De niña a mujer (1)

Esta es la primera parte de un capítulo donde cuento la historia de Elsa

Una adolescente de 16 años que un día Marta se encontró en El Hogar de Transeúntes. La vio tan mal, que no pudo ignorarla y se acercó con ánimo de atenderla. Es cierto que la ciudad es una de las metas más soñada por los adolescentes fugitivos, pero aquella muchacha parecía necesitarla. La chica tenía unas ansias locas en ser escuchada por cualquier ser humano, y en cuanto Marta se le acercó, notó que era la persona que le iba a ayudar. Por eso no dudó en irse con ella, a pesar de lo recelosa que estaba ante la sociedad que le había ignorado desde que llegó del pueblo hacía unos cuantos días. Una vez en casa, mientras devoraba un plato de abundante carne guisada, les confesó -a Marta y a su madre- que estaba embarazada, pero lo peor de la situación era que el bebé era de su padrastro. De ninguna de las maneras pensaba volver a casa, pues él le había propuesto insistentemente en que abortara, por eso huyó, pues tampoco quería que su madre se enterar de todo esto.

Han pasado unos meses y hoy se encuentra en el hospital después de dar a luz a una niña. M95 aprovechando una visita, se entera de su historia.

 Tened paciencia y seguidme. Os prometo que cada semana el episodio os resultará más interés.

—Uno de los recuerdos que más me impresionó en mi infancia fue cuando tenía diez años, un día en el que mi padre nos anunció que se marchaba a la ciudad porque el patrón había muerto. Estuvo ausente por tres días.

A partir de aquel acontecimiento, la vida cambió en nuestro entorno. Ya nadie usaba la casa grande. Antes, cuan­do el amo vivía, al menos en la temporada de las recolectas y la siembra, se llenaba la finca de gente.

Recuerdo que desde que murió la señora, sólo venia él por asuntos laborales, pero anteriormente pasaban muchas temporadas del año la fami­lia con los agricultores. Llegaban unos camiones llenos de temporeros y permanecían allí, alrededor de dos meses, para la vendimia, la cosecha de la aceituna…, en fin, no recuerdo bien, pues todo esto como te digo fue antes de cumplir yo los ocho años.

Aquellos últimos años, el señor vivía sólo en la casa grande, pues su único hijo lo tenía interno en un colegio. Los campesinos, algunos con sus familias enteras, vivían en un gran barracón que estaba dividido en pequeñas habitaciones con baño, la cocina y el comedor eran común. Mi madre se dedicaba sólo a atender al señor y nosotros, los niños, que por entonces éramos cuatro, disfrutábamos con la novedad de tener tanta gente a nuestro alrededor.

Durante los años siguientes a la muerte del patrón, nadie se ocupaba de la hacienda. Mis padres hacían de caseros, vi­gilando la finca, y atendiendo a un par de vacas, y a un mon­tón de gallinas, cuya producción vendían a los comerciantes de las aldeas vecinas. También cultivaban una pequeña par­cela detrás de nuestra casa que nos servía para ahorrarnos la compra de fruta y verdura de casi todo el año.

Mi herma­na, mis dos hermanos y yo, cada mañana marchábamos al colegio del pueblo más cercano en la camioneta de nuestro padre, y cuando éste terminaba por la tarde su trabajo nos recogía para volver todos a casa.

El producto de sus ventas, mi padre lo depositaba en el banco a nombre del hijo del patrón que era desde entonces el nuevo amo. Nosotros sólo disponíamos de un diez por ciento de las ganancias, más la casa y la cosecha de la pequeña huerta, además recibía una cantidad mensual, que no había variado desde la muerte del patrón, para los gastos del mantenimiento de los animales.

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