De niña a mujer (6)

» Mi madre anunció en una cena que iba a traer otro niño al mundo. Yo me sobresalté y casi me atraganto. ¿Por qué? ¿A caso no era lógico? ¿A caso no era aun joven y de buena presencia? ¿No era su marido un hombre atractivo y sensual? Todas estas preguntas me las hice en un segundo. Pero al mis­mo tiempo yo estaba rabiosa y confundida. Comencé a toser y me disculpé diciendo que no me encontraba bien y que me iba a retirar.

» A la mañana siguiente mientras seleccionaba los huevos que habían puesto las madrugadoras gallinas, me sentí ob­servada, me volví y allí estaba él sonriéndome.

‘Buenos días. ¿Ya se te ha pasado?

‘¿El qué? —pregunté tímidamente.

‘No sé, anoche dijiste que no te encontrabas bien y nos dejaste sin terminar la cena.

‘¡Ah ya! Mira Luis —me sorprendí, era la primera vez que no le llamaba “tío”—, no sé qué pretendes, pero yo no aguanto más esta situación.

¿Y bien? —comentó con una calma infinita que aumentó mi rabia.

‘¡Por favor, no me trates así! —notaba los ojos húme­dos—. No te comprendo, pero nadie me hace conmoverme de este modo y sé que esto no está bien.

‘¿De veras? —dijo cogiéndome de la barbilla y obligán­dome a mirarle—. ¿Ni siquiera Martín?

‘Esto es distinto. Es algo que supera mis fuerzas. Aunque sé que eres el marido de mi madre no puedo dejar de pensar en ti como hombre.

‘Que yo sepa eso es normal puesto que soy un hombre. Ven conmigo —me ordenó cogiéndome de la muñeca y ha­ciéndome caminar detrás de él casi a rastras.

‘¿A dónde me llevas?

‘No te preocupes y sigue me.

» Cruzamos las casas de los campesinos y caminamos por un sendero entre árboles. Yo conocía muy bien aquel paraje. De pequeña solía venir con mis hermanos a jugar y a buscar pájaros. Hacía mucho tiempo que no me acercaba por allí. Lo que no sabía era que él había construido una cabaña para la caza en medio de aquel bosque.

» Nos dirigimos hacia ella y Luis sacó de un árbol una llave con la que abrió la puerta. Me cedió el paso y cerró tras de sí. La estancia era sólo una amplia habitación con una chimenea y una mesa rustica en el centro rodeada de bancos hechos de troncos. En un rincón había un camastro y una alacena sin puertas donde estaban depositadas varias escopetas de caza, en otra pared una estantería repleta de bebidas y encima de la chimenea una cabeza de ciervo, que me impresionó por su realismo.

» Él se me acercó sonriendo tiernamente y cuando estuvo muy cerca de mí, me acarició las mejillas con ambas manos. Yo temblaba. Gruesas lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro. Él las enjugaba con sus dedos casi sin rozarme.

‘No temas. Relájate. Yo también creo que esto tiene que acabar. Pienso que la única forma de que encuentres la paz contigo misma es dejar de luchar con tus sentimientos —esto decía mientras me iba despojando de mi ropa—. Ya verás como todo es más sencillo de lo que te has imaginado. No te voy a hacer ningún daño.

» Pero yo no cesaba de llorar, a pesar del susurro de sus tiernas palabras. Mientras me iba empujando suavemente hacia el suelo y acariciaba mi desnudo cuerpo de niña-mujer. ¡Hasta que me hizo suya!

» Estaba tan tensa que fue como una descarga eléctrica es­tallando en mi interior y recorriendo todo mi cuerpo. ¡Aquella sensación era más fuerte que yo! Pero a pesar de todo algo en mi seguía rebelándose. ¿Qué estás haciendo Elsa en brazos de tu padrastro? ¡Todo me daba vueltas! Busqué sus ojos, en ellos vi ternura y comprensión. Me estremecí y empecé a relajarme.

» Permanecimos tendidos en la moqueta que cubría el suelo. Yo intentaba serenarme. Él me esperaba mientras ju­gueteaba con los dedos de mi mano, llevándoselos a su boca, mordiéndolos suavemente y besándolos. Por fin, cuando notó que mi respiración era normal, se dio media vuelta incorporándose y colocándose boca abajo apoyándose en el suelo con los codos me preguntó sonriéndome, al tiempo que me retiraba suavemente el pelo que caía sobre mi frente:

‘¿Estás ya tranquila?

‘Creo que sí —le contesté tratando de sonreír.

‘¡Me alegro! No fue tan malo ¿no? —murmuró acercán­dose y besándome en la frente.

“Yo me incorporé y sin responderle tomé la ropa y co­mencé a vestirme.

‘Quisiera que te calmaras —continuó al ver mi silencio—. Estás muy tensa y así no puedes disfrutar.

‘No creo que tenemos que permitirnos esa clase de dis­frute.

‘¿Por qué? ¿Acaso no somos dos adultos que nos senti­mos atraídos el uno por el otro?

‘Creo que esto no es lo adecuado. No se puede actuar como animales, sólo movidos por una atracción meramente física. Hay una moral, una ética, una ley de Dios…

‘¡Todo esto no son más que normas frustrantes! Si Dios nos ha hecho así y ha querido que nos encontráramos, no puede ninguna ley ponerse como obstáculo. Si nos sentimos atraídos el uno por el otro ¿qué ley puede ir en contra de la ley de la naturaleza? ¿No te parece que sería una ética poco humana?

‘¡Ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstan­cias! Pero la realidad se impone y ella es nuestra juez.

‘¿Qué culpa tenemos nosotros de que el destino haya ju­gado así con nuestras vidas? Lo que aquí cuenta es que sen­timos mutua atracción y queremos vivir esta relación adulta.

‘¿Y mi madre? —dije en un hilo de voz. Estábamos los dos de pie tratando de colocarnos las respectivas ropas. Él me contestó muy bruscamente:

‘¡Otra vez! No estropees el idilio del momento. Ya te dije que ella no tiene que ver nada con todo esto.

‘¿No? Pero te atreves a seguir hasta dejarla de nuevo emba­razada —le acuse en el mismo tono, poniéndome con las ma­nos apoyadas en las caderas en un gesto desafiante—. ¡Eres un monstruo! ¿Es que quieres tener un harén en tu casa?

‘¡Eso es problema mío!

‘¿Sólo tuyo? ¡Dos mujeres!

‘No seré el primero.

‘No me gusta esta situación —comenté como si hablara para mí misma—. ¡Es tan distinto a lo que siempre había soñado!

» Él, cambiando de tono, se me acercó acariciándome los brazos y me dijo:

‘Puede ser realidad tu maravilloso sueño si te olvidas de prejuicios y escrúpulos.

‘No sé, no me atrevo, lo llevo tan dentro…la vedad es que no se si quiero.

‘Si me dejas que te ayude, pronto se te pasarán esos sen­timientos de culpabilidad. Te invito a que nos veamos de nuevo aquí mañana a la hora de la siesta ¿vale?

‘Ya lo pensaré.

