JÓVENES PROFESIONALES

Continuando con el capítulo de la semana pasada, hoy te voy a presentar a varios jóvenes que van a tomar partido en la novela.

Como recordarás M95 fue invitada por su vecina a charlar un rato. Y aquella, que no perdía ocasión para curiosear en la vida ajena, no dudó en aceptar.

He aquí su relato

—¿Dónde está el niño? le pregunté cuando, más tarde, ya en su piso, me estaba sirviendo un zumo de naranja.

—Con su madre.

—¿Su madre?… Yo creía…

—Que era mi hijo —Era más afirmación que pregunta—. Como si lo fuera. Yo lo he criado, pero es hijo de la vecina del 8º A.

 —¡Oh

—Sí, será mejor que le cuente la historia desde el principio para que todo sea más sencillo.

—Estupendo. Me encanta conocer la historia de gente.

—Pues bien, la madre del niño se llama María. Ella y yo somos amigas desde la infancia. Cuando terminamos la secundaria ambas decidimos estudiar periodismo. En el último curso teníamos mucho trabajo práctico que intentábamos hacer juntas. Varios días a la semana la dedicábamos a buscar aquí y allá noticia que nos lanzara hacia un soñado futuro. En esas estábamos cuando una tarde acudimos con otros compañeros a una charla que daban Andrés y Juan. Estos vivían el entusiasmo de su juventud comprometida, compartiendo sus ideales con toda clase de personas, hoy eran los universitarios, mañana los jóvenes de las escuelas profesionales, otro día les podías encontrar en cualquier barrio periférico de la ciudad… Su mensaje siempre era el mismo ‘Si no estáis contentos con esta sociedad, os invitamos a uniros a nosotros para construir otra mejor, donde juntos, combinando armónicamente nuestros valores personales, podamos ir haciendo realidad una sociedad buena para todos’

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» Nosotras, como periodistas, siempre ocupábamos la primera fila y no perdíamos palabra. Nos gustó el tema, y, además, por aquellos años era algo que estaba muy de moda, la organización de nuevas asociaciones

» En otra ocasión que asistimos, conocimos a un nuevo promotor de aquellas aspiraciones. En cuanto este comenzó a hablar, su mirada se posó sobre mí. Yo le dediqué mi mejor sonrisa para animarle y él me correspondió concentrando toda su intervención como si en la sala estuviéramos sólo los dos y tratara desesperadamente de atraerme a su causa. Parecía que, si conseguía convencerme, a través de mí, podría conquistar a todos los demás oyentes. Cuando terminó la sesión, buscó quien nos presentara y desde entonces no nos hemos separado. Es mi marido. Quizás ya lo conozca, es el jefe del departamento de psicología del Club.

—¿Santiago?

—El mismo. Bueno, pues continúo.  

» Como María y yo tenemos un modo de ver la vida muy parecido, por eso congeniamos tanto, no le costó mucho a ella interesarse por esta manera nueva de ser persona. Y cuando comenzamos a trabajar ya estábamos las dos comprometidas en este proyecto.  

» Por aquellos años, la juventud vivía ardiendo en deseos de cambio. Todo tenía que cambiar, todo había que discutirse y ponerse en tela de juicio antes de aceptarlo. Por eso nos tocó tan afondo el mensaje que ofrecían Andrés y Juan. ¿Qué significaba cambiar la sociedad? ¿Cómo se podía introducir nuevas estructuras sociales si no se cambiaba el hombre por dentro? Por eso convenía que nuestro empeño comenzara por nosotros mismos. Había que transformar transformándonos, y nada mejor que buscar hacerlo con gente que tuviera la misma inquietud.  

» Un día apareció por la redacción un joven con la carrera de abogado recién terminada. Se llamaba Antonio, bueno, los amigos le conocían por Toni. Tenía un asunto interesante entre manos y nos ofrecía la exclusiva. El redactor jefe le presentó a María y juntos estuvieron trabajando durante un par de días en ello. A partir de aquella ocasión, se hizo habitual verlo entrar y buscar a María para compartir con ella cualquier asunto más o menos interesante. Ni que decir tiene que, de una simple relación profesional, surgió una empatía tal que les llevó a un compartir la vida.  

» Por entonces, el sector periodista sufrió una crisis muy fuerte en el ámbito económico. Muchos diarios tuvieron que cerrar y otros redujeron la plantilla de personal, por lo que los más novatos y novatas, nos quedamos sin empleo. Con este motivo, Santiago y yo retrasamos nuestra boda, pues yo no quería emprender esta nueva etapa sin tener resuelto el asunto profesional. Como no teníamos muchas ofertas, nos aventuramos a probar suerte en el mundo de la radio. Las tertulias informativas, bien podían ser transmitidas por expertos periodistas, y allá fuimos nosotras, a ponernos directamente ante el ciudadano que espera puntual la noticia de lo cotidiano, tanto locales como más allá de nuestras fronteras. De entonces a ahora la radio ha progresado muchísimo, es uno de los medios de comunicación más serios. Nosotros formamos un equipo muy empeñado en ofrecer calidad informativa, no sólo por la inmediatez sino porque hemos creado unas voces que se presentan con rigor objetivo, libertad y realismo. Es verdad que es un trabajo agotador si se busca calidad, pero creo que las ocho personas que formamos el equipo, estamos entusiasmadas por el buen hacer y servir a los oyentes que siguen confiando en nosotros.

» Me temo que me estoy alargando demasiado.

 —No preocuparte. Tenemos el tiempo que quieras.

—¿De verdad que no te aburro?

Por supuesto que no. Me encanta conocer la vida de personas. Yo pienso que es importante para entender. ¿Verdad?

—Sí, así es. Pero es que soy muy apasionada y cuando me suelto a hablar no hay quien me frene.

—No importa. No preocuparte.

—Intentaré ser breve.

—-No es problema

Y esta es la primera parte de esa velada

UN NIÑO DIFERENTE

Hola lector/a, hoy quiero comenzar una nueva etapa comentando algunos capítulos de la novela, aunque, por ser muy largos, me permitiré fragmentarlos según el tema, sin embargo, siempre me concederé hacer pequeñas intervenciones en cada entrada para situar la escena.

Voy a empezar por el encuentro de M95 con un niño deficiente

Esta tarde, cuando esperaba el ascensor para subir a mi piso, he coincidido con una joven que llevaba un niño de la mano. Este era algo extraño. Tenía una mirada fija, vidriada, como el que mira sin ver, una cara sin expresión, como el que vive ajeno a lo que le rodea, un cuello corto y ancho, en fin, todo él desproporcionado físicamente además de moverse muy torpemente, inseguro, como un niño recién entrenado en su capacidad motriz. Aunque parecía ya mayorcito, no sé señalar la edad que podría tener.

Ella le metió en la boca el panecillo que llevaba en la mano y le dijo, al tiempo que le empujaba la barrita para que sintiera el contacto en la lengua y en los dientes:

—¡Come! ¡Muerde!

Y él, como obedeciendo mecánicamente, cortó el blando bocado con los dientes y comenzó a masticar, lenta, muy lentamente, con expresión boba y ojos sin vida.

Llegó el ascensor y los dejé pasar. El niño fue arrastrado por ella y casi se cae, pues no controló el pequeño espacio que separaba el suelo del ascensor, y no levantó suficientemente los pies.

—Siempre le pasa lo mismo. Es lento para aprender.

¿A qué piso van? —dije azorada, intentando aparentar norma­lidad, tratando de ignorar al niño.

