EL HIJO PRÓDIGO

Hoy vamos a leer un capítulo muy atrevido. Se trata de una adaptación actualizada del texto bíblico del hijo pródigo (Lc 15.11-32).

 Y dice una nota a pie de página:

(Este relato que es una copia del texto bíblico Lc 15, 11-32 lo presento aquí, como un hecho que puede ser realidad cotidiana de perdón y de acogida, en un contexto familiar donde se vive el amor que el Señor nos predicó)

Estaba una tarde M95 charlando con Dña. María cuando aquella le preguntó:

—¿Qué pasa cuando alguien con familia quiere él solo unirse a este proyecto? ¿Cómo hace para no complicar a los demás de familia?

A lo que Dña. María le respondió

—Te voy a contar un caso entre tantos que va bien para tu pregunta.

 Ocurrió hace unos cuantos años:

»Un viudo que tenía dos hijos y era de los más ricos de la ciudad, se determinó por tomar parte en nuestro proyecto. Cuando dio ese paso, valoró todos sus bienes y redactó el testamento dejando a sus hijos en herencia cuanto poseía en aquel momento, alegando que, del fruto de su trabajo en lo sucesivo, era su voluntad el no disponer de ello, ni él ni sus hijos, sin contar con las necesidades de la comunidad con la que libremente desde aquel momento se comprometía, reteniendo únicamente lo que le fuera absolutamente indispensable para su mantenimiento y el de sus hijos mientras no se independizasen. Así se dispuso, con el consentimiento de los dos hijos. Pero un día el más joven de ellos le dijo:

‘Padre, ya soy mayor de edad y quiero disponer del dinero que me pertenece, para establecerme por mi cuenta.

»Y el padre, después de sugerirle que llevara una buena administración, le dio la parte que le correspondía de la herencia.

 »Cuando el hijo adquirió la independencia económica, se marchó al extranjero. Allí, mal aconsejado, malgastó su patrimonio, viviendo disolutamente entre bebida, juego y mujeres. Pronto se encontró arruinado y solo y tuvo que optar por buscar de qué vivir. Por fin encontró trabajo en una granja al cuidado de los animales y allí se vio, mal pagado y peor alimentado. Cansado de tanta miseria, se puso a reflexionar sobre lo que había perdido al abandonar su familia y se dijo:

 ‘¡Cuánto mejor estaría en la casa de mi padre! Allí hasta el último de los jornaleros anda sobrado de comida y es respetado, mientras que yo aquí me muero de hambre y de miseria. Dejaré todo esto, volveré a mi casa y le diré a mi padre: ‘Padre, reconozco que no he obrado bien. Te he fallado. No merezco ser llamado hijo tuyo, pero al menos, trátame como a uno de tus empleados y déjame reparar mi mal sirviéndote con dignidad’.

»Como lo pensó lo hizo.

»Estaba llegando a su casa, cuando el padre le vio y se le conmovieron las entrañas. Y echando a correr salió a su encuentro, se tiró a su cuello y le besó fervientemente. El chico estaba aturdido, no se esperaba este recibimiento y después de unos segundos reaccionó y le dijo:

 ‘Padre, reconozco que te he fallado, no he sabido seguir tus consejos, sé que ya no soy digno de ser tu hijo, no merezco tener un padre que así me recibe, que así me perdona, yo…

‘Bueno, bueno, has vuelto y esto es lo que ahora importa. Olvida esta mala experiencia y vuelve a sentirte en casa como si nada hubiera pasado.

 ‘¡Pero padre…! ¿Y todo lo que he malgastado? ¡Estoy en deuda contigo! ¡Tengo que devolvértelo! Te prometo que trabajaré sin condiciones económicas y te juro que te restituiré hasta el último céntimo

‘Mira hijo, lo importante es que estás aquí de regreso y sin nada grave que lamentar. Ya verás como juntos la vida nos volverá a sonreír. Ahora entra en casa, quítate estos andrajos, báñate y vamos a celebrar tu vuelta. De lo demás ya tendremos tiempo de hablar. Eres joven y tienes toda la vida por delante para afrontarla con serenidad y honradez.

 »Mientras estaba arreglándose, le avisaron que la cena sería en el restaurante del club, porque su padre había sufrido con todos nosotros y era justo que compartiéramos juntos la alegría de su regreso.

»Cuando estábamos cenando, llegó el hijo mayor y al enterarse de lo acontecido, ser acercó al club, pero no quiso entrar y llamando al padre le dijo:

‘¡Esto no es justo! Sabes que yo siempre te he obedecido y que jamás te he fallado. Y tú nunca me lo has agradecido ofreciéndome la posibilidad de invitar a mis amigos. Y ahora llega ese, que ha derrochado tu dinero, tirándolo en las cloacas de la sociedad y has montado para él un gran banquete.

‘Hijo, es verdad que tú siempre estás conmigo, pero este también es mi hijo y tu hermano, y es lógico que nos alegremos y celebremos el haberle recuperado.

»Con estas y otras palabras, el padre intentó ablandar el corazón egoísta del muchacho, cerrado a acoger la vuelta de su hermano arrepentido. Así estuvieron un buen rato platicando y cuando el pequeño salió a saludarle, el padre le empujó disimuladamente y los dos se abrazaron. Así los tres entraron en el salón donde estábamos cenando entre gozo y alegría sincera.

»A los postres, Juan dirigiéndose al muchacho le dijo:

 ‘Ya ves, estos acontecimientos familiares, los sufrimos y celebramos juntos y es un sentir veraz, pues te acogemos como si cada uno viviera la vuelta de nuestro propio hijo, gozosos de tenerte de nuevo entre nosotros. ¡Brindemos por ello!

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Doña María concluyó su relato diciendo:

—Esto sucedió aproximadamente hace cuatro años y en este momento, el chico tiene un trabajo digno y entrega a su padre su sueldo íntegro.

Sí que es una historia curiosa.

—Muchos son los sucesos que te podría contar. Todos ellos van marcando los avances que rotulan el vivir en fraternidad con la esperanza puesta en un final eternamente feliz.

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