¿QUÉ PIENSAS TÚ DE TODO ESTO V71?

El agente V71 quedó la semana pasada en contestar esta pregunta.

He aquí su respuesta:

—Bueno, ya que estamos en la última propuesta de reflexiones personales, te voy a confesar algo que hasta ahora no me he atrevido ni a decírmelo a mí mismo, porque yo también he transgredido las reglas del proyecto haciendo una investigación paralela por mi cuenta.

—¿De verdad?

—Pues sí. Ya ves que nadie es perfecto.

—¡Me encanta! ¡Cuenta, cuéntame!

 

—Pues veras, a medida que ibas entregándome información de los acontecimientos que vivías, yo también me sentía interpelado y ha podido más la curiosidad que la tarea árida de sólo ir recogiendo tus datos.

 —¡Qué interesante! ¿Y qué has hecho?

—Recurrí a otras informaciones anteriores, llegando a descubrir algo que puede ser interesante.

—¡Me tienes en ascuas!

 —Se trata de un documento sobre la vida de los cristianos del siglo I de la era común, donde he podido obtener conclusiones muy sorprendentes.

—¿Es que te tengo que sacar las cosas con sacacorchos? ¡Dilo todo ya de golpe!

—Bien, Teniendo en cuenta de que se trata de otra civilización con una cultura muy distinta y salvando la distancia histórica, he descubierto rasgos específicos que se repiten en las dos generaciones.

» Escucha esta carta dirigida a un tal Diognetos de aquella época:

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres porque vivan en regiones diferentes, así como tampoco por su idioma o sus vestidos. Tampoco habitan en ciudades propias, ni emplean un lenguaje insólito, ni llevan una vida singular. Ni su doctrina ha sido descubierta por ellos a fuerza de reflexión o búsqueda de ingenio humano, ni se hacen, como tantos otros, los defensores de una doctrina humana. Viven en ciudades griegas o bárbaras, según donde a cada uno le ha caído en suerte; siguen las costumbres locales en su modo de vivir, de alimentarse y de comportarse, manifestando al mismo tiempo las leyes extraordinarias y verdaderamente paradójicas de su república espiritual.

Son ciudadanos de sus respectivas patrias, pero sólo como extranjeros domiciliados. Cumplen con todos los deberes de ciudadanos y soportan todas las cargas como extranjeros. Se casan como todos y tienen hijos; pero no abandonan a los recién nacidos. Participan todos de la misma mesa, pero no del mismo lecho. Habitan en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Se atienen a las leyes establecidas, y con su estilo de vida superan las leyes. Aman a todos, y todos les persiguen. Se les ignora y se les condena; se les mata, pero son vivificados. Carecen de todo y todo les sobra. Se les insulta y bendice; les hacen ultrajes y responden honrando a los demás. Hacen el bien y los castigan como criminales; y mientras padecen el castigo, se alegran como si nacieran a la vida… Para decirlo de una vez: lo que el alma en el cuerpo eso mismo son los cristianos en el mundo… Dios fue quien los puso en tamaña condición, y no les está permitido desertar de ella.”

—¡Auténticamente asombroso!

—¿Verdad que tenía razón? Me he saltado algunos párrafos, la carta es más larga, pero más o menos te puedes hacer una idea con lo que te acabo de leer.

—Estando como estamos en umbral del siglo XXI, no esperaba encontrarme con esta semejanza con tantos siglos de distancia. Hombres y mujeres insertos en el mundo, comprometidos en la transformación de la sociedad en la que viven.

—Así es. Parece que fuera un comentario sobre esta generación que estamos estudiando ¿verdad?

—El caso es que, según la información que nuestros profesores nos han impartido, el cristianismo estaba en decadencia en esta generación dividida por tantas sectas y grupos contestatarios que abusaban y se contradecían con el Evangelio en la mano; también los sistemas capitalistas y los avances científicos habían ganado la batalla a la vieja iglesia; nuevas creencias y nuevas filosofías iban tomando cuerpo colocando a la sociedad en el camino recto hacia nuestro progreso pragmático y funcional donde poco tenía que ver con el mensaje de esa filosofía cristiana..

—Sí, al parecer hay algo que no encaja.

—Puede ser que, no todos los colectivos humanos de esa época actuaran según la información que teníamos antes de venir.

