Un buen amigo

En vacaciones es muy recomendable que te acompañes de un buen amigo y ¿qué mejor que un interesante libro que nos relaje o que nos motive para continuar la vida?

Los que me vais siguiendo en este blog ya podéis captar de qué va. Pues he pretendido en ello, ni más ni menos que, ir comentando mi novela “S.H. el Señor de la Historia”. He querido acompañaros para que entendierais cada paso de los que fui dando a lo largo de sus páginas, intentando ayudaros a captar su filosofía. Estoy segura de que ésta no os ha dejado indiferente.

Hoy os propongo que la adquiráis para que disfrutéis de ella.

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Y si tenéis dificultad, a mí aún me quedan ocho libros que puedo enviaros a contrarrembolso. Escribidme a mi correo: marycarmenmur@yahoo.es y mandadme vuestra dirección. En agosto, que vuelvo de vacaciones, os prometo enviároslo. El coste es de 20E y todo va en beneficio de la asociación ACOMAR -Los sintecho de Alicante-

Esta novela es mi legado existencial. La escribí durante muchos años de reflexión; poco a poco iba plasmando lo que el Señor me decía, viendo en mi cabeza y en mi corazón hasta los más mínimos detalles, haciendo que sus protagonistas vivan una existencia ideal, según me imaginaba que podía ser el estilo de los seguidores de Jesús del siglo XXI, en un ambiente socioeducativo.

 Es mi manera de entender la presencia del Señor en la Historia.

Creo firmemente que todos somos elegidos para hacer una obra que va hacia la eternidad, pero también hemos sido creado con libertad de decisión. Somos responsables de nuestras disposiciones y resoluciones mientras vamos por el camino de la vida, y aunque el trigo y la cizaña coexisten en nuestro interior, he querido ayudaros a optar por lo bueno de la existencia humana.

Con todo esto, quiero invitar a cada uno/a en este momento, a que se pare en seco, y piense en lo esencial, sopese sus acciones cotidianas y analice si este es un momento de cambio de sentido que apunte a otras maneras de organizarse, de trabajar, de relacionarse, de… de en encontrarse consigo y comenzar nuevas formas de actuar para que su vida tenga el sentido para el que fue concebido/a.  

El Señor, que me fue conduciendo en este camino para que su anuncio ilumine al que lo lee, se encarga de que se extienda y de que su encomienda llegue tal como un día me lo transmitió. Confío en que este regalo de Dios te ayude.


TITULO: “S.H. EL SEÑOR DE LA HISTORIA”
AUTORA: Mª del Carmen Múrtula Villacieros
EDITORIAL: CIRCULO ROJO
 
Espero poder conectar con todos los que la leáis, segura de que se creará un vínculo imborrable entre nosotros, porque su novedad va más allá de lo cotidiano y su mensaje no os puede dejar indiferentes.

De niña a mujer (7)

» Habían pasado unos tres meses cuando un día, por pri­mera vez, no aparecí por la cabaña a la hora convenida. Él se cansó de esperarme y fue directamente a buscarme. Me encontró medio dormida en mi habitación. Bruscamente entró y me preguntó casi gritando:

‘¿Por qué no has venido?

‘Hoy no me apetecía —dije en un susurro de voz para evi­tar que me oyeran en las otras habitaciones, al tiempo que me incorporaba y me cubría hasta el cuello con la ropa de la cama.

‘¿Por qué? ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? —me preguntó cogiéndome fuertemente de un brazo para obli­garme a salir de la cama.

‘¡Suéltame! —le ordené forcejeando con él—. Me estás haciendo daño.

‘Perdona —Se disculpó soltándome. Y continuó sentán­dose a mi lado y llevándose mi mano a sus labios—. Pero es que me costaría mucho el que terminara todo así. Sabes que no podría pasar sin ti.

‘Pues tendrás que ir acostumbrándote, porque esto se acabó —le dije retirándole la mano.

‘¡Qué dices insensata!

‘Bueno, tarde o temprano tenía que suceder, así que tienes que saber que estoy embarazada —le confesé bajando los ojos como si con ello ocultara mis sentimientos de culpabilidad.

‘¿Cómo? ¿Estás segura? ¿A caso no te has cuidado como te advertí con aquellas pastillas que te di?

‘No. Tuve miedo y las eché por el váter.

‘¡Desgraciada ignorante! ¿Y ahora qué?

‘Ahora ya ves, esperando un hijo tuyo.

‘Esto no es lo convenido. A ninguno de los dos nos inte­resa. Tendrás que pensar en deshacerte del crío.

‘¡Eso nunca! —Le contesté con firmeza.

‘Pues si te empeñas en seguir, tú verás cómo afrontas la situación. Esto ha sido sólo culpa tuya porque eres una ca­bezona y como te empeñas en no seguir mis consejos ¡arré­glatelas! —Y dando media vuelta, se marchó dando un por­tazo que hizo vibrar los cristales de la ventana. Seguro que todos en la casa lo oyeron, pero de esto no tengo noticia. Allí, en mi habitación me pasé el resto del día, pero nadie se preocupó de mí.

» A la mañana siguiente traté de no encontrarme con mi madre, cogí cuanto dinero tenía ahorrado, metí mi ropa en una bolsa y después de dejar una carta encima de la cama, salí hacia la puerta de la finca, a esperar que mis hermanos marcharan a la escuela en la furgoneta. Les dije que iba a pasar unos días a casa de una amiga y me despedí de todos.

» En cuanto me vi sola, me dirigí a la estación y cogí el primer tren que pasó, bajándome en la última ciudad donde este moría.

—Sin duda que mi padrastro es un hombre muy inteligente —concluyó en su relato Elsa

Sabía que a la fuerza y con amena­zas no conseguiría su propósito de tenerme a su merced, como él pretendía. Y al verme tan resuelta perdió todos sus falsos en­cantos. Gracias a Dios pude salir de aquella situación, pues lo que más temía era verme indefensa ante su ternura y halagos y caer en la tentación de abortar como él pretendía. Ahora veo que era como una sutil araña envolviéndome en su tela. De ninguna ma­nera debía consentir más aquello que tanto me trastornaba y que podía llegar a convencerme de que tenía que abortar. ¡Matar a mi propio hijo! Ya sé que hay jóvenes que no piensas como yo, pero yo sigo creyendo que lo esencial en la mujer es la maternidad y no concibo el renunciar a ello por egoísmo o por lujuria.

» ¡He disfrutado tanto cuando la iba sintiendo moverse en mi interior!, ahora comprendo el gesto de las futuras madres tocán­dose la tripa porque ahí va sintiendo como va creciendo su bebé. Y ¿qué decirte del momento del parto? Cuando notas al bebé sa­lir y le ves todo amoratado y embadurnado como de una grasilla blanca y te lo ponen encima. Desde ese instante no puede nada, absolutamente nada, hacer que deje de ser tu bebé y ese momento queda grabado para siempre en tu corazón. Y piensas: ‘¡Es mi hija! Esa personita que tengo ahora sobre mi pecho, ¡es mi hija! Que ha estado todos estos meses viviendo, formándose, creciendo, ali­mentándose y respirando, porque yo la he protegido dentro de mí.

» Por todo esto nunca podré dar suficientes gracias al Señor por haberme librado de mi padrastro y haberme puesto en mi camino a Marta. Ha sido como si hubiera roto un pacto con el mismo diablo y encontrar compensación con las atenciones de un ángel. Esto ha sido Marta para mí. Sobre todo, me ha ayudado a confirmarme en mis principios, y ahora sé que, aunque hice mal, mis convicciones son rectas.

Quisiera hacerte unas preguntas. —Le propuso M95

—¡Adelante!

¿Cuántos años tiene tu padrastro?

—Cuarenta y dos y mi madre treinta y siete.

¿Otra?

—¡Vale!

¿Sabe tu madre dónde estás?

—No. Sé que es muy duro para ella, pero temo que si le doy cualquier pista él se lo saque y le dé por venir a buscarme. Pero tuve ocasión de mandarle una carta y le dije a Juan que la enviara desde otra ciudad. En ella le contaba parte de la verdad, lo sufi­ciente para que esté tranquila, pero nada le dije para que pueda localizarme.

Una última pregunta.

—Las que quieras.

¿Qué significa eso de que tú eras su amante?

—Bueno, eso le llamamos al hombre y la mujer que tienen relaciones íntimas sin estar casados. 

(Reflexiones de M95 ante su realidad)

¿Quién de nuestra sociedad sabe que la función principal de la existencia de la mujer es el ser madre? ¿Quién de nuestras jóvenes pue­den sospechar que son capaces de engendrar e ir formando en ella un nuevo ser como se hace en nuestros laboratorios? ¿Cómo reaccionarían estas mujeres si se enteraran que nuestras adolescentes desde el momento de su primera menstruación hasta los 21 año que celebran la mayoría de edad con el rito del cierre de la trompa de Falopio permanecen com­pletamente aisladas del mundo masculino? (4)

» Y yo me pregunto: ¿Qué función le queda por cumplir a la mujer en nuestra generación? ¿Somos individuos sin un papel propio, dado que se nos privó de nuestra función reproductora? ¿Es un avance el haber privado a la mujer de la experiencia de ser madre?

» Cuando he sido estos meses testigo de tantos sentimientos positivos respecto a este asunto, sin duda que me cuestiono nuevamente el poner en duda los avances de nuestra civilización en esta materia. ¿Es más humano que las relaciones sexuales se limiten a ser simplemente una satisfacción de los placeres higiénicos de los adultos?

» He aquí como hemos ido perdiendo el sentido relacional de la pareja y su misión de formar una familia. La madre probeta es la encargada de la gestación y el desarrollo del bebe. Hemos privado a nuestras mujeres de algo tan hermoso como debe ser (según he podido comprobar por la información de estos meses) la experiencia maternal de sentir el crecimiento de un bebé dentro de ellas.

¡Esto es impensable para nuestra generación femenina!

¿Otro avance del progreso de nuestra civilización?

__________

(4) Lo que ni ella misma sospecha es que todas las adultas de su generación fun­cionan con un ovario sólo, ya que, en aquella ceremonia, se lo extirpan para fecundarlo en los laboratorios maternos.

