VACACIONES

Aprovechando que ya se puede viajar, me voy de vacaciones, así que en todo el mes de julio no me comunicaré con vosotros (aunque os seguiré leyendo desde mi móvil) porque me voy a dejar el ordenador en casa.

Para que no me echéis mucho de menos, os dejo cuatro direcciones donde podéis adquirir mi novela en formato e-book

https://www.casadellibro.com/ebook-sh-el-senor-de-la-historia-ebook/9788413045924/7694107

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https://www.elcorteingles.es/ebooks/tagus-9788413045924-sh-el-senor-de-la-historia-ebook/

Espero que en agosto, alguno de vosotros se haya decidido a leerla y aunque yo siga comentando, tenga una visión completa del libro

PODER: ¿FUERZA O AUTORIDAD? (2)

Narrador — Veamos como los señores políticos plantean su programa de gobierno.

El poder científico — ¡Un momento! Ya que la fuerza física me nombró como su colaborador, quisiera tener la oportunidad de exponer mi postura a favor del progreso.

Narrador — ¡Adelante!

El poder científico — Alego que en principio no se puede ver a la ciencia como una enemiga de la humanidad. Me siento orgullosa de poderme considerar uno de los padres del progreso. Yo he colaborado muchísimo en el avance de la historia con mis descubrimientos, con mi incansable entrega a una labor investigadora dura y muchas veces poco reconocida. ¿Qué me dicen de las comodidades que disfrutamos hoy? Pregúntenles a nuestros antepasados si vivían mejor sin luz eléctrica, sin agua corriente, sin tantos aparatos electrodomésticos, sin tanta facilidad para mantener la salud, para ser intervenidos quirúrgicamente, con aquellos incómodos medios de transporte, sin tantas facilidades de comunicación como hoy puede utilizar cualquier ciudadano… En fin, que la ciencia está para liberar al hombre de sus limitaciones y esclavitudes. Pero he de reconocer que a veces, generalmente por culpa de las necesidades económicas, hemos caído en las redes del poder político o económico, olvidándonos de que nuestra única misión específica es la de servir a la humanidad ayudándole a su propio bienestar. Es en estas situaciones cuando pierdo mi propia identidad y me convierto en la fuerza científica colaboradora de los poderes impositivos.

Narrador — Muy buena intervención, ¡sí señor! Ahora oigamos a los señores políticos.

La autoridad política —Empezaré definiendo la política como la actividad humana que mira a un orden de convivencia mediante el poder decisorio.

La fuerza política — Permítame añadir que nuestro poder siempre tiene que ir respaldado por la fuerza armada y la económica. Una buena administración política se cubre con un ejército bien disciplinado y un campo financiero boyante.

La autoridad política — La verdad es que no estoy al cien por cien de acuerdo con mi colega. Pero tengo que aclarar que, puesto que nuestro poder es decisorio, tenemos que tener mucha autoridad, ser un líder con capacidad de arrastre y ganarnos al ciudadano porque confía en nuestro programa organizativo, en nuestro empeño por mejorar la Nación, teniendo como meta su progreso y desarrollo, a favor del bienestar de todos y cada uno. Y todo esto, hemos de demostrárselo con hechos que avalen nuestras palabras.

La fuerza política — Esto suena muy bien, pero para organizar la sociedad ideal, hay que empezar por pedir a cada ciudadano que se fíe de nuestro programa y secunden nuestras decisiones, después ya veremos como lo llevamos a cabo.

La autoridad política — Estoy de acuerdo, pero no olvidemos que nuestro papel es el de servir al bien común y que cuanto emprendamos ha de ir enfocado a satisfacer los intereses legítimos de todos los ciudadanos que han puesto su confianza en nuestro poder de decisión.

La fuerza política — Creo que debemos de concretar a que intereses nos referimos.

La autoridad política — Sin duda a los intereses que cubren las necesidades de todos nuestros ciudadanos. Primero de todo, la persona debe estar satisfecha, no sólo por subsistir sino por poder disfrutar de una existencia estable y digna, que abarque la alimentación, el vestido, la vivienda, la salud, la educación, el trabajo… Por eso hemos de ponernos en diálogo con nuestros compañeros del poder económico y llegar a una buena organización de distribución de bienes y recursos.

La fuerza política — O sea que, según su Señoría, empezaríamos por una justicia social ¿no

La autoridad política — A sí es. Después vendría el segundo paso. A la persona le interesa relacionarse armónicamente con sus conciudadanos, por lo que le debemos ofrecer el llegar a una convivencia pacífica y corresponsable, donde el enriquecimiento sea recíproco en un clima de solidaridad y libertad para todos.

 La fuerza política — Esto es muy bonito, pero dígame, ¿cómo soluciona los problemas que suelen causar los ciudadanos inadaptados, los insocialmente conformistas, los que causan problemas al bienestar común?

 La autoridad política — Pues… entonces… Hay que acudir al poder judicial, que en principio debe ser justo y proceder por encima de prejuicios y cualquier elemento corruptivo.

La fuerza política — ¡Eso es! Aquí entrarían las fuerzas armadas del orden público, la policía y el poder judicial. ¡Duro con ellos!

La autoridad política — ¡Hombre, tampoco se trata de ser agresivos! Pero por desgracia, no estamos en el paraíso, y en todo orden social se requiere del ejercicio del poder judicial, para controlar los desvíos de los ciudadanos que no aceptan las reglas civiles. Aunque yo no lo plantearía como una amenaza pública, sino como una administración de la justicia en el más pacífico de sus manifestaciones. Como un deber social para mantener el orden cívico.

La fuerza política — Está bien. Volvamos a los hechos. ¿Ya ha terminado sus propuestas para cubrir las necesidades de los ciudadanos?

 La autoridad política — No, existe un tercer y último nivel, que es el más humanizadora. Se trata de cultivar en la persona los intereses por el desarrollo de los valores que más le dignifica.

Puedes tener una sociedad muy bien alimentada, vestida, cómoda y en buenas relaciones con sus vecinos, si se para aquí tu organización social, habrás alcanzado un estado de bienestar de muy escaso nivel. El hombre es mucho más que eso. Hay que proporcionar al ciudadano la riqueza del arte, poesía, ética, estética… filosofía y religión. Hay que ayudarle con todo esto a cultivar su riqueza interior. Si nos planteamos el colaborar socialmente a su desarrollo integral, tendremos que planear y operar en estos tres niveles. Y si olvidamos este último, habremos atrofiado su parte más genuinamente humana.

La fuerza política — ¡Y yo que me hice político para conseguir poder, prestigio y un buen dominio de la sociedad!

La autoridad política — Pues me temo que se equivocó de carrera. Porque cuando el poder político no está a favor de todos los ciudadanos, se expone a llevar la sociedad hacia el fin de una convivencia civil. Este es el riesgo de la toma de decisiones políticas.

La fuerza política — Si esto es así, ¿Cuál es nuestro poder real de decisión?

 La autoridad política — Nuestra capacidad real de decisión debe tener en cuenta siempre el protagonismo de los ciudadanos. De tal manera que las decisiones objetivas estarán en función de las demandas de la sociedad civil.

La fuerza política — O no le he entendido bien o me parece que quiere decir que hay que conducirse haciendo caso a lo que la gente desea o piensa.

La autoridad política — ¿Por qué no? El protagonismo civil acrecienta la participación de la población y si nuestras decisiones tienen que estar al servicio de las necesidades del ciudadano ¿dónde mejor buscar lo que necesitan si no es a través de sus demandas?

(CONTINUARÁ…)

PODER: ¿FUERZA O AUTORIDAD?

Ya estamos en la fase 1 esto no significa que el peligro haya pasado, sino que queremos evitar la ruina económica del país, pues al estar tantos meses sin producción, hay muchas familias que ya no tienen dinero, no pueden mantenerse en casa sin ninguna entrada financiera, incluso las hay que pasan hambre y se necesitan trabajar.

El virus sigue ahí fuera y no podemos relajarnos. Aún estamos a medio camino y el peligro podría aumentar si no somos disciplinados y responsables Debemos de seguir protegiéndonos unos a otros, poniendo el mayor énfasis en el uso de mascarillas, la higiene y la distancia de seguridad. No podemos bajar la guardia.  Tampoco sabemos si habrá un rebrote o un virus nuevo. Lo único seguro es que esta pandemia no terminará hasta que no se encuentre una vacuna para atacarla, pero nunca antes.

Lo que está por ver, es qué ocurrirá cuando se abran las puertas del todo. Ojalá, que la humanidad haya reflexionado sobre su modo de estar en el mundo y trate de conquista una mejora para toda la sociedad, incluyendo el reparto y la propiedad compartida de los bienes de la tierra. Este tiempo puede ser una oportunidad y no sólo una gran tragedia, que es lo que lamentamos en estos momentos. La vida se abre paso aun en las circunstancias más difíciles.

Ahora bien, yo estoy convencida de que no habrá un cambio radical estructural, ni social, ni ecológico si no hay un cambio en el modo de entendernos, sentirnos y relacionarnos los seres humanos. Si no conquistáramos personalmente, un profundo cambio radical en nuestro enfoque ante la vida, profundizando en la idea fundamental de la equidad, la justicia, la solidaridad y la acción humanitaria en beneficio de todos.

 ¿Cómo hacer que esta experiencia se transforme en aprendizaje? Teniendo en cuenta que queremos reflexionar sobre ese cambio social, que alcance las raíces de nuestro ser en nuestro vivir cotidiano, hoy os propongo que asistamos juntos a una exposición de los alumnos de Andrés sobre: Los conceptos de gobierno político, con un equilibrio de los tres poderes públicos: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. En él se nos presenta una propuesta social que me parece interesante a tener en cuenta.