» Pero no falté. Él lo tenía todo previsto, me entregó unas pastillas y me insistió en que me las tomara, porque era ob­vio que debería evitar un embarazo de nuestras relaciones. Así fue como me convertí en su amante. A partir de aquel momento las citas se frecuentaban. Él me mandaba recado cuando le parecía oportuno, procurando ser muy discreto para no levantar sospechas.

JÓVENES PROFESIONALES

Continuando con el capítulo de la semana pasada, hoy te voy a presentar a varios jóvenes que van a tomar partido en la novela.

Como recordarás M95 fue invitada por su vecina a charlar un rato. Y aquella, que no perdía ocasión para curiosear en la vida ajena, no dudó en aceptar.

He aquí su relato

—¿Dónde está el niño? le pregunté cuando, más tarde, ya en su piso, me estaba sirviendo un zumo de naranja.

—Con su madre.

—¿Su madre?… Yo creía…

—Que era mi hijo —Era más afirmación que pregunta—. Como si lo fuera. Yo lo he criado, pero es hijo de la vecina del 8º A.

 —¡Oh

—Sí, será mejor que le cuente la historia desde el principio para que todo sea más sencillo.

—Estupendo. Me encanta conocer la historia de gente.

—Pues bien, la madre del niño se llama María. Ella y yo somos amigas desde la infancia. Cuando terminamos la secundaria ambas decidimos estudiar periodismo. En el último curso teníamos mucho trabajo práctico que intentábamos hacer juntas. Varios días a la semana la dedicábamos a buscar aquí y allá noticia que nos lanzara hacia un soñado futuro. En esas estábamos cuando una tarde acudimos con otros compañeros a una charla que daban Andrés y Juan. Estos vivían el entusiasmo de su juventud comprometida, compartiendo sus ideales con toda clase de personas, hoy eran los universitarios, mañana los jóvenes de las escuelas profesionales, otro día les podías encontrar en cualquier barrio periférico de la ciudad… Su mensaje siempre era el mismo ‘Si no estáis contentos con esta sociedad, os invitamos a uniros a nosotros para construir otra mejor, donde juntos, combinando armónicamente nuestros valores personales, podamos ir haciendo realidad una sociedad buena para todos’

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» Nosotras, como periodistas, siempre ocupábamos la primera fila y no perdíamos palabra. Nos gustó el tema, y, además, por aquellos años era algo que estaba muy de moda, la organización de nuevas asociaciones

» En otra ocasión que asistimos, conocimos a un nuevo promotor de aquellas aspiraciones. En cuanto este comenzó a hablar, su mirada se posó sobre mí. Yo le dediqué mi mejor sonrisa para animarle y él me correspondió concentrando toda su intervención como si en la sala estuviéramos sólo los dos y tratara desesperadamente de atraerme a su causa. Parecía que, si conseguía convencerme, a través de mí, podría conquistar a todos los demás oyentes. Cuando terminó la sesión, buscó quien nos presentara y desde entonces no nos hemos separado. Es mi marido. Quizás ya lo conozca, es el jefe del departamento de psicología del Club.

—¿Santiago?

—El mismo. Bueno, pues continúo.  

» Como María y yo tenemos un modo de ver la vida muy parecido, por eso congeniamos tanto, no le costó mucho a ella interesarse por esta manera nueva de ser persona. Y cuando comenzamos a trabajar ya estábamos las dos comprometidas en este proyecto.  

» Por aquellos años, la juventud vivía ardiendo en deseos de cambio. Todo tenía que cambiar, todo había que discutirse y ponerse en tela de juicio antes de aceptarlo. Por eso nos tocó tan afondo el mensaje que ofrecían Andrés y Juan. ¿Qué significaba cambiar la sociedad? ¿Cómo se podía introducir nuevas estructuras sociales si no se cambiaba el hombre por dentro? Por eso convenía que nuestro empeño comenzara por nosotros mismos. Había que transformar transformándonos, y nada mejor que buscar hacerlo con gente que tuviera la misma inquietud.  

» Un día apareció por la redacción un joven con la carrera de abogado recién terminada. Se llamaba Antonio, bueno, los amigos le conocían por Toni. Tenía un asunto interesante entre manos y nos ofrecía la exclusiva. El redactor jefe le presentó a María y juntos estuvieron trabajando durante un par de días en ello. A partir de aquella ocasión, se hizo habitual verlo entrar y buscar a María para compartir con ella cualquier asunto más o menos interesante. Ni que decir tiene que, de una simple relación profesional, surgió una empatía tal que les llevó a un compartir la vida.  

» Por entonces, el sector periodista sufrió una crisis muy fuerte en el ámbito económico. Muchos diarios tuvieron que cerrar y otros redujeron la plantilla de personal, por lo que los más novatos y novatas, nos quedamos sin empleo. Con este motivo, Santiago y yo retrasamos nuestra boda, pues yo no quería emprender esta nueva etapa sin tener resuelto el asunto profesional. Como no teníamos muchas ofertas, nos aventuramos a probar suerte en el mundo de la radio. Las tertulias informativas, bien podían ser transmitidas por expertos periodistas, y allá fuimos nosotras, a ponernos directamente ante el ciudadano que espera puntual la noticia de lo cotidiano, tanto locales como más allá de nuestras fronteras. De entonces a ahora la radio ha progresado muchísimo, es uno de los medios de comunicación más serios. Nosotros formamos un equipo muy empeñado en ofrecer calidad informativa, no sólo por la inmediatez sino porque hemos creado unas voces que se presentan con rigor objetivo, libertad y realismo. Es verdad que es un trabajo agotador si se busca calidad, pero creo que las ocho personas que formamos el equipo, estamos entusiasmadas por el buen hacer y servir a los oyentes que siguen confiando en nosotros.

» Me temo que me estoy alargando demasiado.

 —No preocuparte. Tenemos el tiempo que quieras.

—¿De verdad que no te aburro?

Por supuesto que no. Me encanta conocer la vida de personas. Yo pienso que es importante para entender. ¿Verdad?

—Sí, así es. Pero es que soy muy apasionada y cuando me suelto a hablar no hay quien me frene.

—No importa. No preocuparte.

—Intentaré ser breve.

—-No es problema

Y esta es la primera parte de esa velada

HACIENDO BALANCE

Ya ha pasado el primer trimestre, estamos en vísperas de las vacaciones de invierno, y siguiendo los interrogantes de la semana pasada, M95 continúa su  introspección ante las experiencias vividas estos meses entre estas personas tan originales.

 Calculando que estamos a la mitad de la primera etapa marcada en el proyecto, voy a dedicar un espacio a hacer una reflexión sobre los acontecimientos vividos durante mi estancia en esta sociedad. Veo que mi relato se ha ido desarrollando como pinceladas que dan pistas de lo que ha acontecido y he intuido a lo largo de estos meses. Todo ello va siendo un mosaico, aún incompleto, de escuetos relatos. Pero he de reconocer que quizás he abusado en mis comentarios, interpretaciones y expresiones personales que, aunque dan, sin duda, riqueza informativa a los hechos, me temo que he podido haberme excedido en algunas ocasiones, dando ocasión a que se interprete como denuncias, inculpaciones, acusaciones… pero para mí ha sido una gran ayuda de reflexión personal donde he podido libremente dedicarme a la búsqueda del sentido de la existencia humana.

