SED SAL Y LEVADURA

“La educación es el mejor servicio que se puede prestar a la sociedad, pues es la base de toda transformación de progreso humano, tanto personal como comunitario… No olviden que la clave de toda obra buena está en la perseverancia y en ser conscientes del valor del trabajo bien hecho, independientemente de sus resultados inmediatos. Sean fuertes y valientes, tengan fe en ustedes y en lo que hacen” (Papa Francisco a los educadores).

Hoy nos vamos a meter de incógnito -como hizo M95- en una charla de Andrés con sus alumnos, para discernir sobre su modo de enfocar sus charlas.

He aquí lo que ella nos cuenta:    

Tenía muchas ganas de saber personalmente cómo se desenvuelve Andrés entre los jóvenes, por lo que esta tarde, antes de que alguien llegara, me las he ingeniado para entrar en la sala donde tiene sus reuniones en el club, y he instalado un mini-cassette debajo de su silla, para grabar la sesión con control remoto.

—Buenas tardes. Me gustaría que hoy reflexionáramos juntos sobre nuestra responsabilidad personal de ir mostrando con actos concretos que vivimos lo que decimos. En otras palabras, ser coherentes, actuando según hablamos, pues esta es la única manera de convencer, no con lo que se dice sino con lo que se hace y se vive. Ya sabéis las palabras del Señor que por nuestros frutos nos conocerán. ¿Queremos ser levadura pequeña, silenciosa, pero capaz de fermentar toda la masa? ¿Queremos ser sal que sazona toda la comida sin que se vea, pero que se la echa de menos si está ausente del guiso? Pues esto sólo se consigue teniendo cuidado con ser coherente con los principios que nos han inculcado.

—Pero… ¿qué podemos hacer nosotros tan pocos, un grupo tan pequeño, ante todo un ambiente muchas veces hostil?

—Hay que ser imaginativos y creativos, pero sobre todo hemos de hilar muy fino y tener las antenas del espíritu conectadas permanentemente con nuestro maestro interior. Tened la plena confianza de que cada uno de nosotros lleva en su interior una gran riqueza, aunque no siempre seamos conscientes de ello.

 —Esto, no parece muy fácil.

—No digo que lo sea, pero hemos de intentar poco a poco vencer las dificultades, seguros de que hemos sido llamados para ir colaborando en la transformación de la sociedad en la que vivimos, cada uno en su sitio y con las fuerzas que va recibiendo para cada ocasión, por eso nunca dejo de insistir en que el secreto de nuestro poder está en dejar que el maestro interior nos conduzca según sus planes, sin ser nosotros obstáculo, ni pretender ser los protagonistas. Este es el secreto, pues en cuanto queremos dominar la situación con nuestras pobres fuerzas o nuestro corto entender, el fracaso viene seguro.

—Tú lo dices muy convencido ¿verdad?

—Sí que lo estoy. Y si vosotros también creéis firmemente en que esta es vuestra misión y actuáis en consecuencia, poco a poco lo viviréis por dentro y podréis ser sembradores de la semilla de un mundo nuevo.

—¿Tú crees que la gente aprecia nuestro esfuerzo?

 —No se trata de que los otros lo aprecien o no. Nuestro actuar no es para ser aplaudido por ellos, sino que nuestra última motivación es vivir intensamente la única vida que vale la pena vivir. Si ellos descubren que esta verdad, no es obra nuestra, sino de aquél que mueve los corazones, pero siempre respeta las decisiones del hombre, pues lo hizo con el riesgo de elegir y de poder equivocarse, comprenderán. El secreto está en creer que en cada ser humano el Señor interviene llamándonos en nuestra singularidad y en nuestro ser para el otro, en nuestra autonomía y en nuestra dependencia fraterna. Confiad en que su ayuda nunca os ha de faltar. Os aseguro que vale la pena intentarlo.

—Pero a veces no nos entienden y tenemos dificultades.

—Es verdad. Esto que tú nos propones puede ser más o menos sencillo entre nosotros, pero cuando alguien por ahí se pone terco y se empeña en llevarte la contraria o en ridiculizarte… entonces se te calienta la sangre y ya no es tan fácil guardar las formas.

—¿Y qué Luis? Cuando uno no quiere enfadarse, dos no se pelean. ¿Has olvidado esto?