FIN del capítulo 15 DE NIÑA A MUJER

De niña a mujer (6)

» Mi madre anunció en una cena que iba a traer otro niño al mundo. Yo me sobresalté y casi me atraganto. ¿Por qué? ¿A caso no era lógico? ¿A caso no era aun joven y de buena presencia? ¿No era su marido un hombre atractivo y sensual? Todas estas preguntas me las hice en un segundo. Pero al mis­mo tiempo yo estaba rabiosa y confundida. Comencé a toser y me disculpé diciendo que no me encontraba bien y que me iba a retirar.

» A la mañana siguiente mientras seleccionaba los huevos que habían puesto las madrugadoras gallinas, me sentí ob­servada, me volví y allí estaba él sonriéndome.

‘Buenos días. ¿Ya se te ha pasado?

‘¿El qué? —pregunté tímidamente.

‘No sé, anoche dijiste que no te encontrabas bien y nos dejaste sin terminar la cena.

‘¡Ah ya! Mira Luis —me sorprendí, era la primera vez que no le llamaba “tío”—, no sé qué pretendes, pero yo no aguanto más esta situación.

¿Y bien? —comentó con una calma infinita que aumentó mi rabia.

‘¡Por favor, no me trates así! —notaba los ojos húme­dos—. No te comprendo, pero nadie me hace conmoverme de este modo y sé que esto no está bien.

‘¿De veras? —dijo cogiéndome de la barbilla y obligán­dome a mirarle—. ¿Ni siquiera Martín?

‘Esto es distinto. Es algo que supera mis fuerzas. Aunque sé que eres el marido de mi madre no puedo dejar de pensar en ti como hombre.

‘Que yo sepa eso es normal puesto que soy un hombre. Ven conmigo —me ordenó cogiéndome de la muñeca y ha­ciéndome caminar detrás de él casi a rastras.

‘¿A dónde me llevas?

‘No te preocupes y sigue me.

» Cruzamos las casas de los campesinos y caminamos por un sendero entre árboles. Yo conocía muy bien aquel paraje. De pequeña solía venir con mis hermanos a jugar y a buscar pájaros. Hacía mucho tiempo que no me acercaba por allí. Lo que no sabía era que él había construido una cabaña para la caza en medio de aquel bosque.

» Nos dirigimos hacia ella y Luis sacó de un árbol una llave con la que abrió la puerta. Me cedió el paso y cerró tras de sí. La estancia era sólo una amplia habitación con una chimenea y una mesa rustica en el centro rodeada de bancos hechos de troncos. En un rincón había un camastro y una alacena sin puertas donde estaban depositadas varias escopetas de caza, en otra pared una estantería repleta de bebidas y encima de la chimenea una cabeza de ciervo, que me impresionó por su realismo.

» Él se me acercó sonriendo tiernamente y cuando estuvo muy cerca de mí, me acarició las mejillas con ambas manos. Yo temblaba. Gruesas lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro. Él las enjugaba con sus dedos casi sin rozarme.

‘No temas. Relájate. Yo también creo que esto tiene que acabar. Pienso que la única forma de que encuentres la paz contigo misma es dejar de luchar con tus sentimientos —esto decía mientras me iba despojando de mi ropa—. Ya verás como todo es más sencillo de lo que te has imaginado. No te voy a hacer ningún daño.

» Pero yo no cesaba de llorar, a pesar del susurro de sus tiernas palabras. Mientras me iba empujando suavemente hacia el suelo y acariciaba mi desnudo cuerpo de niña-mujer. ¡Hasta que me hizo suya!

» Estaba tan tensa que fue como una descarga eléctrica es­tallando en mi interior y recorriendo todo mi cuerpo. ¡Aquella sensación era más fuerte que yo! Pero a pesar de todo algo en mi seguía rebelándose. ¿Qué estás haciendo Elsa en brazos de tu padrastro? ¡Todo me daba vueltas! Busqué sus ojos, en ellos vi ternura y comprensión. Me estremecí y empecé a relajarme.

» Permanecimos tendidos en la moqueta que cubría el suelo. Yo intentaba serenarme. Él me esperaba mientras ju­gueteaba con los dedos de mi mano, llevándoselos a su boca, mordiéndolos suavemente y besándolos. Por fin, cuando notó que mi respiración era normal, se dio media vuelta incorporándose y colocándose boca abajo apoyándose en el suelo con los codos me preguntó sonriéndome, al tiempo que me retiraba suavemente el pelo que caía sobre mi frente:

‘¿Estás ya tranquila?

‘Creo que sí —le contesté tratando de sonreír.

‘¡Me alegro! No fue tan malo ¿no? —murmuró acercán­dose y besándome en la frente.

“Yo me incorporé y sin responderle tomé la ropa y co­mencé a vestirme.

‘Quisiera que te calmaras —continuó al ver mi silencio—. Estás muy tensa y así no puedes disfrutar.

‘No creo que tenemos que permitirnos esa clase de dis­frute.

‘¿Por qué? ¿Acaso no somos dos adultos que nos senti­mos atraídos el uno por el otro?

‘Creo que esto no es lo adecuado. No se puede actuar como animales, sólo movidos por una atracción meramente física. Hay una moral, una ética, una ley de Dios…

‘¡Todo esto no son más que normas frustrantes! Si Dios nos ha hecho así y ha querido que nos encontráramos, no puede ninguna ley ponerse como obstáculo. Si nos sentimos atraídos el uno por el otro ¿qué ley puede ir en contra de la ley de la naturaleza? ¿No te parece que sería una ética poco humana?

‘¡Ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstan­cias! Pero la realidad se impone y ella es nuestra juez.

‘¿Qué culpa tenemos nosotros de que el destino haya ju­gado así con nuestras vidas? Lo que aquí cuenta es que sen­timos mutua atracción y queremos vivir esta relación adulta.

‘¿Y mi madre? —dije en un hilo de voz. Estábamos los dos de pie tratando de colocarnos las respectivas ropas. Él me contestó muy bruscamente:

‘¡Otra vez! No estropees el idilio del momento. Ya te dije que ella no tiene que ver nada con todo esto.

‘¿No? Pero te atreves a seguir hasta dejarla de nuevo emba­razada —le acuse en el mismo tono, poniéndome con las ma­nos apoyadas en las caderas en un gesto desafiante—. ¡Eres un monstruo! ¿Es que quieres tener un harén en tu casa?

‘¡Eso es problema mío!

‘¿Sólo tuyo? ¡Dos mujeres!

‘No seré el primero.

‘No me gusta esta situación —comenté como si hablara para mí misma—. ¡Es tan distinto a lo que siempre había soñado!

» Él, cambiando de tono, se me acercó acariciándome los brazos y me dijo:

‘Puede ser realidad tu maravilloso sueño si te olvidas de prejuicios y escrúpulos.

‘No sé, no me atrevo, lo llevo tan dentro…la vedad es que no se si quiero.

‘Si me dejas que te ayude, pronto se te pasarán esos sen­timientos de culpabilidad. Te invito a que nos veamos de nuevo aquí mañana a la hora de la siesta ¿vale?

‘Ya lo pensaré.

» Pero no falté. Él lo tenía todo previsto, me entregó unas pastillas y me insistió en que me las tomara, porque era ob­vio que debería evitar un embarazo de nuestras relaciones. Así fue como me convertí en su amante. A partir de aquel momento las citas se frecuentaban. Él me mandaba recado cuando le parecía oportuno, procurando ser muy discreto para no levantar sospechas.

De niña a mujer (5)

» Durante la vuelta de la noche siguiente no ocurrió nada. Yo me preguntaba, a medida que nos acercábamos a casa, si habría soñado lo de la noche anterior. Estuvimos callados durante todo el trayecto, al parecer ninguno de los dos está­bamos por romper el silencio.

‘¿Ni si quiera me vas a dar un beso de buenas noches? —me dijo cuando ya habíamos descendido del coche.

‘¡Oh, sí, claro!

» Me acerqué y le di un beso en la mejilla al tiempo que le decía:

‘Buenas noches, tío Luis y gracias por todo.

» Me di la vuelta, pero él me cogió del brazo y me hizo girar hacia él diciendo:

‘No, así no.

» Me abrazó y me besó en la boca. Pero yo me resistía. Me sentía tensa y agresiva. Él se apartó con brusquedad y me dijo:

‘Lo siento, no me gusta forzarte.

‘No es eso. Lo que pasa es que… Bueno, supongo que tengo que ir haciéndome el ánimo de que las cosas tienen que cambiar entre nosotros.

‘Entonces, esa resistencia no significa que me rechazas —era más una afirmación que una pregunta.

‘Supongo que no, pero creo que necesito tiempo para poder poner nombre a esta nueva situación. Me gustaría que respetaras mi ritmo.

‘De acuerdo. Sabes que te estaré siempre esperando.

» Cerró la puerta del garaje y nos dirigimos a casa. Antes de entrar le pregunté:

‘Y, ¿qué pasa con mi madre?

‘¿Con tu madre…? ¿Qué pasar? Que yo sepa, nada. ¿Por qué me haces esa pregunta?

‘Bueno… ¿piensas dejarla por mí?

‘¿Dejarla…? ¿Por qué? Tu madre es mi esposa ¿no?

‘¿Ah sí?… Y yo, ¿quién soy?

‘Esto es distinto. Tú… tú eres mi… sí, mi discípula. Eso. Y yo soy tu profesor. Ahora que, te aconsejo que no le digas nada de todo esto, quizás no lo entienda y se sienta celosa.

» Y sin más comentarios me hizo entrar sigilosamente en la casa dormida.

» Aquella noche el hombre de mis pesadillas tenía un ros­tro ¡mi padrastro!

‘Bueno, Elsa. Esta es la última noche que viajamos solos. Mañana como es el último día de la feria, vendremos toda la familia a celebra la despedida de los feriantes. Supongo que te lo habrás pasado bien ¿verdad?

‘¡Oh sí, tío Luis! Han sido noches perfectas. ¡Como nun­ca podía haberlas soñado!

‘Y… ¿Qué hay del chico “más interesante”? ¿Quieres ha­blarme de él?

‘Pues…, se llama Martín y este año termina la secundaria. Estu­dia en un instituto de la ciudad, pero su familia vive en el pueblo.