 

Andrés me propuso asistir hoy a un debate que iban a tener sus alumnos de quinto de secundaria sobre “El hombre ante el poder ejecutivo”. Como coincidía con una hora que tengo libre acepté. La verdad es que fue muy interesante.

Prepararon el tema un grupo de doce estudiantes formados por cinco chicas y siete chicos. La presentación fue muy original, medio teatro medio discusión entre dos bandos, los que estaban a favor de crear instituciones de poder regidos por la autoridad moral y justa y los que apoyaban las instituciones que actuaran por el poder del dominio y el uso de la fuerza. El objetivo de todos era presentar los dirigentes más convincentes para crear una sociedad donde reinara el bienestar para todos, una calidad de vida donde el individuo alcanzara una posición digna dentro de su contexto cultural, pero desde puntos de vistas opuestos. La base de este poder constitutivo iría encaminada a fomentar la autodeterminación personal dentro de sus obligaciones sociales.

Con estas premisas de fondo se abrió el debate.

Todos iban caracterizados como correspondía al caso con togas y diferentes tocados según el papel que representaban.

 La escena se desarrollaba en un congreso internacional, donde cada personaje se presentaba como prototipo de la institución que representaba, además asistía un moderador que hacía de narrador.

Abrió el debate el narrador que estaba frente a las dos corrientes ideológicas:

— Señores congresistas, nos hemos reunido aquí para discernir sobre los poderes del mundo. Tenemos a los ciudadanos de la historia presente en nuestras manos. De nosotros depende el futuro de la sociedad. Son sus Señorías las instituciones dirigentes, por tanto, las resoluciones últimas de las conductas de todos los ciudadanos están en vuestras propias disposiciones. Para bien o para mal de la humanidad, aquí están sus gobernantes, son sus Señorías el poder del mundo. Y sin más les invito a que se presenten.

Comenzaron hablando los del ala derecha:

 — Nosotros representamos la autoridad. Formamos parte de cualquier institución dirigente, induciendo a nuestros ciudadanos a actuar porque nos ven coherentes, con prestigio, dando razones que convencen.

— Así es. Como somos humanistas, y nuestra causa es el bien del hombre, nuestro poder se convierte en autoridad moral.

— Nuestra meta es la calidad de vida, el progreso y el bienestar, de cada uno de nuestros ciudadanos. Ellos lo saben porque trabajamos para no defraudarles.

 — No sean ilusos — intervino cortándoles los del ala izquierda — Nosotros somos la fuerza y esto es lo que aquí tiene eficacia, la gente sólo escucha a los que están en el poder, sin preocuparse de los medios que se utilicen para mantenerlos, con tal de saberse beneficiados. Los fuertes somos los que dominaremos la sociedad.

— Estoy de acuerdo. Las razones nadie las escucha. Hay que demostrarles quienes son los más poderosos.

— ¿A caso no somos nosotros los administradores de su bienestar? Pues hay que mantener ese poder a costa de lo que sea.

— Sí. Lo que conviene es convencerlos, atraerlos a nuestro terreno, y los beneficios serán para los que estén de nuestra parte.

— Por supuesto. Aquí se trata de no perder el mando y el dominio de la sociedad.

— Y si llega el caso de que se les olvida donde está el poder, quienes son los que mandan, también tenemos medios para que entren en razones.

— Bueno, bueno, no nos pongamos nerviosos y agresivos. Hay otras maneras más sutiles de convencer a la gente. ¿Por qué la violencia? También existen otros medios de convencerlos, ¿no os parece?

 — Es verdad, siempre se me olvida que tenemos entre nuestras filas la fuerza moral, que sabe conquistar a los indecisos ciudadanos con sus artimañas seductoras y engañosas.

— Muchas veces esto basta para convencerlos.

— Está bien — concluyó el narrador— Una vez expuestas las razones de sus argumentos filosóficos, pasemos a debatir sus actuaciones institucionales.

La fuerza física — Bien, permítanme que sea la primera. Actualmente soy tan potente como temida. Prácticamente tengo el mundo en mis manos. El poder de las armas y los recursos bélicos me hacen reinar en los países más poderosos de la tierra y ¡pobre del que se le ocurra llevarme la contraria!

Narrador — Bueno, bueno, no se crea tan potente, pues incluso su Señoría necesita de otros. ¿Quiénes son los que le ayudan a tener tanta seguridad en su fuerza?

La fuerza física — ¡Por supuesto! Yo sería impotente sin la fuerza económica y el poder científico. Todos en esta vida necesitamos apoyarnos en el polémico dinero, pero son las grandes inteligencias de la humanidad las que me van haciendo crecer. Los físicos y químicos con sus sofisticadas armas, los biólogos con los experimentos bacteriológicos… incluso los avances de la genética con su manipulación están a mi favor, ¡ah! Se me olvidaba, también tengo que contar con el campo de la psicología y la sociología como ciencias capaces de orientar las estructuras mentales de las personas. Estas son mis armas más poderosas de este momento histórico.

Narrador —Ya que su Señoría nombró al poder económico ¿Qué dicen sus representantes?

La autoridad económica —Bueno, la economía en principio debe ser una plataforma positiva, puesto que está llamada a hacer un análisis de la realidad para planificar la distribución de los recursos de una manera justa, donde todo esté distribuido equitativamente y a nadie le falte lo necesario.

La fuerza económica — ¡Espere, espere! ¿Dónde ha visto su señoría un sistema económico que se sostenga con los argumentos que aquí se expone? Siempre ha habido y habrá ricos y pobres.

La autoridad económica — ¡Sí, ya sé! Y no sé si esa realidad histórica será posible hacerla desaparecer algún día, pero tenemos que colocarnos siempre a favor del desarrollo y el bienestar de todos los ciudadanos. Nuestro primer cometido ha de ser la justa redistribución de la riqueza producida y, sin embargo, nuestra mayor vergüenza es la enorme diferencia que existe entre ricos y pobres, cuando se sabe que los recursos pueden llegar para todos.

La fuerza económica— ¡Anda tú! Lo importante para mantener nuestro estatus económico es el trabajo, la producción, el consumo, el aumento de capitales. Las grandes empresas bien saben de eso, de ahí, que se hable de las multinacionales e incluso de la globalización del mercado.

La autoridad económica — Si, ya veo por donde va. Pero esto puede ser un arma de doble filos, pues el instigar al consumo y las motivaciones del aumento del capital sólo favorece a los que ya se abastecen económicamente, pero ¿qué oportunidades damos a los menesterosos de cambiar su situación?

La fuerza económica — ¿No será que los hay muy flojos? El secreto de nuestro poder consiste en el saber cómo motivar y crear nuevas necesidades en el hombre para que siga consumiendo, para que no se tenga más remedio que seguir produciendo y así, aumentar la riqueza con el producto de las ventas.

La autoridad económica — ¿Y su Señoría crees que va a ser fácil triunfar en los países que carecen de poder adquisitivo con esa filosofía consumista? A mí esto me suena a explotación económica y esto no cuadra con mis principios.

íLa fuerza económica — No se preocupe, con tal de tener como los otros, siempre caen en la tentación de comprar, aun los que no pueden permitirselo. Todo es cuestión de tener a nuestro servicio un buen “marketing” que estudie los intereses del individuo y desde ahí imponer las reglas de producción y mercado.

La autoridad económica — ¿No sería interesante probar la rentabilidad que puede proporcionar el resolver los grandes problemas de la escasez de los pueblos, distribuyendo los recursos que de hecho nos ofrece la Naturaleza, en vez ignorar o explotar a los menos favorecidos? Además, si hay para todos, ¿dónde está la justicia social? Yo pienso que nuestro cometido ha de ser el garantizar para todo, el acceso a la adquisición de los recursos de producción. Los bienes de la Tierra pertenecen a todos y no sólo a unos cuantos que se han tomado el título de privilegiados.

La fuerza económica — Mire, a mí lo que me interesa es pegarme donde hay sólidas y seguras finanzas y a la garantía de dinero fácil. Yo he nacido para vivir en la abundancia y no para perderme en negocios de poca monta. Eso se lo dejo para los de pocas ambiciones.

La autoridad económica — Está bien, ese es su punto de vista. Pero no puede olvidar que jugamos un papel muy importante en la satisfacción de las necesidades primarias de todos los hombres y no sólo de las de unos pocos, que son precisamente los únicos que su Señoría parece favorecer.

La fuerza económica — ¡No sea iluso! También estoy en los económicamente débiles. ¿No ve que he montado un buen negocio con eso del consumo y todos quieren disfrutar de los bienes materiales aun por encima de sus posibilidades?

La autoridad económica — ¿Y qué me dice de los 800 millones de hombres que pasan hambre, pobreza, subdesarrollo… son también sus clientes hoy día?

La fuerza económica — ¡Está bien, está bien! ¡No me maree más! Estoy de acuerdo con que mi sistema económico no es el más perfecto, pero me lo he montado con tanta eficacia y comodidad que no puedo pensar en renunciar a ninguno de mis poderes adquiridos. Por el momento no me convence ninguna de las otras alternativas que se me presentan. Tengan en cuenta que las gigantescas multinacionales operan realmente en la trastienda de la marcha de nuestros gobiernos.

La autoridad económica — Esta es mi mayor preocupación, por eso quisiera desde aquí hacer una llamada colectiva, hacia una reflexión conjunta sobre el tema. Yo sugiero que se podría empezar por una revisión del objetivo sobre el aumento desproporcionado de la distribución de la producción y el instinto compulsivo por consumir sin juicio y sin medida, lo que lleva al individuo a crearse necesidades de lo que en realidad es un valor superfluo.

