UN NIÑO DIFERENTE

Hola lector/a, hoy quiero comenzar una nueva etapa comentando algunos capítulos de la novela, aunque, por ser muy largos, me permitiré fragmentarlos según el tema, sin embargo, siempre me concederé hacer pequeñas intervenciones en cada entrada para situar la escena.

Voy a empezar por el encuentro de M95 con un niño deficiente

Esta tarde, cuando esperaba el ascensor para subir a mi piso, he coincidido con una joven que llevaba un niño de la mano. Este era algo extraño. Tenía una mirada fija, vidriada, como el que mira sin ver, una cara sin expresión, como el que vive ajeno a lo que le rodea, un cuello corto y ancho, en fin, todo él desproporcionado físicamente además de moverse muy torpemente, inseguro, como un niño recién entrenado en su capacidad motriz. Aunque parecía ya mayorcito, no sé señalar la edad que podría tener.

Ella le metió en la boca el panecillo que llevaba en la mano y le dijo, al tiempo que le empujaba la barrita para que sintiera el contacto en la lengua y en los dientes:

—¡Come! ¡Muerde!

Y él, como obedeciendo mecánicamente, cortó el blando bocado con los dientes y comenzó a masticar, lenta, muy lentamente, con expresión boba y ojos sin vida.

Llegó el ascensor y los dejé pasar. El niño fue arrastrado por ella y casi se cae, pues no controló el pequeño espacio que separaba el suelo del ascensor, y no levantó suficientemente los pies.

—Siempre le pasa lo mismo. Es lento para aprender.

¿A qué piso van? —dije azorada, intentando aparentar norma­lidad, tratando de ignorar al niño.

—Como usted, al 8º. Somos vecinas.

—¡Oh! —exclamé mientras apretaba el botón—. Es primera vez que nos vemos ¿verdad?

—Sí, y ya va siendo hora de que nos conozcamos. ¿No le pa­rece? No está bien que viviendo pared por pared nos crucemos en el camino como extrañas.

—Tiene razón.

Estaba incómoda. No sabía cómo continuar la conversación.

¡Qué lento subía el ascensor!

Ella me pregunto:

—¿Tiene algo urgente que hacer? ¿Por qué no viene a tomar un refresco ahora y así charlamos un rato?

   —Yo… bueno… la verdad —continué resuelta— no tengo mucho de preparar mañana y sí es interesante conocer mis vecinos.

—Muy bien, cuando esté lista, venga. La espero. Yo vivo en el 8º B.

De acuerdo.

Ambas nos quedamos calladas.

Yo no quería mirar al niño, pero sentía que éste me estaba obser­vando sin verme, con la boca abierta, llena del último bocado.

—¡Mastica!

Le dijo dándole una palmadita en la mandíbula. Y continuó dirigiéndose a mí

— Siempre se queda así de ensimisma­do ante algo nuevo. Es como si le sorprendiera lo diferente, lo distinto de lo que hasta ahora tiene aprendido.

Le respondí con una mueca que quiso ser una sonrisa. En este caso me parecía que cualquier palabra podía ser inadecuada.

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El niño seguía nuestra conversación con los ojos vacuos, buscando la dirección de los sonidos.

He aquí la reacción de M95 ante este encuentro

¡Qué experiencia tan original! ¡En mi vida me he visto ante una situación como esa!

¡Nunca me he tropezado con alguien minusválido que viva como un eficiente ciudadano! Y aquí tenemos estas dos personas que están retando a la vida con sus deficiencias físicas y psicológicas. ¡Esto también es algo nuevo! Jamás volveré a sentirme superior ni incómoda ante los que por cualquier circunstancia de la vida son tarados. Ya no podré despreciar ni minusvalorar a los que la naturaleza les haya dado menos oportunidades. Empiezo a sospechar que hay muchas maneras diferentes de ser útil en la vida, y entiendo que mientras hay vida se puede uno superar y dar de sí lo que la naturaleza nos permita. Lo que más me cuesta asimilar es la crianza de un ser mentalmente tarado.

¿Acaso no existían en esa época instituciones experimentales que los estudien y les dé el cauce conveniente según su aportación en beneficio del progreso biomédico? ¿Qué futuro le espera si nunca podrá ser autónomo? ¿Qué utilidad cívica puede aportar mal desarrollándose en una familia inexperta para estos casos?

Este tema he de tratarlo más adelante con Marta. Pero tendré que cuidar mucho el ser discreta. De todas las maneras, cada vez me convenzo más de que sólo podremos entender una reacción humana si nos metemos dentro de su contexto histórico. Y, así y todo, estoy segura de que no hay dos personas que cuenten el acontecimiento con auténtica objetividad, todos echamos algo de nosotros mismos al analizar un hecho.

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