‘¿Y te ha dicho que quiere seguir viéndote?

‘Bueno, él vuelve al pueblo todos los fines de semana y sí me ha dicho que le gustaría encontrarse conmigo en la disco­teca algún sábado, pero yo no le he dado muchas esperanzas.

‘¿Por qué no? No me digas que a estas alturas no tie­nes confianza para pedirme que te siga haciendo este favor. ¿Cómo has dudado que yo haría esto por ti? —en su voz había mezcla de enfado e ironía.

‘Bueno… Pensé que esto se acababa con el fin de la feria.

‘¡Pobre Elsa! Como el cuento de la cenicienta ¿no?

‘Pues… ¡Algo así!

‘¡Pues no! Pienso que como ella mereces ser feliz. Y aun­que también eres huérfana, tienes un padre que quiere ayu­darte a que lo seas. ¿Sigues aun dudándolo?

‘No, pienso que no —dije con timidez mirándome las manos.

‘Así está mejor. De todas las maneras creo que te tienes que espabilar, pues puede haber alguna más viva que tú, que te lo quite. ¿No has pensado en eso?

‘Sí, puede ser. Pero ¿qué voy a hacer? No puedo forzar al destino.

‘No forzarle no, pero sí darle facilidades para que se convier­ta en tu aliado y conseguir un futuro favorable. ¿No te parece?

‘Tal vez.

‘¡Pues claro! Ya iremos pensando en posibles estrategias. Quizás tengas tú algo ya en mente.

‘En realidad no, puesto que no quería hacerme ilusiones por si esto no continuaba.

‘Pues ya ves que por mi parte sí que va a seguir. Así que vete haciendo a la idea y le dices mañana que el próximo sábado os veréis.

‘Gracias así lo haré —me quedé en silencio.

» Durante un buen rato sólo se oía el rodaje del vehículo por la carretera desierta.

‘¿Cuándo quieres que continuemos las clases? —dijo con los ojos fijos en la carretera. Yo temía esa pregunta y como nada respondí, continuó—. Vamos a estar una semana sin tener otra oportunidad.

» ¿Qué hacer? Me volví a mirarle con timidez y le pregun­té algo nerviosa:

‘Bueno, ¿y cuál sería la próxima lección?

» Aparcó el coche fuera de la carretera.

‘Me parece que estaremos más cómodos si salimos del co­che, no creo que tengamos frío, hace una noche estupenda.

» Me ayudó a salir muy gentilmente y sin soltarme de la mano nos adentramos en un pequeño bosque y nos pa­ramos debajo de un árbol donde había un buen sitio algo ocultos desde la carretera. Colocó su gabán en el suelo para evitar la humedad y aún los dos de pie se me acercó hasta rozarme con sus labios los ojos. Yo le acariciaba el pelo y le dejaba que recorriera con su boca todo mi rostro. Poco a poco me iba empujándome hasta quedar sentados encima del gabán.

‘¡Oh, Elsa, Elsa! Eso de las lecciones es una excusa tonta. Quisiera estar seguro de que correspondes a mis sentimientos.

‘Eres la mejor persona que conozco —le comentaba mientras sentía sus besos en mis orejas y en mi cuello—. Siempre estaré en deuda contigo, pero tienes que tratar de frenar esos arrebatos. Yo, aunque presuma de lo contrario, sólo soy una niña asustada ante tus lecciones.

‘No, no lo eres, y la verdad es que me estás volviendo loco y quisiera hacerte mía.

‘No, Tío Luis, no puedes pedirme esto. Sé que siempre has hecho lo posible por no forzarme, pero creo que esto debemos de evitarlo, no quiero verme en una situación que luego no pueda remediar.

‘Yo sé, cómo se puede controlar. Hay métodos…

‘No siempre son eficaces —le interrumpí poniéndole mis dedos sobre sus labios—. Además, quisiera, cuando llegara el momento, no renunciar a la maternidad. Y en cuanto a esas cosas, estoy convencida de que cualquier procedimien­to contra la naturaleza tiene que ser perjudicial, no sólo físi­ca sino también psicológicamente.

‘¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? —dijo se­parándose bruscamente.

‘No quiero que te enfades —le susurré cariñosamente acariciándole la mejilla—. Pero tienes que respetar mi ritmo. No creo que estoy preparada para llegar donde tú quieres que lleguemos. Yo intentaré hacer todo lo que me pidas para hacerte feliz, pero no me pidas eso.

‘¿Tú crees que se puede hacer feliz a una persona sin sa­tisfacer sus deseos?

‘No todos los deseos son lícitos. Y este tuyo hacia mí no lo acepto como tal. Así que te tendrás que conformar con lo que te pueda dar.

‘Bueno, ya veo que necesitas más tiempo —dijo mirán­dome fijamente y haciéndome estremecer. Me volvió a abra­zar más firmemente.

» En mi interior ardía un fuego intenso y agónico, pero mi mente me obligaba a mantenerme firme. Puso su cabeza en mi regazo y me gritó con un gemido:

‘¡Oh, Elsa! No sé si podré resistirlo. Temo no tener pa­ciencia ni sosiego.

‘Ya verás que sí. Yo te ayudaré.

De niña a mujer (4)

» Los meses que transcurrieron hasta terminar el curso escolar, éramos llevados a la escuela por uno de los nuevos jornaleros. El patrono, al que ahora llamábamos tío Luis, había comprado para sustituir la vieja camioneta de mi pa­dre, dos grandes furgonetas y contrató a dos hermanos que, junto con la esposa de uno de ellos, ocuparon la casa que nosotros dejamos. Ellos eran los encargados de proveer a los clientes del contorno, que por supuesto aumentaron.

» Aquel junio yo terminé la escuela. Al curso siguiente ya no volvería y no hubo ninguna propuesta para que fuera a estudiar a la ciudad, pues esto suponía unos gastos que mi madre no se atrevía a mencionar y a él ni se le pasó por la cabeza. Los días de otoño se me hacían largos y monótonos, era como si las vacaciones de verano, ¡tan aburridas siempre! nunca llegaran a tener fin. A pesar del ambiente en el que he crecido, siempre me ha gustado mucho leer, tuve una maestra muy buena que me ayudó a desarrollar esta afición, por eso mis conocimientos culturales siempre han estado por encima de mis estudios, y el estar todo el día metida en las faenas de la finca me costaba un montón, pero yo sabía que este iba a ser mi futuro.

» Sin darme casi cuenta, un día me sorprendí con que era mi cumpleaños.

‘Madre, ¡hoy cumplo 16 años! —le dije mientras tomába­mos las dos solas el desayuno esa mañana.

‘¡Es verdad! El otro día pensé en ello, pero hoy me he despistado. Esta noche lo celebraremos cuando todos este­mos juntos. ¡16 años! ¡Cómo se pasa el tiempo! Aún me creo que eres una niña y ya eres toda una mujer. A tu edad yo ya festeaba con tu padre.

» Aquella cena fue única. Hubo tarta y chocolate a la taza. Él me sorprendió con un bonito vestido de dos piezas.

‘¡Oh, gracias, tío Luis! ¡Es precioso! —dije al tiempo que le abrazaba y le besaba en la mejilla y volviéndome hacia mi madre le pregunté— Mamá ¿me lo puedo probar?

‘¡Pues claro!

‘¡Alégranos la vista con tu elegancia! —dijo él.

» La verdad que lo conseguí. Un ¡oh! de toda la familia llenó el amplio comedor. Yo estaba gozosa. Mi madre me miraba orgullosa. Yo corrí hacia él y le abracé fuertemente diciéndole:

‘¡Gracias! ¡Nunca había soñado en poder tener algo así!

‘Pues ahí lo tienes. Y esto no termina aquí, siéntate que tu madre y yo tenemos que contarte nuestros planes.

‘¿Cómo? ¿De qué se trata? —yo estaba intrigadísima.

‘Pues verás —dijo mi madre—. Tío Luis está preocupa­do por la vida que llevas, sin relacionarte con tus compañe­ros del pueblo desde que terminaste la escuela.

‘Sí, es cierto, no es bueno que no tengas ocasión de seguir viéndote con tus antiguos amigos, por eso hemos pensado que podrías hacer planes para asistir a la verbena de los días de la próxima feria.

‘¿De veras? —dije dando un grito de júbilo.

‘Si. Y yo me comprometo a llevarte cada noche al pueblo y recogerte cuando me digas ¿vale?

‘¡Esto es demasiado! ¡Me he quedado sin palabras!

‘Pues bien, el martes próximo iremos a comprar ropa nue­va para toda la familia, pienso que puedes aprovechar el viaje y visitar a alguna amiga para quedar con ella. ¿Qué te parece?

‘Que este es el más perfecto de los regalos de cumpleaños.

‘¡No siempre se cumplen dieciséis años!

» La primera noche de la feria, toda la familia disfrutamos de los festejos. Prácticamente todos los habitantes de la finca nos encontrábamos allí. ¡Era la gran noche! El júbilo y el jolgorio se respiraban a muchas leguas. Tiovivos, norias, montaña-rusa… casetas con diferentes atracciones; puestos de comida rápida; fuegos artificiales… en fin, un montón de atracciones para chi­cos y grandes. Durante el día se negociaba con el ganado y la cosecha, pero por la noche todos los vecinos de la comarca se reunían a disfrutar juntos de la música y la fiesta.

» A la noche siguiente ya no asistieron mi madre y mis hermanos. Mi padrastro, como estaba planeado, me dejó en la plaza del ayuntamiento donde estaba instalada la verbena y quedó en recogerme a las dos de la mañana.

‘¿No te dicen los muchachos que eres la más bonita del lugar? —me preguntó cuando regresábamos.

» Yo me estremecí. Sentí algo extraño en mi interior que me daba miedo.

‘Te lo digo en serio, Elsa —dijo pasando el brazo por encima de mi hombro—. Te estás convirtiendo en una jo­vencita muy bella.

Yo sonreí, bajé los ojos y nada respondí. Me encogí en mi asiento y él retiró el brazo.

‘Para ser una chiquilina tienes mucho carácter —Afirmó en tono irónico.

» Yo me sentí provocada y le respondí con indignación:

‘¡No soy ya una chiquilina! ¿Por qué tratas siempre de pincharme? ¿Por qué no podemos tratarnos sin tener que recurrir a eso?

