De niña a mujer (2)

» Tenía yo ya trece años, cuando una tarde, al volver de la escuela, vimos que alguien estaba en la casa grande, había un coche blanco, que a mí me pareció muy grande, en la puerta. Mi padre se dirigió hacia allí en cuanto nos dejó en casa.

» Aquella noche, oí que mi padre comentar a mi madre:

‘Dice que se va a quedar aquí por una larga temporada y que mañana arreglaremos los asuntos del trabajo. Quiere que tú vayas a servirle como hacías con sus padres. Sólo piensa ocupar la planta baja y dice que mañana mismo irá al pueblo a buscar quién te ayude con tantísimo polvo y suciedad acumulada en estos años. Pues eso, que vayas cada mañana, el desayuno, el arreglo de la casa, de su ropa y la comida. Por lo demás que piensa ser muy generoso y que compartiremos más los beneficios.

» Pero hubo más, también compartieron la mujer. Aunque de esto no se enteró mi padre hasta que, pasado casi un año, un día ella tuvo que confesarle, entre suspiros y llantos, que estaba embarazada del patrón. Yo estudiaba en la pieza de al lado y pude seguir la conversación, porque no se preocupa­ban del tono en el que hablaban y como quería enterarme bien, me atreví a mirarlos a través de las rendijas de la puerta de madera.

‘Al principio no fue así —le explicaba mi madre—-. Pero un día, yo le vi que me rondaba mucho mientras le hacía la comida. Se sentó en la mesa de la cocina frente a mí y me dijo que ya no podía más, que estaba cansado de estar solo. Yo le aconsejé que se buscara alguna moza, que era joven y bien parecido y que estaba segura de que cualquier chica se sentiría honrada con ser la elegida. Pero él me dijo que no tenía ninguna necesidad de ir a buscar a nadie porque estaba yo. ¡Me cogió tan de sorpresa!, que me costó reaccionar.

‘¡Será sinvergüenza! —Comentó mi padre fuera de sí.

» Mi madre se le acercó más y le tomó la mano. Él quiso rechazarla, pero se contuvo. Ella continuó:

‘En cuanto pude, le quise hacer ver lo absurdo de la pro­puesta. Pero por más explicaciones y razones que traté de darle, no quiso ceder. ¡Se había encaprichado conmigo y no había manera!

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‘¡Yo lo mato!

‘Espera. Al principio trató de ir por las buenas, pero cuando vio mi resistencia me amenazó con echarnos a to­dos de la finca.

‘¡El muy hijo de perra!

‘¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Qué iba a ser de nosotros si no cedía? Por supuesto que yo temía este momento de tener que contártelo, por eso traté siempre de ocultártelo, pero esto ha llegado muy lejos. Engañarte con un hijo de otro, ¡es demasiado!

‘¿Y él sabe que estás preñada? —la voz le salía ronca. Ella veía que a medida que le iba relatando los hechos, se iba congestionando, pero ahora tenía que seguir.

‘No te fatigues. Déjame llegar hasta el final, pero tienes que serenarte porque me está dando miedo que te de algo.

‘¿Y cómo quieres que esté? ¿Tengo que aplaudir lo que te ha hecho ese niñote miserable y prepotente? —los gritos eran ensordecedores.

‘Por favor, Tomás, cálmate —le insistía con un hilo de voz—. Hazlo por nuestros hijos, no quiero que se enteren. Ya sé que esto es muy vergonzoso. Es el precio de los po­bres. Pero esta mañana se lo he dicho.

‘¿Y cómo ha reaccionado?

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‘Me ha dicho “¿No tienes marido? Pues es lo más lógico. ¡Mi enhorabuena!” y yo le contesté “Usted bien sabe que este hijo que llevo en mis entrañas no es de él”. Y continuó desafiándome: “¿Ah, no? ¿A caso vas a poder demostrarlo?” Y siguió con tono autoritario

“¡Por supuesto que es de él! Y no quiero oír ni una palabra más sobre este asunto. Arrégla­telas para que esto salga sí, por el bien de todos”.

‘¡Yo lo mato! —dijo mi padre levantándose bruscamente y dando un puñetazo en la mesa.

» Pero un ataque de tos le hizo retroceder. Mi madre le asió del brazo y le devolvió a la silla. Le ofreció un vaso de agua mientras le frotaba la espalda intentando que se relajara y prosiguió:

‘¿Qué ganaríamos recurriendo a la violencia? ¿Quieres hacer desgraciada a tu familia? Guarda tu orgullo de mari­ do ofendido. Tú sabes —continuó mientras le acariciaba el pelo y atraía su cabeza hacia su regazo— que siempre serás mi único hombre. Pero este es el destino de los pobres.

» Así estaban las cosas.

