UNA FORMACIÓN DEMOCRÁTICA

Como maestra que soy, esta novela que te estoy comentando, tiene toda ella un alma pedagógica que va fluyendo entre sus páginas, como respuesta a mi inquietud por la educación de las nuevas generaciones. Por eso hoy paso a comentar el talante pedagógico del colegio donde M95 trabaja.

—Nuestro primer objetivo, es hacer que cada alumno tome conciencia de sus propias capacidades, para que las desarrolle con responsabilidad, enseñándole a asu­mir sus compromisos personales y sociales a fin de poder insertarse de forma consciente y activa en una sociedad democrática, donde ha de luchar por un lugar digno para todos y cada uno de sus ciudadanos. Y nuestro último objetivo es ir formando una generación participativa, social y políticamente capaz de incidir responsablemente en la transformación de la sociedad.

«Esto sólo se consigue mediante una educación transforma­dora que se preocupa por el pensar, estudiar y actuar con libertad y creatividad ante las situaciones cotidianas, fortaleciendo una conciencia crítica y una participación colectiva.

Porque todas las decisiones grandes y pequeñas que tomamos a lo largo del quehacer cotidiano pueden tener una versión más o menos social.

Siempre hemos intentado desarrollar una cultura que facilite la capacidad de una maduración responsable, estableciendo un proceso didáctico desde la supervivencia hasta el razonamiento y la toma de decisiones para crear su propio futuro.

«Tratamos de inculcar a nuestros alumnos la res­ponsabilidad de ser ciudadanos activos, con espíritu crítico, pues estamos convencidos de que para progresar en la democracia y construir el bienestar de todos, es urgente el implicarse constru­yendo juntos el futuro que queremos. No hemos de desarrollar la inteligencia sólo, sino también enseñarles a tomar las cosas con determinación y responsabilidad para avanzar en la cultura del bien de todos, no sólo para la de unos cuantos privilegiados.

Educarlos para ser conscientes del mundo en que vivimos, darnos cuenta de las repercusiones de nuestros actos y decisiones, tener una actuación responsable de los derechos de todos nuestros conciudadanos es el comienzo de un cambio revolucionario en el mundo.

—Tratamos de desarrollar programas educativos forma­dores de pensamiento crítico por medio de la investigación, el estudio, el análisis de la realidad, pretendiendo superar la pasivi­dad, la dependencia y la apatía que respiran a su alrededor, conduciendolos hasta insertarles en el mundo de los adultos siendo auténticos demócratas cada uno en su contexto social. Formarles para que lleguen a ser personas realistas y críticas, conocedoras y de­fensoras de sus derechos y responsabilidades.

Muchas veces son cosas que hemos integrado con tanta naturalidad en nuestra vida ordinaria que no percibimos ese plus que pueden tener en favor o en contra del bien colectivo.

—Pensamos que los centros educativos han de ser lu­gares de aprendizaje y socialización. Que deben cumplir una do­ble tarea, la de difundir saberes y formar ciudadanos. En un mo­mento en que las estructuras familiares y sociales van perdiendo los valores éticos y las referencias culturales, nosotros hemos de mantenernos firmes para que no desaparezcan esos bienes. Esta es la labor cotidiana de los profesores, enseñar a cada uno de los alumnos a ser responsables de sus tareas, a respetar y aceptar las diferencias, a ser solidarios, a cuidar el medio ambiente, a ser honrados y sinceros, a no ser violentos, ni tramposos… en fin son esa serie de pequeñas estrategias que les encaminarán a ser adultos íntegros, honrados y responsables.

   Cada uno puede ahondar en su día a día en la importancia que tiene tomar pequeñas decisiones y enseñar a tomarlas a nuestros niños y jóvenes

—En un mundo plural como en el que nos movemos, nos hace falta una democracia auténtica, que acepte muchos modelos y formas de vida, donde el respeto a la dignidad de la persona y a lo diferente, se acepte en todos los niveles. Una democracia donde el pueblo se sepa auténticamente representado, abierta a todas las disciplinas sociales, políticas, religiosas, cultura­les y económicas; todo esto es por lo que trabajamos al educar a nuestros alumnos, aspirando a que un día se comporten como ciu­dadanos libres y responsables anulando de una vez por todas, esa ciudadanía actual pasiva, competitiva, individualista y consumista, que se mueve por la ley del menor esfuerzo y el nulo compromiso, que actúa como marioneta en manos de los “listillos” de turno.