‘Porque ahora mismo estoy celoso. No me gusta que todos esos críos estén zumbando a tu alrededor como estúpidos y pegajosos moscones. Tú vales más que cualquiera de ellos.

» Yo me encogí de hombros como no dando importancia al asunto. Pero sentía que la sangre me ardía en las mejillas.

‘Apuesto a que no encuentras ninguno a tu medida.

‘Pues sí —dije desafiante—. Hay algunos que me pare­cen interesantes.

‘¿Sí? ¿Alguno de ellos en particular?

‘Bueno —contesté procurando aparentar inocencia—. El que más de todos… sí, hay uno. Pero no es de los moscones.

‘¡Ah, ya!

» Hubo un corto silencio. No sé si él esperaba que diera el paso a las confidencias, pero yo no estaba por ello. ¡Tenía miedo! No sabía a dónde quería llegar. La carretera estaba desierta, la luna brillaba con toda su intensidad y dejaba ver el perfil de la naturaleza en la sombra de la noche. Cada uno parecía envuelto en sus propios pensamientos, arrullados por el hechizo del momento.

‘¿En qué piensas? —dijo rompiendo el silencio.

‘¡Oh, en nada! —contesté procurando hacerme la indi­ferente.

‘Seguro que soñabas con “el más interesante”

» Yo le sonreí ruborizándome de nuevo, pero no dije nada.

‘¿Quieres que te ayude a conquistarlo?

» Yo me volví a mirarlo sorprendida. Él debió leer la pregun­ta que le lanzaba mis ojos y que no me atrevía a pronunciar.

‘Si, sí. Aunque te estás transformando en una hermosa mujer, me temo que aún no has aprendido las artes de sedu­cir a un hombre.

» Calló esperando mi reacción, pero al no tener respuesta continuó:

‘Tu cuerpo está creciendo y madurando, pero me temo que tu mente se resiste a dejarle reaccionar a merced de esas nuevas sensaciones que están apareciendo en tu ser de mu­jer. ¿No sientes que a veces se rebela ante tu presión por controlarlo?

‘A veces —dije en un susurro. Ni si quiera me oí a mí misma. Deseé que sólo lo hubiera registrado en mi mente, pero él sonrió y mirándome de reojo prosiguió:

‘No te preocupes, esto que percibes es lo normal. No tienes por qué avergonzarte de sentir esas necesidades, son propias de tu condición de adulta. Déjame que yo sea tu guía y consejero, con tu belleza y mi experiencia verás como todo será muy fácil. Si te apoyas y confías en mí te aseguro el éxito pleno en tu empresa de mujer.

» ¿Qué decir? Tenía razón. Estaban en continua lucha mi cuerpo y mi voluntad. ¿No sería la hora de rendirme ante la evi­dencia y escuchar los consejos de la experiencia? Si de verdad él era sincero y me ayudaba… ¡por qué no! ¿Quién mejor que él me podía entender? Al fin y al cabo, era mi padrastro y no era cuestión de esperar que mi madre me ayudara, me parecía demasiado primitiva e ignorante. En estas estaba, cuando sentí que frenó el coche y se volvió plenamente a mí diciéndome:

‘¿Nada respondes? Tarde o temprano te encontrarás con un hombre que busque tu cuerpo y ¿cómo reaccionarás? Dime.

» Su voz resultó tan reclamante que me cogió desprevenida. Instintivamente bajé los ojos. Él me levantó suavemente la barbilla y me hizo mirarle. Le miré a los ojos con temor. ¿Qué tenía ese hombre en la mirada que me hipnotizaba? ¡Me hacía sentir indefensa! ¡Nadie sabía mirar como él! Quise mante­nerle la mirada, pero no podía. Sus ojos me penetraban hasta los rincones más profundos de mi mente. Me sobrecogí. Un escalofrío envolvió todo mi cuerpo. Me hubiera gustado estar a mil leguas de allí y a la vez me sentía cada vez más atraída por su insistente y cálida expresión. Supongo que no nece­sitaba mis palabras para saber lo que estaba sintiendo, y yo también adivinaba su propio estado de ánimo. Su mirada, su transpiración, todo él parecía emanar un poder que me sedu­cía suavemente, sin violencia, pero con firmeza. Sentí que len­tamente mi cuerpo le respondía con una fuerte oleada que pa­ralizaba cualquier otro sentimiento. Instintivamente me cubrí el cuerpo cruzando los brazos y frotándolos con las manos.

‘¿Tienes frío? —me preguntó volviendo a echar su brazo sobre mis hombros.

‘No sé —le contesté volviéndole a mirar.

» Esta vez me sorprendí al comprobar que ya no me asusta­ba su mirada, que podía dirigirme hacia sus ojos sin temblar.

» Él me sonrió y me acarició los labios, haciéndome estremecer de nuevo, pero esta vez no le rechacé. Me atrajo hacia sí con sua­vidad y me besó en la boca. Fue un beso suave, tierno. Yo cerré los ojos y me abandoné al placer del momento. Cuando le volví a mirar él me estaba contemplando con satisfacción. Seguramente sentiría una agradable sensación de triunfo. ¡Ya eran suyas las dos mujeres! Me cogió la cara con las dos manos y me dijo:

‘Elsa, cariño, ¡Eres preciosa! ¡Me gustas mucho!

‘¿Por qué te comportas así conmigo tío Luis?

‘Porque quiero ser para ti algo distinto. Deja que compar­tamos juntos unos minutos felices.

‘Pero esto no está bien —. Los labios me temblaban y luchaba por dominar mi agitación interior.

» Por un momento creí que me iba a poner a llorar. ¡Me sentía tan impotente! Volvía a sentir la fuerza de su mirada y no me atrevía a levantar la vista. Él me observaba sonriendo y dejó pasar unos segundos. Después me dijo:

‘No creo que haya sido una experiencia tan horrorosa como para no repetirla ¿no te parece?

» Yo tragué saliva y nada contesté. Sentía toda la sangre de mi cuerpo acumulada en mi rostro. No quería mirarle.

‘A un buen maestro le gusta comprobar si sus alumnas asimilan las lecciones. ¿Quieres intentar demostrarme lo que has aprendido?

» Y sin esperar respuesta, se me acercó con los ojos cerra­dos y esperó. Fue todo muy rápido. Le rodeé con mis brazos e intenté concentrar toda la fuerza de mis sentimientos en aquel beso.

‘¡Uf! ¡Qué bien lo has aprendido! —exclamó echándose en el respaldo del asiento como si rebotara desde mi cuerpo.

‘Gracias tío Luis por la lección —dije llena de satisfac­ción—. ¿Verdad que ya no soy una niña?

‘¡Por supuesto que no! —admitió—. Ese beso es el de una auténtica mujer.

» Volví a sonreírle mirándole a los ojos y le dije orgullosa:

‘Ahora vamos a casa ¿vale?

De niña a mujer (3)

» Yo ya tenía quince años cuando mi padre murió.

» Al día siguiente de los funerales, el patrón le dijo a mi madre que no quería que a ella y a todos nosotros nos faltara nada, y le propuso que nos trasladáramos a su propia casa, se podía preparar el piso de arriba para que cada uno tuvié­ramos nuestra propia habitación. Mi madre le pidió tiem­po para pensarlo, pero la verdad era que quería consultarlo conmigo, no sólo por ser la mayor, sino porque conocía mi carácter y temía mi reacción. ¡Qué sola e indefensa se sentía! Pero ella confiaba en mí; era más fuerte, y a pesar de mi cor­ta edad siempre estaba segura de lo que se tenía que hacer. Por eso, aquella noche, cuando las dos nos quedamos solas recogiendo las cosas de la cena, me sacó el tema.

‘¿Y a ti te parece bien que vivamos allí como amanceba­dos? —le pregunté irritada.

‘No seas tan dura mujer. De todas las maneras, siempre estaremos mejor que aquí. Esto resulta muy pequeño para tanta gente. Ya os vais haciendo mayores y no está bien que durmáis todos en la misma habitación.

‘¿Y está bien que tú duermas con él?

‘Bueno… esto no se puede evitar, yo…

‘Por eso no quiero que se siga cometiendo disparates que luego sean ya hechos consumados. Así que dile que sólo nos moveremos de aquí después de vuestra boda.

‘¡Pero Elsa, yo…!

‘Nada mamá. No me vas a convencer. Te ha humillado todo lo que ha querido, usándote a su placer, ha matado a padre, tenemos un medio hermano… ¿Qué menos que exi­jamos vivir decentemente?

‘Si, pero…

‘Nada. Si no le convences, yo misma iré a darle mis ra­zones.

» Yo era así. El hecho de ser la mayor, de tener el carácter de mi padre, de estar culturalmente más preparada que ella, me daba energías para situarme como defensora de la dig­nidad de la familia.

‘¿Te das cuenta el riesgo que corremos si perdemos lo poco que tenemos? Los pobres tenemos que tragarnos nuestro orgullo en muchísimas ocasiones.

‘Mira madre, sólo pretendo vivir con dignidad. Y si ahora mismo cedemos, me temo que nos vamos a seguir embar­cando en un continuo futuro de humillaciones y de explota­ción del poderoso.

‘Hija, no sé si ha sido una buena idea tanta escuela. Es­pero que no tengamos que lamentarlo. Intentaré mañana hablar con él.

» Al día siguiente, como sospechaba, al volver de la escuela mi madre me informó que el patrón me estaba esperando en su despacho para discutir conmigo personalmente el asus­to. A pesar de todo, no podía dejar de reconocer que estaba asustada, al fin y al cabo, yo no era más que una niña y él el amo, un hombre que casi no había visto en aquellos años. Respiré hondo y llamé a la puerta. Cuando entré me quedé boquiabierta al ver aquel lujo, al menos a mí me pareció. Fue­ron unos segundos. Los suficientes para cobrar el valor que necesitaba. Miré hacia la persona que me sonreía de pie ante aquel escritorio de caoba tan imponente. Todo mi cuerpo se estremeció. ¡La mirada de aquel hombre! ¡Nunca me había sentido mirada así! Por primera vez en mi vida sentí vergüen­za de mi cuerpo. Toda su persona me sorprendió. Un metro noventa, musculoso y fuerte, pelo color heno, pómulos altos y ¡esos ojos negros que parecían te penetraban hasta el alma!