—Como usted, al 8º. Somos vecinas.

—¡Oh! —exclamé mientras apretaba el botón—. Es primera vez que nos vemos ¿verdad?

—Sí, y ya va siendo hora de que nos conozcamos. ¿No le pa­rece? No está bien que viviendo pared por pared nos crucemos en el camino como extrañas.

—Tiene razón.

Estaba incómoda. No sabía cómo continuar la conversación.

¡Qué lento subía el ascensor!

Ella me pregunto:

—¿Tiene algo urgente que hacer? ¿Por qué no viene a tomar un refresco ahora y así charlamos un rato?

   —Yo… bueno… la verdad —continué resuelta— no tengo mucho de preparar mañana y sí es interesante conocer mis vecinos.

—Muy bien, cuando esté lista, venga. La espero. Yo vivo en el 8º B.

De acuerdo.

Ambas nos quedamos calladas.

Yo no quería mirar al niño, pero sentía que éste me estaba obser­vando sin verme, con la boca abierta, llena del último bocado.

—¡Mastica!

Le dijo dándole una palmadita en la mandíbula. Y continuó dirigiéndose a mí

— Siempre se queda así de ensimisma­do ante algo nuevo. Es como si le sorprendiera lo diferente, lo distinto de lo que hasta ahora tiene aprendido.

Le respondí con una mueca que quiso ser una sonrisa. En este caso me parecía que cualquier palabra podía ser inadecuada.

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El niño seguía nuestra conversación con los ojos vacuos, buscando la dirección de los sonidos.

He aquí la reacción de M95 ante este encuentro

¡Qué experiencia tan original! ¡En mi vida me he visto ante una situación como esa!

¡Nunca me he tropezado con alguien minusválido que viva como un eficiente ciudadano! Y aquí tenemos estas dos personas que están retando a la vida con sus deficiencias físicas y psicológicas. ¡Esto también es algo nuevo! Jamás volveré a sentirme superior ni incómoda ante los que por cualquier circunstancia de la vida son tarados. Ya no podré despreciar ni minusvalorar a los que la naturaleza les haya dado menos oportunidades. Empiezo a sospechar que hay muchas maneras diferentes de ser útil en la vida, y entiendo que mientras hay vida se puede uno superar y dar de sí lo que la naturaleza nos permita. Lo que más me cuesta asimilar es la crianza de un ser mentalmente tarado.

¿Acaso no existían en esa época instituciones experimentales que los estudien y les dé el cauce conveniente según su aportación en beneficio del progreso biomédico? ¿Qué futuro le espera si nunca podrá ser autónomo? ¿Qué utilidad cívica puede aportar mal desarrollándose en una familia inexperta para estos casos?

Este tema he de tratarlo más adelante con Marta. Pero tendré que cuidar mucho el ser discreta. De todas las maneras, cada vez me convenzo más de que sólo podremos entender una reacción humana si nos metemos dentro de su contexto histórico. Y, así y todo, estoy segura de que no hay dos personas que cuenten el acontecimiento con auténtica objetividad, todos echamos algo de nosotros mismos al analizar un hecho.

¿QUÉ PIENSAS TÚ DE TODO ESTO V71?

El agente V71 quedó la semana pasada en contestar esta pregunta.

He aquí su respuesta:

—Bueno, ya que estamos en la última propuesta de reflexiones personales, te voy a confesar algo que hasta ahora no me he atrevido ni a decírmelo a mí mismo, porque yo también he transgredido las reglas del proyecto haciendo una investigación paralela por mi cuenta.

—¿De verdad?

—Pues sí. Ya ves que nadie es perfecto.

—¡Me encanta! ¡Cuenta, cuéntame!

 

—Pues veras, a medida que ibas entregándome información de los acontecimientos que vivías, yo también me sentía interpelado y ha podido más la curiosidad que la tarea árida de sólo ir recogiendo tus datos.

 —¡Qué interesante! ¿Y qué has hecho?

—Recurrí a otras informaciones anteriores, llegando a descubrir algo que puede ser interesante.

—¡Me tienes en ascuas!

 —Se trata de un documento sobre la vida de los cristianos del siglo I de la era común, donde he podido obtener conclusiones muy sorprendentes.

—¿Es que te tengo que sacar las cosas con sacacorchos? ¡Dilo todo ya de golpe!

—Bien, Teniendo en cuenta de que se trata de otra civilización con una cultura muy distinta y salvando la distancia histórica, he descubierto rasgos específicos que se repiten en las dos generaciones.

» Escucha esta carta dirigida a un tal Diognetos de aquella época:

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres porque vivan en regiones diferentes, así como tampoco por su idioma o sus vestidos. Tampoco habitan en ciudades propias, ni emplean un lenguaje insólito, ni llevan una vida singular. Ni su doctrina ha sido descubierta por ellos a fuerza de reflexión o búsqueda de ingenio humano, ni se hacen, como tantos otros, los defensores de una doctrina humana. Viven en ciudades griegas o bárbaras, según donde a cada uno le ha caído en suerte; siguen las costumbres locales en su modo de vivir, de alimentarse y de comportarse, manifestando al mismo tiempo las leyes extraordinarias y verdaderamente paradójicas de su república espiritual.

Son ciudadanos de sus respectivas patrias, pero sólo como extranjeros domiciliados. Cumplen con todos los deberes de ciudadanos y soportan todas las cargas como extranjeros. Se casan como todos y tienen hijos; pero no abandonan a los recién nacidos. Participan todos de la misma mesa, pero no del mismo lecho. Habitan en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Se atienen a las leyes establecidas, y con su estilo de vida superan las leyes. Aman a todos, y todos les persiguen. Se les ignora y se les condena; se les mata, pero son vivificados. Carecen de todo y todo les sobra. Se les insulta y bendice; les hacen ultrajes y responden honrando a los demás. Hacen el bien y los castigan como criminales; y mientras padecen el castigo, se alegran como si nacieran a la vida… Para decirlo de una vez: lo que el alma en el cuerpo eso mismo son los cristianos en el mundo… Dios fue quien los puso en tamaña condición, y no les está permitido desertar de ella.”

—¡Auténticamente asombroso!

—¿Verdad que tenía razón? Me he saltado algunos párrafos, la carta es más larga, pero más o menos te puedes hacer una idea con lo que te acabo de leer.

—Estando como estamos en umbral del siglo XXI, no esperaba encontrarme con esta semejanza con tantos siglos de distancia. Hombres y mujeres insertos en el mundo, comprometidos en la transformación de la sociedad en la que viven.

—Así es. Parece que fuera un comentario sobre esta generación que estamos estudiando ¿verdad?

—El caso es que, según la información que nuestros profesores nos han impartido, el cristianismo estaba en decadencia en esta generación dividida por tantas sectas y grupos contestatarios que abusaban y se contradecían con el Evangelio en la mano; también los sistemas capitalistas y los avances científicos habían ganado la batalla a la vieja iglesia; nuevas creencias y nuevas filosofías iban tomando cuerpo colocando a la sociedad en el camino recto hacia nuestro progreso pragmático y funcional donde poco tenía que ver con el mensaje de esa filosofía cristiana..

—Sí, al parecer hay algo que no encaja.

—Puede ser que, no todos los colectivos humanos de esa época actuaran según la información que teníamos antes de venir.

—Vistos en perspectiva, me atrevo a pensar que el vivir de esta gente que estamos tratando, es la confirmación de que en cualquier época de la Historia es posible dar el salto hacia lo transcendente buscando la plenitud humana más allá de la misma Historia, como aquí afirman.