—Vistos en perspectiva, me atrevo a pensar que el vivir de esta gente que estamos tratando, es la confirmación de que en cualquier época de la Historia es posible dar el salto hacia lo transcendente buscando la plenitud humana más allá de la misma Historia, como aquí afirman.

—Estos acontecimientos me están dejando perpleja. Mañana, en la primera ocasión que tenga, voy a preguntar abiertamente a alguno de los líderes de esta comunidad si ellos son los cristianos descendientes de aquella primera sociedad y si S.H. tiene algo que ver con ese Jesús de Nazaret.

—Sí, si. Investiga si toda la sabiduría de esta gente tiene sus respuestas en un libro donde, según los datos de aquellos cristianos, se recogieron todos los dichos y hechos de ese Jesús que, al parecer, después de haber sido matado, resucitó y predicaban que estaba vivo.

—Si es así, no me extrañaría que ese Jesús sea el Señor de la Historia, y por eso permanece a través de ella.

¿Qué te parece? Solo quedan tres capítulos para terminar la novela, pero no pienso comentaros nada de ellos, esto lo reservo para aquellos que quieran leer el libro completo. ¿Cómo terminó todo? ¿Cómo reaccionaron sus contemporáneos? Adquiere el libro, aunque sea en ebook y te sorprenderán las respuestas a estas preguntas.

EL REINO

A estas alturas M95 sigue despistadísima, sin entender el paradigma existencial de estas personas, por eso sus comentarios pueden sorprenderte, pero yo creo que tú lector, ya habrás deducido, que la vida íntima de estas personas se mueve por una causa espiritual, cuyo objetivo es el mismo que el de Jesús de Nazaret, el anunciar la presencia del Reino.

Pero ¿qué es eso del Reino de Dios?Le pregunta M95 a Juan

—El reino que el Señor nos propone, es de orden espiritual, crece en el interior de la persona, se va desarrollando en la me­dida que va rompiendo muros y barreras que destruyen la fra­ternidad. Se trata de dejar atrás los prejuicios y las costumbres cimentadas en ideas de superioridad, separatismo y desigualdad, dominio y afán de poder, de tener, de ser más que los que nos rodean para ir construyendo el reino de la fraternidad, de la fa­milia de Dios. Hay que empezar por construir en nuestro propio interior un talante nuevo de unidad fraternal, de tolerancia con la diferencia, de solidaridad con las necesidades de todos los que la vida les ha dado menos que a mí. Hay que ir creando unos nue­vos esquemas mentales, donde se admiten a todos, no solo como útiles y necesarios sino como amados por sí mismo por el mero hecho de pertenecer a la familia de la humanidad.

Ese Reino ya está presente en el mundo, y está desarrollándose de manera misteriosa. Como la semilla pequeña, que puede llegar a convertirse en un gran árbol. Como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa. Como el trigo que crece en medio de la cizaña, también mientras dormimos, sin que lo advirtamos. Por eso puede sorprendernos gratamente, y mostrar cómo nuestra cooperación con la gracia siempre produce fruto en el mundo.

—¿Y veis algún éxito? —Sigue preguntando la agente M95

—Por supuesto. Pero no busques resultados espectaculares. El reino de este Señor es como la sal y la levadura que son ne­cesarias en un buen guiso, pero no se perciben a simple vista. Hay señales inconfundibles y prometedoras en la sencillez de la existencia cotidiana. Señales ocultas y perseverantes de muchos hombres y mujeres anónimos que, sin ruido, están sembrando estos valores, que sin duda son semillas de nuevas relaciones hu­manas. ¿No te parece un programa muy interesante?

—Sí, parece bonito, pero… ¡es todo tan novedoso…!

—Sin duda. Pero de cómo sepamos hoy aprovechar esta fuer­za transformadora, ayudaremos a ir construyendo el futuro de las próximas generaciones.

Por eso dice Andrés a sus discípulos:

—Decíamos que el Reino está dentro de nosotros. Todos lle­vamos esa semilla en nuestro interior, pero hay que poner los medios para que se vaya desarrollando. Hay quienes no tienen interés por estas cosas y de esto se aprovecha el enemigo, para robarle o ahogar la buena simiente de su corazón. Hay otros que empiezan con ilusión y entusiasmo, pero son cobardes y en cuan­to aparece la dificultad abandonan. Los hay que les parece inte­resante el cultivar esta hermosa vida interior, pero las ambiciones mundanas del poder, la riqueza, los honores y placeres de este mundo, les pueden y renuncian a lo más importante, por esas otras luces engañosas y superficiales. Por fin hay también gente con coraje, que desarrollan lo mejor de su existencia.