—No, pero…

—Mira, los psicólogos aconsejan contar hasta veinte antes de responder, pero para nosotros la solución la encontramos en recurrir a nuestra fuerza interior, al espíritu de paz y reconciliación que habita en lo más sano de nuestro ser. Si es este nuestro recurso, vendrá a nuestros labios la palabra justa y nuestro ánimo se serenará. Y para que todo esto tenga su fundamento, vamos a escuchar lo que dice el Libro

—Así que obremos siempre el bien, para que el mundo crea en nuestro mensaje y se anime a buscar la auténtica felicidad que es el fruto de las buenas obras. Estas son las palabras que he recibido hoy para que os las transmitiera.

—Y ¿qué nos aconsejas?

—Voy a leeros el consejo que el propio Libro nos da

Creo que vale la pena pararnos a reflexionar sobre la PALABRA de DIOS

VEN Y VERÁS

El pasar de un antes y un después del encuentro con el Señor, es dejar atrás una vida más o menos equilibrada para lanzarse a un cierto vacío existencial, a sumergirse en una iniciación de lo desconocido e incierto. Es pasar por la experiencia de un nuevo nacimiento, de una nueva vida que se nos ofrece como gracia y don, pero a la vez, como toda novedad, es un dar comienzo a algo que supera nuestros cálculos de personas razonables y prácticas. Es, en fin, un atreverse a ponerse confiadamente en las manos de aquél que nos marca nuevos horizontes existenciales. Es un vivir a la escucha del Espíritu que nos impulsa a seguir a Jesús como sus discípulos y colaboradores en la extensión del Reino aquí y ahora.

Por eso hoy vamos a seguir la conversación de nuestros dos amigos, adentrándonos en el misterio del Reino

—Y ¿qué tiene que ver esto con un reino que me dijo Andrés?

 —El reino que el Señor nos propone, es de orden espiritual, crece en el interior de la persona, se va desarrollando en la medida que va rompiendo muros y barreras que destruyen la fraternidad. Se trata de dejar atrás los prejuicios y las costumbres cimentadas en ideas de superioridad, separatismo y desigualdad, dominio y afán de poder, de tener, de ser más que los que nos rodean para ir construyendo el reino de la fraternidad, de la familia de Dios. Hay que empezar por construir en nuestro propio interior un talante nuevo de unidad fraternal, de tolerancia con la diferencia, de solidaridad con las necesidades de todos los que la vida les ha dado menos que a mí. Hay que ir creando unos nuevos esquemas mentales, donde se admiten a todos, no solo como útiles y necesarios sino como amados por sí mismo por el mero hecho de pertenecer a la familia de la humanidad.

—A ver si yo me entiendo. Ese reino, es esa sociedad nueva, esa historia distinta que queréis hacer con todos juntos ¿no?

—Correcto. El reino que S. H. -El Señor de la Historia- nos propone, se va haciendo entre nosotros a medida que vamos arrancando las hostilidades y las diferencias, cuando tratamos de construir esa sociedad donde no residen las ambiciones, prepotencias y desigualdades injustas. Su reino no es de poder y dominio, sino de fraternidad, servicio y amor. Como ya te he dicho es la familia de Dios en la tierra.

—¿Y veis algún éxito?

—Por supuesto. Pero no busques resultados espectaculares. El reino de este Señor es como la sal y la levadura que son necesarias en un buen guiso, pero no se perciben a simple vista. Hay señales inconfundibles y prometedoras en la sencillez de la existencia cotidiana. Señales ocultas y perseverantes de muchos hombres y mujeres anónimos que, sin ruido, están sembrando estos valores, que sin duda son semillas de nuevas relaciones humanas. ¿No te parece un programa muy interesante?

 

—Sí, parece bonito, pero… ¡es todo tan novedoso…!

—Sin duda. Pero de cómo sepamos hoy aprovechar esta fuerza transformadora, ayudaremos a ir construyendo el futuro de las próximas generaciones.

—¡Qué responsabilidad!

—Sí que lo es. Espero que cuando lleves una temporada entre nosotros, vayas comprendiendo y acogiendo este estilo de vida. Lo único que pretendemos es ir construyendo, dentro de nuestro pequeño círculo, un ambiente donde predomine el amor y la libertad fruto de la fortaleza interior de cada uno de sus individuos.

—¿Dónde tú aprender esto?