—Estos acontecimientos me están dejando perpleja. Mañana, en la primera ocasión que tenga, voy a preguntar abiertamente a alguno de los líderes de esta comunidad si ellos son los cristianos descendientes de aquella primera sociedad y si S.H. tiene algo que ver con ese Jesús de Nazaret.

—Sí, si. Investiga si toda la sabiduría de esta gente tiene sus respuestas en un libro donde, según los datos de aquellos cristianos, se recogieron todos los dichos y hechos de ese Jesús que, al parecer, después de haber sido matado, resucitó y predicaban que estaba vivo.

—Si es así, no me extrañaría que ese Jesús sea el Señor de la Historia, y por eso permanece a través de ella.

¿Qué te parece? Solo quedan tres capítulos para terminar la novela, pero no pienso comentaros nada de ellos, esto lo reservo para aquellos que quieran leer el libro completo. ¿Cómo terminó todo? ¿Cómo reaccionaron sus contemporáneos? Adquiere el libro, aunque sea en ebook y te sorprenderán las respuestas a estas preguntas.

HACIENDO BALANCE

Ya ha pasado el primer trimestre, estamos en vísperas de las vacaciones de invierno, y siguiendo los interrogantes de la semana pasada, M95 continúa su  introspección ante las experiencias vividas estos meses entre estas personas tan originales.

 Calculando que estamos a la mitad de la primera etapa marcada en el proyecto, voy a dedicar un espacio a hacer una reflexión sobre los acontecimientos vividos durante mi estancia en esta sociedad. Veo que mi relato se ha ido desarrollando como pinceladas que dan pistas de lo que ha acontecido y he intuido a lo largo de estos meses. Todo ello va siendo un mosaico, aún incompleto, de escuetos relatos. Pero he de reconocer que quizás he abusado en mis comentarios, interpretaciones y expresiones personales que, aunque dan, sin duda, riqueza informativa a los hechos, me temo que he podido haberme excedido en algunas ocasiones, dando ocasión a que se interprete como denuncias, inculpaciones, acusaciones… pero para mí ha sido una gran ayuda de reflexión personal donde he podido libremente dedicarme a la búsqueda del sentido de la existencia humana.

Para completar y reforzar mis argumentos, he recurrido a muchas y variadas fuentes informativas, tanto orales como escritas, que me han llevado hasta conclusiones válidas. Pero lo más rico ha sido la inigualable experiencia de haber compartido estos meses de mi vida con estas personas tan especiales.

¿Eran estos los planes propuestos por el proyecto?

Yo estaba conceptuada como una de las personas más cerebrales de mi promoción. Se supone que soy fría, calculadora, impenetrable… raramente vulnerable ante la influencia de cualquier ideología. Así he sido preparada durante todos mis años de estudio para llevar a buen término esta empresa. Todo lo teníamos bien controlado. Según los cálculos profesionales se me eligió como ideal para asumir esta tarea, muy segura de mis convicciones, con criterios firmes e inquebrantables, con una capacidad poco común para realizar con éxito esta misión.

 ¿Qué ha pasado?

Esta situación me ha desbordado. Nunca pudimos imaginar la trayectoria de mi reacción ante tal experiencia. ¿Cómo voy a presentar este informe donde tanto me he implicado si se trataba de hacer una investigación neutral?

 Ahora que me he puesto fríamente de nuevo ante toda esta documentación, me está resultando tan subjetiva… ¡tan personal!

—Es cierto, M95. Al principio pensé que tendría remedio, pero cada vez lo veo más complicado. Me temo que te he dejado ir demasiado lejos y si no ponemos pronto remedio nos vamos a ver en una posición muy comprometida para los dos.

—Sí, tengo que reconocer que me he involucrado muy personalmente en el informe y esto puede ser peligroso.

—Se suponía que tu trabajo era sólo de observadora y te has convertido en protagonista.

—Pero… es que… ¡algo se ha roto en mi interior! ¿Quién soy yo realmente? ¿Por qué siento esa disgregación entre mi pasado y el presente? Presiento que he perdido mi identidad anterior. ¿Cómo me atrevo a censurar el sistema de valores con los que he crecido y he asumido siempre como los únicos buenos?

—¡Pero te atreves!

—Sí, es cierto. ¿Qué puedo hacer? Esto me ha superado.

—No podemos quedarnos de brazos cruzados. Algo se nos tiene que ocurrir para arreglar este conflicto.

—Me temo que estamos metidos en un gran lío. Pero así y todo me pregunto ¿qué hemos hecho con la vida, con nuestra responsabilidad histórica? ¿Dónde quedaron esas motivaciones, esos sentimientos que dignifican y ennoblecen a la persona y que he descubierto en esta generación?

—¿Por qué sigues insistiendo?

—Es que me duele mucho el que hayamos desintegrado unos vínculos existenciales tan esenciales para el desarrollo pleno de las personas. Estoy segura de que esto vamos a pagarlo caro.

—¿A qué te refieres?

—Pues al sentido profundo que aquí se les da a los lazos familiares, amigos, compañeros, tradiciones comunes… El dar la cara ante la injusticia, el reclamar los derechos de todos…

—¿Y tú crees que todo esto es imprescindible para la subsistencia humana? Nosotros no lo echamos en falta, ¿por qué quieres ahora venir tú con esos argumentos que seguro nos complicaría la vida?

—Ese es el problema. Que nos han programado desde el nacimiento para no sentir, ni desear lo que no les interesa suministrar. Pero ahora me he convencido de que cada ser humano tiene que poseer unas raíces que hemos perdido eliminando esos vínculos de relación. Por la reproducción en laboratorios, hemos destruido nuestra capacidad de crecer con autonomía. Nacemos según los planes de una programación gubernamental. Al ser condicionado genéticamente por manipulaciones ajenas a la propia naturaleza, hemos perdido el derecho a ser uno mismo, dejando de pertenecer a un grupo homogéneo surgido de las relaciones humanas más íntimas. Hemos sido preconcebidos desde el primer instante de nuestra existencia para servir a unos intereses concretos, privándonos de acertar o errar personalmente. En fin, hemos perdido el gran don de sufrir el riesgo de ser libres e independientes, nos han fragmentado disolviendo las capacidades de relación.

—¡Qué tonterías dices! Yo siempre me he considerado libre.

—Es que… El concepto de libertad que aquí se vive es distinto.

 —¿Acaso es eso mejor?

—No lo sé, pero en este momento optaría por esa experiencia.

—Creo que no se trata ahora mismo de ver lo mejor, sino de cómo desenredamos este conflicto antes de que nos llamen para presentar el trabajo.

—Pero, aunque nos lleve algún tiempo más, quisiera que, al menos por hoy, me dejases comentarte todo lo que me está quemando por dentro.

—Está bien, pero sólo por esta vez. En lo sucesivo te cortaré todo lo que no venga directamente de las personas a las que estás tratando.

 —De acuerdo. Así que me dejas que me extienda sobre algún que otro comentario en este recuento ¿verdad?

—Sólo por esta vez.

—Bien. Empezaré diciéndote que me parece muy singular esta civilización que estamos estudiando. Yo diría que alcanzaron a ser una raza superior, como si la evolución hubiera tocado un punto más elevado en la escala de la Naturaleza y no sé por qué me da la impresión de que ahora parece que hemos descendido. ¿No será que cada generación tiene que plantearse su responsabilidad de crecimiento en este punto existencial?