(CONTINUARÁ)

CONSTRUIR UNA HISTORIA DISTINTA

Si miramos a nuestro presente, hemos de reconocer que el sistema que gobierna el mundo en estos momentos no se puede calificar como modélico de humanidad solidaria, ya que conduce a una minoría de privilegiados a un bienestar desequilibrado y deshumanizador, y arruina gravemente la vida de muchas personas, conduciéndolas a ser cada vez más pobres y vulnerables. Las profundas injusticias de nuestras sociedades no hacen viable el objetivo del bien común de la humanidad y por este camino nunca conseguiremos hacer de nuestra Tierra la casa saludable y próspera para todos.

¿Quién es más que quién? ¿Qué tipo de mundo queremos dejar a nuestros niños? ¿Cómo podemos colaborar a la construcción de una historia distinta? Esta situación pide un esfuerzo conjunto que apela a nuestros mejores valores comunitarios.

Necesitamos, si de verdad queremos salir adelante, hacer de este mundo un lugar mejor para el bienestar de todos, colaborando en lo cotidiano para que sea realidad el bien común. Para que juntos construyamos un futuro más justo y sostenible. Da igual quien gobierne, si no cambiamos nuestra actitud y empezamos cada uno a poner lo mejor de nuestro a ser, los valores y dones recibidos en favor de la causa común, terminaremos destruyendo esta humanidad que se nos ha dado para desarrollarla con amor. Es verdad que todos somos llamados a esta tarea, pero no todos saben o quieren comprometerse en este proyecto existencial.

Si te das una vuelta por mi blog, verás que describo a un colectivo humano que prácticamente se ha tomado en serio esta tarea. Hoy voy a trasmitirte una conversación que espero enriquecerá lo que ya vengo comentando.  

 Me parece que nos estamos acercando al centro de las motivaciones existenciales de esta gente. Hace unos días volvía por la tarde del colegio, cuando me encontré con Dña. María, la madre de Marta; iba yo a coger el ascensor cuando me llamó y me invitó a tomar un café. Yo, sin más urgencia que hacer, acepté, pues me apetecía tener la oportunidad de charlar con alguien de su experiencia.

—Hay una cosa que me viene a la cabeza desde que estoy aquí y cuando más voy conociendo más me preocupo.

—¿De qué se trata?

—Pues verá. Yo quiero saber cómo ven los de fuera todo esto que aquí vivís.

—¿Los de fuera? … ¿Qué quiere decir?

 —Bueno, que quiero saber qué dicen de este modo de vivir las personas que no pertenecen a este grupo.

—¡Ah, ya! Pues mira, hay de todo. A veces les parece que obramos bien, pero no siempre. Eso de luchar por los derechos de los demás, el denunciar las injusticias, el poner en evidencia los intereses egoístas de los poderosos que explotan a los pobres sin voz… en fin, todas estas cosas, como comprenderás, no pueden agradar a los que se ven acusados. Es natural que estas denuncias les resulten incómodas. Por eso se tropieza con muchas dificultades y riesgos.

—Ya veo.

—Hay que obrar con mucha cautela y tacto en estos casos, pues sin duda hemos de reconocer que se necesita mucho valor para enfrentarse a ciertas situaciones, pero no por eso se puede dejar de hacer lo que en conciencia se cree que es un deber de todo hombre de buena voluntad. 

—Sí, pienso que no siempre es fácil. Pero también hay gente que lo ve bien ¿no?

—¡Por supuesto! Gracias a Dios, también las hay. Y suelen ser las personas más sanas. Algunas lo aprueban, pero no quieren comprometerse, nos miran desde lejos y nos aplauden, pero nada más. Otras prometen, pero luego se desentienden o lo van posponiendo. Pero también las hay que nos acogen con agrado, nos ayudan e incluso se unen implicándose de por vida en esta causa. 

—¡Qué bien!

—Sí. Poco a poco nos van conociendo y se va ganando terreno, pues nuestro empeño, no es ni más ni menos, que el de cualquier persona que vive incómoda entre una ciudadanía insolidaria y le gustaría construir una historia distinta, donde todos los hombres y mujeres se vean tratados con justicia y dignidad dentro de una sociedad libremente democrática.

Hizo una pausa para beber un sorbo de té y prosiguió:

—Por eso, la gente nos respeta y se admiran de nuestra forma de vivir, pero no todos nos comprenden y a veces nos encontramos ante puertas cerradas o gestos despectivos, cuando no agresivos.

—¿No tenéis enemigos? Quiero decir ¿gente que no esté de acuerdo y os haga mal?

—¿Qué sociedad no los tiene? Pero como nuestro empeño es construir la justicia con las armas de la paz, intentamos no enfrentarnos con los que nos provocan.

—¿Por qué si todo parece tan positivo os atacan?

—Pienso que porque somos una denuncia a su modo negativo de actuar.  Además, tienes que tener en cuenta que no siempre nos salen las cosas bien, pues somos humanos y aunque tratamos de ir conquistando terreno al mal que hay dentro de nosotros, no siempre se ganan las batallas inmediatas. Esto es una lucha de por vida, por lo que tenemos que ser humildes y contar con nuestros fallos personales y comunitarios y esto puede dar pie a tergiversaciones, malentendidos o inclusos ataques.

—¿Y cómo se castiga al que obra mal?

—Bueno, ya te he dicho que nuestra revolución es pacifista por tanto cuando alguien comete un delito, preferimos negociar la reconciliación por medio de un diálogo en el que está, por nuestra parte, asegurado el perdón.

 —Entonces ¿nunca usan castigo?

—Nunca. ¿Te sorprende?

—Pues sí.

—Mira, perdonar desde lo más profundo, es un acto que está ligado al amor gratuito. Como humanos aquí también nos enfrentamos con el mal. Hay que saber reconocerlo para corregirlo, pero la experiencia nos va enseñando que nunca se puede llegar a una aceptación de las debilidades y fallos del otro si no aceptamos el ser tan frágil nosotros mismos, como los demás. Al ponerte a censurar los errores ajenos, es muy sano empezar por reconocer tu propia realidad, ponerte en lugar de él, preguntarte cómo verías la situación si tú fueras el acusado, así seguro que serás más benévolo y misericordioso ante las equivocaciones del otro. Por eso, para restaurar la convivencia empezamos por intentar limpiar en nuestro interior todo el resentimiento que nos han producido los daños causados por el hermano que trato de perdonar, entonces es cuando estamos preparados para denunciar el mal y declarar sentencia sin rechazar a su autor.

 —Todo esto es extraño. Yo sigo pensando que el delincuente debe pagar con el castigo.

—Quizás eso saldrá bien con los animales que no razonan, pero creemos que las personas son capaces de llegar a descubrir sus fallos y enmendarse si alcanzan a ver el mal en sí mismo, hemos de darles una segunda oportunidad a pesar del riesgo de que, como humano que es, vuelva a caer.

—Sí, veo que ese riesgo existe.

 —De todas las maneras, aunque puede haber otros métodos más satisfactorios a corto plazo, preferimos correr el riesgo y embarcarnos en el camino del perdón como única vía de la reconciliación fraterna. El arrepentimiento y la rehabilitación del que ha delinquido, nos parece que tiene que estar conectada con la auténtica acogida del perdón, sin pasar nunca factura. Te aseguro que los resultados son buenos e incluso en ocasiones mejor que los que conocemos por otros métodos penitenciales.

—Esto rompe todos mis esquemas judiciales.

—Tal vez, pero cuando tengas detrás una buena carga de experiencia de vida vivida con más o menos cicatrices, espero que puedas llegar a desmitizar muchos esquemas.

—Eso espero.

—Mira, los años me han enseñado que la sabiduría no está en el castigo ni en la humillación del delincuente, sino en su profunda conciencia de rehabilitación y arrepentimiento. Así que ¿por qué actuar con dominio autoritario y violencia cuando lo que se busca es una reconciliación con la sociedad?

 —Y ¿qué pasa cuando vuestros métodos fallan?

—Nunca se puede olvidar que el trigo y la mala hierba crecen juntos en nuestro interior, y que hay que intentar por todos los medios que triunfe el bien, pero no siempre se consigue, ahí está en juego la propia libertad, y entonces lo único que nos queda es condenar la falta, pero nunca al sujeto

—Ud. que es una persona de más edad, ¿cree que vale la pena? ¿Tiene esto futuro?

 —Para serte sincera te diré que estoy contenta de cómo va saliendo este proyecto. Año tras año veo madurar a esta gente y eso me hace crecer en confianza, a pesar de las incoherencias personales. Veo que tiempos mejores están brotando entre nosotros y te lo dice alguien que ha vivido lo suficiente como para poder dar un juicio que sólo los años pueden dar. Es verdad que la sociedad cambia, pero hemos de estar atentos, para dar respuestas nuevas ante las nuevas situaciones.

—¿Cuáles son los mayores enemigos?

—Yo te lo resumiría diciendo que es la maldad que hay en el interior del hombre. La ambición, el deseo de poder y dominio, el vivir para acumular riqueza, poder o prestigio. Sobre todo, el egoísmo y la soberbia. Son estos los antivalores que van debilitando cualquier desarrollo social. Son gestos que ahogan el crecimiento de la buena semilla que hay en todo ser humano.

 —Y ¿se avanza?

—Por lo menos se intenta. Pero yo te diría confidencialmente que hay muchas personas que han alcanzado una madurez humana increíble. Esto supone el vivir la verdadera dimensión del hombre libre. Libre de todas las presiones sociales que esclavizan, libres para poner todos sus valores, toda su riqueza personal, al servicio de esta sociedad que entre todos queremos ir construyendo. Aunque para ello se tenga que pasar por renuncias personales.