—Cada día, antes de comenzar la jornada, nos ponemos a la escucha del espíritu del Señor. Él es el que nos comunica estos buenos consejos y nos enseña a vivir ese día desde un discernimiento comunitario, a la luz de la palabra del mismo Señor. Es ahí donde cogemos fuerzas para el caminar cotidiano. Estos momentos diarios de escucha y de intercambio con los hermanos convocados por el espíritu, es lo que alimenta nuestra vida interior y da energía a toda nuestra jornada. El cometido que debemos realizar en la familia y en la sociedad, tiene su fuente en esta disposición interior compartida cada mañana. Así intentamos dar respuestas a los acontecimientos diarios desde estas coordenadas que impulsan nuestro caminar en la historia al lado de nuestros hermanos los hombres. Porque sabemos que la felicidad se fundamenta en el amor y que el amar va creando unas relaciones humanas cuyos pilares son la justicia y el reconocer a todos sus derechos, desterrando con ello la desigualdad de oportunidades, la opresión y el dominio, la rivalidad y toda clase de marginación. Por supuesto que no es fácil, exige el cultivo de la propia autonomía y del propio altruismo, pero esta es, por así llamarlo, la meta de nuestra filosofía vital.

¿Quién se apunta a continuar la misión de llevar la Buena Nueva a la gente, profundizando en el verdadero mensaje del Evangelio e invitándoles a seguirle?

Tal vez esta puede ser nuestra primera experiencia en la búsqueda de Dios.

“Ven y verás” es lo que le dijo Felipe a su amigo Bartolomé cuando le anunció que había conocido a Jesús. Quizás recordemos quien nos mostró el camino de nuestra fe, quien, en nuestra iniciación espiritual, nos ayudó a creer, a seguir, a confiar, porque vimos en ello ese brillo de Cristo en sus ojos, sentimos ese Amor que Cristo nos da en el corazón de los otros, en su forma de vivir, de transmitir lo que sienten, en su felicidad. Eso es lo que nos transforma y nos ayuda a ser seguidores de Jesús.  Somos eslabones de una cadena de testigos que une la historia presente con lo eterno.

EL REINO

A estas alturas M95 sigue despistadísima, sin entender el paradigma existencial de estas personas, por eso sus comentarios pueden sorprenderte, pero yo creo que tú lector, ya habrás deducido, que la vida íntima de estas personas se mueve por una causa espiritual, cuyo objetivo es el mismo que el de Jesús de Nazaret, el anunciar la presencia del Reino.

Pero ¿qué es eso del Reino de Dios?Le pregunta M95 a Juan

—El reino que el Señor nos propone, es de orden espiritual, crece en el interior de la persona, se va desarrollando en la me­dida que va rompiendo muros y barreras que destruyen la fra­ternidad. Se trata de dejar atrás los prejuicios y las costumbres cimentadas en ideas de superioridad, separatismo y desigualdad, dominio y afán de poder, de tener, de ser más que los que nos rodean para ir construyendo el reino de la fraternidad, de la fa­milia de Dios. Hay que empezar por construir en nuestro propio interior un talante nuevo de unidad fraternal, de tolerancia con la diferencia, de solidaridad con las necesidades de todos los que la vida les ha dado menos que a mí. Hay que ir creando unos nue­vos esquemas mentales, donde se admiten a todos, no solo como útiles y necesarios sino como amados por sí mismo por el mero hecho de pertenecer a la familia de la humanidad.

Ese Reino ya está presente en el mundo, y está desarrollándose de manera misteriosa. Como la semilla pequeña, que puede llegar a convertirse en un gran árbol. Como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa. Como el trigo que crece en medio de la cizaña, también mientras dormimos, sin que lo advirtamos. Por eso puede sorprendernos gratamente, y mostrar cómo nuestra cooperación con la gracia siempre produce fruto en el mundo.

—¿Y veis algún éxito? —Sigue preguntando la agente M95

—Por supuesto. Pero no busques resultados espectaculares. El reino de este Señor es como la sal y la levadura que son ne­cesarias en un buen guiso, pero no se perciben a simple vista. Hay señales inconfundibles y prometedoras en la sencillez de la existencia cotidiana. Señales ocultas y perseverantes de muchos hombres y mujeres anónimos que, sin ruido, están sembrando estos valores, que sin duda son semillas de nuevas relaciones hu­manas. ¿No te parece un programa muy interesante?

—Sí, parece bonito, pero… ¡es todo tan novedoso…!

—Sin duda. Pero de cómo sepamos hoy aprovechar esta fuer­za transformadora, ayudaremos a ir construyendo el futuro de las próximas generaciones.