—Sin comentario.

—Pienso que cada generación se ve condicionada por los retos de su presente y su cultura.

—Puede ser, esto tiene sentido.

—Según lo que voy observando en el proceso de estas personas, eran muchos más humanos que nosotros, pues al compararme con ellos, me sitúo no como un ser emocional sino como una máquina gobernada por un cerebro sin corazón, sin capacidad para dejar aflorar y compartir los sentimientos, inepta ante reacciones emotivas. Todo esto no es un asunto personal, sino cultural. Vivimos en ciudades que para ellos resultarían fábricas inmensas de robots vivientes con voluntad sólo para hacer y producir, pero incapaces de relaciones afectivas. Personas que no han desarrollado su capacidad emotiva, que son negadas para amar, pues el amor es lo único humano que el hombre no puede fabricar y entre nosotros sólo cuenta la eficacia de un buen planteamiento productivo. ¡A esto nos ha llevado el orgullo de nuestra Era Tecnológica!

—¡Qué insistente te estás volviendo!

—Quizás. Pero estarás de acuerdo conmigo en que estas gentes no podrían sobrevivir en nuestra perfecta sociedad, porque les faltarían los vínculos de la propia familia, los compañeros, los amigos… todos aquellos que comparten las mismas ilusiones, el mismo ideal, la única meta. Gentes que se ayudan a crecer y madurar como fruto de un mismo árbol. Gentes que buscan el bien común para realizarse como individuos…

—Yo no necesito esos vínculos para vivir

—Tú quizás no, pero aquí he descubierto que el ser persona lleva consustancialmente el sentir la necesidad de saberse empatizando con otros en torno a unas ideas, a una misma visión del hombre y de la sociedad, a una misión vital común. Esto es lo que les hace disfrutar de la vida plenamente. Así es como se saben felices y capaces de trabajar por la paz y la justicia entre todos los hombres. Su laboriosidad no les viene por una imposición desde fuera, sino porque todos se saben útiles y necesarios, porque comparten sus quehaceres según sus capacidades personales, aceptándose cada uno como pieza imprescindible y responsable de esa gran empresa. Todos actúan conscientes de que el bienestar comunitario se adquiere con el esfuerzo responsable de cada uno. Supongo que fue así como alcanzaron esa recíproca confianza y esa libertad tan digna de envidiar. Esto sería más o menos el resumen de mi impresión superficial de lo aprendido, después de un recuento de los hechos vivido en estos meses, sin hablar de sus motivaciones últimas que ya sería meterme en su dimensión espiritual tan ajena a nuestras mentes nihilistas y pragmáticas. ¿Qué piensas tú de todo esto V71?

(Seguiremos la próxima semana)

CHOQUE DE CIVILIZACIONES

Sin duda, a medida que M95 se va adentrando en esta pretérita civilización, sin ella pretenderlo, se ve envuelta en una experiencia concreta de autoconocimiento, y para liberarse de aquellas discrepancias e impedimentos emotivos, con frecuencia inconscientes, que constituyen obstáculo para seguir la investigación, trata de confrontarse con su compañero que, pacientemente ve cómo va introduciéndose en un conflicto profundo consigo misma y con la sociedad de donde procede.

He aquí uno de los diálogos que ambos sostienen:

—¿Qué me dices de todo esto? Si la reacción de Andrés me admiró, ¿qué añadir a la manera de enfocar la vida, según lo que me ha explicado Marta? ¿Entiendo realmente sus conceptos filosóficos o es mi mente la que traduce estos términos en palabras? Pues en el fondo veo que aún me cuesta captar sus últimas razones.

—Ya sabes que tu trabajo no es interpretar, sino sólo transmitir lo que ellos te van comunicando. Y es peligroso hacer comentarios, pues tus expresiones conceptuales al contar sus experiencias pueden que no reflejen cien por cien la realidad.

 —Por eso intento ser fiel grabándolo todo, pero la verdad es que sus argumentos mentales me desbordan.

—¡Por supuesto, estamos ante otra cultura! No lo olvides.

—Sí, sí, ya lo sé. Y aunque usáramos el mismo idioma, estoy segura de que hablaríamos con otro lenguaje, nos expresaríamos con otro vocabulario, pues tenemos diferentes referencias intelectuales.

—Estoy completamente de acuerdo, por eso tienes que ser muy escrupulosa en tus comentarios, para no excederte y no decir lo que no es realmente auténtico.

—Pero es que… Todo esto me está atrayendo de una manera tan vital, que no sé hasta donde me puede llevar. De todas formas, ¿no te parece sorprendente la reacción de esta gente?

—Si realmente te interesa mi opinión, te diré que me cuesta comprenderlos, pero no somos nosotros los que tenemos que juzgarlos.

—A mí me gustaría poder llegar a bucear en esos abismos intelectuales donde ellos…

—Te repito, que ni lo intentes.

—Pero es que aman la vida de una manera muy extraña… ¿Cómo la definiría…? ¿Inhumana? ¡No, no! Más bien sobrehumana. Sí, eso es, los veo situados en otra dimensión, en una escala superior.

—¡Qué barbaridad!

—Sí, tienen otra mentalidad. Es cierto. Nosotros hemos construido un mundo en donde el único artífice es el propio hombre, por eso pensamos que todo lo podemos solucionar a partir de una buena inteligencia organizativa y científica, pero ellos eran más simples y se sabían limitados, poniendo su confianza en el poder y la sabiduría de su Dios.

—¡Primitivismos superados!

—Supongo que sí…

—¡Pues claro, no lo dudes! Nuestro diálogo no es un análisis de especialistas, pero tienes que reconocer que nuestros sociólogos y nuestros psicólogos son expertos en el conocimiento de las respuestas del hombre, hasta sus últimas motivaciones. Saben cómo planificar las situaciones para conseguir una buena estabilidad cívica. También nuestros líderes políticos y sus organismos técnicos nos proporcionan cuanto necesitamos y deseamos. E incluso en el caso de que no lo consiguieran, procuran crear en la gente otros intereses que nos convenzan tratando de que olvidemos lo anterior por mejores motivaciones. Nuestros médicos y científicos intentan, por todos los medios que están a su alcance, controlar la naturaleza hasta vencer, en lo más posible, la batalla a la misma muerte si viniera al caso. Según ellos las enfermedades incurables y las taras físicas, no son más que un producto de la limitación de nuestros conocimientos científicos. Donde no llega la capacidad humana existe una posibilidad de resistencia de la naturaleza. La tara, lo imperfecto, la enfermedad… sólo puede ser vencida por el hombre investigador y científico.

—Sí, ya sé. Yo sólo intento transmitirte mis inquietudes y por tanto no pretendo otra cosa que dialogar contigo desde las confusiones que me provoca lo que estoy viviendo. Pero como tú, estoy convencida de que el hombre con su sabia investigación llegará a vencer las incorrecciones de la naturaleza, y con una buena organización el mundo será el paraíso soñado por tantas generaciones pretéritas. De aquí que nuestra investigación vaya encaminada al mismo fin.

—Entonces, ¿por qué tantos prejuicios?