Para completar y reforzar mis argumentos, he recurrido a muchas y variadas fuentes informativas, tanto orales como escritas, que me han llevado hasta conclusiones válidas. Pero lo más rico ha sido la inigualable experiencia de haber compartido estos meses de mi vida con estas personas tan especiales.

¿Eran estos los planes propuestos por el proyecto?

Yo estaba conceptuada como una de las personas más cerebrales de mi promoción. Se supone que soy fría, calculadora, impenetrable… raramente vulnerable ante la influencia de cualquier ideología. Así he sido preparada durante todos mis años de estudio para llevar a buen término esta empresa. Todo lo teníamos bien controlado. Según los cálculos profesionales se me eligió como ideal para asumir esta tarea, muy segura de mis convicciones, con criterios firmes e inquebrantables, con una capacidad poco común para realizar con éxito esta misión.

 ¿Qué ha pasado?

Esta situación me ha desbordado. Nunca pudimos imaginar la trayectoria de mi reacción ante tal experiencia. ¿Cómo voy a presentar este informe donde tanto me he implicado si se trataba de hacer una investigación neutral?

 Ahora que me he puesto fríamente de nuevo ante toda esta documentación, me está resultando tan subjetiva… ¡tan personal!

—Es cierto, M95. Al principio pensé que tendría remedio, pero cada vez lo veo más complicado. Me temo que te he dejado ir demasiado lejos y si no ponemos pronto remedio nos vamos a ver en una posición muy comprometida para los dos.

—Sí, tengo que reconocer que me he involucrado muy personalmente en el informe y esto puede ser peligroso.

—Se suponía que tu trabajo era sólo de observadora y te has convertido en protagonista.

—Pero… es que… ¡algo se ha roto en mi interior! ¿Quién soy yo realmente? ¿Por qué siento esa disgregación entre mi pasado y el presente? Presiento que he perdido mi identidad anterior. ¿Cómo me atrevo a censurar el sistema de valores con los que he crecido y he asumido siempre como los únicos buenos?

—¡Pero te atreves!

—Sí, es cierto. ¿Qué puedo hacer? Esto me ha superado.

—No podemos quedarnos de brazos cruzados. Algo se nos tiene que ocurrir para arreglar este conflicto.

—Me temo que estamos metidos en un gran lío. Pero así y todo me pregunto ¿qué hemos hecho con la vida, con nuestra responsabilidad histórica? ¿Dónde quedaron esas motivaciones, esos sentimientos que dignifican y ennoblecen a la persona y que he descubierto en esta generación?

—¿Por qué sigues insistiendo?

—Es que me duele mucho el que hayamos desintegrado unos vínculos existenciales tan esenciales para el desarrollo pleno de las personas. Estoy segura de que esto vamos a pagarlo caro.

—¿A qué te refieres?

—Pues al sentido profundo que aquí se les da a los lazos familiares, amigos, compañeros, tradiciones comunes… El dar la cara ante la injusticia, el reclamar los derechos de todos…

—¿Y tú crees que todo esto es imprescindible para la subsistencia humana? Nosotros no lo echamos en falta, ¿por qué quieres ahora venir tú con esos argumentos que seguro nos complicaría la vida?

—Ese es el problema. Que nos han programado desde el nacimiento para no sentir, ni desear lo que no les interesa suministrar. Pero ahora me he convencido de que cada ser humano tiene que poseer unas raíces que hemos perdido eliminando esos vínculos de relación. Por la reproducción en laboratorios, hemos destruido nuestra capacidad de crecer con autonomía. Nacemos según los planes de una programación gubernamental. Al ser condicionado genéticamente por manipulaciones ajenas a la propia naturaleza, hemos perdido el derecho a ser uno mismo, dejando de pertenecer a un grupo homogéneo surgido de las relaciones humanas más íntimas. Hemos sido preconcebidos desde el primer instante de nuestra existencia para servir a unos intereses concretos, privándonos de acertar o errar personalmente. En fin, hemos perdido el gran don de sufrir el riesgo de ser libres e independientes, nos han fragmentado disolviendo las capacidades de relación.

—¡Qué tonterías dices! Yo siempre me he considerado libre.

—Es que… El concepto de libertad que aquí se vive es distinto.

 —¿Acaso es eso mejor?

—No lo sé, pero en este momento optaría por esa experiencia.

—Creo que no se trata ahora mismo de ver lo mejor, sino de cómo desenredamos este conflicto antes de que nos llamen para presentar el trabajo.

—Pero, aunque nos lleve algún tiempo más, quisiera que, al menos por hoy, me dejases comentarte todo lo que me está quemando por dentro.

—Está bien, pero sólo por esta vez. En lo sucesivo te cortaré todo lo que no venga directamente de las personas a las que estás tratando.

 —De acuerdo. Así que me dejas que me extienda sobre algún que otro comentario en este recuento ¿verdad?

—Sólo por esta vez.

—Bien. Empezaré diciéndote que me parece muy singular esta civilización que estamos estudiando. Yo diría que alcanzaron a ser una raza superior, como si la evolución hubiera tocado un punto más elevado en la escala de la Naturaleza y no sé por qué me da la impresión de que ahora parece que hemos descendido. ¿No será que cada generación tiene que plantearse su responsabilidad de crecimiento en este punto existencial?

—Sin comentario.

—Pienso que cada generación se ve condicionada por los retos de su presente y su cultura.

—Puede ser, esto tiene sentido.

—Según lo que voy observando en el proceso de estas personas, eran muchos más humanos que nosotros, pues al compararme con ellos, me sitúo no como un ser emocional sino como una máquina gobernada por un cerebro sin corazón, sin capacidad para dejar aflorar y compartir los sentimientos, inepta ante reacciones emotivas. Todo esto no es un asunto personal, sino cultural. Vivimos en ciudades que para ellos resultarían fábricas inmensas de robots vivientes con voluntad sólo para hacer y producir, pero incapaces de relaciones afectivas. Personas que no han desarrollado su capacidad emotiva, que son negadas para amar, pues el amor es lo único humano que el hombre no puede fabricar y entre nosotros sólo cuenta la eficacia de un buen planteamiento productivo. ¡A esto nos ha llevado el orgullo de nuestra Era Tecnológica!

—¡Qué insistente te estás volviendo!

—Quizás. Pero estarás de acuerdo conmigo en que estas gentes no podrían sobrevivir en nuestra perfecta sociedad, porque les faltarían los vínculos de la propia familia, los compañeros, los amigos… todos aquellos que comparten las mismas ilusiones, el mismo ideal, la única meta. Gentes que se ayudan a crecer y madurar como fruto de un mismo árbol. Gentes que buscan el bien común para realizarse como individuos…

—Yo no necesito esos vínculos para vivir

—Tú quizás no, pero aquí he descubierto que el ser persona lleva consustancialmente el sentir la necesidad de saberse empatizando con otros en torno a unas ideas, a una misma visión del hombre y de la sociedad, a una misión vital común. Esto es lo que les hace disfrutar de la vida plenamente. Así es como se saben felices y capaces de trabajar por la paz y la justicia entre todos los hombres. Su laboriosidad no les viene por una imposición desde fuera, sino porque todos se saben útiles y necesarios, porque comparten sus quehaceres según sus capacidades personales, aceptándose cada uno como pieza imprescindible y responsable de esa gran empresa. Todos actúan conscientes de que el bienestar comunitario se adquiere con el esfuerzo responsable de cada uno. Supongo que fue así como alcanzaron esa recíproca confianza y esa libertad tan digna de envidiar. Esto sería más o menos el resumen de mi impresión superficial de lo aprendido, después de un recuento de los hechos vivido en estos meses, sin hablar de sus motivaciones últimas que ya sería meterme en su dimensión espiritual tan ajena a nuestras mentes nihilistas y pragmáticas. ¿Qué piensas tú de todo esto V71?

