo que me está quemando por dentro.

—Está bien, pero sólo por esta vez. En lo sucesivo te cortaré todo lo que no venga directamente de las personas a las que estás tratando.

 —De acuerdo. Así que me dejas que me extienda sobre algún que otro comentario en este recuento ¿verdad?

—Sólo por esta vez.

—Bien. Empezaré diciéndote que me parece muy singular esta civilización que estamos estudiando. Yo diría que alcanzaron a ser una raza superior, como si la evolución hubiera tocado un punto más elevado en la escala de la Naturaleza y no sé por qué me da la impresión de que ahora parece que hemos descendido. ¿No será que cada generación tiene que plantearse su responsabilidad de crecimiento en este punto existencial?

—Sin comentario.

—Pienso que cada generación se ve condicionada por los retos de su presente y su cultura.

—Puede ser, esto tiene sentido.

—Según lo que voy observando en el proceso de estas personas, eran muchos más humanos que nosotros, pues al compararme con ellos, me sitúo no como un ser emocional sino como una máquina gobernada por un cerebro sin corazón, sin capacidad para dejar aflorar y compartir los sentimientos, inepta ante reacciones emotivas. Todo esto no es un asunto personal, sino cultural. Vivimos en ciudades que para ellos resultarían fábricas inmensas de robots vivientes con voluntad sólo para hacer y producir, pero incapaces de relaciones afectivas. Personas que no han desarrollado su capacidad emotiva, que son negadas para amar, pues el amor es lo único humano que el hombre no puede fabricar y entre nosotros sólo cuenta la eficacia de un buen planteamiento productivo. ¡A esto nos ha llevado el orgullo de nuestra Era Tecnológica!

—¡Qué insistente te estás volviendo!

—Quizás. Pero estarás de acuerdo conmigo en que estas gentes no podrían sobrevivir en nuestra perfecta sociedad, porque les faltarían los vínculos de la propia familia, los compañeros, los amigos… todos aquellos que comparten las mismas ilusiones, el mismo ideal, la única meta. Gentes que se ayudan a crecer y madurar como fruto de un mismo árbol. Gentes que buscan el bien común para realizarse como individuos…

—Yo no necesito esos vínculos para vivir

—Tú quizás no, pero aquí he descubierto que el ser persona lleva consustancialmente el sentir la necesidad de saberse empatizando con otros en torno a unas ideas, a una misma visión del hombre y de la sociedad, a una misión vital común. Esto es lo que les hace disfrutar de la vida plenamente. Así es como se saben felices y capaces de trabajar por la paz y la justicia entre todos los hombres. Su laboriosidad no les viene por una imposición desde fuera, sino porque todos se saben útiles y necesarios, porque comparten sus quehaceres según sus capacidades personales, aceptándose cada uno como pieza imprescindible y responsable de esa gran empresa. Todos actúan conscientes de que el bienestar comunitario se adquiere con el esfuerzo responsable de cada uno. Supongo que fue así como alcanzaron esa recíproca confianza y esa libertad tan digna de envidiar. Esto sería más o menos el resumen de mi impresión superficial de lo aprendido, después de un recuento de los hechos vivido en estos meses, sin hablar de sus motivaciones últimas que ya sería meterme en su dimensión espiritual tan ajena a nuestras mentes nihilistas y pragmáticas. ¿Qué piensas tú de todo esto V71?

(Seguiremos la próxima semana)

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