Creo que hay que tomarse la vida en serio siendo responsable de nuestros actos, asumiendo lo que hemos hecho mal hasta hoy y modificando nuestras actitudes para colaborar en construir un futuro mejor para el conjunto de los humanos. Porque con cada pequeño acto individual se refuerza la unidad de la sociedad, siendo más justos, menos egoístas y más solidarios con todo el mundo colaboramos a establecer el bien común de toda la humanidad, comenzando por los que tratamos cotidianamente. 

Pienso que estos momentos extraordinarios que estamos viviendo, pueden ser la puerta de un tiempo nuevo. Muchas cosas pueden cambiar. Pero ten la certeza de que la vida nos está haciendo una nueva propuesta en el quehacer rutinario. ¿Sabremos entenderla? ¿Creemos que un mundo mejor es posible?

LAS ESPERANZA DEL CAMBIO

        Nuestra ingenuidad de que el mundo lo controlábamos los humanos se ha deshecho en unos días. El virus nos está enseñando que todos pertenecemos a la misma especie, todos somos SERES FRÁGILES QUE DEPENDEMOS DE UN ESFUERZO COMÚN PARA SOBREVIVIR.

Lo estuve pensado, y es evidente que habrá distintas respuestas ante esta situación, cada uno saldremos de ella con criterios y propósitos muy heterogéneos, pero sin duda siempre podemos tomar una u otra postura. Habrá quien está esperando que todo esto pase para volver a su vida anterior, sin que estos días les marque como oportunidad existencial, pero también creo que habrá un grupo de la gente que sacará algo de esto, que le ayude a crecer como persona. De verdad, ¿quieres salir de todo esto igual que como entraste? Yo me niego.

Aunque nos sacuda el cansancio por lo que ha supuesto el Covi-19, de confinamiento, de miedo, de alarma, de enfermedades y muertes, de soledad, de precariedad económica, de paro y hambre… creo que hemos de sentarnos seriamente para comprender qué luz voy a escoger para mi vida; en mi proceder diario. ¿Qué luz quiero que ilumine mis pasos?

Quiero ser de las personas que se apuntan a reflexionar y meditar para descubrir cómo podemos contribuir a aprender a vivir de manera más humana y solidaria después de esta pandemia

Y para ello te voy a invitar a leer el capítulo 18 de la novela “La esperanza del cambio”

Después de terminar las actividades de la tarde en el club, he estado charlando con Andrés en su despacho. Tenía una lista muy larga de interrogantes desde mi asistencia a su clase y pretendía que él me las aclarara.

—Me gusta que me expliques, eso que llamáis los deberes que tiene una ciudadanía responsable.

—Bueno, yo creo que la persona tiene que sentirse y actuar como parte constructiva de la sociedad donde vive, y nadie puede privarle de este derecho, ni ella misma debe evadirse de esa responsabilidad.

—Entonces, ¿tú apoyas eso que todas personas tienen su papel sociopolítico en la historia?

—Si, así es. Pienso que nadie se puede quejar de estar viviendo en una sociedad que no es de su agrado, si no intenta poner los medios para transformarla, si no trata al menos de mejorarla participando, como un ciudadano con responsabilidad.

—¿Crees esto fácil?

—No, no lo es. Pero las lamentaciones y quejas sin hacer un intento por ayudar no llevan a la solución de las situaciones incómodas. Esa postura pasiva son quejas estériles que terminan por engendrar pesimismo y desaliento o en el peor de los casos una indiferencia, pasotismo y aburrimiento ante la causa social, y no conducen a nada bueno.

—¿Tú crees en democracia?

—Como te decía, estoy convencido de que todo hombre tiene derecho a participar libremente en su bienestar social, y este es el principio fundamental de todo sistema democrático, la participación de todos los ciudadanos, colaborando en el perfeccionamiento del desarrollo cívico más inmediato, donde el bien de todos se ha de construir con la cooperación de cada uno.

—¿Cómo me explicas esto?

—Pues mira, en la medida en que vayamos profundizando en el valor de la auténtica democracia, no sólo a la hora de dar nuestro voto sino también a lo largo de los periodos legislativos, dando nuestras opiniones, conocimientos, apoyos y recursos al servicio del enriquecimiento de los programas políticos, estaremos actuando como ciudadanos democráticamente responsables.

—Y entonces, ¿tú crees que este es el camino de modelo de sociedad que propone la auténtica democracia?

—Si, un camino donde los dirigentes políticos ejercerán su mandato compartido con la aportación ciudadana, siempre a favor del bien común. 

—¿No es esto mucho arriesgado para los políticos?

—Pues si, pero si están de verdad por hacer un servicio a la comunidad, escucharán las demandas de cualquier ciudadano. Pero por desgracia no siempre es así, y son muchos los que buscan el puesto como plataforma de poder y enriquecimiento personal aun basándose en intriga y corrupciones de todo tipo.

—¡Esto es muy malo! ¿Es esta la causa de problemas de gobierno democrático?

—No exclusivamente del sistema democrático, pues puede ser un mal en cualquier sistema político, pero en todo caso siempre hemos de luchar por mejorar nuestros gobiernos si queremos avanzar en la construcción de una historia progresista, justa y más humana.

 —Ya entiendo.

—De todas las maneras, yo soy optimista y tengo esperanza en el cambio y el progreso. Todo diálogo político que promueva acciones de avance y mejoras ciudadanas han de ser apoyados y favorecidos.

—¿Es clasista vuestra sociedad?

—¡Por supuesto que sí! La situación social en la que vivimos está cimentada en el tener y no en el ser. Por eso funcionamos entre las categorías de los ricos, inteligentes, poderosos…  El que tiene dinero, poder, capacidad intelectual… es el que triunfa, aunque esto lo haya adquirido de una manera poco honesta, y así no construimos positivamente el bienestar de todos, puesto que el que carece de esas cosas, a veces por no querer pactar con ciertos valores, éste se puede encontrar marginado o sencillamente quizás nunca alcance a ser influyente en la sociedad. Pues, aunque en teoría se afirme que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, en la práctica sabemos que no es verdad, y que en ocasiones se llega a violar los principios más elementales de los derechos humanos, por mucho que se diga que la democracia está a favor de estos principios.

—¿Y cuál es vuestra propuesta?

—Sin duda, el ir sensibilizando a los ciudadanos del deber de construir otra realidad social, siendo conscientes de sus obligaciones cívicas, contribuyendo en la cooperación solidaria, a fin de que todos disfruten de una aceptable calidad de vida, al menos con sus necesidades más elementales cubiertas

—¿Tú crees que mejoráis el futuro?

—¡Por supuesto! Ya te he dicho que la solución está en no lamentarnos inútilmente sino en ayudar al cambio para mejorar. Es verdad que la meta es muy ambiciosa, pero creo que al final el bien va a triunfar, y si nos juntamos los que tenemos esta esperanza, y trabajamos por el bien común algo conseguiremos ¿no te parece?

 —Puede ser…

—Por mi parte no quisiera pasar por la historia sin haber puesto mi grano de arena para lograrlo. Porque esto es urgente. Si, urge que nos comprometamos socialmente si queremos de verdad que suenen voces que proclamen la justicia, la solidaridad, la participación responsable… Este ha de ser nuestro empeño, ir buscando hacer el bien junto a las personas que tengan estas mismas inquietudes.

—¿Es así donde terminará la pobreza?

—Este es un tema muy complejo. Como ya te he dicho, espero que algún día caigamos en la cuenta de que todos tenemos derecho a tener cubiertas las necesidades más básicas, cosa que aún no es una realidad.

 —¿Y tú dices que la democracia es el camino?

—Bueno, es uno de los caminos, supongo que habrá otros, pero cualquiera que busque el desarrollo pleno de la humanidad, ha de optar por colaborar activamente en la construcción de un orden social acorde con las exigencias del bien común y de la distribución equitativa de los bienes del planeta.

—Esto me suena a… ¿cómo se dice… utopía?

—Quizás te parezca una meta inalcanzable, pero sabemos hasta dónde pueden llegar nuestras fuerzas y no por eso nos acobardamos ni renunciamos a la lucha.

—¿Cómo me explicas de los países donde los gobernantes buscan su bien económico propio o sólo gobiernan para mandar y dominar?

—Eso es parte de lo que te he comentado. Cuando el poder político está en manos de desaprensivos que sólo tienen miedo de perder su plataforma de poder y dominio, su cómoda existencia y su alta posición social, sin meterse en el tema de la solidaridad apoyando el bienestar de todos los ciudadanos, asistimos al descrédito y al propio suicidio de las instituciones políticas.

—¿Tú crees esto?

—Estoy completamente seguro de que el pueblo tarde o temprano se levantaría contra los que así abusan de su poder. Los gobernantes tendrían que plantearse su situación y saber que esto los llevaría a ser los primeros en perder sus privilegios. ¿No te parece?

—Si, me temo tienes razón. ¿Cómo van a responder a las necesidades más urgentes de los ciudadanos, si con esto no se benefician, sino que tienen que renunciar de lo suyo para todos?

—Veo que lo vas captando. Además, hay otro problema que es el que surge en los países donde se pone como meta la producción a consta de la explotación de los propios trabajadores.

—Si, algo leo de esto en una crítica de la sociedad de consumo.