—De acuerdo. Vivimos en un mundo que ha elevado al máximo la prosperidad científica; la técnica y la producción son las generadoras de todo nuestro progreso, pero… ¿Llegaremos a conquistar esa sociedad tan perfecta?… ¿A qué precio? Hemos prácticamente eliminado el hambre del mundo ¿a fuerza de cuánto? Hemos de reconocer que, si algo sale distinto de lo planeado, no se nos ocurre filosofar sobre ese trastorno, nos deshacemos de ello y lo olvidamos. Por otra parte, no se nos pasaría nunca por la cabeza el dar un puesto en la sociedad al minusválido físico, a lo más se le mantiene para ir en él estudiando la posibilidad de no caer otra vez en el mismo error, pero nunca se nos plantea el pensar en que es una persona como nosotros, por tantos con unos derechos existenciales que no podemos manipular en favor de ningún progreso.

—¡Esto se está poniendo muy peligroso!

—Bueno, sólo hago pensar en alto. Considero que nuestro criterio predominante a la hora de valorar a las personas, sus relaciones, sus proyectos o la manera de vivir va condicionado por el sistema político que funciona desde una esfera ajena al individuo, Pero, ¿cómo reaccionaría Andrés mismo, si le dijera que en nuestro mundo tanto valemos cuanto somos útiles para la sociedad? ¿Dónde están los tarados? ¡Eliminados! ¿Qué hacemos con lo inútil? ¡Prescindid de ello! ¿Cómo remediamos los fallos? ¡Destruyendo, o manipulando la causa que lo produjo! ¿Es positivo todo esto?

—A mí no me lo preguntes. Yo no quiero ser cómplice de tus desvaríos.

—¡Por supuesto! Es muy arriesgado el cuestionar los triunfos de nuestra civilización. Pero, sé sincero por un segundo contigo mismo y dime ¿No te parece más humana aquella civilización? Para mí, que esa sociedad que trataban de ir construyendo esa gente…

—Mira, agente M95, ¡ya me estoy cansando! no quiero entrar en tus intrigas. Te repito con insistencia, por enésima vez, que no me gusta nada el cariz que está tomando este asunto. Bien sabes, desde el principio, que sus palabras, sus vidas, no entran en nuestro planteamiento de estudio como elemento de juicio, por tanto, tus comparaciones están de más.

—Es verdad, por eso me siento limitada al tratar de informar simplemente y procuro asirme a lo grabado, ya que los conceptos referenciales de ambas civilizaciones son muy diferentes. A veces me da la sensación de que nunca alcanzaré a captar la profundidad de sus vidas, a pesar de que como ellos somos seres humanos. Pero he de admitir que cada vez me cuesta más situarme como mera espectadora fría y objetiva, porque todo esto me está abriendo a nuevos enfoques existenciales de los que no puedo evadirme.

—Tú verás hasta dónde quieres arriesgarte. Pero conmigo no cuentes. A mí no me comprometas. A lo más que me ofrezco es a escuchar tus barbaridades y procurar dejar constancia de mi imparcialidad en lo que vas informándome, pero no me pidas más pues no estoy de acuerdo con tu absurdo proceder.

—Está bien. Ya veo que eres un buen chico. Pero tienes que admitir que a pesar de que eran humanos como nosotros, tenían un modo muy distinto de entender la realidad existencial ¿verdad?

—De acuerdo. Esto no puedo negarlo. Pero de ahí a poner entre dicho nuestro propio sistema social y el llevar con tus comentarios a menospreciar nuestra civilización, poniendo en peligro todo lo nuestro bagaje cultural, eso es otro cantar.

 —¡Ya sé! ¡Ya sé! No te creas que actúo inconscientemente. Reconozco que mi intelecto se resiste, que es un riesgo muy peligroso, incluso para mi estabilidad emocional e intelectual, pero lo que me está provocando interiormente esta experiencia, es demasiado fuerte para ignorarla.

—Bueno, pero todo esto no te puede llevar a comprometerte tanto que te veas en un proceso judicial por desacato a la autoridad.

—¡Si, si! ¡No me lo repitas más! Pero trata tú también de comprenderme. Los sentimientos que todo esto me está avivando, en lo más profundo de mi ser, se rebelan contra la voluntad de mantenerme al margen.

—Por eso te advierto. Quizás nos hemos equivocado y no eres capaz de terminar esta investigación sin sucumbir en este peligro al que te estás exponiendo.

—¿Abandonar? ¡Eso nunca!

—Pues entonces. Procura no hacer más tonterías.

—Está bien. Te prometo que trataré de estar a la altura de lo que me he comprometido.

EN ESTADO DE BUENA ESPERANZA

Una de las cosas que más desconcierta a M95 es la sorprendente y bella naturalidad con que las mujeres del siglo XXI viven su estado de buena esperanza.

He aquí las dos posturas:

‘Lo sé tan mío, que llena todos los confines de mi existencia. No sólo lo llevo en mi cuerpo, sino en mi corazón y en mi mente. Me siento portadora de algo tan grande que estaría todo el día absorbida por su presencia. Sólo el pensarlo me estremece. Desde que lo sentí en mí por primera vez, mi vida tiene un único motivo acogerle y darle vida.

 ‘Pues yo, le he creado un precioso lugar en mi interior y le nutro con lo mejor de mi vida. Cuando encuentro algo hermoso, trato de transmitírselo a través de ese alimento misterioso con que le voy haciendo crecer dentro de mí. En el silencio de las noches, le cuento lo bonita que es la vida, lo hermosa que es la naturaleza, lo bello que es el mar y lo deseosa que estoy de que contemple todo esto con sus propios ojitos.

‘Estos días en los que falta Toni —su marido estaba de viaje—, los vuelco más en atenciones hacia mi bebé. Le pongo música suave y melodiosa mientras estoy trajinando por la casa y cuando reposo, lo arrullo en la mecedora y le digo palabras tiernas llenas de deseos de estrecharle con mis brazos. Estoy ansiosa por oírle, ver cómo se llena la casa con sus llantos y sus gorgojos infantiles, sentir su vida fuera de mí, comentar con Toni su crecimiento cotidiano. Sueño con la deliciosa experiencia de poder juntos compartir nuestra paternidad. La casa será otra cuando nazca

Respuesta de M95 y su compañero

—¡Esto es extraordinario y rarísimo! Es algo que ya me llamó muchísimo la atención, cuando tropecé por primera vez en mis estudios con la forma de reproducción de las personas de esta generación. Pero lo que no podía sospechar es que pusieran esta carga afectiva ante el hecho tan extraño de que sea la mujer la que engendra en el interior de su cuerpo a un ser humano. ¡Como si fueran animales! ¿Cómo puede disfrutar al detectar cómo va creciendo en su interior un ser vivo, al tiempo que ella se ve deformada en su aspecto físico?

—Es verdad, yo que creo que os habíais librado de una carga inhumana.

—Así pensaba yo. Siempre presuponía que debería ser algo muy molesto y engorroso. Ver tu cuerpo deformarse, los consabidos trastornos físicos, sentir los malestares propios de algo extraño en tu interior que iba creciendo…

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—Al parecer todo eso no les resultaba tan desagradable, por lo menos en este caso.

—Creo que este tema puede ser interesante para hablarlo más a fondo con alguna de estas mujeres, quizás nos ayude a comprender el misterio de la reproducción fuera del laboratorio. ¿Es más progresista una sociedad que así se reproduce?

—Esto es algo que bien podría interesar a nuestra civilización como sugerencia novedosa.

Y en otra ocasión en la que visita a una madre primeriza, comenta:

—Lo de ser madre, me está impresionando mucho. Aunque no debe ser lo mismo el vivirlo dentro de ti o el seguir de cerca el embarazo de una joven, que la simple información que nos proporciona nuestros libros.