‘Pasa, pasa, Elsa. ¿Te gusta mi despacho? —preguntó acercándose.

‘Pues… Sí señor. Es muy bonito y grande.

‘¿Te gustaría tener una habitación para ti sola tan grande como esta y decorarla a tu gusto? —Esto iba diciendo al mismo tiempo que me ponía la mano en el hombro y me iba acercando a una silla forrada de cuero situada enfrente del escritorio —. Siéntate.

‘Gracias señor, yo…

» Tragué saliva. No me salían las palabras. Pero él pare­cía dispuesto a ignorar mi turbación. Sonreía y en su rostro aparecieron unos hoyuelos que le suavizaron su expresión, dándole un encanto más juvenil, aunque su mirada se man­tenía penetrante. Él también se sentó frente de mí.

‘Bueno, entonces no hay más que hablar. Cuando vengan los obreros tú misma les indicarás cómo quieres que prepa­ren tu habitación según te plazca.

‘Es que… —volví a tragar saliva. Las palabras se me aho­gaban en la garganta. Los ojos se me pusieron acuosos. Pero dije sin pensarlo dos veces—. Lo siento señor, pero por mu­cho que me guste todo lo que me propone, creo que prime­ro hay que aclarar otro asunto.

‘¡Ah! ¿Sí? ¿A qué te refieres? —me preguntó con un tono que me puso más nerviosa. Pero estaba dispuesta a ignorar sus ironías.

 ‘Sabe muy bien de lo que se trata. Aunque veo que disfru­ta haciendo las cosas más difíciles.

‘¿Eso te parece? -—su gesto me crispaba. No dejaba de mirarme, cosa que me hacía sentir más incómoda, y sin más rodeos pregunté

‘Bueno, ¿cuándo piensa casarse con mi madre?

‘¿Por qué tanto empeño por la firma de unos simples papeles? ¿No será que estás buscando otra cosa?

‘¿Cómo dice? —no me salía la voz, tan llena estaba de rabia e indignación por el juego sarcástico con que estaba tratando el asunto—. Lo único que pretendo es vivir con una familia honrada y digna, y no creo que podría sentirme así, mudándome aquí, si usted no es el marido de mi madre.

‘Me parece que tienes demasiados prejuicios. ¿A caso no sabes de casas donde los señores y los empleados viven en el mismo edificio?

‘Claro que los hay, pero el caso de mi madre y usted es distinto. O corta sus relaciones con ella, o hágala su autén­tica esposa.

‘¡Vaya con la niña! ¿Sabes que tienes mucho carácter?

‘Espero que sirva para conseguir los derechos de los míos.

‘O sea, que te parece tener derecho a pedirme que me case con tu madre ¿no es así?

‘Así lo creo. Mire señor. Pienso que al matrimonio se pue­de ir por muchos motivos, y tal como están aquí las cosas, creo que lo más digno, no sólo para mi madre sino para que todos nosotros podamos ir con la cabeza muy alta, es que esta situación se legalice o se acabe. No me gusta estar en boca de la gente chismosa. No quiero ser la hija de su amante.

 ‘¡Vaya, vaya! ¡Muy interesante!

» Hubo unos segundos de silencio. Yo bajé los ojos para no encontrarme con los suyos que seguían escrutadores.

‘Está bien, jovencita. Quiero que sepas que cuando tu madre me ha comunicado la conversación que habéis teni­do, yo decidí casarme con ella, pero quería oírte, por eso no te dijo nada.

‘¡Entonces se casan! —exclamé casi saltando de la silla.

‘Pues sí. Al fin y al cabo, no tengo a nadie y vosotros po­déis ser mi familia. ¿Verdad que es esta tu idea?

‘Yo, señor… Me siento muy avergonzada. ¿Me permite que le dé un abrazo?

‘¡Cómo no!

» Nos pusimos de pie. Yo me acerqué y tuve que ponerme de puntillas para llegar a su mejilla y le besé. Pero cuando me aparté, él me cogió de la muñeca y atrayéndome hacia sí me dijo:

‘Ahora me toca a mí celebrarlo —y al tiempo que me ro­deaba por la cintura, me acercó sus labios a los míos.

» ¡Me cogió tan de sorpresa! Al principio me resistí, pero he de reconocer que poco a poco me sentí bien entre sus brazos. Fueron unos segundos. De pronto reaccioné y de un empujón lo devolví al sillón y eché a correr.

» Durante todo el trayecto hacia mi casa me retumbaba en los oídos su risa burlona. Entré bruscamente en la habita­ción que compartía con mis tres hermanos y me eché boca abajo sobre mi cama, poniéndome a llorar con una rabia im­ponente. Sentía vergüenza e impotencia. Aquel primer beso de mujer me ponía amarga las entrañas. Alguien entró en el cuarto, se sentó a mi lado y me dijo acariciándome el pelo:

 ‘¿Qué te pasa Elsa? Yo también tengo pena de tener un nuevo papá. Mamá dice que viviremos allí mejor. ¿Tú que crees?

»Era mi hermana Rosa. Me sorprendió. Tragué las lágri­mas y me incorporé sentándome al lado de ella.

‘No me hagas caso, soy una tonta. ¡Por supuesto que vi­viremos mejor que aquí! Ya se me ha pasado —dije lim­piándome los ojos con la manga—. Anda, vamos a ayudar a madre a poner la mesa para la cena.

» Pero aquello no era tan fácil de digerir.

» Esa fue la primera de muchas noches en la que me des­pertaba sobresaltada por la misma pesadilla. Un hombre, embozado en una capa, me aguardaba en la oscuridad de una calle desierta, esperando que pasara para echárseme encima ¡y yo no me defendía! Las carcajadas de aquel des­conocido me hacían despertar sobresaltada y temerosa. ¡Su mirada acechadora, parecía que me perseguía siempre!

De niña a mujer (2)

» Tenía yo ya trece años, cuando una tarde, al volver de la escuela, vimos que alguien estaba en la casa grande, había un coche blanco, que a mí me pareció muy grande, en la puerta. Mi padre se dirigió hacia allí en cuanto nos dejó en casa.

» Aquella noche, oí que mi padre comentar a mi madre:

‘Dice que se va a quedar aquí por una larga temporada y que mañana arreglaremos los asuntos del trabajo. Quiere que tú vayas a servirle como hacías con sus padres. Sólo piensa ocupar la planta baja y dice que mañana mismo irá al pueblo a buscar quién te ayude con tantísimo polvo y suciedad acumulada en estos años. Pues eso, que vayas cada mañana, el desayuno, el arreglo de la casa, de su ropa y la comida. Por lo demás que piensa ser muy generoso y que compartiremos más los beneficios.

» Pero hubo más, también compartieron la mujer. Aunque de esto no se enteró mi padre hasta que, pasado casi un año, un día ella tuvo que confesarle, entre suspiros y llantos, que estaba embarazada del patrón. Yo estudiaba en la pieza de al lado y pude seguir la conversación, porque no se preocupa­ban del tono en el que hablaban y como quería enterarme bien, me atreví a mirarlos a través de las rendijas de la puerta de madera.

‘Al principio no fue así —le explicaba mi madre—-. Pero un día, yo le vi que me rondaba mucho mientras le hacía la comida. Se sentó en la mesa de la cocina frente a mí y me dijo que ya no podía más, que estaba cansado de estar solo. Yo le aconsejé que se buscara alguna moza, que era joven y bien parecido y que estaba segura de que cualquier chica se sentiría honrada con ser la elegida. Pero él me dijo que no tenía ninguna necesidad de ir a buscar a nadie porque estaba yo. ¡Me cogió tan de sorpresa!, que me costó reaccionar.

‘¡Será sinvergüenza! —Comentó mi padre fuera de sí.

» Mi madre se le acercó más y le tomó la mano. Él quiso rechazarla, pero se contuvo. Ella continuó:

‘En cuanto pude, le quise hacer ver lo absurdo de la pro­puesta. Pero por más explicaciones y razones que traté de darle, no quiso ceder. ¡Se había encaprichado conmigo y no había manera!

Ver las imágenes de origen

‘¡Yo lo mato!

‘Espera. Al principio trató de ir por las buenas, pero cuando vio mi resistencia me amenazó con echarnos a to­dos de la finca.

‘¡El muy hijo de perra!

‘¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Qué iba a ser de nosotros si no cedía? Por supuesto que yo temía este momento de tener que contártelo, por eso traté siempre de ocultártelo, pero esto ha llegado muy lejos. Engañarte con un hijo de otro, ¡es demasiado!

‘¿Y él sabe que estás preñada? —la voz le salía ronca. Ella veía que a medida que le iba relatando los hechos, se iba congestionando, pero ahora tenía que seguir.

‘No te fatigues. Déjame llegar hasta el final, pero tienes que serenarte porque me está dando miedo que te de algo.

‘¿Y cómo quieres que esté? ¿Tengo que aplaudir lo que te ha hecho ese niñote miserable y prepotente? —los gritos eran ensordecedores.

‘Por favor, Tomás, cálmate —le insistía con un hilo de voz—. Hazlo por nuestros hijos, no quiero que se enteren. Ya sé que esto es muy vergonzoso. Es el precio de los po­bres. Pero esta mañana se lo he dicho.

‘¿Y cómo ha reaccionado?

Ver las imágenes de origen

‘Me ha dicho “¿No tienes marido? Pues es lo más lógico. ¡Mi enhorabuena!” y yo le contesté “Usted bien sabe que este hijo que llevo en mis entrañas no es de él”. Y continuó desafiándome: “¿Ah, no? ¿A caso vas a poder demostrarlo?” Y siguió con tono autoritario

“¡Por supuesto que es de él! Y no quiero oír ni una palabra más sobre este asunto. Arrégla­telas para que esto salga sí, por el bien de todos”.

‘¡Yo lo mato! —dijo mi padre levantándose bruscamente y dando un puñetazo en la mesa.

