LA CONDICIÓN FEMENINA (3)

Hoy Sera nos va a argumentar sobre su concepto de igualdad entre el hombre y la mujer y la riqueza que supone para la historia que la mujer tome parte en el devenir de la sociedad.

—Entonces, ¿tú eres de las feministas?

 —Bueno, no soy de las que van reivindicando para la mujer unos derechos de igualdad con el varón. Sencillamente creo que somos dos modos de ser persona, dos modos que se complementan pero que no se pueden confundir. Somos equivalentes, pero no iguales. Ahora bien, otra cosa es que, como ser humano, ante la ley y demás, todos debemos ser personas con los mismos derechos y deberes. Es evidente que existe lo femenino y lo masculino, pero no podemos verlo como castas o diferentes niveles del ser, sino como complementarios que se necesitan mutuamente, porque saben que juntos forman un todo.

—Sin embargo, en muchos de los países aún es la mujer como ciudadano de segunda categoría. ¿No?

—Sí, esta es una triste realidad. Pero es gratificante el pensar que parte de la sociedad mundial está ya despertando ante la evidencia. Lamentablemente, a lo largo de la historia poco se ha tenido en cuenta el valor de esta complementariedad y ha sido tremendamente machista. Pero sin duda que es un signo de nuestro tiempo el ir tomando conciencia de la riqueza que la mujer puede aportar a la marcha de la historia. Tenemos que ir corrigiendo esos errores ofreciendo a las nuevas generaciones la complementariedad del hombre-mujer, aceptando las dos dimensiones de la persona humana como necesarias para que la sociedad crezca armónicamente.

—Esto es un camino muy largo para recorrer aún, ¿verdad?

—Por supuesto. Estamos aún inmersas en una sociedad patriarcal, donde la mujer sigue un paso por detrás de los varones, pero ya va siendo hora de que nos pongamos a estudiar el modo y la manera de que esto vaya cambiando. Hay que ir transformando las mentes hacia la aceptación de la participación igualitaria de hombres y mujeres a todos los niveles cívicos. De hecho, ya se van abriendo cauces en las estructuras políticas, económicas y profesionales, dando paso, incluso en los campos directivos, a la participación femenina. Aún los hombres tienden a elegir a sus iguales, los varones, porque actúan como ellos y a veces la lógica de las mujeres les descoloca. Pero sin duda que, con el reconocimiento de la mujer, la sociedad se verá muy pronto beneficiada. Su aceptación en las tareas públicas la está convirtiendo en agente de transformación de la sociedad y yo creo que es un signo de progreso de la historia.

—Y dime, ¿cómo ven los líderes de este país esta problema?

—Aún hay mucho que hacer, pero se va tomando conciencia de ello. Es verdad que nuestro concepto de hombre y mujer, como ya hemos comentado, tiene raíces muy machistas y es muy difícil eliminarlos en una primera generación, pero te aseguro que estoy satisfecha de los pequeños pasos que se están dando, tanto en el ámbito social, laboral e incluso educacional.

—¿Y qué cambiará la sociedad por la mujer?

—Pues verás, tomando el tema desde sus raíces existenciales, la experiencia biológica de la maternidad como raíz de lo genuinamente femenino, infundiría a la ciudadanía una gran riqueza en el campo relacional. Esos valores de entrega, acogida, apertura, preocupación por el otro, atención por el más débil, inclinación por la solidaridad, la unión, la aceptación de la singularidad de cada uno… en fin, asumir la dimensión femenina en la sociedad es hacer una historia más comprensiva y tolerante, abierta a aceptar la igualdad y la originalidad de cada uno de los individuos que la componemos.

—Me temo que tiene mucho que girar nuestra planeta para ser esto una verdad universal. ¿No te parece?

—Pues sí. Pero ya es hora de que nos vayamos dando cuenta de que excluyéndonos no sale ganando la historia. Esto es irreversible, y es una realidad que la presencia femenina en todos los ámbitos de la sociedad enriquece al bien común.

—Pero yo creo que también hay mujeres muy severas y duras ¿no son femeninas?

—Bueno, estos criterios femeninos no son exclusivos de la mujer, ni tampoco lo son los contrarios del hombre. El ser humano es muy complejo y el equilibrio femenino-masculino no se da con toda pureza en nadie, somos imperfectos y cada uno tiene sus inclinaciones que le hace único y genuino.

LA CONDICIÓN FEMENINA (2)

Hoy Sara nos vas a presentar dos modos de ser mujer. Nos va a hablar de la mujer célibe, la que hace de su vida una opción exclusiva por el Reino y la que elije ser esposa y madre. Son dos formas de realizarse como mujer adulta, que no es mejor ni peor, sino más bien yo diría que cada mujer tiene que proyectar su existencia de acuerdo con los planes que Dios dispuso al crearla. Sólo así se podrá sentir satisfecha al alcanzar sus motivaciones vitales

—Hay una cosa que no entiendo.

—Tú dirás.

—¿Por qué si valoráis tanto a la familia, Marta y Juan no son casados?

—Como Andrés y yo por ejemplo ¿no?