Por eso dice Andrés a sus discípulos:

—Decíamos que el Reino está dentro de nosotros. Todos lle­vamos esa semilla en nuestro interior, pero hay que poner los medios para que se vaya desarrollando. Hay quienes no tienen interés por estas cosas y de esto se aprovecha el enemigo, para robarle o ahogar la buena simiente de su corazón. Hay otros que empiezan con ilusión y entusiasmo, pero son cobardes y en cuan­to aparece la dificultad abandonan. Los hay que les parece inte­resante el cultivar esta hermosa vida interior, pero las ambiciones mundanas del poder, la riqueza, los honores y placeres de este mundo, les pueden y renuncian a lo más importante, por esas otras luces engañosas y superficiales. Por fin hay también gente con coraje, que desarrollan lo mejor de su existencia.

—A veces es una tarea costosa.

—Por supuesto que exige renunciar a muchas cosas, a muchos ídolos que atan nuestro corazón, por eso hay tantos que abando­nan. Pues en el fondo es cuestión de generosidad, de compren­der el valor del amor desinteresado y gratuito, pero nunca se nos impondrá, es una decisión libre y voluntaria. Pero el Señor no se deja ganar en generosidad, y cuando ve nuestro interés y nuestro esfuerzo, se pone de nuestra parte.

—Aunque al oírte no lo parece, la verdad es que en realidad no es tan sencillo. ¿Cómo hacer para que todas nuestras inquie­tudes y nuestros deseos estén enfocados hacia los intereses del Señor exclusivamente?

—Ya os lo he dicho, con paciencia y perseverancia. Poniendo nuestra confianza en el espíritu del Señor que nos guía y nos da fuerza. Se trata de romper con todo de una vez, y optar con deter­minación a caminar en lo sucesivo, hacia esta meta. Pero esto no se hace de una por todas. Hay que intentarlo cada día, empeñarnos en cada nueva situación por la causa que nos convoca. Levantán­donos en las caídas y no hundirnos ante el fracaso. Poco a poco se va adquiriendo más conciencia de ello y se crea en nuestro interior unos hábitos que favorecen el actuar cada vez con menos tensión y más confianza en la fuerza de su espíritu que nos habita.

—A mí a veces me da la sensación de que estamos viviendo contra corriente, pues nuestra sociedad te bombardea constante­mente con otros valores y sólo aquí me encuentro seguro.

—De acuerdo, pero recuerda lo del tesoro escondido. Cuando uno lo encuentra y es capaz de medir su valor, nada ni nadie se le pone como obstáculo para poder conseguirlo. Aunque a los ojos de los demás sea una locura, él vende cuanto posee, se desprende de todo, olvida cuanto tiene con tal de conseguir lo que para él es algo que vale la pena aun al precio de perderlo todo. Si esto es lo que da sentido a tu vida, vale la pena arriesgarte y dejar todo lo demás. ¿No te parece?

—Sí. Yo estoy de acuerdo contigo, pero ¿por qué somos tan pocos?

—Este es uno de los grandes misterios de la condición hu­mana. Pero a nosotros se nos pide el proclamar esta verdad, qui­zás si fuéramos más responsables de anunciar y vivir lo que he­mos descubierto, más personas se convencerían de esta realidad, puesto que todos somos llamados al Reino.

—Sí, pienso que hemos de ser más audaces y no acobardar­nos al primer desplante.

—No lo dudes, si has captado esta buena noticia, no puedes ya seguir viviendo como antes, porque has descubierto la única verdad que merece ser seguida. Este es tu tesoro que tienes que ir conquistando y anunciando.

 —Esto supone una gran responsabilidad.

—Por supuesto. Pero el día que te convenzas de que es el mis­mo espíritu del Señor el que va moldeando tu corazón y haciendo crecer tu semilla interior, te será todo más fácil.

 —Tienes razón

—Estoy seguro de ello. Las primicias del Reino se están manifestando en esta nueva sociedad que entre todos queremos construir. Una sociedad que responda al proyecto que el Señor tiene sobre la humanidad. Una humanidad solidaria y fraterna. Una sociedad donde todos ten­gamos un sitio digno, donde todos nos sepamos personas acep­tadas tal como somos, con nuestras luces y sombras, pero con perseverancia y con confianza, a la vez que nos sabemos con el compromiso de colaborar por la felicidad de los otros.