» Pero un ataque de tos le hizo retroceder. Mi madre le asió del brazo y le devolvió a la silla. Le ofreció un vaso de agua mientras le frotaba la espalda intentando que se relajara y prosiguió:

‘¿Qué ganaríamos recurriendo a la violencia? ¿Quieres hacer desgraciada a tu familia? Guarda tu orgullo de mari­ do ofendido. Tú sabes —continuó mientras le acariciaba el pelo y atraía su cabeza hacia su regazo— que siempre serás mi único hombre. Pero este es el destino de los pobres.

» Así estaban las cosas.

» Durante aquel año, la finca prosperó mucho. El amo se asoció a una cooperativa agrícola que le proporcionó toda lo necesario para organizar la finca, aperos, semillas, plantas… toda clase de material, abonos, maquinarias… y contrató a nuevos jornaleros. Prepararon los olivos olvidados, y se aco­taron varias hectáreas para sembrar. Construyeron un lagar para almacenar la cosecha con una prensa para las aceitunas y una refinería de aceite; aumentaron los animales y se ins­talaron técnicas modernas para aprovechar al máximo los productos lácteos. Seis jóvenes parejas de los temporeros fueron contratados como agricultores permanentes y se les ofreció vivienda. Para ello se construyeron pequeñas casas con dos habitaciones, un cuarto de baño completo y una buhardilla, además de un espacio grande en la entrada que servía de cocina-comedor. Cada casa tenía un pequeño tro­zo de terreno para la propia asistencia familiar.

»Como mi padre no gozaba de buena salud, y conside­rando su fidelidad de tantos años, se le dejó prácticamente que siguiera haciendo lo de siempre, vendiendo en la ca­mioneta sus productos a los clientes de toda la vida, pues la envergadura que tomaba la finca iba más allá de sus posibili­dades. Con todo esto, pudo soportar el llevar medianamente sus fatigas asmáticas, pero aquello de ser “padre postizo” le costó la poca salud que le quedaba. Y durante el invierno siguiente fueron cada vez más persistentes los ataques. To­dos temíamos que se ahogara en uno de aquellos golpes de tos tan fatigosos. Hasta que una noche, en la que parecía no tener suficiente aire para sus agotados pulmones, le dio un ataque de corazón y no se le pudo hacer reaccionar.

De niña a mujer (1)

Esta es la primera parte de un capítulo donde cuento la historia de Elsa

Una adolescente de 16 años que un día Marta se encontró en El Hogar de Transeúntes. La vio tan mal, que no pudo ignorarla y se acercó con ánimo de atenderla. Es cierto que la ciudad es una de las metas más soñada por los adolescentes fugitivos, pero aquella muchacha parecía necesitarla. La chica tenía unas ansias locas en ser escuchada por cualquier ser humano, y en cuanto Marta se le acercó, notó que era la persona que le iba a ayudar. Por eso no dudó en irse con ella, a pesar de lo recelosa que estaba ante la sociedad que le había ignorado desde que llegó del pueblo hacía unos cuantos días. Una vez en casa, mientras devoraba un plato de abundante carne guisada, les confesó -a Marta y a su madre- que estaba embarazada, pero lo peor de la situación era que el bebé era de su padrastro. De ninguna de las maneras pensaba volver a casa, pues él le había propuesto insistentemente en que abortara, por eso huyó, pues tampoco quería que su madre se enterar de todo esto.

Han pasado unos meses y hoy se encuentra en el hospital después de dar a luz a una niña. M95 aprovechando una visita, se entera de su historia.

 Tened paciencia y seguidme. Os prometo que cada semana el episodio os resultará más interés.

—Uno de los recuerdos que más me impresionó en mi infancia fue cuando tenía diez años, un día en el que mi padre nos anunció que se marchaba a la ciudad porque el patrón había muerto. Estuvo ausente por tres días.

A partir de aquel acontecimiento, la vida cambió en nuestro entorno. Ya nadie usaba la casa grande. Antes, cuan­do el amo vivía, al menos en la temporada de las recolectas y la siembra, se llenaba la finca de gente.

Recuerdo que desde que murió la señora, sólo venia él por asuntos laborales, pero anteriormente pasaban muchas temporadas del año la fami­lia con los agricultores. Llegaban unos camiones llenos de temporeros y permanecían allí, alrededor de dos meses, para la vendimia, la cosecha de la aceituna…, en fin, no recuerdo bien, pues todo esto como te digo fue antes de cumplir yo los ocho años.

Aquellos últimos años, el señor vivía sólo en la casa grande, pues su único hijo lo tenía interno en un colegio. Los campesinos, algunos con sus familias enteras, vivían en un gran barracón que estaba dividido en pequeñas habitaciones con baño, la cocina y el comedor eran común. Mi madre se dedicaba sólo a atender al señor y nosotros, los niños, que por entonces éramos cuatro, disfrutábamos con la novedad de tener tanta gente a nuestro alrededor.

Durante los años siguientes a la muerte del patrón, nadie se ocupaba de la hacienda. Mis padres hacían de caseros, vi­gilando la finca, y atendiendo a un par de vacas, y a un mon­tón de gallinas, cuya producción vendían a los comerciantes de las aldeas vecinas. También cultivaban una pequeña par­cela detrás de nuestra casa que nos servía para ahorrarnos la compra de fruta y verdura de casi todo el año.

Mi herma­na, mis dos hermanos y yo, cada mañana marchábamos al colegio del pueblo más cercano en la camioneta de nuestro padre, y cuando éste terminaba por la tarde su trabajo nos recogía para volver todos a casa.

El producto de sus ventas, mi padre lo depositaba en el banco a nombre del hijo del patrón que era desde entonces el nuevo amo. Nosotros sólo disponíamos de un diez por ciento de las ganancias, más la casa y la cosecha de la pequeña huerta, además recibía una cantidad mensual, que no había variado desde la muerte del patrón, para los gastos del mantenimiento de los animales.

La esperanza del cambio (3)

Terminemos este capítulo tocando dos temas: la globalización y la conversación que, a raíz de todo esto, tuvieron M95 y su compañero el agente V71

—Una última pregunta. ¿Qué piensas de la globalización?

—Bueno, este es un tema muy complejo, con consecuencias éticas muy importantes, pues la actividad económica no puede dejar de considerar el bienestar de toda la humanidad, por lo que se trata de buscar nuevos caminos para llegar a un desarrollo justo y sostenible, especialmente a favor de los países menos favorecidos. No se puede hablar de grandes avances en este campo cuando se siguen muriendo gente en muchos lugares del planeta por falta de alimento y atención sanitaria. Por eso yo soy partidario de la creación de organizaciones internacionales de control y guía, para que orienten la economía hacia el bien de todos los pueblos.

—¿Tú crees que la globalización es solo al campo económico?

—No, aún más, pienso que toda acción colectiva, del campo que sea, tiene que ponerse en favor de todas las personas del planeta. Cualquiera que sea el sistema, la organización social o económica ha de favorecer efectivamente la justicia y la solidaridad en favor de cualquier ser humano.

—¿Tú piensas que es la globalización para un mundo mejor?

—Todo depende de la orientación que los implicados quieran darle. El incremento de la producción, la difusión de las nuevas tecnologías, las buenas relaciones comerciales y culturales a nivel planetario, las buenas intenciones de favorecer la paz y la solidaridad entre los países, la fuerza con que se trata de aplicar los derechos humanos… son rasgos positivos que sin duda ayudan a construir una historia más humanizadora.

—¿Y ves algo negativo?

—Pues si, también hay el peligro de que se creen organizaciones mercantilistas donde se marque más las diferencias económicas entre los países, la forzada e injusta competencia, organizaciones internacionales en manos de intereses particulares, grandes poderes que configuren monopolios. Por otra parte, existe el peligro de uniformar los modelos culturales anulando las autonomías nacionales, el surgir de redes globales de terrorismo, droga, explotación de las emigraciones…

—Ya veo que es muy grande y complicado el campo de actuar.

 —Así es. Pero no soy de esos que atribuye a la globalización todos los males del mundo, pues ya se van viendo resultados positivos que hay que ir fomentando y motivando para que crezcan. Necesitamos pasar por encima de posiciones simplistas y enfocar nuestra atención sobre lo positivo que nos puede aportar este nuevo signo histórico. Creo que puede tener éxito cuando todos disfruten de sus beneficios.

—Todo esto es un programa de muy compromiso.

—Si, pero en lo que respecta al modo de enfocar nuestra responsabilidad social es mucho más profundo, porque sabemos que se nos ha dado este mandato de construir la historia presente con las actuales herramientas. Y si somos coherentes hemos de estar dispuestos a sacrificarlo todo, hasta la vida, para ser fieles a nuestra misión existencial.

M95 se está haciendo muchas preguntas que van más allá de lo tangible y sensible. Más allá de lo evidente y temporal. Le interpela el vivir de este colectivo humano y reclama respuestas. ¿Llegará a descubrir el sentido último de la historia? Por de pronto, aquí le dejamos hecha un mar de interrogantes.

—Entre unos y otros, nos van ayudando a ir comprendiendo esta realidad. Al parecer actúan en los diferentes campos de la sociedad cultural, política y económica.

—Si, vamos conociendo y valorando las características de este contexto sociocultural, los fenómenos de influencia filosófica que motivan sus comportamientos. Su presencia en las diferentes estructuras cívicas es muy comprometida, procurando ser siempre portavoz de los derechos de todos los ciudadanos. Pero ya sé que su última motivación es el compromiso que han adquirido al saberse implicados en la empresa de ese misterioso S. H., al que llaman el Señor y que según ellos tiene un plan que dicen va más allá de la Historia.

—Todo esto suena extraño y fantasioso.

—¡Si pudiera ponerme directamente en contacto con él! ¡Tengo tantas preguntas aún sin respuestas!

—¿Por ejemplo?

—Pues… por ejemplo ¿cuál es el verdadero sentido de la historia de la humanidad?

—¡Qué pregunta más transcendente!

 —¡No te burles!

—Ten cuidado con tus impulsos, no te entusiasmes con tanta vehemencia. Recuerda que las grandes ideologías religiosas no colmaron las expectativas de sus creyentes, más bien les llevó al fanatismo y a la guerra en nombre de su dios. ¡Cuántas guerras santas han llenado la tierra de sangre y la historia de odio!

—Es cierto, pero parece ser que aquí no es el caso

—Bueno, algo habrá que no nos convenza.