—Sí. ¿No es algo negativo no tener una familia para prolongar este sentido de vivir? Yo no puedo entender. ¿No es una fallar, alguien que no ayuda a que la historia siga con vuestras esquemas etnográficas?

—Puede ser que desde fuera así parezca, y respeto tu punto de vista, pero tienes que saber que para nosotros tiene un profundo sentido la opción de estas personas por renunciar a crear su propia familia en favor del desarrollo del Reino.

— ¿Me lo puedes explicar más fácil?

—Veras. Me refiero que, ellos han renunciado a algo tan valioso como es la familia para poder dedicarse en exclusividad a la empresa que nos convoca en libertad y disponibilidad. Pues sin duda que están más libres al no tener que condicionar sus decisiones al bien de los suyos y de nadie son responsables familiarmente hablando, por eso pueden estar al servicio de los demás sin las condiciones que reclama la familia. Además, son signos que nos recuerdan, dónde está lo absoluto en nuestra vida cotidiana. Ellos, con su estilo de vida, nos ayudan a relativizar todas las cosas y los acontecimientos, pues todo, por muy importante y necesario que nos parezca, tiene un valor limitado y no debemos absolutizarlo. Hay veces que hacemos de nuestros intereses familiares nuestros dioses, estos se convierten en los ídolos del siglo, y luchamos por ellos como si nos fuera la existencia en tenerlos satisfechos. Por eso, las personas célibes, quiero decir, las que optan por no casarse por esta causa, son dignas de nuestra admiración y respeto si ponen su libertad al servicio del Reino.

—Pero yo oír mucho en contra de la vida de los curas por eso que llamáis célibe.

—Es verdad, hay mucha polémica sobre este tema del celibato, aunque por otra parte también se critica la maternidad o la paternidad responsable. Corremos unos tiempos de inconformismo y de cuestionar todo, y si hiciéramos caso a tanta protesta y critica negativa, esto sería un caos de esclavos, pues la manipulación y propaganda de los medios, a veces, lo únicos que consiguen es confundir, no aclarar con otras alternativas.

—¡Qué novedoso!

—¿Te lo parece? Pues te diré más. Aunque te cueste creerlo, muchas veces, la actitud de estas personas célibes por la causa del Señor me interpela, incluso para medir mi entrega conyugal y mi responsabilidad maternal.

—¡A ver, a ver! Explícame eso.

—Pues verás. Nuestras responsabilidades como pareja nos llevan a ayudarnos mutuamente. Cada mañana, al despertarnos renovamos nuestros compromisos y nos animamos a ser fieles en la tarea cotidiana y por la noche, en la intimidad de nuestro lecho nos tomamos cuenta de cómo nos ha ido la jornada.

—Y ellos célibes, ¿cómo lo llevan?

—Bueno, ellos tienen otros recursos, el caso es vivir  entregado por el bien de los demás. Porque, ¿qué es para ti la maternidad?

—Pues… la verdad… Bueno…, en realidad es tema interesante, pero pienso que tú eres la que tienes la experiencia ¿no?

—Seguramente. Pero por el hecho de ser mujer adulta, estás predispuesta a comprender las motivaciones más profundas del instinto maternal que todas llevamos por naturaleza. Porque no es sólo el hecho físico en sí, sino que, con nuestro desarrollo corporal, va creciendo en nosotras unas capacidades y unos valores, incluso unos sentimientos, que son propios de nuestro ser de mujer. Rasgos meramente femeninos, maternos, que no son mejores ni peores que los masculinos pero que son los propios nuestros. Es una manera de sentir, pensar y expresar nuestras vivencias relacionales desde dentro de nosotras mismas. Es algo indiscutible del género femenino que nos hace sintonizar con las otras mujeres. Somos como cómplices de unas actitudes que debemos compartir con el hombre pero que nos caracteriza, que nos hace femeninas, distintas y complementarias con la otra parte de la humanidad que es el varón.

—¿Cómo es eso?

—Pues verás. Pienso que toda mujer está existencialmente hecha para acoger, sufrir con el otro, sentir y expresar ternura y compasión, ser paciente y servicial, cariñosa y tolerante, cercana, desinteresada y gratuita, en fin, una serie de valores humanos que son propios de la experiencia de sentir en nuestro interior la vida de otro ser. Por eso es para nosotras más fácil el ser solidarias, acogedoras, comprensivas, pacientes, cercanas… nos mueve la sensibilidad, la piedad, la compasión, la ternura… en fin una serie de valores que, aunque son rasgos genuinos de la humanidad, son indiscutiblemente propios de la condición femenina. Y esto no necesariamente se da a partir de la experiencia física de la maternidad, aunque supongo que lo favorece, sino que es algo que toda mujer adulta, por el simple hecho de serlo, ya lo posee en potencia y hemos de tratar de despertarlo y desarrollarlo hasta concluir en la entrega total. Esto, como te digo, no sólo dando nuestro cuerpo para ser procreadoras, sino cuando en la madurez de tu ser femenino, te das toda tú a la construcción de los lazos relacionales según la intuición que nos caracteriza y nos hace capaces de formar una familia con las personas que nos rodean. Como ves, esto va más allá del simple papel de madre y esposa.