(Seguiremos la próxima semana)

CHOQUE DE CIVILIZACIONES

Sin duda, a medida que M95 se va adentrando en esta pretérita civilización, sin ella pretenderlo, se ve envuelta en una experiencia concreta de autoconocimiento, y para liberarse de aquellas discrepancias e impedimentos emotivos, con frecuencia inconscientes, que constituyen obstáculo para seguir la investigación, trata de confrontarse con su compañero que, pacientemente ve cómo va introduciéndose en un conflicto profundo consigo misma y con la sociedad de donde procede.

He aquí uno de los diálogos que ambos sostienen:

—¿Qué me dices de todo esto? Si la reacción de Andrés me admiró, ¿qué añadir a la manera de enfocar la vida, según lo que me ha explicado Marta? ¿Entiendo realmente sus conceptos filosóficos o es mi mente la que traduce estos términos en palabras? Pues en el fondo veo que aún me cuesta captar sus últimas razones.

—Ya sabes que tu trabajo no es interpretar, sino sólo transmitir lo que ellos te van comunicando. Y es peligroso hacer comentarios, pues tus expresiones conceptuales al contar sus experiencias pueden que no reflejen cien por cien la realidad.

 —Por eso intento ser fiel grabándolo todo, pero la verdad es que sus argumentos mentales me desbordan.

—¡Por supuesto, estamos ante otra cultura! No lo olvides.

—Sí, sí, ya lo sé. Y aunque usáramos el mismo idioma, estoy segura de que hablaríamos con otro lenguaje, nos expresaríamos con otro vocabulario, pues tenemos diferentes referencias intelectuales.

—Estoy completamente de acuerdo, por eso tienes que ser muy escrupulosa en tus comentarios, para no excederte y no decir lo que no es realmente auténtico.

—Pero es que… Todo esto me está atrayendo de una manera tan vital, que no sé hasta donde me puede llevar. De todas formas, ¿no te parece sorprendente la reacción de esta gente?

—Si realmente te interesa mi opinión, te diré que me cuesta comprenderlos, pero no somos nosotros los que tenemos que juzgarlos.

—A mí me gustaría poder llegar a bucear en esos abismos intelectuales donde ellos…

—Te repito, que ni lo intentes.

—Pero es que aman la vida de una manera muy extraña… ¿Cómo la definiría…? ¿Inhumana? ¡No, no! Más bien sobrehumana. Sí, eso es, los veo situados en otra dimensión, en una escala superior.

—¡Qué barbaridad!

—Sí, tienen otra mentalidad. Es cierto. Nosotros hemos construido un mundo en donde el único artífice es el propio hombre, por eso pensamos que todo lo podemos solucionar a partir de una buena inteligencia organizativa y científica, pero ellos eran más simples y se sabían limitados, poniendo su confianza en el poder y la sabiduría de su Dios.

—¡Primitivismos superados!

—Supongo que sí…

—¡Pues claro, no lo dudes! Nuestro diálogo no es un análisis de especialistas, pero tienes que reconocer que nuestros sociólogos y nuestros psicólogos son expertos en el conocimiento de las respuestas del hombre, hasta sus últimas motivaciones. Saben cómo planificar las situaciones para conseguir una buena estabilidad cívica. También nuestros líderes políticos y sus organismos técnicos nos proporcionan cuanto necesitamos y deseamos. E incluso en el caso de que no lo consiguieran, procuran crear en la gente otros intereses que nos convenzan tratando de que olvidemos lo anterior por mejores motivaciones. Nuestros médicos y científicos intentan, por todos los medios que están a su alcance, controlar la naturaleza hasta vencer, en lo más posible, la batalla a la misma muerte si viniera al caso. Según ellos las enfermedades incurables y las taras físicas, no son más que un producto de la limitación de nuestros conocimientos científicos. Donde no llega la capacidad humana existe una posibilidad de resistencia de la naturaleza. La tara, lo imperfecto, la enfermedad… sólo puede ser vencida por el hombre investigador y científico.

—Sí, ya sé. Yo sólo intento transmitirte mis inquietudes y por tanto no pretendo otra cosa que dialogar contigo desde las confusiones que me provoca lo que estoy viviendo. Pero como tú, estoy convencida de que el hombre con su sabia investigación llegará a vencer las incorrecciones de la naturaleza, y con una buena organización el mundo será el paraíso soñado por tantas generaciones pretéritas. De aquí que nuestra investigación vaya encaminada al mismo fin.

—Entonces, ¿por qué tantos prejuicios?

—De acuerdo. Vivimos en un mundo que ha elevado al máximo la prosperidad científica; la técnica y la producción son las generadoras de todo nuestro progreso, pero… ¿Llegaremos a conquistar esa sociedad tan perfecta?… ¿A qué precio? Hemos prácticamente eliminado el hambre del mundo ¿a fuerza de cuánto? Hemos de reconocer que, si algo sale distinto de lo planeado, no se nos ocurre filosofar sobre ese trastorno, nos deshacemos de ello y lo olvidamos. Por otra parte, no se nos pasaría nunca por la cabeza el dar un puesto en la sociedad al minusválido físico, a lo más se le mantiene para ir en él estudiando la posibilidad de no caer otra vez en el mismo error, pero nunca se nos plantea el pensar en que es una persona como nosotros, por tantos con unos derechos existenciales que no podemos manipular en favor de ningún progreso.

—¡Esto se está poniendo muy peligroso!

—Bueno, sólo hago pensar en alto. Considero que nuestro criterio predominante a la hora de valorar a las personas, sus relaciones, sus proyectos o la manera de vivir va condicionado por el sistema político que funciona desde una esfera ajena al individuo, Pero, ¿cómo reaccionaría Andrés mismo, si le dijera que en nuestro mundo tanto valemos cuanto somos útiles para la sociedad? ¿Dónde están los tarados? ¡Eliminados! ¿Qué hacemos con lo inútil? ¡Prescindid de ello! ¿Cómo remediamos los fallos? ¡Destruyendo, o manipulando la causa que lo produjo! ¿Es positivo todo esto?

—A mí no me lo preguntes. Yo no quiero ser cómplice de tus desvaríos.

—¡Por supuesto! Es muy arriesgado el cuestionar los triunfos de nuestra civilización. Pero, sé sincero por un segundo contigo mismo y dime ¿No te parece más humana aquella civilización? Para mí, que esa sociedad que trataban de ir construyendo esa gente…

—Mira, agente M95, ¡ya me estoy cansando! no quiero entrar en tus intrigas. Te repito con insistencia, por enésima vez, que no me gusta nada el cariz que está tomando este asunto. Bien sabes, desde el principio, que sus palabras, sus vidas, no entran en nuestro planteamiento de estudio como elemento de juicio, por tanto, tus comparaciones están de más.

