EL RETO DEL DOLOR

Hoy nos vamos a asomar al dolor de unos padres que sufren la enfermedad de uno de sus hijos. Es sin duda una experiencia existencial muy dura, que se puede vivir desde distintas reacciones psicológicas.

Aquí nos encontramos con el dolor de André y Sara ante el diagnóstico de una infección de meningitis bacteriana que sufre su hijo Daniel. ¿Cómo reaccionaron?

Escuchar el dolor, lo que tiene para decirnos, es muchas veces arriesgado, atroz, desgarrador, pero no menos un asunto de liberación, de crecimiento y madurez humana. Escucharle para seguir creyendo en el amor.

Comencemos con M95 como narradora presencial de los hecho

satelite artificial

—Agente V71, ¿me escuchas? … Llamando, llamando… Aquí M95 llamando…

—¿Qué pasa? ¿Alguna emergencia?

—No. No te alarmes. Pensé que no estarías conectado, porque no es esta nuestra hora de comunicarnos.

—Siempre lo estoy, aunque esté en otra cosa sabes que siempre estamos alertas por cualquier imprevisto.

—Es verdad, y me alegro de haber tenido esta oportunidad para comprobarlo, pero ha ocurrido algo extraordinario y no he querido retener la información hasta llegar a la hora ordinaria de nuestra conexión habitual.

—¡Venga, cuéntame que me tienes intrigado!

—Pues verás. Te voy a narrar lo ocurrido hoy, y es tan impresionante que no he podido esperar a comunicártelo a la hora habitual.

» Esta madrugada, Andrés y Sara se despertaron sobresaltados por los gritos de su hijo. Corrieron a su habitación y lo encontraron chillando desesperadamente entre un revuelto de sábanas y vómitos. Sara lo cogió en brazos, estaba ardiendo. Andrés llamó por teléfono al médico que vive en el mismo edificio y enseguida en una ambulancia se lo llevaron al hospital, después de darle un calmante para que dejara de quejarse. Allí el médico de guardia junto con su colega le hizo un rápido reconocimiento y se atrevieron a dar el primer diagnóstico clínico, meningitis bacteriana.

» (Una enfermedad muy peligrosa en esta época histórica, de la que nos hemos librado, pero que podía causar la muerte o producir pérdidas de salud importantes)

» A espera de nuevas pruebas y conclusiones, Sara se quedó en el hospital y Andrés emprendió su jornada cotidiana.

» Yo acabo de enterarme en este momento de lo ocurrido, pues he ido a leer el periódico a la biblioteca y la chica que trabaja con Sara me he informado sobre lo ocurrido.

Por la tarde

Después de despedirse de los estudiantes, le pregunté a Andrés si podría acercarme con él a la clínica para visitar a su hijo. Allí nos dirigimos y esta es la escena que presenciamos al entrar en la habitación:

—¡Mamá, mamá…!

—Estoy aquí, hijito —dijo Sara mientras se inclinaba hacia él. Y cogiéndole las dos manitas se las besaba.

—¡Mamá! ¿Por qué está todo negro? Enciende la luz, no te veo.

—¡Hijo mío! —gritó Sara con voz desgarradora, a la vez que se echaba encima de su cuerpecito.

—¿Es que se fue la luz? —seguía preguntando el niño con desasosiego.

Un silencio helador llenó la habitación. El niño cogió a tientas, con sus dos manitas la cara de su madre y dijo de nuevo:

—Mamá, no te veo y tengo los ojos abiertos. ¿Qué pasa? ¿Por qué se han ido las cosas y está todo oscuro? ¡Tengo miedo! Enciende la luz.

El médico, que había entrado con nosotros, se acercó y le dijo:

—Daniel, hijo, ahora estás muy malito, y por eso no puedes ver, pero nosotros te ayudaremos para que puedas volver a disfrutar de todo como hasta ahora.

—Mamá, ¿estás aquí conmigo?

—Sí, hijito. Papá y mamá están aquí.