—Son planteamientos económicos que no miran en absoluto la dignidad de la persona. Las fuerzas laborales están organizadas para obtener el máximo beneficio sin tener en cuenta las condiciones de vida de los trabajadores, que son al fin y al cabo los que hacen progresar la economía con sus esfuerzos y sudores. La persona es explotada y sólo se le mira como un instrumento más de la productividad.

—Y así sólo se enriquecen los jefes ¿verdad?

—Así es. Los beneficios del desarrollo económico siguen estando en manos de unos cuantos poderosos que mueven los hilos de toda la producción.

—Ya veo.

—Por eso es urgente hacer propuestas alternativas desde la base para cambiar el sistema, poniendo en primer eslabón en el respeto a todas y cada una de las personas que la forman.

—¿Y cuál es tu propuesta?

—Pues verás, tenemos un programa de orientación ciudadana, en el que se informa a la gente de sus auténticos derechos. También es muy importante la educación de los valores para ir tomando conciencia de que las relaciones humanas tienen como base la igualdad, aboliendo toda forma de explotación y discriminación y por último nos interesamos por la formación de conciencias rectas, honradas, íntegras, que no se dejan embaucar por la injusticia, la inmoralidad de los ambientes que buscan el engaño y el fraude social.

—Esto suena muy interesante.

—Así es. Yo creo que es el camino por el que se podría llegar a construir una sociedad donde se respete al ser humano en toda su dignidad. Cuando el ciudadano conoce sus derechos y los exige, la autoridad ejecutiva no le queda otra alternativa que actuar en favor de esas voces.

Yo pienso como Andrés, por eso me niego a salir de esta experiencia igual que entré, creo que Dios nos da una nueva oportunidad para reflexionar sobre nuestra respuesta ciudadana. No es fácil, pero no hemos de dejar de luchar y trabajar para colaborar con responsabilidad en el cuidado del desarrollo de nuestra aldea común.

Espero que muchas cosas cambien, pero nunca nos podemos situar como meros espectadores del devenir de la Historia, somos sus protagonistas

UNA BUENA NOTICIA

En un momento en el que dos de las potencias mundiales China y Estados Unidos estaban en guerra por ser la mayor economía del mundo, llega un virus que los pone de rodillas y nos manda a todos a un confinamiento obligatorio. El virus no respeta muros, ni entiende de clases sociales afecta a todo el mundo sin preferencias. De repente todo pierde valor y fuerza frente a este enemigo común y nos sitúa desnudos ante nuestra debilidad humana.

Hay gente que se pregunta ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Cómo descubrir su presencia hoy, en la historia presente?

“Vosotros seréis mis testigos”.

A través de nosotros, él quiere actuar. Esta es la buena noticia, que Él está aquí y nos pide que demos testimonio de su presencia. Tenemos que sabernos sus manos, sus pies, su corazón… para que el mundo crea que hoy sigue actuando. Tenemos que ser coherentes con lo que hacemos, poner nuestras capacidades y talento, nuestra imaginación y creatividad, nuestra inteligencia y energía a su servicio, todo esto hecho por amor, pues “solo el Amor es digno de Fe”, sólo así seremos creíbles.

Hoy me atrevo a presentaros la propuesta de Andrés a sus alumnos, quizás a alguien le parezca interesante.

—Busquemos por tanto el reino y su justo crecimiento y todo lo demás hay que saberlo relativizar, colocándolo en el lugar que le corresponde en la escala de valores que constituyen los peldaños para conquistar ese reino. Recordad que hemos de pasar por la historia como elegidos y amados que somos, llamados a ir hacien­do realidad el proyecto de S. H., su Reino, y que no es otro que ir sembrando para que crezca la familia de Dios, porque su reino no es de gobernadores y súbditos sino de una familia donde todos se aman sirviendo y atendiendo las necesidades de los hermanos.

—A mí siempre me llama la atención cuando hablas de que somos elegidos. ¿Acaso no hemos sido llamados, toda la huma­nidad, a ser ciudadanos del reino?

—Por supuesto. Todos somos llamados, pero no todos son conscientes de esta realidad. Y los que hemos tenido la gracia de caer en la cuenta de esta misión no podemos despreciarla o tratar de ignorarla. A eso me refiero al decir que somos elegidos, mejor sería decir que somos conscientes de la elección.

     —Es verdad que no todos responden, pero, así y todo, no me negarás que se necesita mucho coraje y mucha confianza en la ayuda del Señor para no flaquear en los momentos difíciles.

—Así es. Y sólo los que lo intentan con constancia lo con­siguen. Aunque tenéis que ser realistas, porque esto es tarea de toda la vida, y el enemigo es muy astuto y busca los puntos más débiles para atacar, pero tened ánimo, el amor de Dios puede convertir nuestra debilidad en fortaleza y si estamos llenos de estas inquietudes, nuestras palabras y nuestras obras nos han de delatar, pues de la abundancia del corazón habla la boca.

—¡Esto suena a utopía!

—Yo diría más bien a mucha tarea por hacer. Todo esto no pueden ser sólo palabras bonitas, hay que cambiar el corazón para poder aceptar a todos como hermanos y desearles lo mejor. Claro que no es fácil y por supuesto que no se consigue a fuerza de pu­ños. Pues nuestro hombre egoísta, que reina en el interior de cada uno, lucha por situarse en el puesto que tratamos de arrebatarle.

—Entonces, ¿qué nos recomiendas?

—Trabajar dando paso en nosotros al amor que se nos ha dado y que va desarrollando en nuestro ser, una nueva criatura digna de poder derramar ese amor en los demás. Este es el único camino, así conseguiremos poco a poco ganarle las batallas de esta guerra interior a nuestro cruel enemigo. Se trata pues, de ser valientes y colaborar para que triunfe el bien, con las armas de ese hombre nuevo. Armas de paz, gratuidad, comprensión, aco­gida, generosidad… En fin, es un ir creando en nosotros un estilo de vida propio de los discípulos del Señor, y solo desde ahí, el mundo podrá ir caminando por sendas donde no crezca la cizaña del egoísmo y la insolidaridad.

—No sé… Hablas con una firmeza y seguridad, que parece como si para ti todo esto resultara muy fácil.

—¡Por supuesto que no lo es! ¿Qué te crees que a mí no me cuesta?, Llevo ya muchos años en esta empresa y a fuerza de ganar y perder batallas voy conquistando terreno al bien que hay en mí y debilitando mi mal. ¿Cómo? buscando las fuerzas en la oración y en la ayuda de los hermanos. Si conseguimos una co­munidad que se aviva por la oración y la ayuda mutua, sin duda que conseguiremos nuestra meta. No podemos olvidar que todos nos complementamos y es muy sano sabernos necesarios y nece­sitados, formando un todo con los demás.

—¿Y qué pasa cuando no te lo agradecen o te interpretan mal?

—Ya os he dicho en otras ocasiones que esto es gratuito. Quiero decir que no podéis actuar según la reacción del benefi­ciario, esto ni se cobra ni se paga, es otra cosa, no podemos pre­tender alcanzar seguridades externas o buscar un reconocimiento y mucho menos actuar por ganarnos el prestigio de los otros.

—Pero supongo que, si te mueves entre personas sensatas, pronto te sabrán reconocer.

—Puede ser, pero no olvides que la envidia es muy sutil y uno de los enemigos más ocultos del ser humano, incluso entre los que se esfuerzan por ser buenos. Pero, aunque esto suceda, no podemos abandonar. Por eso mi empeño en meteros estos fun­damentos muy dentro, para que no os sorprenda el mal y sepáis como enfrentaros a él.

—¿Cómo?

—Os lo repito, con la fuerza de vuestra vida interior y la ayu­da de un buen consejo fraterno. En cuanto a la relación con los demás, hay que procurar, ir sembrando a nuestro paso gestos de respeto, comprensión, justicia, solidaridad… Que la gente se sienta feliz al compartir con nosotros el esfuerzo cotidiano. Os aseguro que no hay un camino más fácil de ser feliz que empe­ñarse en hacer felices a los que están con nosotros codo a codo.

—Tienes razón. Y yo creo que poco a poco vamos entrando en esta dinámica que nos propones. ¿Verdad?

—Estoy seguro de que así es. Y no olvidéis que el gran éxito lo conseguiremos cuando tratemos de estar junto al que más lo nece­sita, para remediarle, o al menos, para darle el consuelo de compar­tir en compañía solidaria. Os aseguro que no hay mayor dolor que sufrir en solitario, pero todo esto se puede superar en la medida en que aprendáis a vivir desde lo más profundo de vuestro ser. Bueno, dejamos aquí este tema, pues ya es la hora de ir terminando.

Siempre hay algo bueno en el mundo por lo que vales la pena luchar

LA GLOBALIZACIÓN

La charla del relato anterior entre Andrés y M95 terminó con esta solicitud por parte de ella

—Una última pregunta. ¿Qué piensas de la globalización?

—Bueno, este es un tema muy complejo, con consecuencias éticas muy importantes, pues la actividad económica no puede de­jar de considerar el bienestar de toda la humanidad, por lo que se trata de buscar nuevos caminos para llegar a un desarrollo justo y sostenible, especialmente a favor de los países menos favorecidos. No se puede hablar de grandes avances en este campo cuando se siguen muriendo gente en muchos lugares del planeta por falta de alimento y atención sanitaria. Por eso yo soy partidario de la crea­ción de organizaciones internacionales de control y guía, para que orienten la economía hacia el bien de todos los pueblos.

¿Tú crees que la globalización es solo al campo económico?

—No, aún más, pienso que toda acción colectiva, del campo que sea, tiene que ponerse en favor de todas las personas del planeta. Cualquiera que sea el sistema, la organización social o económica ha de favorecer efectivamente la justicia y la solidari­dad en favor de cualquier ser humano.