Con todo esto, y lo que me comentó Sara sobre el tema de la maternidad, pienso que me voy acercando a lo que estas mujeres pueden sentir al vivir en ellas esta experiencia única, que ninguna de nosotras podremos sospechar.

—¡Esto sí que es una exclusiva para los que estudiamos las civilizaciones pretéritas! Nuestro sistema de reproducción es tan diferente…

Por lo que vamos recogiendo de los informes anteriores, ya ves que está resultando un tema apasionante por lo novedoso.

»¿Quién de nuestra sociedad sabe que la función principal de la existencia de la mujer es el ser madre? ¿Quién de nuestras jóvenes pueden sospechar que son capaces de engendrar e ir formando en ella un nuevo ser como se hace en nuestros laboratorios? ¿Cómo reaccionarían estas mujeres si se enteraran que nuestras adolescentes desde el momento de su primera menstruación hasta los 21 año que celebran la mayoría de edad con el rito del cierre de la trompa de Falopio permanecen completamente aisladas del mundo masculino?

Lo que ni ella misma sospecha es que todas las adultas de su generación funcionan con un ovario sólo, ya que, en aquella ceremonia, se lo extirpan para fecundarlo en los laboratorios maternos.

Y yo me pregunto: ¿Qué función le queda por cumplir a la mujer en nuestra generación? ¿Somos individuos sin un papel propio, dado que se nos privó de nuestra función reproductora? ¿Es un avance el haber privado a la mujer de la experiencia de ser madre?

» Cuando he sido estos meses testigo de tantos sentimientos positivos respecto a este asunto, sin duda que me cuestiono nuevamente el poner en duda los avances de nuestra civilización en esta materia. ¿Es más humano que las relaciones sexuales se limiten a ser simplemente una satisfacción de los placeres higiénicos de los adultos

»He aquí como hemos ido perdiendo el sentido relacional de la pareja y su misión de formar una familia. La madre probeta es la encargada de la gestación y el desarrollo del bebe. Hemos privado a nuestras mujeres de algo tan hermoso como debe ser (según he podido comprobar por la información de estos meses) la experiencia maternal de sentir el crecimiento de un bebé dentro de ellas.

—¡Esto es impensable para nuestra generación femenina!

—¿Otro avance del progreso de nuestra civilización?

ANTE OTRA CIVILIZACIÓN

¿Cómo va llevando M95 tanta novedad como está viviendo? Sin duda que se le presentan muchos interrogantes, como estamos viendo. ¡Son dos mundos tan distintos! Y aunque he dejado correr mi imaginación, no me sorprendería el ir bien encaminada.

Pero de lo que sí estoy segura es de que sea cual sea la evolución de los acontecimientos históricos, Él seguirá siendo EL SEÑOR DE LA HISTORIA.

Este es el desenlace de la novela, y mientras llegamos a él, vamos a seguir escuchando comentarios de estos dos investigadores ante esta novedosa cultura.

—El vocabulario de esta gente me está resultando muy novedoso, poseen palabras de difícil comprensión para mí. Ya sé que entiendo más de lo que puedo expresarme, pues aún no tengo conquistada la concordancia gramatical entre otras cosas, pero no se trata de eso, sino de los términos con que se expresan. Esto requiere estar familiarizada con un sistema filosófico concreto, estar sumergida en una mentalidad cultural para mi nueva, hay ciertas categorías que me resultan extrañas.

—Quizás tendríamos que empezar por aquí para poder llegar a comprenderlos.

—Puede ser. Los vocablos menos comprensibles, parecen ser los más importantes. Palabras como felicidad eterna, trascendencia, solidaridad… el sentido del mismo concepto de lo existencial… no tienen en nosotros ningún eco mental. ¿Qué profundidad tienen estas palabras para ellos?

—Estoy de acuerdo, para nosotros son términos sin sentido y me temo que nos será difícil llegar a captar el significado auténtico de los mismos.

—Aunque esperaba tener dificultades con algunos términos, nunca creí que me encontraría tan perdida antes tales categorías mentales. De todas las maneras, espero ir captando poco a poco su sentido. Menos mal que estoy grabando todas las conversaciones y puedo así transmitírtelas con fidelidad, aunque de momento no capte la idea.

—Quizás sería interesante, al final de cada grabación, añadir un glosario de estos vocablos para mayor comprensión de las personas que vayan a estudiar nuestro trabajo, pero esto tendremos que hacerlo al término de esta empresa, pues ahora no creo que estemos preparados para ello.

Pero una de las cosas que más les intriga es ese hipotético reino del que tanto hablan. Por eso comentan

—Esto del presunto reino, me ha llamado mucho la atención. No recuerdo ningún dato informativo sobre ello durante mi preparación para este proyecto.

—Procura, si te es posible, averiguar algo por tu cuenta y pásame cuanto antes la información para saber algo más científico sobre el tema y si llega la ocasión cotejarlo con esta gente.

—¿Acaso nos hemos puesto al habla con un posible líder de una inmediata revolución social? ¿Recuerdas si hubo por estas fechas algún cambio de sistema político o social en este país?

—Yo tengo entendido que se movían en una República Democrática que duró más allá de esta generación…

—¿Entonces…? ¿Qué sentido tenía el hablar de ese reino por el que Andrés parece tan empeñado?

—Si él fue elegido para ser alguien importante en dirigir ese extraño proyecto de implantación de un reino, ¿cómo sigue aquí, viviendo como un simple profesor? Es verdad que parece ser líder entre esta gente, pero aquí no veo ninguna señal que me lleve a lo que tengo entendido consistía el gobierno de una monarquía.

—¿Qué clase de reino es ese?

—Ni idea… ¿Es acaso S.H. el rey de estas gentes????

DESAFÍO CULTURAL

Sin duda, a lo largo de estas últimas entradas ya habrás captado lo esencial de estas dos civilizaciones.  Dos culturas muy distintas fruto de la educación que se le ha inculcado. ¿Progreso? ¿Prosperidad del ser humano? La historia nos lo dirá.

Yo me limito a narrar mis sospechas sabiendo que al final la última carta la tiene S.H. EL SEÑOR DE LA HISTORIA, pero entre medio, nosotros hemos de ser consciente de nuestra responsabilidad y, descubriendo la misión que se nos ha encomendado a cada uno, tratar de vivir con coherencia.

Por eso no me extraña que a M95 se le moviera la inteligencia y el corazón ante tanta sospecha novedosa.

Veamos otra conversación con su compañero

—¿Qué pensar de esta gente? Nosotros pertenecemos a una civilización que no nos motiva para bucear en nuestro interior, ni ir más allá de las necesidades inmediatas. Y por supuesto menos aún para preocuparnos de los problemas ajenos

—Es verdad, nuestros contactos personales no tienen que ver nada con las relaciones que aquí se detectan.

—Nunca se me ha ocurrido hacerme preguntas sobre qué le hará feliz a esta o a esa otra persona, si no tiene que ver con mi propia satisfacción. Nuestras relaciones no son desinteresadas.

—Bueno, supongo que esto se debe a la educación que se nos ha impartido. Nos limitamos a procurarnos nuestro propio bienestar o comodidad, aceptamos los límites impuestos por una tranquilizadora superficialidad, sin complicarnos la vida con razonamientos filosóficos.

—Sí, vivimos resguardados y seguros a la sombra del sistema social cerrando los ojos al terrible desafío del pensar autónomo, a lo arriesgado que es el hacerse preguntas intangibles. Pero la verdad es que tenemos miedo a perder la tranquilidad de una vida sin complicaciones.