—Es verdad, por eso me siento limitada al tratar de informar simplemente y procuro asirme a lo grabado, ya que los conceptos referenciales de ambas civilizaciones son muy diferentes. A veces me da la sensación de que nunca alcanzaré a captar la profundidad de sus vidas, a pesar de que como ellos somos seres humanos. Pero he de admitir que cada vez me cuesta más situarme como mera espectadora fría y objetiva, porque todo esto me está abriendo a nuevos enfoques existenciales de los que no puedo evadirme.

—Tú verás hasta dónde quieres arriesgarte. Pero conmigo no cuentes. A mí no me comprometas. A lo más que me ofrezco es a escuchar tus barbaridades y procurar dejar constancia de mi imparcialidad en lo que vas informándome, pero no me pidas más pues no estoy de acuerdo con tu absurdo proceder.

—Está bien. Ya veo que eres un buen chico. Pero tienes que admitir que a pesar de que eran humanos como nosotros, tenían un modo muy distinto de entender la realidad existencial ¿verdad?

—De acuerdo. Esto no puedo negarlo. Pero de ahí a poner entre dicho nuestro propio sistema social y el llevar con tus comentarios a menospreciar nuestra civilización, poniendo en peligro todo lo nuestro bagaje cultural, eso es otro cantar.

 —¡Ya sé! ¡Ya sé! No te creas que actúo inconscientemente. Reconozco que mi intelecto se resiste, que es un riesgo muy peligroso, incluso para mi estabilidad emocional e intelectual, pero lo que me está provocando interiormente esta experiencia, es demasiado fuerte para ignorarla.

—Bueno, pero todo esto no te puede llevar a comprometerte tanto que te veas en un proceso judicial por desacato a la autoridad.

—¡Si, si! ¡No me lo repitas más! Pero trata tú también de comprenderme. Los sentimientos que todo esto me está avivando, en lo más profundo de mi ser, se rebelan contra la voluntad de mantenerme al margen.

—Por eso te advierto. Quizás nos hemos equivocado y no eres capaz de terminar esta investigación sin sucumbir en este peligro al que te estás exponiendo.

—¿Abandonar? ¡Eso nunca!

—Pues entonces. Procura no hacer más tonterías.

—Está bien. Te prometo que trataré de estar a la altura de lo que me he comprometido.

HOMBRE Y MUJER LOS CREÓ

 Hoy en homenaje al 8 de marzo, quiero compartir contigo unas reflexiones sobre el hecho de ser persona.

No se trata solo del ser hombre o mujer, es el ser humano que se realiza como persona, a imagen de Dios en la unidad de la pareja.

¿Cómo enfocan este tema nuestros personajes?

    —Es evidente que existe lo femenino y lo masculino, creo que somos dos modos de ser persona, dos modos que se complementan pero que no se pueden confundir. Somos complementarios. Nos necesitamos mutuamente y sabemos que juntos formamos un todo.

» Estamos aún inmersos en una sociedad patriarcal, donde la mujer sigue un paso por detrás de los varones, pero ya va siendo hora de que nos pongamos a estudiar el modo y la manera de que esto vaya cambiando»

» Tenemos que ir corrigiendo esos errores ofreciendo a las nuevas generaciones la complementariedad del hombre-mujer, aceptando las dos dimensiones de la persona humana como necesarias para que la sociedad crezca armónicamente»

La experiencia biológica de la maternidad como raíz de lo genuinamente femenino, infundirá a la ciudadanía una gran riqueza en el campo relacional. Esos valores de entrega, acogida, apertura, preocupación por el otro, atención por el más débil, inclinación por la solidaridad, la unión, la aceptación de la singularidad de cada uno… En fin, asumir la dimensión femenina en la sociedades hacer una historia más comprensiva y tolerante, abierta a aceptar la igualdad y la originalidad de cada uno de los individuos que la componemos.

Lo femenino

8 AGOSTO, 2019 MARY CARMEN MURTULA

Todas estas cualidades que aunque se les puede atribuir como femeninas, sabemos que no dejan de ser más que actitudes de lo mejor del ser humano, de ahí que aquí se trate de valorar a la persona, hombre y mujer, como seres indiscutiblemente llamados a colaborar juntos en el avance del Reino. Por eso en este diálogo que a continuación te copio, se habla de la persona adulta que es consciente de su responsabilidad histórica.

—Nosotros somos un grupo de personas que hemos descubierto la misión específica y única que todo ser humano tiene en la vida. Esta consiste en favorecer la actuación del Señor en la Historia; tratar de hacer que sus planes sobre el aquí y ahora se hagan realidad, por eso no podemos excluir a nadie, todo el que descubra su misión de ir construyendo el Reino de S.H. será bienvenido.

¡Esto suena muy interesante!

—Pues sí, sí que lo es. Creemos que cada generación, cada cultura tiene una misión concreta dispuesta por el Señor, para ir colaborando con él en sus planes de ir recapitu­lando todas las cosas hacia la instalación eterna de su Reino. Cada uno tiene que ir descubriendo su papel existencial dentro de ese proyecto divino y entregarse por entero a ser su incondicional instrumento. Por eso nos presentamos como personas adultas que nos comprometemos a vivir el proyecto de S.H. en este presente en el que él nos ha puesto.

—¿Cualquiera persona adulta sirve?

—Por supuesto, la llamada es a cualquier persona en el espa­cio y en el tiempo, pero no todos son capaces de poner su liber­tad al servicio de una causa tan gratuita. Esto es muy exigente y requiere un temple de persona que tiene que estar dispuesta a nadar contra corriente.

¿A nadar…? ¿Cómo?

—Quiero decir que, en muchas ocasiones, pueden surgir di­ficultades ambientales o sociales ante las que es muy difíciles to­mar decisiones o que nos ponen en situaciones muy comprome­tidas incluso de incomprensión y desprestigio y aquí nos jugamos nuestro pacto con el Señor, por eso hay que tener una fortaleza interior que no se adquiere en dos días.

Ya veo.

—Está claro que nuestra misión de ir transformando la sociedad, no puede ser exclusivo de unos po­cos. S.H. llama al hombre para que colabore en su obra de ir desarrollando la Historia en un proceso ascendente hasta que él decida concluir todas las cosas. Cuando la Historia llegue a su fin, quiere encontrarse a los hombres preparados para un final feliz.

Esta es una programa muy ambiciosa ¿no?

—Puede ser, pero sabemos que el final no está a la vuelta de la esquina, nuestra misión es ayudar a las personas que el Se­ñor pone en nuestro camino, a tomar conciencia de su destino y acompañarlas hacia su propia meta.

¿Y cómo sabéis estáis haciendo lo correcto?

—Pues verás. Para que esto sea una realidad contamos con la fuerza del Señor. Él es el que nos enseña todas las cosas y condu­ce todos nuestros pasos. No solemos hacer nada sin consultarle.

¿Consultarle?

—Supongo que es muy difícil de entender para una persona aje­na a nuestra formación, pero nosotros creemos que su espíritu está en nuestro interior, que se comunica con cada uno y nos ayuda.