 “El reino de Dios está en medio de vosotros”

El Reino de Dios tiene un camino y ese camino es Jesús. El encuentro con su persona, su palabra y su vida, nos descubre el Reino. Él quiere ser el Señor de la Historia, vivir en medio de nuestra historia personal y solamente desde Él comprenderemos lo que es verdaderamente el Reino de Dios.

AMAR

—Para ti, ¿qué es el amor?

Le preguntó una tarde K95 a Juan

—Pues para mí, la comprensión del amor pasa por la expe­riencia de haberse sentido amado.

—¿Me puedes explicarme?

—Pues sencillamente, primero descubrimos el amor al saber­nos amados por aquellos que nos han dado la vida, y a partir de esta experiencia somos capaces de ir conectando con empatía con las demás personas con las que nos relacionamos a través de nuestra historia personal, hasta llegar a dar una respuesta de entrega a la amistad o a un amor en exclusividad.

—¿Y si no se tenía esa primera experiencia?

—Por supuesto que existen niños huérfanos o abandonados, incluso los hay que tienen que soportar el vivir entre peleas y odios de sus adultos, pero yo creo que el don del amor forma parte de nuestra existencia y aunque lo tengas difícil, la naturaleza se cobra esta carencia social y tarde o temprano tienes que tener esta vivencia, por muy pequeña que sea, de ser estimada por al­guien para poder abrirte al verdadero sentido del amor que es en­tregarte a la persona amada rompiendo las cadenas del egoísmo.

—Y esto… yo… no entiendo mucho.

—Mira, el amor es una entrega gratuita. Esto quiere decir que es una fuerza que impulsa a darte por encima de cualquier res­puesta de la persona amada.

—Pues cuesta entender.

   —Vamos a ver, si te lo sé explicar. Porque ya te he dicho que esto se aprende experimentándolo. Pero te diré que, para mí, hay gestos que reflejan su significado. Ama de verdad, el que no exige ser correspondido. Es la gratuidad de una madre, que se desvive por su hijo, a pesar de que éste le falle, y mil veces que le nece­site estará disponible para acogerle, aunque no le corresponda. Es la respuesta de una fidelidad conyugal que sabe comprender, tolerar, disculpar, perdonar… que vuelve a confiar sin retornar a la herida abierta, ni guarda rencores mal curados. Es la gratuidad del que entrega todo cuanto es, por crear una sociedad armónica donde reine la comprensión y la justicia. Y yo hago de la justicia sinónima del amor, porque nadie que ama es injusto con la per­sona amada y ningún justo manipula el amor.

—Amar así… ¿Es fácil?

—Creo que el hombre es primeramente egoísta y posesivo, el amor requiere madurez, el niño sólo quiere poseer a los demás por su seguridad personal. Pero a medida que vas creciendo, que vas adquiriendo seguridad y autonomía, vas ganando la batalla a estas malas inclinaciones. La derrota de estos instintos es un signo de madurez. Sólo el adulto puede llegar a conquistar estos niveles, pues son metas de nuestra naturaleza humana.

—¿Y cómo se conoce esos niveles?

—Mira, está escrito que

El verdadero amor es paciente, sufrido y servicial, es condescendiente, es tolerante, no es envidioso, no presume, no busca quedar por encima; no ofende, no busca su propio interés, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, pero se complace en la verdad. Todo lo disculpa, a todo se acomoda, siempre se fía, siempre espera, y lo soporta todo.

 —¿Es esto como vosotros hacéis aquí?

     —Esta es la norma de nuestra convivencia. Y aunque no siempre sale, hacia ahí queremos caminar. Entre luces y sombras personales y colectivas, queremos ser coherentes y nos esforza­mos por ayudarnos para hacer realidad en cada uno lo que aspi­ramos como grupo. ¿Qué colectivo humano no tiene fallos? Por lo menos somos conscientes de que este es el camino, y estamos abiertos a colaborar y compartir estas inquietudes con todo aquél y aquélla que pretenda hacer de la justicia-amor la causa primera en la construcción de una historia de gentes felices.

» …sabemos que la felicidad se fundamenta en el amor y que el amar va creando unas relaciones humanas cuyos pilares son la justicia y el reconocer a todos sus derechos, desterrando con ello la desigualdad de oportunidades, la opresión y el dominio, la rivalidad y toda clase de marginación. Por supuesto que no es fácil, exige el cultivo de la propia autonomía y del propio altruismo, pero esta es, por así llamarlo, la meta de nuestra filosofía vital.