     Porque en el fondo hemos de enseñar a discernir entre el bien y el mal para tomar el camino del bien. Pero también a discernir entre dos bienes para elegir siempre el bien mayor.

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UN PROGRAMA EXISTENCIAL

Lo que el ser humano necesita recuperar hoy es el sentido de la fuerza interior del bien, el camino de la espiritualidad, el descubrir la presencia de Dios en cada historia personal. Esas luchas de cada día con las que Dios parece retar a nuestra propia interioridad.

¿Cuál es la fuente donde beben estas personas tan comprometidas con la causa de colaborar en el buen desarrollo de la Historia?

—Vamos a ver si te lo sé explicar con palabras sencillas.

Todo ser humano, que es sincero consigo mismo, se sabe pobre e inca­paz de sobrevivir por sí solo. Necesita de los otros. Todos nece­sitamos de todos y todos estamos llamados a ayudar a los demás para ir creciendo en armonía. Pero si te embarcas en una causa espiritual, te das cuenta de que las energías y la fuerza para ser eficaz en esa empresa te ha de venir de otra dimensión, la espiri­tual. Y es allí donde se realizan las auténticas batallas. Existe en nuestro interior un bien y un mal que luchan por ser el dueño de nuestra persona, por conquistar nuestra voluntad, y si optamos por nuestro bien interior, nos encontramos con el Señor como el único que puede ayudarnos a que el bien, que es él, sea el dueño y señor de nuestras decisiones.

Porque su presencia lo cambia todo. Desde Él vemos la vida, las cosas, la gente, el trabajo, las rutinas y a nosotros mismos con otros ojos. Su presencia nos hace descubrir las cosas buenas que somos capaces de hacer, Él da sentido a lo bueno y lo malo que lucha en nuestro interior y se pone de nuestra parte para que el bien gane esa guerra.

—Permíteme que te lea un párrafo de una carta de uno de nuestros primeros líderes:

Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia que es una idolatría. Todo lo cual trae la cólera de Dios… Desechad también de vosotros todo esto: cólera, ira, maldad, maledicencia y palabras groseras, lejos de vuestra boca. No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo,…

…Como pueblo elegido de Dios, pueblo sagrado y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga queja contra otro. El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada.

—¡Sí que es esto un buen programa de vivir!

—Por eso es la primera asignatura que acatamos. Nos va la vida en esa limpieza interior. Si no comenzamos por gastar nues­tras energías bélicas en combatir con nuestro propio mal, difícil­mente llegaremos a ser capaces de conquistar la armonía de una convivencia ciudadana. Sólo desde una serena y constante prácti­ca de interiorización, podemos llegar al dominio personal y desde ahí sabernos preparados para comprender y ayudar a los demás.

—¿Es este vuestra fuerza de pacifista?

—Así lo puedes llamar. Si analizamos los motivos de los en­frentamientos humanos, el noventa y nueve por ciento tiene sus raíces en esta falta de equilibrio personal. Es el reclamo, más o menos certero, de los derechos legítimos que supuestamente le son negados. Porque en justicia no se puede permitir el querer tener más o creerse superior al otro.

—Y es así donde están los derechos humanos ¿verdad?

—Sí. Nos hemos dado cuenta de que este camino funciona. Sólo viviendo con estas actitudes conseguiremos una sociedad justa y estable, pues nunca se llegará a una sana convivencia si se ve en el otro a un competidor, un enemigo, un inferior…

Esto exige altísimas dosis de disciplina, esfuerzo y dedicación, pero también de confianza en el Maestro interior que nos habita y conduce.

La meta es atrayente y liberadora. ¿Nos daremos por vencidos antes de intentarlo?

MI PEOR ENEMIGO

Hola querido lector, no estoy pensando tanto en enemigos de fuera, sino que me refiero al enemigo que yo soy para mí mismo. Sin duda, nadie ignora que somos seres dualistas, el bien y el mal residen en cada uno y luchan por dominar nuestro interior. Y el peligro es que uno se acostumbra a todo, hasta a uno mismo… me acostumbro a mí mismo, a esta persona que no ha terminado de ser coherente, a este yo egoísta, inmaduro… Este es el mayor enemigo contra el que he de luchar.