¿En el interior? ¡Esto cada vez más complicado!

—Vamos a ver si te lo sé explicar con palabras sencillas. Todo ser humano, que es sincero consigo mismo, se sabe pobre e inca­paz de sobrevivir por sí solo. Necesita de los otros.Todos nece­sitamos de todos y todos estamos llamados a ayudar a los demás para ir creciendo en armonía. Pero si te embarcas en una causa espiritual, te das cuenta de que las energías y la fuerza para ser eficaz en esa empresa te ha de venir de otra dimensión, la espiri­tual. Y es allí donde se realizan las auténticas batallas. Existe en nuestro interior un bien y un mal que luchan por ser el dueño de nuestra persona, por conquistar nuestra voluntad, y si optamos por nuestro bien interior, nos encontramos con el Señor como el único que puede ayudarnos a que el bien, que es él, sea el dueño y señor de nuestras decisiones. Bueno y a estos encuentros con él es lo que llamamos oración.

—¡Oh!

—Sí, es en la interiorización, en el encuentro con él en nues­tro interior donde le oímos y percibimos sus planes concretos para cada uno y para la comunidad que se reúne para escucharle. Estos términos nos sitúan exclusivamente ante la experiencia de personas creyentes, porque no se puede llegar a hacer este des­cubrimiento, sino en la medida en que tu mirada está iluminada por la fe.

¡Ahora sí que me encuentro completamente perdida! Yo no en­tiendo ese lenguaje espiritual.

—Es comprensible. Pero nosotros creemos en ello y nos va bien. Esta es la fuerza interior que nos da energía y nos hace in­trépidos y arriesgados. Estos encuentros con él y los hermanos, son los momen­tos más fuertes de la jornada. Nos reunimos para compartir los problemas y las experiencias en clima orante. Nos ayudamos y nos damos ánimo, consejo, estímulo… impulsándonos con nue­vas energías en la empresa que llevamos entre manos.

“Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt.18,20)

ANTE UNA TAZA DE TÉ

Hoy vamos a introducirnos en la casa de Andrés y Sara.

Esta tarde están tomando el té con Marta y Kay. La conversación viene llevada por un problema que ha surgido al presentarse la ocasión de ayudar a una chica que se ha metido en el mundo de la droga. M95 provoca el tema con una pregunta

¿La droga es una problema fuerte?

—Sí, realmente es preocupante —comentó Marta—, pero lo peor es que se especula mucho con el tema y muchas veces la in­formación hace que la curiosidad pueda más que un buen control de parte de los que tienen autoridad. Es un problema que va más allá del conocimiento de los ciudadanos.

-—Sí. En general —siguió Andrés—, la delincuencia organiza­da en nuestro país, en la que sin duda está incluida el tráfico de droga, supera con mucho el conocimiento público. Este es un tema pendiente en el que el propio gobierno está implicado, pues es una de las batallas más duras de la policía y de los funcionarios judiciales de la nación.

Por eso, tú Marta te lo estudias ¿no?

—Sí, así fue. A fuerza de tanta necesidad o pasas del tema sin ver la importancia social que en sí tiene, o te decides a implicarte en ello y buscas la manera de cómo poder ayudar. Aunque sea a muy pobre escala siempre se puede remediar algo.

—Lo que no se puede, de ninguna manera —ahora era Sara la que intervino—, es cruzarse de brazos y negarse a colaborar, cuando sabes que con un poco de esfuerzo puedes echar una mano positivamente. Cada uno según sus posibilidades, pero sin duda el problema es de todos y cada uno tiene que responder de su implicación en el tema.

La verdad es que, en muchos temas dije como si pensara en altohay el peligro de leer, oír o ver y tú vivir con la tranquilidad de que no son los problemas esos tuyos.

     —Exacto. Este es el peligro, que podemos tranquilamente vi­vir acostumbrándonos a las desgracias y calamidades de las otras personas porque no somos solidarios con el mal ajeno.

—Sólo desde una decisión de responsabilidad humanitaria se nos despiertan los sentimientos ante la causa del que sufre y re­clama más o menos conscientemente nuestra ayuda.

¿Tú has visto muchos que morir por la droga? pregunté a Marta.

—Sí, varios casos. La mayor parte de los que ingieren droga dura, terminan muriendo, sin que la tragedia se pueda evitar ni clínica ni socialmente, pues, aunque no está legalizada, no es pe­queño el número de víctimas.

¿Y no es mejor legalizarla?

—Clínicamente no creo que valga la pena, este tema es muy resbaladizo, es verdad que lo prohibido llama, pero hay cosas que son veneno y que hay que prohibirlas cueste lo que cueste. Es un verdadero cáncer.

—Es lo que pasa con el tabaco, mucha información de lo nocivo que es para la salud, pero es el mismo gobierno el que se beneficia con su venta.

—Y no es sólo eso —prosiguió Sara—, en lo referente a la dro­ga, está también el peligro de la adulteración empleada por los pro­pios traficantes, que para sacar más beneficio económico rebajan la cantidad y con ello la calidad, aumentando el riesgo mortal.

—El tema de la legalización —comentó Andrés, es también un asunto que toca niveles morales. ¿Cómo autorizar que se con­suma una sustancia con la posibilidad de provocar una enferme­dad o quizás una muerte? Me parece un acto cruel de insolidari­dad con la humanidad.

Bueno, también el tabaco no está bien y nadie te prohíbe com­prar y fumar ¿no?

—Llevas razón, pero si se ha fumado por tantísimo tiempo ¿quién puede hoy retirar del mercado ese negocio por muy noci­vo que sea? y lo peor de este tema, como apuntaba Marta, es que en eso está metido el comercio estatal.

      —¿Y ese ser tu miedo de la droga?

—Así es. Su aceptación legal y social es inconcebible en cual­quier conciencia recta, puesto que es un mal para la persona y me temo que una vez legalizada no se pueda dar marcha atrás.

—El uso de cualquier sustancia química, fuera de una nece­sidad curativa, sólo por el placer o evasión de la realidad, nunca debe permitirse legalmente puesto que estas sustancias disminu­yen las capacidades físicas y mentales en el que las toman.

¿Y por qué la gente lo toman?

—Por incontables motivos. A veces son varios en la misma persona, pero a parte de la mera curiosidad o por la simpleza de una moda, hay motivos serios a tener en cuenta como los pro­blemas surgidos por la crisis económica del país que conlleva la falta de puestos de trabajo, la pérdida de los valores espirituales, las corrientes modernas destructoras de ideologías y creencias, el miedo existencial… en fin, personas que pierden su proyección de futuro, que no encuentran sentido a su vida y por no valorar su existencia la destruyen con lo que está a su alcance, engañosa­mente creyendo que el uso de esa evasión, de ese placer momen­táneo les liberará de su cruel realidad.

Y tú Marta, ¿cómo los curas?