Poner amor en todas las cosas es la mejor norma para ser feliz

Pequeños trucos

Decía Eduardo Galeano que «mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». 

Es bueno que nos planteemos algunas pautas concretas cuya aplicación exige esfuerzo y constancia, pero que, si pueden llevarse a la práctica, significarían una esperanzadora vía para vivir en medio del mundo construyendo esa Historia que se nos ha confiado. 

Vamos a seguir husmeando en el libro, recordando que M95 no se expresa bien en castellano, y a pesar de todo sigue con su investigación.

Juan me seguía informando:

nosotros nos conformamos con saber apreciar el valor de lo pequeño, lo cotidiano intentamos que se transforme en trascendencia.

—¿A qué te refieres con eso?

—Pues mira, el preocuparse por echar una sonrisa al que se acerca a ti, aunque te duela el estómago. El dejar allí una puerta abierta que facilite la entrada a otros. Acudir a escuchar e intere­sarte por aquél que sabes lo necesita. Estar atento para ayudar allí donde haces falta. El estar siempre disponible para comprender, disculpar, perdonar, olvidar… incluso para pedir perdón, ayuda, consejo… Sobre todo, sabiendo dar gratis tu tiempo. Hoy por ti, mañana por mí, porque todos necesitamos de todos.

—Esto no veo yo tan fácil como me dices.

    —Supongo que no lo es, porque no estamos educados para ello, pero si los adultos, al menos en teoría, no estamos conven­cidos de ello, no podremos ayudar a las nuevas generaciones para que les vaya saliendo con más facilidad que a nosotros, puesto que son más moldeable y no tienen nuestros malos hábitos y pre­juicios. Todo esto deja de ser difícil cuando se descubre y se trata de vivir. Es el secreto de la gente que opta por ir construyendo una sociedad feliz, a pequeños pasos, pero con constancia; que se empeña por construir una historia cotidiana llena de gestos de auténtico amor fraterno.

Esto es muy nuevo para mí.

—No me extraña que te resulte tan novedoso, pues hemos enterrado muchos de los valores humanos más elementales, como cuando no damos importancia al valor de los más peque­ños sentimientos.

¿Qué quieres decir?

     —Vamos a ver… ¿Te parece insignificante el gesto de cariño de un niño por cualquier chuchería que le den, o la alegría de una madre por una carantoña de su hijito, la ternura del que sabe amar gratuitamente…?

¿Qué es cara… cara… qué?

—Perdona. Carantoña, quiere decir por algo que no tiene va­lor material, pero es un gesto de cariño.

¡Ah! Perdona que interrumpí.

    —No te preocupes. Te repito que la culpa es mía, que me entusiasmo hablando y no me doy cuenta de la dificultad que puedes tener para entenderme.

     » Son muchas las cosas nuevas que una forastera puede en­contrar en nuestro vivir. No porque sean raras sino porque vamos siendo capaces de comprometernos en serio, como te decía, con un construir la Historia desarrollando lo mejor de la humanidad y esto cada vez está resultando más ajeno a la cultura relativista que nos invade. Ayudar a la gente a ser feliz compromete a ir colocán­dola en su auténtico sitio, sabiéndose aceptada y valorada tal como son. Todo esto, aunque es más humano que su contrario, parece que cuesta mucho descubrirlo, por eso, los que hemos tenido la gracia de darnos cuenta de su valor, tenemos la responsabilidad de comunicarlo a todo el que lo quiera escuchar. Esto es lo que descubrió Andrés y lo que le hizo tomar ese camino. Su proyecto de vida cambió desde aquel encuentro y aunque a veces parece que externamente todo sigue igual, sus motivaciones son otras.

          » Pero te aseguro que no eres tú sola la que no entiende o no aprecia el valor de lo gratui­to. Estos pequeños detalles son los que van alimentando y desarrollando la alegría profunda del corazón, y cuando se es feliz por dentro salen inconscientemente, colaborando a expandir ondas positivas que van invadiendo el ambiente a nuestro alrededor. Estos gestos son pequeños signos de fe­licidad y van destruyendo lo negativo que frena el caminar de la historia.

 Tenemos que decidir ahora si seguimos el camino del resto de la sociedad… o el nuestro aunque nos tomen por “locos”, “utópicos” o “exagerados” aun por parte de nuestros propios hermanos de fe.