Muchos de nosotros nos sentimos confundidos e inseguro. sumergidos en nuestras propias oscuridades y sombras de muerte, ¿cómo plantea Andrés este problema?

     —Mira, una persona que no sabe controlar su maldad difícil­mente podrá entender, aceptar, ayudar a los otros. Si tú no has controlado tus ambiciones desordenadas, difícilmente podrás presentarte como líder para ayudar a los demás, puesto que irás movido por la ambición, el poder, el dominio. Por eso lo primero que se ha de aprender es a saber dominar el mal que crece en el interior de cada uno. Nosotros somos nuestro primer enemigo y hay que ir ganando las batallas correspondientes según las edades psicológicas.

     » El alcanzar el equilibrio interior es tarea de toda la vida. Hay que ir orientando nuestro corazón para que no caiga en la opresión, abuso, rencores, egoísmos, envidias, odios, celos… todo esto son tumores del espíritu del mal que está en nuestra naturaleza, que van minando la capacidad de relacionarnos con amor. El conquistar un bienestar interior, hace que disfrutemos de una auténtica reconciliación con nosotros mismos, como pri­mer peldaño para reconocer comprensivamente la realidad dis­tinta del otro y acogerlos para buscar juntos el bien común.

       Debemos tener voluntad de no alimentar nuestros demonios internos, que nos quitan la oportunidad de ser felices, dando el poder a lo bueno para que siga creciendo el bien que hay en nuestro interior.

    » Es una buena guía en el campo psicológico de la persona, la aceptación de uno mismo tal como somos en realidad, con nuestras luces y sombras sabiendo que podemos ir conduciéndo­las hacia el equilibrio interior, no sólo evita muchos males, sino que nos lleva a conquistar la verdadera satisfacción.

Claro que tenemos límites y que hay que ser realistas, pero sin duda que somos más capaces de lo que creemos.  Y cuando pensamos que ya hemos hecho lo máximo de nuestra capacidad, aún podemos hacer más.

» Es una asignatura para toda la vida. Pues no es el mal que viene de fuera el peor, sino que nuestro mayor enemigo es el propio desorden interior. Es la corrupción interior la que destruye toda posibili­dad de ir creando paz y hermandad a nuestro paso.

   » Lo primero que hay que intentar es el destierro interior de nuestro deseo de codi­cia, el afán de ser más que los otros, el querer tener y dominar, poseer y acumular…, en fin, esos hijos perversos del egoísmo humano que son los enemigos irreconciliables del auténtico amor y que están en el fondo de todo ser humano, fruto de nuestra naturaleza.

Por supuesto que es tarea para toda la vida, pero con concienciación, perseverancia, sacrificios y enorme fuerza de voluntad, se va adquiriendo agilidad y poco a poco va costando menos vencer al enemigo interior.

 El ser humano tiene capacidad innata para reaccionar ante el mal, dominar el propio temperamento y conformar su carácter para afrontar las situaciones con bondad de corazón

Pequeños trucos

Decía Eduardo Galeano que «mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». 

Es bueno que nos planteemos algunas pautas concretas cuya aplicación exige esfuerzo y constancia, pero que, si pueden llevarse a la práctica, significarían una esperanzadora vía para vivir en medio del mundo construyendo esa Historia que se nos ha confiado. 

Vamos a seguir husmeando en el libro, recordando que M95 no se expresa bien en castellano, y a pesar de todo sigue con su investigación.

Juan me seguía informando:

nosotros nos conformamos con saber apreciar el valor de lo pequeño, lo cotidiano intentamos que se transforme en trascendencia.

—¿A qué te refieres con eso?

—Pues mira, el preocuparse por echar una sonrisa al que se acerca a ti, aunque te duela el estómago. El dejar allí una puerta abierta que facilite la entrada a otros. Acudir a escuchar e intere­sarte por aquél que sabes lo necesita. Estar atento para ayudar allí donde haces falta. El estar siempre disponible para comprender, disculpar, perdonar, olvidar… incluso para pedir perdón, ayuda, consejo… Sobre todo, sabiendo dar gratis tu tiempo. Hoy por ti, mañana por mí, porque todos necesitamos de todos.

—Esto no veo yo tan fácil como me dices.