¿Tú piensas que es la globalización para un mundo mejor?

—Todo depende de la orientación que los implicados quieran darle. El incremento de la producción, la difusión de las nuevas tecnologías, las buenas relaciones comerciales y culturales a nivel planetario, las buenas intenciones de favorecer la paz y la soli­daridad entre los países, la fuerza con que se trata de aplicar los derechos humanos… son rasgos positivos que sin duda ayudan a construir una historia más humanizadora.

¿Y ves algo negativo?

—Pues sí, también hay el peligro de que se creen organizaciones mercantilistas donde se marque más las diferencias económicas entre los países, la forzada e injusta competencia, organizaciones internacio­nales en manos de intereses particulares, grandes poderes que confi­guren monopolios. Por otra parte, existe el peligro de uniformar los modelos culturales anulando las autonomías nacionales, el surgir de redes globales de terrorismo, droga, explotación de las emigraciones…

Ya veo que es muy grande y complicado el campo de actuar.

—Así es. Pero no soy de esos que atribuye a la globalización todos los males del mundo, pues ya se van viendo resultados po­sitivos que hay que ir fomentando y motivando para que crezcan. Necesitamos pasar por encima de posiciones simplistas y enfocar nuestra atención sobre lo positivo que nos puede aportar este nuevo signo histórico. Creo que puede tener éxito cuando todos disfruten de sus beneficios.

Todo esto es un programa de muy compromiso.

—Si, pero en lo que respecta al modo de enfocar nuestra res­ponsabilidad social es mucho más profundo, porque sabemos que se nos ha dado este mandato de construir la historia presente con las actuales herramientas. Y si somos coherentes hemos de estar dispuestos a sacrificarlo todo, hasta la vida, para ser fieles a nuestra misión existencial.

A lo largo de toda la novela M95 tiene un único confidente, el agente V71, el cual siempre trata de frenar sus emociones ante el proceso de las investigaciones.

Ni que decir tiene que, a estas alturas de su estancia entre esta gente, M95 tiene muchas sospechas, dudas, interrogantes… que sólo las puede compartir con su compañero de proyecto.

Hoy vamos a introducirnos en su conversación después de oír esta última entrevista con Andrés.

Entre unos y otros, nos van ayudando a ir comprendiendo esta realidad. Al parecer actúan en los diferentes campos de la sociedad cultural, política y económica.

Si, vamos conociendo y valorando las características de este con­texto sociocultural, los fenómenos de influencia filosófica que motivan sus comportamientos. Su presencia en las diferentes estructuras cívicas es muy comprometida, procurando ser siempre portavoz de los derechos de todos los ciudadanos. Pero ya sé que su última motivación es el compromiso que han adquirido al saberse implicados en la empresa de ese misterioso S. H., al que llaman el Señor y que según ellos tiene un plan que dicen va más allá de la Historia.

Todo esto suena extraño y fantasioso.

¡Si pudiera ponerme directamente en contacto con él! ¡Tengo tan­tas preguntas aún sin respuestas!

¿Por ejemplo?

Pues… por ejemplo ¿cuál es el verdadero sentido de la historia de la humanidad?

¡Qué pregunta más trascendente!

¡No te burles!

Ten cuidado con tus impulsos, no te entusiasmes con tanta ve­hemencia. Recuerda que las grandes ideologías religiosas no colmaron las expectativas de sus creyentes, más bien les llevó al fanatismo y a la guerra en nombre de su dios. ¡Cuántas guerras santas han llenado la tierra de sangre y la historia de odio!

Es cierto, pero parece ser que aquí no es el caso

Bueno, algo habrá que no nos convenza.

Puede ser, pero creo que hemos descubierto algo que no nos puede cegar ante una verdad que parece tenemos olvidada.

¿A qué te refieres?

Pues a que la vida no se puede reducir sólo a las cosas que cap­tamos a simple vista. Ahora veo que esto no es la única realidad, hay algo más allá. Pero si somos todos de la misma naturaleza ¿por qué nos comportamos con unas respuestas tan distintas? ¡Aquí falla algo! ¿Quién está en lo cierto? ¿Cuál es el camino correcto? ¿Acaso hemos de recuperar los criterios existenciales de esta gente y que parece que nuestra civilización ha perdido?

M95, te lo repito no te metas a filosofa, no es tu cometido.

Pero creo que todos tenemos derecho a descubrir la verdad. Esta es una aventura que implica no sólo a la inteligencia y a las emociones, sino que requiere una escucha interior que nos hace trascender, que nos lleva más allá de los meros instintos y sensaciones por los que hasta aho­ra hemos funcionado. Entiendo que hemos sido educados en un nivel muy superficial que nos lleva a tomar decisiones muy poco comprome­tidas existencialmente, pensamientos débiles, meras opiniones, simples datos… Creo que hemos de dar el salto a otra dimensión olvidada, la dimensión del espíritu.

¡Sí…? Bueno… ¿y qué?

Pues que ya no puedo conformarme con meras opiniones que nos hacen esclavos de la manipulación arbitraria de los más fuertes. Nece­sito respuestas más inapreciables, más profundas.

Me parece que lo único que vas a conseguir es complicarnos la vida a los dos. Tú por tanto discurrir y yo por consentírtelo.

Bueno, todo esto bien puede ser el precio de la conquista de nues­tra libertad ¿no?

No sé, es un riesgo muy grande que no me atrevo a asumir. Es verdad que yo tampoco me he planteado estas cosas hasta ahora. Quizás nunca se me había presentado la ocasión, pero se nos está complicando la vida con tanta novedad sobre el sentido de la existencia humana, con opiniones tan distintas a lo que estamos habituados a escuchar. Sinceramente, no quiero meterme en este juego.

Pues yo sigo teniendo muchas preguntas: ¿Qué puede haber de cierto en una utópica eternidad? ¿Es posible que esta no sea la única vida que vamos a vivir? ¿Cuál es el fin de nuestra existencia? ¿Tene­mos un futuro más allá de la muerte o (como se nos dice) somos puro producto genético con una finalidad meramente física?

Todo esto suena inquietante, pero te insisto en que es muy peligro­so buscar respuestas.

Sinceramente, me siento aturdida ante la exigencia de replan­tearme el significado de mi propia existencia humana. ¿Por qué existo realmente? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Para qué he nacido?

¡Quieres dejarlo ya!

¡No puedo! ¡Se me ha metido en mis propias entrañas! Al menos déjame que te lo verbalice.

Tú verás lo que haces, ya te digo que no quiero verme implicado en tu locura.

Llámalo como quieras, pero recuerda que esta gente afirma que la existencia actual es un recorrer un largo camino hasta la puerta que nos separa de la auténtica vida, que se nos promete eterna y feliz desde que cruzamos definitivamente el umbral del más allá, después de la muerte.

Mira, si esto fuera cierto, ya la humanidad con tantos siglos de pensamiento tendría menos respeto a la llegada de esa hora, ¿quién ha vuelto del otro lado de esa puerta que se supone es la muerte, para tener esa certeza?

¡Otra pregunta para hacer! Pero sólo sé que esta es la primera vez en mi vida en la que me he parado a reflexionar sobre esa posibilidad. A medida en que me voy metiendo en esta sociedad me veo impulsada más y más a confrontar mis últimas razones existenciales

ANTE UNA TAZA DE TÉ

Hoy vamos a introducirnos en la casa de Andrés y Sara.

Esta tarde están tomando el té con Marta y Kay. La conversación viene llevada por un problema que ha surgido al presentarse la ocasión de ayudar a una chica que se ha metido en el mundo de la droga. M95 provoca el tema con una pregunta

¿La droga es una problema fuerte?

—Sí, realmente es preocupante —comentó Marta—, pero lo peor es que se especula mucho con el tema y muchas veces la in­formación hace que la curiosidad pueda más que un buen control de parte de los que tienen autoridad. Es un problema que va más allá del conocimiento de los ciudadanos.

-—Sí. En general —siguió Andrés—, la delincuencia organiza­da en nuestro país, en la que sin duda está incluida el tráfico de droga, supera con mucho el conocimiento público. Este es un tema pendiente en el que el propio gobierno está implicado, pues es una de las batallas más duras de la policía y de los funcionarios judiciales de la nación.

Por eso, tú Marta te lo estudias ¿no?

—Sí, así fue. A fuerza de tanta necesidad o pasas del tema sin ver la importancia social que en sí tiene, o te decides a implicarte en ello y buscas la manera de cómo poder ayudar. Aunque sea a muy pobre escala siempre se puede remediar algo.

—Lo que no se puede, de ninguna manera —ahora era Sara la que intervino—, es cruzarse de brazos y negarse a colaborar, cuando sabes que con un poco de esfuerzo puedes echar una mano positivamente. Cada uno según sus posibilidades, pero sin duda el problema es de todos y cada uno tiene que responder de su implicación en el tema.

La verdad es que, en muchos temas dije como si pensara en altohay el peligro de leer, oír o ver y tú vivir con la tranquilidad de que no son los problemas esos tuyos.

     —Exacto. Este es el peligro, que podemos tranquilamente vi­vir acostumbrándonos a las desgracias y calamidades de las otras personas porque no somos solidarios con el mal ajeno.

—Sólo desde una decisión de responsabilidad humanitaria se nos despiertan los sentimientos ante la causa del que sufre y re­clama más o menos conscientemente nuestra ayuda.

¿Tú has visto muchos que morir por la droga? pregunté a Marta.

—Sí, varios casos. La mayor parte de los que ingieren droga dura, terminan muriendo, sin que la tragedia se pueda evitar ni clínica ni socialmente, pues, aunque no está legalizada, no es pe­queño el número de víctimas.