—No olvides que esta es nuestra filosofía, el pragmatismo y el propio bienestar, son nuestros pilares existenciales. Las cosas y los acontecimientos hay que disfrutarlos sin preguntarse para qué sirven, cuánto duran, qué beneficios aportan…

—Sí y todo esto no deja espacio para plantearnos la existencia más allá de la realidad presente, y en esta sociedad al parecer, se vivió con otras categorías existenciales.

—Así es. Se nos ha enseñado a usar de las cosas y de las personas sólo para solucionar con satisfacción nuestras propias necesidades primarias y los placeres inmediatos y esto debe bastarnos. Ya sabes, sólo es válido lo que nos resulta útil aquí y ahora.

—Es cierto. Hemos recibido una formación, que no nos permite rebasar los límites que nos impusieron nuestros convencionales profesores, y ahora tengo que lamentar el no estar preparada para pensar soluciones de situaciones que no son patentes. ¿No te pasa a ti lo mismo?

 —Yo prefiero no hacer ningún comentario.

 —Nos movemos en una concepción de la existencia humana donde no damos por buena ninguna realidad que no sea palpable y medible. Sin embargo, me estoy dando cuenta de que esto no quiere decir que no existan otros valores, otros intereses hasta ahora ignorados. Y hoy me pregunto: ¿Estamos en el camino vital correcto? ¡Esta gente me está haciendo ver la vida desde otro ángulo! ¡Algo nuevo está naciendo en mí! No sé si para mejor o peor, pero estoy empezando a pensar de una manera distinta.

—¡Pero, bueno! ¡Esto no puede seguir así! Agente M95, sospecho que te estás metiendo en un campo prohibido.

 —Tienes razón V71, pero estos interrogantes están inquietándome y con alguien los tengo que compartir, ¿no?

 —Será mejor que volvamos a plantear el proyecto tal como nos lo programamos anotando los acontecimientos sin más comentarios.

—Espero que sepas entenderme. Yo por mi parte intentaré controlarme.

—Lo lamento, pero esta no es nuestra misión, y mucho me temo que si no estás atenta a tus reacciones me veré obligado a dar cuenta a la Central de investigación.

—Está bien, reconozco que me he excedido en mis comentarios, en lo sucesivo procuraré tenerlo en cuenta.

—Más te vale, pues te puedes fácilmente desviar y poner en peligro nuestro trabajo.

¿ES LA MUERTE EL FINAL?

No quiero que termine este mes de noviembre, sin compartir contigo las reflexiones existencialistas sobre el fin de la vida, que M95 se plantea después de haber dialogado con Juan sobre este tema.

MÁS ALLÁ DE LA VIDA

(Pincha en esta fecha para ver esta entrada)

—¡Me encanta escucharle!, aunque he de reconocer que son muchos los términos que no alcanzo aún a captarle su auténtico sentido. Me parece adivinar que nuestros conocimientos existenciales son muy reducidos, que hay algo más allá de lo palpable, de lo comprobable, de lo que nos lleva a ver y tocar resultados. Nuestra cultura científica nos proporciona conceptos de una capacidad pragmática fabulosa, pero psicológicamente crecemos con un respeto temeroso por todo aquello que no entra dentro del campo de lo medible y demostrable, y preferimos dejarlo ignorado en el rincón más profundo del fondo de nuestra trastienda intelectual y vital. ¿Tú crees en que seguiremos viviendo después de la muerte?

—Bobadas. No sé de nadie que vino de allá, y si nadie volvió después de morir… ¿Quién te asegura que ciertamente hay algo?

—Nuestros científicos están de acuerdo en mantener que la materia no se destruye, sólo se transforma

—Bueno, pero a eso es a lo que se reduce nuestro final, nos transformamos en ceniza y dejamos de ser personas ¿no?

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—Quizás. Pero, puesto que se transforma, seguiremos existiendo.

—¿A qué conclusión nos lleva todo esto? ¡Existiendo…! ¿Cómo sería esa nueva existencia?

—Ahí está la cuestión ¿En qué nos transformamos? ¿Otra vida…?

 —¿Estás empeñada en que la muerte no es el final?

—No se… Quizás tienen aquí razón y existimos para algo más allá de la muerte. Tal vez estemos aquí principalmente para prepararnos para lo que seremos más tarde.

—Agente M95, volvemos a entrar en el terreno prohibido.

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—Ya lo sé, pero déjame que te diga todo lo que tengo por dentro, aunque no tenemos por qué registrarlo oficialmente. Creo que he llegado a comprender, con buena lógica, que esta gente puede tener razón, que puede haber algo más allá de la muerte. Pero… ¿Qué? ¿En qué nos transformamos? En el fondo no me desagrada la idea de ser inmortal. Es la satisfacción de poder dar una respuesta a nuestro instinto de supervivencia.

—Creo que estás volviéndote loca con tanta filosofía de ese Juan.

—Bueno, pero estoy segura de que, si llegara a comprender mi destino, en relación con una vida más allá de la muerte, antepondría mis intereses eternos al de ver cubiertas mis necesidades cotidianas.

—Todo esto me está empezando a poner nervioso. Te lo repito, te estás desviando demasiado y puede ser peligroso. Pero, aunque no quiero que te lo tomes como un precedente te diré que, he oído comentarios de que existe en nuestra sociedad un grupo de estudiosos que, basándose en la física cuántica, suponen que nuestra existencia después de esta vida no desaparece. Como tú sospechas nos transformamos.

—¿De verdad? ¡Explícate!

—Sí, dicen que cuando nos morimos, el individuo desaparece como tal, pero pasamos a formar parte de un todo. Algo así como un mar. Seremos las gotas que forman el océano de la otra vida.

—¿Estás seguro de lo que dices?

—Yo no estoy seguro de nada. Me he limitado a informarte de algo que se rumorea por los pasillos de los científicos.

—No me hace mucha gracia el perderme en la inmensidad acuática sin distinguirme del vecino. Prefiero pensar que mantendré mi personalidad en la perfección.

—Bueno, esto como lo otro, son teorías de imaginaciones calenturientas, puesto que nadie ha venido del más allá y nos ha informado. La muerte es la única realidad. A los hechos me remito. Las personas siguen muriéndose y los cuerpos desintegrándose desde ese suceso.

—¿Es esto toda la verdad? ¿Por qué no puede ser este hecho una mera transición? ¿Un paso hacia otra existencia distinta y desconocida. Como el gusano que pasa a ser mariposa?

—¡Ya está bien!, dejemos esta estúpida conversación. El que primero se muera que venga a contarlo y así saldremos de dudas de una vez por todas.

RELACIONES INTERPERSONALES

  Para mucha gente, el 2020 está siendo un tsunami que arrastra tras de sí muchos sueños y proyectos; un terremoto que está haciendo tambalear nuestras vidas. ¿Está lo peor por venir? ¿Quiénes van a sacar la mejor tajada de todo esto?

Hemos de ser prevenidos y cautos. Hay que estar alertas para que no nos encuentren soñolientos los que planean cambiar la sociedad, porque bien sabemos que con los estímulos correctos todos los seres humanos podemos llegar a ser moldeables, más aún si somos incapaces de cuestionarnos las cosas;  por eso no podemos creer todo lo que vemos y oímos, de ahí que es primordial mantenernos correctamente informados, pues en esta época de la libre circulación de información, suelen haber personas que cuentan con intenciones oscuras detrás de cada proposición, por lo que hemos de tener claro nuestro principios y valores para no dejarnos sorprender por el sutil engaño, que nos pueden arrastrar hacia un cambio de decisiones y comportamientos.