—A veces es una tarea costosa.

—Por supuesto que exige renunciar a muchas cosas, a muchos ídolos que atan nuestro corazón, por eso hay tantos que abando­nan. Pues en el fondo es cuestión de generosidad, de compren­der el valor del amor desinteresado y gratuito, pero nunca se nos impondrá, es una decisión libre y voluntaria. Pero el Señor no se deja ganar en generosidad, y cuando ve nuestro interés y nuestro esfuerzo, se pone de nuestra parte.

—Aunque al oírte no lo parece, la verdad es que en realidad no es tan sencillo. ¿Cómo hacer para que todas nuestras inquie­tudes y nuestros deseos estén enfocados hacia los intereses del Señor exclusivamente?

—Ya os lo he dicho, con paciencia y perseverancia. Poniendo nuestra confianza en el espíritu del Señor que nos guía y nos da fuerza. Se trata de romper con todo de una vez, y optar con deter­minación a caminar en lo sucesivo, hacia esta meta. Pero esto no se hace de una por todas. Hay que intentarlo cada día, empeñarnos en cada nueva situación por la causa que nos convoca. Levantán­donos en las caídas y no hundirnos ante el fracaso. Poco a poco se va adquiriendo más conciencia de ello y se crea en nuestro interior unos hábitos que favorecen el actuar cada vez con menos tensión y más confianza en la fuerza de su espíritu que nos habita.

—A mí a veces me da la sensación de que estamos viviendo contra corriente, pues nuestra sociedad te bombardea constante­mente con otros valores y sólo aquí me encuentro seguro.

—De acuerdo, pero recuerda lo del tesoro escondido. Cuando uno lo encuentra y es capaz de medir su valor, nada ni nadie se le pone como obstáculo para poder conseguirlo. Aunque a los ojos de los demás sea una locura, él vende cuanto posee, se desprende de todo, olvida cuanto tiene con tal de conseguir lo que para él es algo que vale la pena aun al precio de perderlo todo. Si esto es lo que da sentido a tu vida, vale la pena arriesgarte y dejar todo lo demás. ¿No te parece?

—Sí. Yo estoy de acuerdo contigo, pero ¿por qué somos tan pocos?

—Este es uno de los grandes misterios de la condición hu­mana. Pero a nosotros se nos pide el proclamar esta verdad, qui­zás si fuéramos más responsables de anunciar y vivir lo que he­mos descubierto, más personas se convencerían de esta realidad, puesto que todos somos llamados al Reino.

—Sí, pienso que hemos de ser más audaces y no acobardar­nos al primer desplante.

—No lo dudes, si has captado esta buena noticia, no puedes ya seguir viviendo como antes, porque has descubierto la única verdad que merece ser seguida. Este es tu tesoro que tienes que ir conquistando y anunciando.

 —Esto supone una gran responsabilidad.

—Por supuesto. Pero el día que te convenzas de que es el mis­mo espíritu del Señor el que va moldeando tu corazón y haciendo crecer tu semilla interior, te será todo más fácil.

 —Tienes razón

—Estoy seguro de ello. Las primicias del Reino se están manifestando en esta nueva sociedad que entre todos queremos construir. Una sociedad que responda al proyecto que el Señor tiene sobre la humanidad. Una humanidad solidaria y fraterna. Una sociedad donde todos ten­gamos un sitio digno, donde todos nos sepamos personas acep­tadas tal como somos, con nuestras luces y sombras, pero con perseverancia y con confianza, a la vez que nos sabemos con el compromiso de colaborar por la felicidad de los otros.

 “El reino de Dios está en medio de vosotros”

El Reino de Dios tiene un camino y ese camino es Jesús. El encuentro con su persona, su palabra y su vida, nos descubre el Reino. Él quiere ser el Señor de la Historia, vivir en medio de nuestra historia personal y solamente desde Él comprenderemos lo que es verdaderamente el Reino de Dios.