    —Supongo que no lo es, porque no estamos educados para ello, pero si los adultos, al menos en teoría, no estamos conven­cidos de ello, no podremos ayudar a las nuevas generaciones para que les vaya saliendo con más facilidad que a nosotros, puesto que son más moldeable y no tienen nuestros malos hábitos y pre­juicios. Todo esto deja de ser difícil cuando se descubre y se trata de vivir. Es el secreto de la gente que opta por ir construyendo una sociedad feliz, a pequeños pasos, pero con constancia; que se empeña por construir una historia cotidiana llena de gestos de auténtico amor fraterno.

Esto es muy nuevo para mí.

—No me extraña que te resulte tan novedoso, pues hemos enterrado muchos de los valores humanos más elementales, como cuando no damos importancia al valor de los más peque­ños sentimientos.

¿Qué quieres decir?

     —Vamos a ver… ¿Te parece insignificante el gesto de cariño de un niño por cualquier chuchería que le den, o la alegría de una madre por una carantoña de su hijito, la ternura del que sabe amar gratuitamente…?

¿Qué es cara… cara… qué?

—Perdona. Carantoña, quiere decir por algo que no tiene va­lor material, pero es un gesto de cariño.

¡Ah! Perdona que interrumpí.

    —No te preocupes. Te repito que la culpa es mía, que me entusiasmo hablando y no me doy cuenta de la dificultad que puedes tener para entenderme.

     » Son muchas las cosas nuevas que una forastera puede en­contrar en nuestro vivir. No porque sean raras sino porque vamos siendo capaces de comprometernos en serio, como te decía, con un construir la Historia desarrollando lo mejor de la humanidad y esto cada vez está resultando más ajeno a la cultura relativista que nos invade. Ayudar a la gente a ser feliz compromete a ir colocán­dola en su auténtico sitio, sabiéndose aceptada y valorada tal como son. Todo esto, aunque es más humano que su contrario, parece que cuesta mucho descubrirlo, por eso, los que hemos tenido la gracia de darnos cuenta de su valor, tenemos la responsabilidad de comunicarlo a todo el que lo quiera escuchar. Esto es lo que descubrió Andrés y lo que le hizo tomar ese camino. Su proyecto de vida cambió desde aquel encuentro y aunque a veces parece que externamente todo sigue igual, sus motivaciones son otras.

          » Pero te aseguro que no eres tú sola la que no entiende o no aprecia el valor de lo gratui­to. Estos pequeños detalles son los que van alimentando y desarrollando la alegría profunda del corazón, y cuando se es feliz por dentro salen inconscientemente, colaborando a expandir ondas positivas que van invadiendo el ambiente a nuestro alrededor. Estos gestos son pequeños signos de fe­licidad y van destruyendo lo negativo que frena el caminar de la historia.

 Tenemos que decidir ahora si seguimos el camino del resto de la sociedad… o el nuestro aunque nos tomen por “locos”, “utópicos” o “exagerados” aun por parte de nuestros propios hermanos de fe. 

Una propuesta social

Este colectivo humano que comenzó a plantearse el sentido de sus vidas hace unos años, es ya un a realidad que merece ser estudiada.

M95 está sorprendida y extrañada de tanta novedad. Veamos lo que Juan le va explicando del proceder de ese grupo social

     » Nues­tro mundo necesita de personas comprometidas con el bienestar de todos los ciudadanos. El primer paso por dar es ser consciente de la dignidad y los derechos de cada persona, empeñarnos en que cada uno pueda disfrutar dignamente de su vida, ser respetado en su originalidad y saberse libre para escoger y decidir su propio des­tino ayudando y respetando a los que caminan junto a él a la vez que se sabe ayudado y respetado por sus semejantes.

     » Tratamos de ayudarnos a niveles de cercanía, proponiéndonos llegar a tantos lugares y ambien­tes donde estamos ligados en la vida cotidiana. Allí buscamos el compartir con los otros sus inquietudes sabiendo que cuando uno ve que el otro se preocupa de verdad por él, que le escucha con respeto y se interesa por sus interrogantes y preocupaciones, por su angustiosa búsqueda de sentido existencial… entonces puede comenzar un diálogo en profundidad. Sólo cuando nos sabemos respetados y reconocemos en el otro su libertad y su verdad, podremos establecer unos lazos que ayudan a dar de sí lo mejor.