—Primero con un proceso de desintoxicación controlando las dosis que se les administra hasta anular la necesidad. Pero al mismo tiempo les proporcionamos una atención personificada ayudándoles a recuperarse psicológicamente, comenzando por la aceptación de sí mismo en su situación vital; con ello, si reaccionan, consiguen una paz y serenidad que les lleva a plantearse de nuevo la vida desde otros esquemas. Aprenden a ser libres y responsables, rehaciendo así su propia autoestima separada de los problemas exteriores. Desde ahí, pueden ser capaces de reaccionar en positivo ante las dificul­tades ambientales y están preparados para platearse la vida como una responsabilidad ante la misión personal e intransferible para la que han nacido. Pues todo ser humano tiene que encontrar ese fin último de su existencia y en la medida que se encamine hacia él, se realizará como persona. Sólo esto nos puede hacer realmente felices.

—¿Sabes cuál es el mayor problema por solucionar ante una persona en este estado? —me preguntó Sara.

¿Cuál?

—La enorme falta de comunicación en esta sociedad indivi­dualista, llena de prisas, que no tiene tiempo para escuchar los problemas, deseos e inquietudes de los que pasan a nuestro lado cada día. La comunicación es sin duda la medicina preventiva más eficaz en estos casos.

—Cierto. Es lo mejor para combatir los problemas de tantas personas que no saben cómo seguir adelante existencialmente, porque se han metido en un túnel donde no ven la salida. Por eso hay que tratarlos en el ámbito individual. Son casos muy perso­nales, y hay que ver la realidad de cada individuo, en un contacto de corazón a corazón. Esto es imprescindible si se quiere llegar a una auténtica rehabilitación, pero sin duda no es un proceso fácil pues muchas veces se encuentra resistencia por parte de la persona que se le quiere ayudar.

Todo esto me parece muy interesante, pero muy difícil.

—Verdaderamente no es fácil. Pero es necesario vencer ba­rreras y no dar paso al conformismo ni a la indiferencia ante el problema ajeno, como si no fuera con nosotros lo que es en sí un asunto de cada uno de los que integramos esta sociedad enferma.

—Sí, es cierto. No podemos ignorarlo ni silenciar este mal.

—Hemos de tratar de colaborar para que todo vaya mejor y el camino es llenar nuestro corazón de verdaderos sentimientos de fraternidad.

—Para ir transformando las estructuras sociales —comentó Andrés—, hay que empezar por ser personas que están al lado del dolor físico y moral de los más cercanos.

—Es cierto —siguió Marta—. Hemos de acercarnos al sufri­miento y sintonizar con los sentimientos del que padece, para ir aliviando, en lo que podamos, el dolor del mundo.

—Se trata de vivir con la disposición interior de querer ayudar al otro y ponerse en sus zapatos. Como suele decirse —prosiguió Andrés—. Todos hemos nacido para ser felices y no tenemos por qué impedir, con nuestros egoísmos sociales, que algunas perso­nas alcancen esa meta existencial. El peor enemigo de la felicidad es el egoísmo humano.

—La solución está en unirnos en el amor y luchar en favor de la felicidad de todos.

—Sí, el trabajar en colaboración con las personas que buscan hacer el bien, hace que el colectivo tenga más fuerza para influir en la sociedad que tratamos de mejorar.

— Todo saldrá bien, en la medida en que tratemos de ayudarnos mutuamente. Si actuamos juntos, si confiamos unos en otros porque todos buscamos hacer el bien, sin duda que con­seguiremos un mundo mejor y tendremos que lamentar menos errores de los que ahora somos víctimas

—Si todos fuéramos así, estoy segura de que no habría tantas diferencias entre las personas. ¿Por qué hay ricos y pobres?

—Bueno, esto es muy difícil de explicar —le contestó Andrés—. Lo que sí es cierto que en el mundo hay subsistencias para todos. El hambre y las carencias más elementales son producto de una mala distribución universal, fruto del egoísmo y la avaricia huma­na. Es el propio hombre el que tiene en sus manos el remedio de estas diferencias, pero es él mismo el que crea esa absurda desigual­dad. Y es esa misma insatisfacción la que lleva a muchos a saciarla en el vicio o con la sublevación.

Hizo una pausa para beber y prosiguió:

—Hay personas que viven una vida superficial y no se dan cuenta de que nuestro paso por la historia tiene una misión más allá del confort, el placer, el egoísmo. Estamos aquí para ir cons­truyendo una sociedad para todos, un lugar digno donde todos gocemos de un mínimo de bienestar, donde sembremos a nues­tro alrededor un clima de satisfacción y fraternidad..

—Tenemos que ir creando entre todos, un nuevo estilo de relaciones en el que la primacía es ayudar al que más lo necesita.

—Por eso nos sentimos satisfechos cuando se nos presenta la ocasión de echa una mano a alguien. Pues al hacerlo, arrancamos un poco de injusticia a esta sociedad y nos colocamos ante la posibilidad de sembrar buen trigo en el campo de nuestra historia concreta.

—Hemos de buscar otra alternativa al egoísmo. La cizaña, la mala hierba del mundo, son esas personas egoístas que se colo­can como únicas, en el centro de la sociedad y todo ha de girar a su antojo y necesidad. Sin duda que los demás tienen derecho a reclamarles lo que les pertenece en justicia, pero cuando no se consigue por las buenas, se recurre a medios violentos que son los resultados del odio y la envidia.

—Esto verdaderamente suena a utopía — comentó André, pero si comprendiéramos nuestro lugar en la historia, y fuéramos capaces de colocarnos en nuestro sitio, automáticamente establece­ríamos la armonía social y crearíamos una paz duradera. Lo primero que hay que intentar es el destierro interior de nuestro deseo de codi­cia, el afán de ser más que los otros, el querer tener y dominar, poseer y acumular…, en fin, esos hijos perversos del egoísmo humano que son los enemigos irreconciliables del auténtico amor y que están en el fondo de todo ser humano, fruto de nuestra naturaleza.

Si hay ese mal. Yo pregunto ¿cómo se quita?

—Mira Kay, esto no se consigue de la noche a la mañana —me explicó Sara—, es un trabajo de toda la vida, pero nunca nos podemos permitir bajar la guardia, hay que estar en una actitud permanente de buscar siempre el bien común en una entrega incondicional.—Si. El ser humano es el único responsable de su destino, pero sin duda que todos influimos en todos. No somos islas, en el fondo formamos una unidad, incluso con toda la creación. Si no dime ¿no tomas tus decisiones según las necesidades de tu familia o la influencia de tus compañeras, amigos, profesores…? Todos, para bien o para mal, condicionamos a los demás y somos a la vez influenciados por ellos.

     —Por eso hemos de cuidar nuestras relaciones con los de­más y saber cómo comportarnos. Hemos nacido en una familia —comentó Marta—, pertenecemos a un concreto círculo social, y aunque nos cueste admitirlo, todos dependemos de todos y to­dos influimos en los demás para bien o para mal. Lo que somos es el resultado de mi yo y de mi entorno.

Pequeños trucos

Decía Eduardo Galeano que «mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». 

Es bueno que nos planteemos algunas pautas concretas cuya aplicación exige esfuerzo y constancia, pero que, si pueden llevarse a la práctica, significarían una esperanzadora vía para vivir en medio del mundo construyendo esa Historia que se nos ha confiado. 

Vamos a seguir husmeando en el libro, recordando que M95 no se expresa bien en castellano, y a pesar de todo sigue con su investigación.