» Durante aquel año, la finca prosperó mucho. El amo se asoció a una cooperativa agrícola que le proporcionó toda lo necesario para organizar la finca, aperos, semillas, plantas… toda clase de material, abonos, maquinarias… y contrató a nuevos jornaleros. Prepararon los olivos olvidados, y se aco­taron varias hectáreas para sembrar. Construyeron un lagar para almacenar la cosecha con una prensa para las aceitunas y una refinería de aceite; aumentaron los animales y se ins­talaron técnicas modernas para aprovechar al máximo los productos lácteos. Seis jóvenes parejas de los temporeros fueron contratados como agricultores permanentes y se les ofreció vivienda. Para ello se construyeron pequeñas casas con dos habitaciones, un cuarto de baño completo y una buhardilla, además de un espacio grande en la entrada que servía de cocina-comedor. Cada casa tenía un pequeño tro­zo de terreno para la propia asistencia familiar.

»Como mi padre no gozaba de buena salud, y conside­rando su fidelidad de tantos años, se le dejó prácticamente que siguiera haciendo lo de siempre, vendiendo en la ca­mioneta sus productos a los clientes de toda la vida, pues la envergadura que tomaba la finca iba más allá de sus posibili­dades. Con todo esto, pudo soportar el llevar medianamente sus fatigas asmáticas, pero aquello de ser “padre postizo” le costó la poca salud que le quedaba. Y durante el invierno siguiente fueron cada vez más persistentes los ataques. To­dos temíamos que se ahogara en uno de aquellos golpes de tos tan fatigosos. Hasta que una noche, en la que parecía no tener suficiente aire para sus agotados pulmones, le dio un ataque de corazón y no se le pudo hacer reaccionar.

De niña a mujer (1)

Esta es la primera parte de un capítulo donde cuento la historia de Elsa

Una adolescente de 16 años que un día Marta se encontró en El Hogar de Transeúntes. La vio tan mal, que no pudo ignorarla y se acercó con ánimo de atenderla. Es cierto que la ciudad es una de las metas más soñada por los adolescentes fugitivos, pero aquella muchacha parecía necesitarla. La chica tenía unas ansias locas en ser escuchada por cualquier ser humano, y en cuanto Marta se le acercó, notó que era la persona que le iba a ayudar. Por eso no dudó en irse con ella, a pesar de lo recelosa que estaba ante la sociedad que le había ignorado desde que llegó del pueblo hacía unos cuantos días. Una vez en casa, mientras devoraba un plato de abundante carne guisada, les confesó -a Marta y a su madre- que estaba embarazada, pero lo peor de la situación era que el bebé era de su padrastro. De ninguna de las maneras pensaba volver a casa, pues él le había propuesto insistentemente en que abortara, por eso huyó, pues tampoco quería que su madre se enterar de todo esto.

Han pasado unos meses y hoy se encuentra en el hospital después de dar a luz a una niña. M95 aprovechando una visita, se entera de su historia.

 Tened paciencia y seguidme. Os prometo que cada semana el episodio os resultará más interés.

—Uno de los recuerdos que más me impresionó en mi infancia fue cuando tenía diez años, un día en el que mi padre nos anunció que se marchaba a la ciudad porque el patrón había muerto. Estuvo ausente por tres días.

A partir de aquel acontecimiento, la vida cambió en nuestro entorno. Ya nadie usaba la casa grande. Antes, cuan­do el amo vivía, al menos en la temporada de las recolectas y la siembra, se llenaba la finca de gente.

Recuerdo que desde que murió la señora, sólo venia él por asuntos laborales, pero anteriormente pasaban muchas temporadas del año la fami­lia con los agricultores. Llegaban unos camiones llenos de temporeros y permanecían allí, alrededor de dos meses, para la vendimia, la cosecha de la aceituna…, en fin, no recuerdo bien, pues todo esto como te digo fue antes de cumplir yo los ocho años.

Aquellos últimos años, el señor vivía sólo en la casa grande, pues su único hijo lo tenía interno en un colegio. Los campesinos, algunos con sus familias enteras, vivían en un gran barracón que estaba dividido en pequeñas habitaciones con baño, la cocina y el comedor eran común. Mi madre se dedicaba sólo a atender al señor y nosotros, los niños, que por entonces éramos cuatro, disfrutábamos con la novedad de tener tanta gente a nuestro alrededor.

Durante los años siguientes a la muerte del patrón, nadie se ocupaba de la hacienda. Mis padres hacían de caseros, vi­gilando la finca, y atendiendo a un par de vacas, y a un mon­tón de gallinas, cuya producción vendían a los comerciantes de las aldeas vecinas. También cultivaban una pequeña par­cela detrás de nuestra casa que nos servía para ahorrarnos la compra de fruta y verdura de casi todo el año.

Mi herma­na, mis dos hermanos y yo, cada mañana marchábamos al colegio del pueblo más cercano en la camioneta de nuestro padre, y cuando éste terminaba por la tarde su trabajo nos recogía para volver todos a casa.

El producto de sus ventas, mi padre lo depositaba en el banco a nombre del hijo del patrón que era desde entonces el nuevo amo. Nosotros sólo disponíamos de un diez por ciento de las ganancias, más la casa y la cosecha de la pequeña huerta, además recibía una cantidad mensual, que no había variado desde la muerte del patrón, para los gastos del mantenimiento de los animales.