     » Hemos conseguido crear un cuerpo social don­de se comparte plenamente las condiciones de vida y de trabajo, las dificultades, las luces, las sombras y las expectativas de todos los que formamos este colectivo humano. Nos sabemos empe­ñados en ir construyendo un ambiente favorable, para crear una sociedad más humana y hacer realidad el auténtico bienestar para todos. Tratamos de ayudarnos mutuamente para llegar a una ciu­dadanía que realmente está cómoda y es feliz en su existencia cotidiana.

     » Todos tenemos derecho a ser respetado en nues­tra singularidad y a la vez somos conscientes de que forma­mos la gran familia de la humanidad, y en una familia todos son dignos de ser amados, ayudados y comprendidos.

» Ser feliz es ver satisfechas todas tus necesidades. TODAS. Quiero decir desde las más elementales a las más profundas. Y esto no se consigue si no se vive rodeado de justicia, equidad y so­lidaridad valores que se conquistan con el auténtico amor. Porque el hombre no se puede realizar solo, por tanto, no conseguirá la felicidad mientras no tome conciencia de sus niveles colectivos y no se ocupe de ir construyendo una sociedad de gente feliz

   

 

   

    

    

    

Transformación social

Sin duda que, una de las fuerzas más interesantes para cambiar una sociedad es la educación. Los profesores con su formación y dedicación son los primeros agentes de cambio.

He aquí el testimonio del director del colegio del barrio.

—Cuando comenzamos, este barrio estaba en los límites de la ciudad, la mayoría de las familias eran forasteras, emi­grantes de otros países, colectivos de realidades campesinas o simplemente personas que al aterrizar en esta ciudad y verse anquilosadas en un callejón sin futuro, habían perdido toda su autoestima social, vivían en situaciones de exclusión, con gran­des privaciones de todo orden, donde sobresalía la precariedad de los empleos, la ausencia de oportunidades y donde los re­cursos económicos eran escasos. En fin, esto era meternos en un ambiente de personas socialmente consideradas excluidas. El problema de la marginación, la discriminación, la violencia, eran los factores dominantes.

» Fue una idea brillante y aquí nos vinimos. Con la ilusión e intrepidez de los novatos, presentamos una propues­ta pedagógica donde nuestro último objetivo era hacer personas dignas, cultas y responsables de aquella gente sencilla e ignorante. Tuve la suerte de tener por esposa una fuera de serie que, siempre fue el alma de este proyecto educativo.

» Comenzamos con una pequeña es­cuelita a la que llamamos “La siembra”, porque este era nues­tro propósito, sembrar educación en esa gente tan necesitada de todo.

      » Siempre hemos procurado dar prioridad en cada alum­no al desarrollo de todo su potencial humano. Cada uno está llama­do a ir creciendo tanto física como intelectualmente al ritmo de sus capacidades personales y con ello vamos favoreciendo el progreso de una ciudadanía marcada por la autonomía y la responsabilidad.

  » El resultado es fruto del esfuerzo y de la buena vo­luntad de todo el colectivo educativo, que año tras año ha sabido ser fiel a la responsabilidad de ir asumiendo el compromiso de ser agente de cambio. Y este empeño se ha visto recompensado al ver cómo el entorno ha ido poco a poco dejando de ser el ba­rrio de la periferia de la ciudad, donde empezamos nuestra tarea educativa hace ya más de treinta años.

     » Esto que hoy ves, es el resultado de nuestro empeño por ir transformando la sociedad mediante una educa­ción basada en la dignidad de la persona y en el desarrollo ple­no de sus capacidades. Y cuando han sido adultos, ellos mismos han luchado por abrirse camino y mejorar sus condiciones de vida, defendiendo sus propios derechos, llamando a las puertas oportunas, valiéndose de los contactos que poco a poco han ido creándose y emprendiendo el camino de su propio destino.

» No te puedes imaginar lo que era cuando em­pezamos aquí. Las gentes no tenían ni las mínimas nociones de higiene ni de interés por salir de la indigencia, y ahora puedes ver que el sector goza de una posición digna. Además, se ha creado un ambiente de amistad entre ellos muy bonita. No es un con­glomerado de individuos independientes y anónimos, sino que forman un grupo de personas y familias que se relacionan entre sí, llegando a crear lazos de empatía más o menos fraterna donde se saben escuchados y pueden con libertad expresar sus intereses e inquietudes. En fin, un grupo humano que organiza su vida planeando juntos, buscando la realización de sus sueños por un futuro mejor, sabiendo que nadie es indiferente a la suerte del otro, que todos tienen interés porque salga bien lo colectivo.

