VEN Y VERÁS

El pasar de un antes y un después del encuentro con el Señor, es dejar atrás una vida más o menos equilibrada para lanzarse a un cierto vacío existencial, a sumergirse en una iniciación de lo desconocido e incierto. Es pasar por la experiencia de un nuevo nacimiento, de una nueva vida que se nos ofrece como gracia y don, pero a la vez, como toda novedad, es un dar comienzo a algo que supera nuestros cálculos de personas razonables y prácticas. Es, en fin, un atreverse a ponerse confiadamente en las manos de aquél que nos marca nuevos horizontes existenciales. Es un vivir a la escucha del Espíritu que nos impulsa a seguir a Jesús como sus discípulos y colaboradores en la extensión del Reino aquí y ahora.

Por eso hoy vamos a seguir la conversación de nuestros dos amigos, adentrándonos en el misterio del Reino

—Y ¿qué tiene que ver esto con un reino que me dijo Andrés?

 —El reino que el Señor nos propone, es de orden espiritual, crece en el interior de la persona, se va desarrollando en la medida que va rompiendo muros y barreras que destruyen la fraternidad. Se trata de dejar atrás los prejuicios y las costumbres cimentadas en ideas de superioridad, separatismo y desigualdad, dominio y afán de poder, de tener, de ser más que los que nos rodean para ir construyendo el reino de la fraternidad, de la familia de Dios. Hay que empezar por construir en nuestro propio interior un talante nuevo de unidad fraternal, de tolerancia con la diferencia, de solidaridad con las necesidades de todos los que la vida les ha dado menos que a mí. Hay que ir creando unos nuevos esquemas mentales, donde se admiten a todos, no solo como útiles y necesarios sino como amados por sí mismo por el mero hecho de pertenecer a la familia de la humanidad.

—A ver si yo me entiendo. Ese reino, es esa sociedad nueva, esa historia distinta que queréis hacer con todos juntos ¿no?

—Correcto. El reino que S. H. -El Señor de la Historia- nos propone, se va haciendo entre nosotros a medida que vamos arrancando las hostilidades y las diferencias, cuando tratamos de construir esa sociedad donde no residen las ambiciones, prepotencias y desigualdades injustas. Su reino no es de poder y dominio, sino de fraternidad, servicio y amor. Como ya te he dicho es la familia de Dios en la tierra.

—¿Y veis algún éxito?

—Por supuesto. Pero no busques resultados espectaculares. El reino de este Señor es como la sal y la levadura que son necesarias en un buen guiso, pero no se perciben a simple vista. Hay señales inconfundibles y prometedoras en la sencillez de la existencia cotidiana. Señales ocultas y perseverantes de muchos hombres y mujeres anónimos que, sin ruido, están sembrando estos valores, que sin duda son semillas de nuevas relaciones humanas. ¿No te parece un programa muy interesante?

 

—Sí, parece bonito, pero… ¡es todo tan novedoso…!

—Sin duda. Pero de cómo sepamos hoy aprovechar esta fuerza transformadora, ayudaremos a ir construyendo el futuro de las próximas generaciones.

—¡Qué responsabilidad!

—Sí que lo es. Espero que cuando lleves una temporada entre nosotros, vayas comprendiendo y acogiendo este estilo de vida. Lo único que pretendemos es ir construyendo, dentro de nuestro pequeño círculo, un ambiente donde predomine el amor y la libertad fruto de la fortaleza interior de cada uno de sus individuos.

—¿Dónde tú aprender esto?

—Cada día, antes de comenzar la jornada, nos ponemos a la escucha del espíritu del Señor. Él es el que nos comunica estos buenos consejos y nos enseña a vivir ese día desde un discernimiento comunitario, a la luz de la palabra del mismo Señor. Es ahí donde cogemos fuerzas para el caminar cotidiano. Estos momentos diarios de escucha y de intercambio con los hermanos convocados por el espíritu, es lo que alimenta nuestra vida interior y da energía a toda nuestra jornada. El cometido que debemos realizar en la familia y en la sociedad, tiene su fuente en esta disposición interior compartida cada mañana. Así intentamos dar respuestas a los acontecimientos diarios desde estas coordenadas que impulsan nuestro caminar en la historia al lado de nuestros hermanos los hombres. Porque sabemos que la felicidad se fundamenta en el amor y que el amar va creando unas relaciones humanas cuyos pilares son la justicia y el reconocer a todos sus derechos, desterrando con ello la desigualdad de oportunidades, la opresión y el dominio, la rivalidad y toda clase de marginación. Por supuesto que no es fácil, exige el cultivo de la propia autonomía y del propio altruismo, pero esta es, por así llamarlo, la meta de nuestra filosofía vital.

¿Quién se apunta a continuar la misión de llevar la Buena Nueva a la gente, profundizando en el verdadero mensaje del Evangelio e invitándoles a seguirle?