—Puede ser, pero creo que hemos descubierto algo que no nos puede cegar ante una verdad que parece tenemos olvidada.

 —¿A qué te refieres?

 

—Pues a que la vida no se puede reducir sólo a las cosas que captamos a simple vista. Ahora veo que esto no es la única realidad, hay algo más allá. Pero si somos todos de la misma naturaleza ¿por qué nos comportamos con unas respuestas tan distintas? ¡Aquí falla algo! ¿Quién está en lo cierto? ¿Cuál es el camino correcto? ¿Acaso hemos de recuperar los criterios existenciales de esta gente y que parece que nuestra civilización ha perdido?

—M95, te lo repito no te metas a filosofa, no es tu cometido.

—Pero creo que todos tenemos derecho a descubrir la verdad. Esta es una aventura que implica no sólo a la inteligencia y a las emociones, sino que requiere una escucha interior que nos hace trascender, que nos lleva más allá de los meros instintos y sensaciones por los que hasta ahora hemos funcionado. Entiendo que hemos sido educados en un nivel muy superficial que nos lleva a tomar decisiones muy poco comprometidas existencialmente, pensamientos débiles, meras opiniones, simples datos… Creo que hemos de dar el salto a otra dimensión olvidada, la dimensión del espíritu

 —¡Sí…? Bueno… ¿y qué?

—Pues que ya no puedo conformarme con meras opiniones que nos hacen esclavos de la manipulación arbitraria de los más fuertes. Necesito respuestas más inapreciables, más profundas.

—Me parece que lo único que vas a conseguir es complicarnos la vida a los dos. Tú por tanto discurrir y yo por consentírtelo.

—Bueno, todo esto bien puede ser el precio de la conquista de nuestra libertad ¿no?

 —No sé, es un riesgo muy grande que no me atrevo a asumir. Es verdad que yo tampoco me he planteado estas cosas hasta ahora. Quizás nunca se me había presentado la ocasión, pero se nos está complicando la vida con tanta novedad sobre el sentido de la existencia humana, con opiniones tan distintas a lo que estamos habituados a escuchar. Sinceramente, no quiero meterme en este juego.

—Pues yo sigo teniendo muchas preguntas: ¿Qué puede haber de cierto en una utópica eternidad? ¿Es posible que esta no sea la única vida que vamos a vivir? ¿Cuál es el fin de nuestra existencia? ¿Tenemos un futuro más allá de la muerte o (como se nos dice) somos puro producto genético con una finalidad meramente física?

—Todo esto suena inquietante, pero te insisto en que es muy peligroso buscar respuestas.

—Sinceramente, me siento aturdida ante la exigencia de replantearme el significado de mi propia existencia humana. ¿Por qué existo realmente? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Para qué he nacido?

—¡Quieres dejarlo ya!

—¡No puedo! ¡Se me ha metido en mis propias entrañas! Al menos déjame que te lo verbalice.

—Tú verás lo que haces, ya te digo que no quiero verme implicado en tu locura.

—Llámalo como quieras, pero recuerda que esta gente afirma que la existencia actual es un recorrer un largo camino hasta la puerta que nos separa de la auténtica vida, que se nos promete eterna y feliz desde que cruzamos definitivamente el umbral del más allá, después de la muerte.

—Mira, si esto fuera cierto, ya la humanidad con tantos siglos de pensamiento tendría menos respeto a la llegada de esa hora, ¿quién ha vuelto del otro lado de esa puerta que se supone es la muerte, para tener esa certeza?

 —¡Otra pregunta para hacer! Pero sólo sé que esta es la primera vez en mi vida en la que me he parado a reflexionar sobre esa posibilidad. A medida en que me voy metiendo en esta sociedad me veo impulsada más y más a confrontar mis últimas razones existenciales.

La esperanza del cambio (2)

Siguiendo el capítulo, nos encontramos con otro tema que preocupa a M95, porque le resulta muy distinto a la experiencia que ella trae de su cultura. Se refiere al poder judicial en un país democrático donde se pretende que la justicia esté al servicio de la verdad y la equidad.

(Aunque es un tema que ya vimos en marzo del año pasado, aquí lo traigo de nuevo, para darle toda la amplitud y riqueza que tiene en el capítulo)

—Háblame del sistema judicial.

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—Este es otro punto realmente interesante para el auténtico bienestar de la nación. Este colectivo judicial tiene una tarea de mucha responsabilidad, y yo creo que el secreto de su eficiencia real está en el actuar con independencia absoluta frente a los poderes políticos, y al mismo tiempo deben destacarse por su honestidad y eficacia al servicio de su auténtica causa, la justicia.

—¿Son fácil de sobornar?

—Como en todos los campos humanos, existe el peligro de que no sean del todo honrados. Pero el que es de verdad un auténtico profesional de la justicia, no mira el soborno ni las amenazas y se juega todo por defender los derechos de los menos favorecidos, siendo portavoz de aquél que la injusticia y el egoísmo humano le ha colocado en situaciones desfavorables.

—¿Qué te parece a ti que hacen los jueces en los casos de corrupción?

—Verás, son situaciones muy delicadas. Hay casos donde se mezclan grandes fortunas, prestigiosos políticos, especuladores bursátiles… en fin, personas con poder que son muy difíciles de condenar.

—Ya veo.

—Lo cierto es que son los jueces los que deberían ayudar a poner las cosas en su sitio si se ajustaran a hacer su trabajo de defensores de la justicia y el orden. Yo creo que si el que incurre en algún acto ilícito supiera que la justicia funciona como debería, más de uno se lo pensaría antes de delinquir.

 —Yo he oído una protesta porque se libran de la cárcel los que tienen dinero para pagar la fianza.

—Así es, los delincuentes pobres que no tienen dinero para pagar las cantidades que se les adjudica por el delito cometido, esos no se libran de la prisión, los ricos y poderosos, tan culpables o más que ellos, con abonar los costes marcados por el juez, aunque sean cantidades enormes, suelen librarse de pasar un solo día en la cárcel.

—¿Y aquí también influís vosotros?

—Bueno, hay que valorar los esfuerzos de mucha gente que trabaja en diversos campos sociales promoviendo, junto con otros, estilos de vida que no están de acuerdo con el poder abusivo de unos pocos, el soborno, los privilegios, el favoritismo, la parcialidad… en fin tratamos de denunciar cualquier clase de corrupción social. Son personas que se han tomado en serio la responsabilidad personal de entregar a la futura generación un mundo más humanizado que el que estamos viviendo actualmente.

—¿Esta es vuestra filosofía?

—Así es. Tratamos de ir ayudando, para conseguir un desarrollo más humano, comprometiéndonos por atender los derechos de todos, trabajando por el bienestar del colectivo, como cauce para la realización plena de cada uno de sus miembros. Así, poco a poco, podemos demostrar con hechos lo que defendemos de palabra, pues solo un vivir coherente puede ser la confirmación de nuestra teoría.

—-Bueno, y todo esto ¿qué dicen los otros?

—Se trata de convencer con los resultados y si aquí más o menos va saliendo, quizás otros reaccionen y se animen a tomarse la vida con un estilo propio de una generación atenta a su responsabilidad social.

—¿Y tú creer que los que tienen el poder les interesa esto?

—Depende de cómo se sitúen ante su compromiso de ver la vida, como servicio a favor de los ciudadanos o como plataforma de lucro, y prepotencia.

—A mi parecer, toda autoridad quiere mantener su poder, aunque tenga que obligar y dominar para eso.

 —Si hablamos de un gobierno democrático, el primer paso es aclarar los conceptos sin manipularlos. En una democracia la autoridad viene dada por los propios ciudadanos que han confiado en que su candidato será un dirigente con el talento y la honradez suficiente para organizar un gobierno con todas sus consecuencias de justicia y equidad, sin embargo, si esto no se da, aquí pasamos a otra clase de gobierno, el abuso de poder, que viene determinado por la ambición, la manipulación, la adquisición poco honesta de la riqueza, el dominio, la fuerza… toda clase de corrupción, incluso pudiendo llegar al querer someter por las armas y la violencia. Como ves, ese prepotente y poderoso no se hace digno de ejercer la autoridad.

 —Pienso me equivoco, pero la experiencia dice tus teorías no son con la realidad, sólo son con ilusión y fantasía.

—Tal vez. Pero es que la filosofía que proponemos requiere una gratuidad que difícilmente se garantiza en los políticos. Pero ellos son personas como nosotros y alguno habrá que reaccione según estos principios. ¿No te parece?

—Si tú lo dices…

—Todo es cuestión de ponerse a tiro, para sentir, en lo mejor de sí mismo, esa voz que nos grita la urgencia de trabajar por el bien de todos y no por intereses personales o de partido. Pues con eso solo se benefician unos pocos y a veces a costa de que muchos sean marginados o explotados, hasta llegar incluso al deterioro y perdida de la dignidad de estos afectados por falta de asistencia social.

—¿Esto pasa en este país

—Veras, es muy común ver en todas las ciudades, gente pobre e indigente que no son capaces de salir de su estado de miseria porque nadie se preocupa por ellos.

—Ya entiendo

—Pero no son solos ellos, pues también los hay que por vergüenza no llegan a manifestarse así, pero que tampoco tienen cubiertas con dignidad sus más elementales necesidades y tantos unos como los otros son ciudadanos que tienen plenos derechos, no sólo al voto sino a ser escuchados y atendidos cuando exigen lo que en justicia se les debe dar para poder desarrollar dignamente su existencia.

—Si tú dices que los ciudadanos votan a sus candidatos ¿Por qué ganan los que tienen planes que no son honrados?

—Pues porque no fueron sinceros en sus programas electorales, porque engañaron al elector, porque nos prometieron y luego, una vez en el poder o no son valientes o no fueron sinceros, o no supieron ir contra corriente y temieron ser fieles a sus promesas… mil razones que no justifican ningunas el no ser honestos con los planes presentado en las campañas electorales.

—Yo leo que hay muchos grupos y organizaciones que trabajan por los derechos sociales.

—Así es. Da satisfacción ver que cada vez son más los ciudadanos que se movilizan para apostar por la construcción de una nueva sociedad auténticamente democrática. Este es nuestro empeño, estar donde se trabaja por esas nuevas formas de convivencia como único camino para conquistar un siglo XXI con las armas de la justicia y la paz para todos.

