LOS DOS HERMANOS II

» Después de aquella boda, la vida volvió a cambiar. La madre se pasaba el día llorando su fracaso educativo y el padre tenía los nervios de punta, por nada explotaba, no era aquello el plan que él se había marcado para su primogénito. Ninguno de los dos podía soportar la presencia de Marián, que no hacía más que arrastrar perezosamente su vientre cada día más voluminoso. Así que un día decidieron comprar un piso para la pareja. Sólo el buenazo de Carlos seguía ciego, engatusado por su mujer, como si fuera la más perfecta y encantadora de las esposas. Pero aquello no fue un buen remedio. En cuanto Marián se vio fuera de la vigilancia de sus suegros, empezó a exigir un derroche de lujos para ella y su bebé que, aunque la familia se lo podía permitir económicamente, no había por qué excederse con tanta insensatez propia de nuevos ricos.

» Recuerdo, la única vez que pisé aquella casa, cómo se respiraba opulencia por todos los rincones, pero como era ella la que disponía y no había sido educada en rica cuna, no sabía darle al dinero la distinción y elegancia a la que el señorito Carlos estaba acostumbrado. Yo no hacía más que mirar de reojo la expresión de mi señora queriendo conectar con sus sentimientos. ¡Si al menos se hubiera dejado aconsejar…! Pero ella no era de esa clase. Parecía que en su ambición y orgullo sólo buscaba la venganza de la posición social en la que había crecido. Lo que más me preocupaba era lo cínica y falsa que se mostraba ante él. Lo tenía tan hechizado que conseguía cualquier capricho sin ningún esfuerzo, y él, por mantener su afecto, era capaz de cualquier cosa. Ella era una mujer insaciable y déspota, que parecía vivir sólo para si misma, ambicionando avaramente el dinero de su esposo. ¡Hasta se hacía llamar Dña. Mariana!

 » Así fue transcurriendo el tiempo. No volvieron a tener más hijos, con el pretexto de no sé qué, pero para mí es una prueba más de su egoísmo, aquel primer intento tenía una meta muy clara y ya la había alcanzado. Su hija, que, por la misericordia de Dios, heredó la bondad de su padre, era el único consuelo de éste, pues con el tiempo, Carlos fue comprendiendo de qué pasta estaba hecha su mujer. Aunque seguía amándola iba reconociendo sus defectos y soportándolos con paciencia de santo.

»Acabábamos de trasladarnos a vivir aquí D. Juan y yo, cuando un accidente de avión terminó con la vida de los padres. Como Carlos era socio mayoritario, vicepresidente de la empresa alimenticia de la familia y prácticamente era la mano derecha de su padre, no tuvo problema en hacerse cargo de la economía familiar. A los pocos días del mortal accidente, fuimos convocados por el notario para informarnos del testamento. Allí nos encontramos, además de la familia, unos cuantos de los empleados, que de alguna manera también éramos beneficiarios. Casi todo el testamento iba dirigido a Carlos, pues dada la dedicación sacerdotal de D. Juan, nombraba administrador de todos sus bienes al primogénito, repartiendo las acciones de las propiedades entre ambos hermanos por igual. La finca llamada “Mi Huerta” con todos sus beneficios estaba puesta a nombre de su nieta Isabel y, puesto que su esposa no le sobrevivió, todo lo que estaba a su nombre, las otras cuatro fincas con las respectivas industrias alimenticias que se había ido creando a partir de ellas, pasaban a ser propiedad de los dos hijos, aunque existía una cláusula, para vender cualquiera de ellas tenían que estar de acuerdo los dos propietarios. También se acordó el señor de sus viejos y fieles servidores, que habíamos dedicado toda nuestra vida a trabajar en sus propiedades, los diferentes administradores de las fincas, los distintos responsables del personal de las fábricas de conservas y lácteos, así como los jefes de la cadena de supermercados, en fin, una docena de subalternos que también disfrutaríamos de algunas pequeñas participaciones vitalicias.

» Ahora que, en lo que respecta a la administración de esta casa, le puedo asegurar que bien poco se nota la riqueza, pues ambos sabemos vivir con pocas necesidades y casi todo lo que pasa por las manos de D. Juan no termina en beneficio suyo.

» Aunque la vida ha llevado a los hermanos por distintos caminos, siempre han estado muy unidos y son los valores que mueven a D. Juan los que constituyen la filosofía de fondo de esa empresa familiar aun en tiempos de su padre. Él es el alma de esa industria. Los principios de justicia, equidad, apoyo solidario a todos los empleados… más que una empresa es una familia grande donde todos se sienten bien. Y aún más, la creación de nuevos puestos de trabajo les ha llevado a extenderse incluso fuera del país, no por afán de lucro, sino que para ellos es una manera de ayudar a los menos favorecidos dándoles una ocasión de ganarse el pan dignamente. Toda su filosofía comercial se basa en los principios de un comercio justo, fundamentado su producción en condiciones sociales que siempre tiene en cuenta el respeto a los derechos humanos, la igualdad de género y las retribuciones justas para los trabajadores, e incluso es bien sabida el cuidado que ponen por aplicar una producción ecológica, cultivando sus alimentos de forma natural, respetando los procesos de la naturaleza y velando por el medio ambiente»

» Por lo demás, D. Carlos, en su vida familiar, siempre se ha visto supeditado al abuso y dominio de su ambiciosa esposa, la cual, aunque no consiguió refinarse, sí que disfrutaba luciendo los millones de su marido y nunca era capaz de privarse de nada. Hasta que un día decidió destruir la fachada matrimonial en la que siempre se habían refugiado.

—¿De verdad? ¡Será posible! ¡Esto suena locura!

—No sé si está del todo cuerda, pero sí es cierto que trata de destruir a cuantos la quieren.

—¿Y Qué pasó?

—Pues verá.

» Llevábamos aquí unos cinco años, cuando mi padre se jubiló. Le sustituyó en la administración de la finca un joven que trabajaba con él desde muy temprana edad y que siempre había demostrado ser un lince para llevar el negocio. Pero resultó ser tan codicioso como Marián. Al parecer eran amantes de toda la vida y él había consentido todo aquello mientras, como ella, se beneficiaba de ese fabuloso porvenir. D. Carlos lejos de sospechar, siempre había visto con buenos ojos que su esposa se ocupara de la finca de la hija de ambos, y más ahora que con un nuevo administrador se suponía que era más necesitada su presencia. Con este pretexto podían mantener sus relaciones, siendo a los ojos de su marido simple asunto de negocios. Entre el personal de la finca se sabía toda la historia de aquellos dos cínicos, pero bien se cuidaban de que no llegara a oídos del señor.

(Continuará)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s