Juan me seguía informando:

nosotros nos conformamos con saber apreciar el valor de lo pequeño, lo cotidiano intentamos que se transforme en trascendencia.

—¿A qué te refieres con eso?

—Pues mira, el preocuparse por echar una sonrisa al que se acerca a ti, aunque te duela el estómago. El dejar allí una puerta abierta que facilite la entrada a otros. Acudir a escuchar e intere­sarte por aquél que sabes lo necesita. Estar atento para ayudar allí donde haces falta. El estar siempre disponible para comprender, disculpar, perdonar, olvidar… incluso para pedir perdón, ayuda, consejo… Sobre todo, sabiendo dar gratis tu tiempo. Hoy por ti, mañana por mí, porque todos necesitamos de todos.

—Esto no veo yo tan fácil como me dices.

    —Supongo que no lo es, porque no estamos educados para ello, pero si los adultos, al menos en teoría, no estamos conven­cidos de ello, no podremos ayudar a las nuevas generaciones para que les vaya saliendo con más facilidad que a nosotros, puesto que son más moldeable y no tienen nuestros malos hábitos y pre­juicios. Todo esto deja de ser difícil cuando se descubre y se trata de vivir. Es el secreto de la gente que opta por ir construyendo una sociedad feliz, a pequeños pasos, pero con constancia; que se empeña por construir una historia cotidiana llena de gestos de auténtico amor fraterno.

Esto es muy nuevo para mí.

—No me extraña que te resulte tan novedoso, pues hemos enterrado muchos de los valores humanos más elementales, como cuando no damos importancia al valor de los más peque­ños sentimientos.

¿Qué quieres decir?

     —Vamos a ver… ¿Te parece insignificante el gesto de cariño de un niño por cualquier chuchería que le den, o la alegría de una madre por una carantoña de su hijito, la ternura del que sabe amar gratuitamente…?

¿Qué es cara… cara… qué?

—Perdona. Carantoña, quiere decir por algo que no tiene va­lor material, pero es un gesto de cariño.

¡Ah! Perdona que interrumpí.

    —No te preocupes. Te repito que la culpa es mía, que me entusiasmo hablando y no me doy cuenta de la dificultad que puedes tener para entenderme.

     » Son muchas las cosas nuevas que una forastera puede en­contrar en nuestro vivir. No porque sean raras sino porque vamos siendo capaces de comprometernos en serio, como te decía, con un construir la Historia desarrollando lo mejor de la humanidad y esto cada vez está resultando más ajeno a la cultura relativista que nos invade. Ayudar a la gente a ser feliz compromete a ir colocán­dola en su auténtico sitio, sabiéndose aceptada y valorada tal como son. Todo esto, aunque es más humano que su contrario, parece que cuesta mucho descubrirlo, por eso, los que hemos tenido la gracia de darnos cuenta de su valor, tenemos la responsabilidad de comunicarlo a todo el que lo quiera escuchar. Esto es lo que descubrió Andrés y lo que le hizo tomar ese camino. Su proyecto de vida cambió desde aquel encuentro y aunque a veces parece que externamente todo sigue igual, sus motivaciones son otras.

          » Pero te aseguro que no eres tú sola la que no entiende o no aprecia el valor de lo gratui­to. Estos pequeños detalles son los que van alimentando y desarrollando la alegría profunda del corazón, y cuando se es feliz por dentro salen inconscientemente, colaborando a expandir ondas positivas que van invadiendo el ambiente a nuestro alrededor. Estos gestos son pequeños signos de fe­licidad y van destruyendo lo negativo que frena el caminar de la historia.

 Tenemos que decidir ahora si seguimos el camino del resto de la sociedad… o el nuestro aunque nos tomen por “locos”, “utópicos” o “exagerados” aun por parte de nuestros propios hermanos de fe. 

Lo femenino

¿Qué decir de este tema tan manipulado, traído y llevado en estas latitudes? Desde los últimos siglos, ha habido como un despertar de la mujer que ha desembocado en una amplia variedad de tipos de feminismo, y que básicamente lo podemos reducir al movimiento de lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Con el paso de las décadas, el feminismo ha ido cambiando, significando mucho más que la emancipación de la mujer. De hecho, el movimiento feminista está muy diversificado en la actualidad y es de gran complejidad.

¿Cómo trato este tema en mi novela?

—La experiencia biológica de la maternidad como raíz de lo genuinamente femenino, infundiría a la ciudadanía una gran riqueza en el campo relacional. Esos valores de entrega, acogida, apertura, preocupación por el otro, atención por el más débil, inclinación por la solidaridad, la unión, la aceptación de la singularidad de cada uno…

» Rasgos meramente femeninos, maternos, que no son mejores ni peores que los masculinos pero que son los propios nuestros. Es una manera de sentir, pensar y expresar nuestras vivencias relacionales desde dentro de nosotras mismas. Es algo indiscutible del género femenino que nos hace sintonizar con las otras mujeres. Somos como cómplices de unas actitudes que debemos compartir con el hombre pero que nos caracteriza, que nos hace femeninas, distintas y complementarias con la otra par­te de la humanidad que es el varón.

» Por eso es para nosotras más fácil el ser solida­rias, acogedoras, comprensivas, pacientes, cercanas… nos mueve la sensibilidad, la piedad, la compasión, la ternura… en fin una serie de valores que, aunque son rasgos genuinos de la humani­dad, son indiscutiblemente propios de la condición femenina. Y esto no necesariamente se da a partir de la experiencia física de la maternidad, aunque supongo que lo favorece, sino que es algo que toda mujer adulta, por el simple hecho de serlo, ya lo posee en potencia y hemos de tratar de despertarlo y desarrollarlo hasta concluir en la entrega total.

El objetivo del feminismo es que la mujer pueda disfrutar del mismo estatus social del que disfrutan los hombres. ¿Cómo veo la lucha por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres? 

» Hay que ir transforman­do las mentes hacia la aceptación de la participación igualitaria de hombres y mujeres a todos los niveles cívicos. De hecho, ya se van abriendo cauces en las estructuras políticas, económicas y profesionales, dando paso, incluso en los campos directivos, a la participación femenina. Aún los hombres tienden a elegir a sus iguales, los varones, porque actúan como ellos y a veces la lógica de las mujeres les descoloca. Pero sin duda que, con el reconoci­miento de la mujer, la sociedad se verá muy pronto beneficiada.

» En fin, asumir la dimensión femenina en la sociedad es hacer una historia más comprensiva y tolerante, abierta a aceptar la igualdad y la originalidad de cada uno de los individuos que la componemos.

» Sin duda que es un signo de nuestro tiempo el ir tomando conciencia de la riqueza que la mujer puede aportar a la marcha de la historia.

Verdaderamente, te puede resultar que trato este tema muy utópicamente, pero si lees el libro, te darás cuenta de que, mi intención en todo momento es plasmar en sus personajes lo mejor de la persona. He optado por ir marcando en ellos la presencia del Espíritu, que es el que debería mover los corazones más sanos de nuestra humanidad. De ahí que para mí la mujer ideal es la que desarrolla en sí estos valores femeninos y regala esa belleza a la sociedad.

Dios hizo la maternidad tan sublime que no dudó en compararse con ella: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti” Is 49:15