Tal vez esta puede ser nuestra primera experiencia en la búsqueda de Dios.

“Ven y verás” es lo que le dijo Felipe a su amigo Bartolomé cuando le anunció que había conocido a Jesús. Quizás recordemos quien nos mostró el camino de nuestra fe, quien, en nuestra iniciación espiritual, nos ayudó a creer, a seguir, a confiar, porque vimos en ello ese brillo de Cristo en sus ojos, sentimos ese Amor que Cristo nos da en el corazón de los otros, en su forma de vivir, de transmitir lo que sienten, en su felicidad. Eso es lo que nos transforma y nos ayuda a ser seguidores de Jesús.  Somos eslabones de una cadena de testigos que une la historia presente con lo eterno.

AMAR

—Para ti, ¿qué es el amor?

Le preguntó una tarde K95 a Juan

—Pues para mí, la comprensión del amor pasa por la expe­riencia de haberse sentido amado.

—¿Me puedes explicarme?

—Pues sencillamente, primero descubrimos el amor al saber­nos amados por aquellos que nos han dado la vida, y a partir de esta experiencia somos capaces de ir conectando con empatía con las demás personas con las que nos relacionamos a través de nuestra historia personal, hasta llegar a dar una respuesta de entrega a la amistad o a un amor en exclusividad.

—¿Y si no se tenía esa primera experiencia?

—Por supuesto que existen niños huérfanos o abandonados, incluso los hay que tienen que soportar el vivir entre peleas y odios de sus adultos, pero yo creo que el don del amor forma parte de nuestra existencia y aunque lo tengas difícil, la naturaleza se cobra esta carencia social y tarde o temprano tienes que tener esta vivencia, por muy pequeña que sea, de ser estimada por al­guien para poder abrirte al verdadero sentido del amor que es en­tregarte a la persona amada rompiendo las cadenas del egoísmo.

—Y esto… yo… no entiendo mucho.

—Mira, el amor es una entrega gratuita. Esto quiere decir que es una fuerza que impulsa a darte por encima de cualquier res­puesta de la persona amada.

—Pues cuesta entender.

   —Vamos a ver, si te lo sé explicar. Porque ya te he dicho que esto se aprende experimentándolo. Pero te diré que, para mí, hay gestos que reflejan su significado. Ama de verdad, el que no exige ser correspondido. Es la gratuidad de una madre, que se desvive por su hijo, a pesar de que éste le falle, y mil veces que le nece­site estará disponible para acogerle, aunque no le corresponda. Es la respuesta de una fidelidad conyugal que sabe comprender, tolerar, disculpar, perdonar… que vuelve a confiar sin retornar a la herida abierta, ni guarda rencores mal curados. Es la gratuidad del que entrega todo cuanto es, por crear una sociedad armónica donde reine la comprensión y la justicia. Y yo hago de la justicia sinónima del amor, porque nadie que ama es injusto con la per­sona amada y ningún justo manipula el amor.

—Amar así… ¿Es fácil?

—Creo que el hombre es primeramente egoísta y posesivo, el amor requiere madurez, el niño sólo quiere poseer a los demás por su seguridad personal. Pero a medida que vas creciendo, que vas adquiriendo seguridad y autonomía, vas ganando la batalla a estas malas inclinaciones. La derrota de estos instintos es un signo de madurez. Sólo el adulto puede llegar a conquistar estos niveles, pues son metas de nuestra naturaleza humana.

—¿Y cómo se conoce esos niveles?

—Mira, está escrito que

El verdadero amor es paciente, sufrido y servicial, es condescendiente, es tolerante, no es envidioso, no presume, no busca quedar por encima; no ofende, no busca su propio interés, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, pero se complace en la verdad. Todo lo disculpa, a todo se acomoda, siempre se fía, siempre espera, y lo soporta todo.

 —¿Es esto como vosotros hacéis aquí?

     —Esta es la norma de nuestra convivencia. Y aunque no siempre sale, hacia ahí queremos caminar. Entre luces y sombras personales y colectivas, queremos ser coherentes y nos esforza­mos por ayudarnos para hacer realidad en cada uno lo que aspi­ramos como grupo. ¿Qué colectivo humano no tiene fallos? Por lo menos somos conscientes de que este es el camino, y estamos abiertos a colaborar y compartir estas inquietudes con todo aquél y aquélla que pretenda hacer de la justicia-amor la causa primera en la construcción de una historia de gentes felices.

» …sabemos que la felicidad se fundamenta en el amor y que el amar va creando unas relaciones humanas cuyos pilares son la justicia y el reconocer a todos sus derechos, desterrando con ello la desigualdad de oportunidades, la opresión y el dominio, la rivalidad y toda clase de marginación. Por supuesto que no es fácil, exige el cultivo de la propia autonomía y del propio altruismo, pero esta es, por así llamarlo, la meta de nuestra filosofía vital.


Poner amor en todas las cosas es la mejor norma para ser feliz