¿Y no es mejor legalizarla?

—Clínicamente no creo que valga la pena, este tema es muy resbaladizo, es verdad que lo prohibido llama, pero hay cosas que son veneno y que hay que prohibirlas cueste lo que cueste. Es un verdadero cáncer.

—Es lo que pasa con el tabaco, mucha información de lo nocivo que es para la salud, pero es el mismo gobierno el que se beneficia con su venta.

—Y no es sólo eso —prosiguió Sara—, en lo referente a la dro­ga, está también el peligro de la adulteración empleada por los pro­pios traficantes, que para sacar más beneficio económico rebajan la cantidad y con ello la calidad, aumentando el riesgo mortal.

—El tema de la legalización —comentó Andrés, es también un asunto que toca niveles morales. ¿Cómo autorizar que se con­suma una sustancia con la posibilidad de provocar una enferme­dad o quizás una muerte? Me parece un acto cruel de insolidari­dad con la humanidad.

Bueno, también el tabaco no está bien y nadie te prohíbe com­prar y fumar ¿no?

—Llevas razón, pero si se ha fumado por tantísimo tiempo ¿quién puede hoy retirar del mercado ese negocio por muy noci­vo que sea? y lo peor de este tema, como apuntaba Marta, es que en eso está metido el comercio estatal.

      —¿Y ese ser tu miedo de la droga?

—Así es. Su aceptación legal y social es inconcebible en cual­quier conciencia recta, puesto que es un mal para la persona y me temo que una vez legalizada no se pueda dar marcha atrás.

—El uso de cualquier sustancia química, fuera de una nece­sidad curativa, sólo por el placer o evasión de la realidad, nunca debe permitirse legalmente puesto que estas sustancias disminu­yen las capacidades físicas y mentales en el que las toman.

¿Y por qué la gente lo toman?

—Por incontables motivos. A veces son varios en la misma persona, pero a parte de la mera curiosidad o por la simpleza de una moda, hay motivos serios a tener en cuenta como los pro­blemas surgidos por la crisis económica del país que conlleva la falta de puestos de trabajo, la pérdida de los valores espirituales, las corrientes modernas destructoras de ideologías y creencias, el miedo existencial… en fin, personas que pierden su proyección de futuro, que no encuentran sentido a su vida y por no valorar su existencia la destruyen con lo que está a su alcance, engañosa­mente creyendo que el uso de esa evasión, de ese placer momen­táneo les liberará de su cruel realidad.

Y tú Marta, ¿cómo los curas?

—Primero con un proceso de desintoxicación controlando las dosis que se les administra hasta anular la necesidad. Pero al mismo tiempo les proporcionamos una atención personificada ayudándoles a recuperarse psicológicamente, comenzando por la aceptación de sí mismo en su situación vital; con ello, si reaccionan, consiguen una paz y serenidad que les lleva a plantearse de nuevo la vida desde otros esquemas. Aprenden a ser libres y responsables, rehaciendo así su propia autoestima separada de los problemas exteriores. Desde ahí, pueden ser capaces de reaccionar en positivo ante las dificul­tades ambientales y están preparados para platearse la vida como una responsabilidad ante la misión personal e intransferible para la que han nacido. Pues todo ser humano tiene que encontrar ese fin último de su existencia y en la medida que se encamine hacia él, se realizará como persona. Sólo esto nos puede hacer realmente felices.

—¿Sabes cuál es el mayor problema por solucionar ante una persona en este estado? —me preguntó Sara.

¿Cuál?

—La enorme falta de comunicación en esta sociedad indivi­dualista, llena de prisas, que no tiene tiempo para escuchar los problemas, deseos e inquietudes de los que pasan a nuestro lado cada día. La comunicación es sin duda la medicina preventiva más eficaz en estos casos.

—Cierto. Es lo mejor para combatir los problemas de tantas personas que no saben cómo seguir adelante existencialmente, porque se han metido en un túnel donde no ven la salida. Por eso hay que tratarlos en el ámbito individual. Son casos muy perso­nales, y hay que ver la realidad de cada individuo, en un contacto de corazón a corazón. Esto es imprescindible si se quiere llegar a una auténtica rehabilitación, pero sin duda no es un proceso fácil pues muchas veces se encuentra resistencia por parte de la persona que se le quiere ayudar.

Todo esto me parece muy interesante, pero muy difícil.

—Verdaderamente no es fácil. Pero es necesario vencer ba­rreras y no dar paso al conformismo ni a la indiferencia ante el problema ajeno, como si no fuera con nosotros lo que es en sí un asunto de cada uno de los que integramos esta sociedad enferma.

—Sí, es cierto. No podemos ignorarlo ni silenciar este mal.

—Hemos de tratar de colaborar para que todo vaya mejor y el camino es llenar nuestro corazón de verdaderos sentimientos de fraternidad.

—Para ir transformando las estructuras sociales —comentó Andrés—, hay que empezar por ser personas que están al lado del dolor físico y moral de los más cercanos.

—Es cierto —siguió Marta—. Hemos de acercarnos al sufri­miento y sintonizar con los sentimientos del que padece, para ir aliviando, en lo que podamos, el dolor del mundo.

—Se trata de vivir con la disposición interior de querer ayudar al otro y ponerse en sus zapatos. Como suele decirse —prosiguió Andrés—. Todos hemos nacido para ser felices y no tenemos por qué impedir, con nuestros egoísmos sociales, que algunas perso­nas alcancen esa meta existencial. El peor enemigo de la felicidad es el egoísmo humano.

—La solución está en unirnos en el amor y luchar en favor de la felicidad de todos.

—Sí, el trabajar en colaboración con las personas que buscan hacer el bien, hace que el colectivo tenga más fuerza para influir en la sociedad que tratamos de mejorar.

— Todo saldrá bien, en la medida en que tratemos de ayudarnos mutuamente. Si actuamos juntos, si confiamos unos en otros porque todos buscamos hacer el bien, sin duda que con­seguiremos un mundo mejor y tendremos que lamentar menos errores de los que ahora somos víctimas

—Si todos fuéramos así, estoy segura de que no habría tantas diferencias entre las personas. ¿Por qué hay ricos y pobres?

—Bueno, esto es muy difícil de explicar —le contestó Andrés—. Lo que sí es cierto que en el mundo hay subsistencias para todos. El hambre y las carencias más elementales son producto de una mala distribución universal, fruto del egoísmo y la avaricia huma­na. Es el propio hombre el que tiene en sus manos el remedio de estas diferencias, pero es él mismo el que crea esa absurda desigual­dad. Y es esa misma insatisfacción la que lleva a muchos a saciarla en el vicio o con la sublevación.

Hizo una pausa para beber y prosiguió:

—Hay personas que viven una vida superficial y no se dan cuenta de que nuestro paso por la historia tiene una misión más allá del confort, el placer, el egoísmo. Estamos aquí para ir cons­truyendo una sociedad para todos, un lugar digno donde todos gocemos de un mínimo de bienestar, donde sembremos a nues­tro alrededor un clima de satisfacción y fraternidad..

—Tenemos que ir creando entre todos, un nuevo estilo de relaciones en el que la primacía es ayudar al que más lo necesita.

—Por eso nos sentimos satisfechos cuando se nos presenta la ocasión de echa una mano a alguien. Pues al hacerlo, arrancamos un poco de injusticia a esta sociedad y nos colocamos ante la posibilidad de sembrar buen trigo en el campo de nuestra historia concreta.

—Hemos de buscar otra alternativa al egoísmo. La cizaña, la mala hierba del mundo, son esas personas egoístas que se colo­can como únicas, en el centro de la sociedad y todo ha de girar a su antojo y necesidad. Sin duda que los demás tienen derecho a reclamarles lo que les pertenece en justicia, pero cuando no se consigue por las buenas, se recurre a medios violentos que son los resultados del odio y la envidia.

—Esto verdaderamente suena a utopía — comentó André, pero si comprendiéramos nuestro lugar en la historia, y fuéramos capaces de colocarnos en nuestro sitio, automáticamente establece­ríamos la armonía social y crearíamos una paz duradera. Lo primero que hay que intentar es el destierro interior de nuestro deseo de codi­cia, el afán de ser más que los otros, el querer tener y dominar, poseer y acumular…, en fin, esos hijos perversos del egoísmo humano que son los enemigos irreconciliables del auténtico amor y que están en el fondo de todo ser humano, fruto de nuestra naturaleza.

Si hay ese mal. Yo pregunto ¿cómo se quita?

—Mira Kay, esto no se consigue de la noche a la mañana —me explicó Sara—, es un trabajo de toda la vida, pero nunca nos podemos permitir bajar la guardia, hay que estar en una actitud permanente de buscar siempre el bien común en una entrega incondicional.—Si. El ser humano es el único responsable de su destino, pero sin duda que todos influimos en todos. No somos islas, en el fondo formamos una unidad, incluso con toda la creación. Si no dime ¿no tomas tus decisiones según las necesidades de tu familia o la influencia de tus compañeras, amigos, profesores…? Todos, para bien o para mal, condicionamos a los demás y somos a la vez influenciados por ellos.

     —Por eso hemos de cuidar nuestras relaciones con los de­más y saber cómo comportarnos. Hemos nacido en una familia —comentó Marta—, pertenecemos a un concreto círculo social, y aunque nos cueste admitirlo, todos dependemos de todos y to­dos influimos en los demás para bien o para mal. Lo que somos es el resultado de mi yo y de mi entorno.

¿Cómo es la Navidad en Acomar?