Lo que es evidente en un futuro próximo, que todos vamos a salir más o menos tocados por esta situación.

Por ello, después de haber podido analizar el planteamiento existencial del colectivo humano expuesto en la novela, donde lo primero es la dignidad del hombre, y sus relaciones interpersonales van enfocadas a una conciencia de hermandad universal, quiero informarte de la reacción futurista de sus personajes:

—¡Este es el secreto de esta gente, el móvil que les impulsa a construir la historia con los ojos puestos más allá de la misma historia! ¡Qué diferente planteamiento a la programación establecida en nuestra civilización!

—¿Ya estamos de nuevo hablando despropósitos?

—Bueno, tienes que reconocer que es una manera distinta de mirar la vida. Es verdad que a nosotros se nos proporciona cuanto necesitamos, pero nuestras necesidades e intereses no pasan de ser superficiales. Tenemos el alimento necesario y abundante, se nos atiende en nuestras enfermedades, disfrutamos de todas las comodidades que precisa una persona de nuestro siglo y eso en el ámbito universal, pues nadie sabe lo que significa ser pobre o menesteroso materialmente hablando, pero ¡qué pobres son nuestras relaciones interpersonales! ¿Dónde están nuestros sentimientos? Me parece que estoy empezando a despertar del letargo de satisfecha-engañada, y siento que me va la vida en escuchar las voces de estas gentes que me orientan hacia la única meta que para mí ahora mismo tiene sentido. ¿A quién le interesa que todo siga tal como está?

—Entre otras personas a mí. ¿No te das cuenta de que no puedes seguir así, desacreditando tan descaradamente nuestra civilización?

—Pienso que esto se debe a que hemos sido educados en determinados principios que controlan nuestras capacidades intelectuales y emotivas, pero ahora caigo en la cuenta de que esto no es lo correcto. No está previsto que los ciudadanos se aparten de esas normativas que se han hecho hábito en nuestro comportamiento, pero ¿dónde queda nuestra libertad de expresión y de escoger?

—¡Qué ganas de complicarte la vida!

—Quizás, pero dime, ¿ quién es capaz en nuestra sociedad, de pasarse un rato con un amigo compartiendo las penas y las alegrías?

—¿Para qué? Hay otras formas de solucionar estas cosas.

—¡Por supuesto! Cuando te ves en conflicto, vas al orientador de turno y te resuelve el tema. ¿Verdad?

—¿Qué malo hay en ello?

—No, si todo esto está muy bien. Pero yo te pregunto ¿Has llamado alguna vez a la puerta de tu vecino porque necesitabas algo de él?

— ¡Nunca lo he necesitado!

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— ¡Ahí esta! Hemos perdido la capacidad de necesitar al otro. Ya no podemos saber lo que significa la alegría de ser útil, el gozo de poder compartir, la belleza de la íntima relación con el misterio de cada uno.

—¡Patochadas! Yo no echo en falta nada de esto.

—¡Eso es lo malo! Ahogaron nuestras necesidades relacionales. Esa acogida de la amistad es ajena a nuestra sociedad. Ese trato personal que he descubierto en esta gente, creo que es una riqueza que hemos perdido y que convendría recuperar.

—¡Tonterías! Tú no eres quien debe decidir esto.

—¡Por supuesto que no! Pero reconoce que es más humano el poder conectar con los mismos sentimientos que tu compañero de empresa.

—¿Para qué?

—Pues para poder tomarte tu trabajo con otro interés, porque te sabes haciendo camino junto con otros que tienen la misma meta. Tratar de no ver en el otro un enemigo que te puede denunciar, traicionar o simplemente hundirte en una competencia de poder. Aquí he visto todo lo contrario. He descubierto que en esta sociedad viven atentos a ir juntos construyendo la marcha de la historia. Una historia que ahora me parece más humana.

—¡Estupideces!

—¿A quién se le ocurre en nuestro ambiente preocuparse por lo simple y lo inútil? Aquí he descubierto la ilusión por lo pequeño, lo simple, el detalle. El valor de lo menos útil, la acogida y rehabilitación del minusválido, la comprensión del menos dotado, la aceptación de lo diferente como un valor a respetar, por venir de un ser humano… ¿No habremos perdido algo positivo de las civilizaciones pretéritas? ¿Por qué tantos prejuicios?

 —¡Bobadas! Está visto que tienes la cabeza embotada con tanta novedad.

—Quizás, pero ¿no te llama a ti también la atención que no demos importancia a las relaciones interpersonales, a lo afectivo, a los valores relacionales?

 —Supongo que serán cosas de otro siglo.

—Puede ser que la explicación esté en que ignoramos la transcendencia de esta vida y no profundizamos en la hondura del ser humano, porque no reconocemos su dimensión espiritual. Por eso me cuesta tanto seguir el diálogo de estas gentes cuando hablan de cosas tan profundas que según ellos no podemos percibirlo porque sólo se puede juzgar con criterios del espíritu.

 —Oye. ¿No tienes miedo de cansarme y que sea yo el que te denuncie dando la voz de alarma a la base del proyecto

—Es posible. Esto es un riesgo, que soy consciente he de asumir si quiero desahogar con alguien todo lo que estoy viviendo. Así que sólo me queda esperar que no me defraudes y me escuches sin prejuicios ni temores.

—No sé hasta cuando seré capaz de aguantar tanta necedad.

—Bueno, ¿qué me dices de la desigualdad de género que existía en esta sociedad que estamos estudiando?

—No me negarás que en esto hemos avanzado

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—Por su puesto. Aunque en donde estoy residiendo no puedo experimentar estas diferencias, al parecer seguía siendo una asignatura pendiente a escala prácticamente mundial en esta época, de ahí los congresos y las reuniones internacionales que van tomando conciencia de esta realidad. Como ves, aquí puedo apuntar en favor de nuestra civilización. Hemos conquistado la igualdad de sexos, el no hacer diferencias ni valoraciones partidarias entre hombre-mujer. Podemos estar orgullosos del resultado generacional al haber conseguido dejar atrás la idea de superioridad de un sexo sobre el otro. ¡En este campo les hemos aventajado!

—¡Menos mal que hemos progresado en algo!

—No seas sarcástico. Claro que hemos adquirido nuevos conceptos valorativos de la persona, al considerarla en su aspecto de eficacia y productividad. Esto ha hecho que se rompieran aquellos esquemas. Pero tienes que reconocer que aquí sólo cuenta tu capacidad para ser útil al progreso y al bienestar de esta sociedad.

—¡Ya lo has estropeado

Group of female activists is protesting Foto de archivo - 111788455

—Pues es verdad, pero en la época que estamos estudiando, esta diferencia era el motivo de una lucha, a veces hasta violenta por parte de la mujer, por conseguir ser reconocida, escuchada y valorada.

—¡Vaya, barbaros!

—Ríete cuanto quieras, aunque reconozco que nosotros hemos aprendido a mirar con otros ojos y a escuchar con otros oídos, y el resultado ha sido el acostumbrarnos a oír y ver sin distinción entre un hombre o una mujer, en un trato que bien podríamos llamar neutro.

—¿Y eso es bueno o malo para ti?

—Si sigues lanzándome esos dardos tan irónicos. Mejor será que demos por concluido aquí nuestro informe de hoy.