—Bueno, también se llega a la paz por el dominio y la opresión del más fuerte.

—Puede ser. Pero el orden y la paz forzada sólo se mantienen externamente, si se mantienen. Por otra parte, la corrupción y la manipulación política atacan a la armonía ciudadana y ambas cosas sólo pueden engendrar hostilidad, malestar, incluso resentimientos y odios. Por eso, no creo que sean buenas recetas para garantizar la paz auténtica y duradera, ya que pronto aparecerán brotes de rencor, odio y agresividad en esos corazones humillados, aunque aparentemente tengan sus necesidades cubiertas.

—¿Es esto luchas políticas?

—Bueno, no me gusta el término lucha porque suena a hostilidad y guerra. Por nuestra parte, queremos ofrecer otra alternativa pactando por los intereses de todos y por la construcción de una ciudadanía nueva donde se viva realmente la igualdad y se respeten los derechos de cada uno. La verdad es que esta realidad nos afecta a todos como deber de responsabilidad histórica, pero hemos de intentar que nuestras armas sean pacificadoras y de concordia Una humanidad solidaria y fraterna, comprometida con el bien común, ahí está el auténtico progreso de una nación

—¿Y cómo lo hacéis?

—Pues ya vas viendo como actuamos. Empezamos por programas de iniciación en donde los guías o maestros ayudan como primera asignatura el dominio personal.

—A ver, explícamelo.

—Mira, una persona que no sabe controlar su maldad difícilmente podrá entender, aceptar, ayudar a los otros. Si tú no has controlado tus ambiciones desordenadas, difícilmente podrás presentarte como líder para ayudar a los demás, puesto que irás movido por la ambición, el poder, el dominio. Por eso lo primero que se ha de aprender es a saber dominar el mal que crece en el interior de cada uno. Nosotros somos nuestro primer enemigo y hay que ir ganando las batallas correspondientes según las edades psicológicas. El alcanzar el equilibrio interior es tarea de toda la vida. Hay que ir orientando nuestro corazón para que no caiga en la opresión, abuso, rencores, egoísmos, envidias, odios, celos… todo esto son tumores del espíritu del mal que está en nuestra naturaleza, que van minando la capacidad de relacionarnos con amor. El conquistar un bienestar interior, hace que disfrutemos de una auténtica reconciliación con nosotros mismos, como primer peldaño para reconocer comprensivamente la realidad distinta del otro y acogerlos para buscar juntos el bien común.

—¡Qué interesante!

—Si, es una buena guía en el campo psicológico de la persona, la aceptación de uno mismo tal como somos en realidad, con nuestras luces y sombras sabiendo que podemos ir conduciéndolas hacia el equilibrio interior, no sólo evita muchos males, sino que nos lleva a conquistar la verdadera satisfacción.

—A ver si me entiendo. ¿Tú dices que lo primero hay que luchar por dentro de ti?

—Lo has entendido muy bien. Pero, como te he dicho, es una asignatura para toda la vida. Pues no es el mal que viene de fuera el peor, sino que nuestro mayor enemigo es el propio desorden interior. Es la corrupción interior la que destruye toda posibilidad de ir creando paz y hermandad a nuestro paso.

—¡Vaya!

—Permíteme que te lea un párrafo de una carta de uno de nuestros primeros líderes:

“Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia que es una idolatría. Todo lo cual trae la cólera de Dios… Desechad también de vosotros todo esto: cólera, ira, maldad, maledicencia y palabras groseras, lejos de vuestra boca. No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo. …Como pueblo elegido de Dios, pueblo sagrado y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga queja contra otro. El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada”.

—¡Sí que es esto un buen programa de vivir!

Por eso es la primera asignatura que acatamos. Nos va la vida en esa limpieza interior. Si no comenzamos por gastar nuestras energías bélicas en combatir con nuestro propio mal, difícilmente llegaremos a ser capaces de conquistar la armonía de una convivencia ciudadana. Sólo desde una serena y constante práctica de interiorización, podemos llegar al dominio personal y desde ahí sabernos preparados para comprender y ayudar a los demás.

 —¿Es este vuestra fuerza de pacifista?

—Así lo puedes llamar. Si analizamos los motivos de los enfrentamientos humanos, el noventa y nueve por ciento tiene sus raíces en esta falta de equilibrio personal. Es el reclamo, más o menos certero, de los derechos legítimos que supuestamente le son negados. Porque en justicia no se puede permitir el querer tener más o creerse superior al otro.

—Y es así donde están los derechos humanos ¿verdad?

—Sí. Nos hemos dado cuenta de que este camino funciona. Sólo viviendo con estas actitudes conseguiremos una sociedad justa y estable, pues nunca se llegará a una sana convivencia si se ve en el otro a un competidor, un enemigo, un inferior…

—¿Y creéis que vosotros pocos, podáis cambiar toda la sociedad?

—Si sólo nos limitamos a quejarnos y a esperar pasivamente que otros actúen, por supuesto que no conseguiremos nada, pero cada uno podemos ir echando nuestra semilla en el surco, confiando en que algún día veremos nacer la planta.

—Dime alguna de esa semilla.

—Pues verás, son gestos de la vida diaria, como palabras de acogida y cercanía, en el trabajo, en casa, en la calle… estar atento a lo que el otro necesita aun antes de que lo pida, ejercitarnos en escuchar, en ser amables, tolerantes, comprensivos, solidarios… valorar a los demás demostrándoles que reconocemos sus dotes, sin envidias, sin ambiciones egoístas, desterrar de nosotros los impulsos de poder, de creernos superiores, de ignorar al otro… respetar otras opiniones, otros puntos de vista sin alterarnos… en fin, educarnos y educar a las nuevas generaciones en el desarrollo de estas actitudes que nos hacen valorar y respetar las diferencias y complementariedad de todos los ciudadanos.

—Pero no siempre es fácil estas cosas.

—Nadie dice que lo sea, incluso a veces hay que conformarse con guardar un prudente silencio ante situaciones injustas o exaltadas y esperar la próxima ocasión. Pero nunca tirar la toalla.

—¿Cómo? ¿Qué toalla?

—¡Ah! Perdona, a veces se me olvidad que tengo que usar palabras sencillas para que puedas seguir mi discurso, pero es que hay temas que me apasionan y es como si estuviera sacando de mi interior todo el fuego que llevo dentro. Pues verás, tirar la toalla significa rendirse, retirarse, dejar de actuar por cansancio, aburrimiento o por simple desilusión ante un objetivo que no se llega a alcanzar. ¿Lo entiendes?

—Sí, ahora sí. Pero quería preguntar, ¿qué haces cuando ves una injusticia?

—Mira como queremos ir buscando creativamente los caminos pacificadores de reconciliación ante los conflictos cotidianos, lo primero que hay que evitar es toda clase de irritación o agresividad, pero nunca mantenernos pasivos ni indiferentes ante ella. La mentira, la falsedad de la manipulación del poder o ante la privación de los más elementales derechos de la persona como son el ser respetado con dignidad, el recibir el trato que se merece por el sólo hecho de ser persona, el tener lo mínimo para subsistir en cualquier situación, son condiciones que nos mueven a alzar la voz contra los hechos injustos. Aquí es donde jugamos la partida más arriesgada, pues se requiere mucho tacto para poder convencer a los contrarios con mano de hierro en guante de terciopelo. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Sí, que hay que ser firmes, pero no agresivos.

—¡Eres una chica muy lista!

—Gracias. Explícame. ¿Si una ley permite algo que no os parece recto, vosotros podéis negaros a hacerlo?

—Como ciudadanos de una sociedad democrática tenemos que saber cuales son nuestros derechos y no acobardarnos ante una legislación que no está de acuerdo con nuestros principios morales, pues por encima de toda ley está la conciencia como última instancia que hemos de seguir a la hora de actuar y no podemos apoyar una legislación que no está a favor de la persona, un orden democrático debe respetar la conciencia de cada uno.

—¿Y si os equivocáis?

—Por eso la urgencia de una buena formación, de consultar a expertos, a personas con autoridad moral, con garantía de seriedad y rectitud de conciencia. Desde ahí es donde nos atrevemos a enfrentarnos, lo que es lo mismo, a objetar sobre una ley que consideramos injusta o incorrecta.

—¿Supongo que no todos tienen ocasión de consultar a expertos?

 —Supones bien. En cualquier caso, ante la duda de la rectitud de un comportamiento concreto, siempre hay un recurso que no falla, y es el preguntarnos qué es lo que va más a favor de la persona, qué nos hace más humanos, qué es lo que nos ayuda a vivir más dignamente.

—¿Dónde trabajáis para poder ayudar a la gente que necesita?

En cualquier estamento social, hay que ir introduciendo este estilo humanizador. Hay que vivirlo en el trabajo, en el lugar donde estudias, en casa, en fin, donde tienes ocasión de relacionarte con los demás. Pero es sobre todo en el campo de la educación y en los medios de comunicación donde nos jugamos el mayor reto, pues son lugares donde se puede ir haciendo pensamiento, donde se puede ofrecer otra alternativa para enfocar la existencia humana. Estamos allí donde son convocados los ciudadanos. Se trata de ir trazando otro camino, no sólo con la palabra sino con la coherencia de vida. Es así como tratamos de dar nuestra opinión desde el diálogo, el ejemplo y nunca desde la fuerza ni la violencia.

 —¿Y hay muchos jóvenes que os siguen?

—Pues veras, esta generación de jóvenes, lo tiene muy difícil porque son muchas las fuerzas, y de muy variados signos, las que tratan de ganarlos o confundirlos. Los jóvenes son seres aun sin criterio y por tanto fáciles de manipular, pero yo creo que el papel más influyente pueden tenerlo los padres y los educadores. La familia aún tiene un lugar privilegiado para formar el futuro de nuestra sociedad, aunque haya otras fuerzas que trabajen con energía para destruirla. Hoy por hoy, son los padres los que, con su coherencia de vida, pueden impulsar a sus niños a ser honrados, trabajadores, generosos, solidarios, porque, aun yendo en contra de las estructuras sociales, deben de luchar por conquistar para sus hijos un futuro donde todos puedan participar de una mesa fraterna.