1. Si quieres ayudar a una persona necesitada
comienza por escucharla.
Eso es NAVIDAD.
2 . No pienses que esa persona vaya a tu mundo, baja
tu al mundo de ella.
Eso es NAVIDAD.
3 . Deja tu orgullo, vanidad, fama, poder … y abre tu
corazón a esa persona. Ámala.
Eso es NAVIDAD.
4 . No quieras que camine a tus pasos, camina tú a
los pasos de ella.
Eso es NAVIDAD.
5 . El camino para liberar a la persona de su
pobreza es largo, ten paciencia.
Eso es NAVIDAD.
6 . Durante el camino te enseñará mucho de su
humildad, a amar y ser amado o amada en
silencio.
Eso es NAVIDAD.
7 . Cometerá errores, tú también los cometes,
perdónala.
Eso es NAVIDAD.
8 . Reconoce que la Navidad de esas personas no es
nuestra Navidad. Su Navidad es la espera de tener su
dignidad.
Eso es NAVIDAD.
9 . Cuando esta persona necesitada te sonríe, sonríele.
Eso es NAVIAD.
10 . Cuando llegues a la cueva de Belén en
Nochebuena, acompañado en tu corazón de esa
persona, que posiblemente haya conseguido su
libertad, Dios hecho Niño, que está con sus Padres,
te dará las gracias y te sonreirá.
Eso es NAVIDAD.
¿Cómo es la Navidad en
Acomar?
¡FELIZ NAVIDAD!

¿QUIÉN ES MARTA?

Marta es una gran mujer, amiga incondicional de todo aquel que se le acerca. Vive con su madre, pero ésta sabe que tiene que asumir el estilo peculiar de los compromisos existenciales de su hija y procura ser una buena colaboradora en todas sus actividades. Su casa está siempre abierta para todo el que la requiera y más de un/a joven con problemas ha pasado el tiempo que ha necesitado, compartiendo sus preocupaciones con estas dos mujeres.

Es compañera de Sara desde la infancia. Juntas pasaron las primeras peripecias de la niñez adolescencia y juntas conocieron a Andrés y su manera de enfocar la vida. Cuando ellos decidieron for­mar una familia, Marta se les unión incondicionalmente, formando un trío de una fuerte influencia en el ambiente donde se mueven. Más tarde, cuando terminó sus estudios de enfermera, decidieron juntos la conveniencia de especializarse en el campo de la drogadicción. Como todos ellos, dedica su tiempo libre a dar gratuitamente una orientación formativa de su especialidad en el club del barrio. Semina­rios de medicina preventiva, planificación familiar, primeros auxilios…

 Te voy a copiar párrafos de una conversación que tuvo Sara con M95 después de una dura experiencia que quizás te comente en otro momento y que hizo cambiar a Marta sus planes de vacaciones

—Marta quiere, aprovechando su condi­ción de enfermera, asistir a un curso de educadores de inviden­tes, que se va a impartir en las vacaciones de invierno, para poder luego orientarnos en la tarea de ayudar a Daniel a desenvolverse con habilidad en su nueva situación.

Pero, me contó su madre, pensaba pasar las vacaciones con ella en un balneario en el norte del país. ¿Cómo va a poder estar en las dos cosas?

—Bueno. No es la primera vez que sus planes pasan a segundo término cuando alguien la requiere. Estoy segura de que lo hubiera hecho por cualquiera de nosotros. Se sabe miembro corresponsa­ble en esta gran familia que estamos entre todos construyendo. Por eso sus intereses, tanto personales como familiares y profesionales, están siempre en función de las urgencias que le pide el ir favore­ciendo la hermandad comunitaria que intentamos vivir.

¡Ah! Por eso ayudar a vosotros pasó antes de sus vacaciones ¿no?

—Exacto. Esta tarde mismo va a cancelar el viaje y a matri­cularse en ese curso. Su talante de vida solidaria se descubre en estos gestos concretos de disponibilidad.

Pero ¿esto lo que hacéis todos o es algo de ella?

—Mira, aquí a nadie se le obliga a dar más de lo que su propia generosidad le exige. Pero tratamos de ir creando en nosotros una conciencia opuesta al individualismo, para liberarnos de ata­duras egoístas y buscamos estilos de vida propios de la agilidad de los que han puesto su existencia al servicio del hermano que te reclama por su necesidad.

¡Esto es muy obligado!

—Pues sí. A esta gestión, que nos coge la vida, consagramos, no sólo nuestro tiempo libre, sino toda nuestra existencia. Por eso, cuando llega el caso, pasa por delante de nuestros planes personales.

Una cosa así, supone mirar primero a los problemas de los otros.

—Ya veo que lo vas entendiendo. Nosotros pretendemos ser sal de la tierra. Sal que hace su servicio sin ser notada, que no se ve pero que se necesita y se le echa de menos si falta; sal que se echa mano de ella para que dé buen sabor, para que el conjunto del guiso se be­neficie al estar allí, sin ser visible pero útil. O como la levadura, que se sabe de su presencia porque es la que hace crecer. Todo esto es imprescindible para que la fraternidad vaya desarrollándose.

Así dices tú que es Marta ¿verdad? Como la sal y como la leva­dura en esta sociedad.

—Sí, somos amigas de toda la vida, por eso creo que hago justicia al definirla así. Este es el estilo de Marta. Tiene la gracia de estar siempre disponible, a punto para sacar a cualquiera de un apuro. Está siempre ahí para echar una mano, para cubrir una necesidad, incluso para remediar un desagravio. Está ahí siendo sal, luz, levadura… en fin construyendo el Reino con sus actitu­des de disponibilidad.

Hay una cosa que no entiendo.

—Tú dirás.

¿Por qué si valoráis tanto a la familia, Marta y Juan no son casados?

—Como Andrés y yo por ejemplo ¿no?

Sí. ¿No es algo negativo no tener una familia para prolongar este sentido de vivir? Yo no puedo entender. ¿No es una fallar, alguien que no ayuda a que la historia siga con vuestras esquemas etnográficas?

—Puede ser que desde fuera así parezca, y respeto tu punto de vista, pero tienes que saber que para nosotros tiene un pro­fundo sentido la opción de estas personas por renunciar a crear su propia familia en favor del desarrollo del Reino.

 — ¿Me lo puedes explicar más fácil?

—Veras. Me refiero que, ellos han renunciado a algo tan va­lioso como es la familia para poder dedicarse en exclusividad a la empresa que nos convoca en libertad y disponibilidad. Pues sin duda que están más libres al no tener que condicionar sus deci­siones al bien de los suyos y de nadie son responsables familiar­mente hablando, por eso pueden estar al servicio de los demás sin las condiciones que reclama la familia. Además, son signos que nos recuerdan, dónde está lo absoluto en nuestra vida coti­diana. Ellos, con su estilo de vida, nos ayudan a relativizar todas las cosas y los acontecimientos, pues todo, por muy importante y necesario que nos parezca, tiene un valor limitado y no debe­mos absolutizarlo. Hay veces que hacemos de nuestros intereses familiares nuestros dioses, estos se convierten en los ídolos del siglo, y luchamos por ellos como si nos fuera la existencia en te­nerlos satisfechos. Por eso, las personas célibes, quiero decir, las que optan por no casarse por esta causa, son dignas de nuestra admiración y respeto si ponen su libertad al servicio del Reino.

Pero yo oír mucho en contra de la vida de los curas por eso que llamáis célibe.

—Es verdad, hay mucha polémica sobre este tema del celi­bato, aunque por otra parte también se critica la maternidad o la paternidad responsable. Corremos unos tiempos de inconfor­mismo y de cuestionar todo, y si hiciéramos caso a tanta protesta y critica negativa, esto sería un caos de esclavos, pues la manipu­lación y propaganda de los medios, a veces, lo únicos que consi­guen es confundir, no aclarar con otras alternativas.

¡Qué novedoso!

 —¿Te lo parece? Pues te diré más. Aunque te cueste creerlo, muchas veces, la actitud de estas personas célibes por la causa del Señor me interpela, incluso para medir mi entrega conyugal y mi responsabilidad maternal.

¡A ver, a ver! Explícame eso.

—Pues verás. Nuestras responsabilidades como pareja nos llevan a ayudarnos mutuamente. Cada mañana, al despertarnos renovamos nuestros compromisos y nos animamos a ser fieles en la tarea cotidiana y por la noche, en la intimidad de nuestro lecho nos tomamos cuenta de cómo nos ha ido la jornada.

Y ellos célibes ¿cómo lo llevan?

—Bueno, ellos tienen otros recursos, el caso es vivir entregados por el bien de los demás.

Y hablando otra vez de Marta, ¿quieres explicarme cómo ve ella eso de ser madre?

—Pues Sí. En ella su propia condición femenina le lleva a en­focar la entrega y abnegación desde su instinto maternal. Es una mujer adulta consagrada por completo a entregarse a los otros y con ello se siente realizando su potencial de hacer familia, dedi­cándose plenamente a este nuevo modo de ir construyendo una historia más fraterna.

¡Qué interesante!

—Sí que lo es. Para ella el construir una familia, una herman­dad con todos los que trata, pasa por delante de sus intereses per­sonales. Por otra parte, es una mujer que está habituada a mirar los acontecimientos cotidianos con ojos contemplativos.

¿Cómo? Perdón, yo no entender muy bien eso.

—Quiero decir que ante cualquier cosa que sucede, Marta rá­pidamente sabe hacer una referencia sobrenatural. Para ella no existe la casualidad, todo tiene un por qué trascendente, por eso además de su instinto femenino, se entrega abandonada ante la presencia del Señor que todo lo ve y lo permite.