    » Hoy ha dejado de ser un barrio marginal, gracias al intento de mejorar el nivel cultural de sus gentes. Han aprendido a vivir con dignidad, estableciendo un proceso desde la simple supervivencia hasta la adquisición de unos conocimien­tos que les dignifica, una cultura que ha desarrollado en ellos la capacidad de poder tomar sus propias decisiones haciéndolos libres y responsables para ir forjando su futuro.

   » Y esto se debe a que los adultos son todos profesionales bien cualificados, que han sabido prosperar caminando hacia el puesto que le corresponde en la sociedad, por los conocimientos adquiridos a lo largo de sus años de estudio.

        » Yo creo firmemente que, con nuestro enfo­que socioeducativo, estamos colaborando a la transformación social. Hemos ido rotulando caminos nuevos, comprometién­donos en el desarrollo de una ciudadanía corresponsable, por medio de una educación innovadora y democrática. Todo esto encarnado en profesores con sólida formación pedagógica, que trabajan por una enseñanza de calidad promoviendo los valores del estudio, la investigación, la participación y la integridad.

   —Somos testigos directos de haber sido parte de los agentes de cambio de esta gente. La transformación social ha sido posible gracias a la educación recibida en nuestro centro entre otros factores.

La respuesta ciudadana

Partiendo de que la participación desarrolla la capacidad de las personas de trabajar en colaboración con los demás, ¿cómo plantea Andrés su teoría sobre nuestro compromiso como ciudadanos responsables del progreso social?

     —¿Y cuál es vuestra propuesta?

—Sin duda, el ir sensibilizando a los ciudadanos del deber de construir otra realidad social, siendo conscientes de sus obliga­ciones cívicas, contribuyendo en la cooperación solidaria, a fin de que todos disfruten de una aceptable calidad de vida, al menos con sus necesidades más elementales cubiertas.

—¿Tú crees que mejoráis el futuro?

—¡Por supuesto! Ya te he dicho que la solución está en no la­mentarnos inútilmente sino en ayudar al cambio para mejorar. Es verdad que la meta es muy ambiciosa, pero creo que al final el bien va a triunfar, y si nos juntamos los que tenemos esta esperanza, y trabajamos por el bien común algo conseguiremos ¿no te parece?

—Puede ser…

—Por mi parte no quisiera pasar por la historia sin haber puesto mi grano de arena para lograrlo. Porque esto es urgente. Si, urge que nos comprometamos socialmente si queremos de verdad que sue­nen voces que proclamen la justicia, la solidaridad, la participación responsable… Este ha de ser nuestro empeño, ir buscando hacer el bien junto a las personas que tengan estas mismas inquietudes.

—Si hablamos de un gobierno democrático, el primer paso es aclarar los conceptos sin manipularlos. En una democracia la autoridad viene dada por los propios ciudadanos que han con­fiado en que su candidato será un dirigente con el talento y la honradez suficiente para organizar un gobierno con todas sus consecuencias de justicia y equidad.

» Siempre hemos de luchar por mejorar nuestros gobiernos si queremos avanzar en la construcción de una historia progresista,    justa y más humana.

—¿Y tú dices que la democracia es el camino?

—Bueno, es uno de los caminos, supongo que habrá otros, pero cualquiera que busque el desarrollo pleno de la humanidad, ha de optar por colaborar activamente en la construcción de un orden social acorde con las exigencias del bien común y de la distribución equitativa de los bienes del planeta.

—¿Y cuál es tu propuesta?

—Pues verás, tenemos un programa de orientación ciudadana, en el que se informa a la gente de sus auténticos derechos. También es muy importante la educación de los valores para ir tomando con­ciencia de que las relaciones humanas tienen como base la igualdad, aboliendo toda forma de explotación y discriminación y por último nos interesamos por la formación de conciencias rectas, honradas, íntegras, que no se dejan embaucar por la injusticia, la inmoralidad de los ambientes que buscan el engaño y el fraude social.

—Esto suena muy interesante.

—Así es. Yo creo que es el camino por el que se podría llegar a construir una sociedad donde se respete al ser humano en toda su dignidad. Cuando el ciudadano conoce sus derechos y los exi­ge, la autoridad ejecutiva no le queda otra alternativa que actuar en favor de esas voces.

La actividad participativa nos convierte así en mejores ciudadanos