—¿Me pondré pronto bueno? ¿Podré ir pronto a jugar con Ester?

—Si hijito, muy pronto —le respondió Sara con un hilo de voz ahogada por las lágrimas que trataba inútilmente de dominar.

—Papá ¿estás tú también aquí conmigo?

—Claro que si mi pequeño valiente —dijo besándole la frente—. Aquí estamos mamá y papá contigo.

Andrés se incorporó y arrancando a Sara de la cama del niño, para que este no percibiera su llanto, la atrajo hacia sí y la abrazó fuertemente. Poco a poco, al tiempo que la acariciaba y le susurraba algo al oído, la fue conduciendo fuera de la habitación. Allí nos quedamos Dña. María, Marta y yo. Afortunadamente, previniendo algo así, había colocado al saludarla, un mini-micrófono del tamaño de la cabeza de un alfiler en la espalda de Sara, que luego recuperé al despedirme de ella. He aquí lo que se conversó en el pasillo:

—¡Oh Andrés! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué? ¿Por qué le ha ocurrido esto a nuestro hijito?

—No sé Sara. Esto entra dentro del misterio de la naturaleza humana.

—¿Qué hemos hecho? ¿Por qué? No encuentro respuesta, ¡Ayúdame! ¡No lo soporto!

—Calla Sara. Relájate. Estás fuera de ti y tienes que intentar calmarte. Es esta una situación tan difícil, que no podemos reaccionar con serenidad. No te permitas nada de lo que luego te tengas que arrepentir. Estás muy excitada y no puedes hablar ni pensar con serenidad. No trates de dar una respuesta impulsiva e irracional ante tan difícil realidad.

—Pero Andrés, ¿es que eres de mármol? ¿Es que no ves lo que ha pasado? ¿Es posible que reacciones con tanta frialdad ante la desgracia de nuestro hijo? ¡No te comprendo!

—Sara, ¡mi pobre Sara!, precisamente lo que pretendo es mantener la calma. ¿A casos crees que yo no estoy tan afectado y dolorido como tú? Pero quiero reaccionar con serenidad y tú me lo estás poniendo más difícil.

—¡Oh Andrés! ¿Qué nos está pasando?

—Mira querida, vamos a intentar reflexionar serenamente ante este acontecimiento, sin dejarnos llevar por la tentación de este momento tan doloroso y frustrante. Vamos a ver si somos capaces de ver esta situación buscando una respuesta más allá de la desgracia de un niño que ha perdido la visión.

—¡Oh Dios mío! ¡Ciego! ¡Mi hijo ciego! ¡No puede ser! Dime que no es verdad. Que es una pesadilla de la que voy a despertar.

—Calma Sara, cálmate. Confía en que todo será para bien.

—¿Cómo puede ser un bien la ceguera? ¿Es que tú también tienes el corazón cegado por el dolor?

—¡Sara, mi amada Sara! Llevamos muchas horas de tensión y estamos muy cansados. Y ahora recibimos este fuerte golpe sin fuerzas para asumirlo con serenidad. No quiero tener que lamentar que tú también enfermes.

—Sí, me encuentros sin fuerzas. Estoy agotada.

—Ahora más que nunca nos necesita Daniel sanos y serenos, para poder ayudarle a superar y asumir lo que la vida le vaya pidiendo. Por favor, Sara, prométeme que te marcharás a casa con Marta y tratarás de descansar. Tómate algo para relajarte y procura recuperar el ánimo. Daniel te necesita serena y valiente.

—¡Oh Andrés, abrázame fuerte! Dime que me ayudarás a pasar este dolor, ¡me siento tan impotente!

—Si querida. Lo pasaremos juntos y nos animaremos mutuamente. Ya verás como lo conseguimos. Te lo prometo. Confía en mí.

Entró Andrés en la habitación, pidió a Marta que se marcharan con Sara, que le diera un tranquilizante y que procurara dejarla dormida. Yo acompañé a las tres hasta la salida del hospital y regresé habiendo recuperado el micrófono.

Cuando entré en la habitación, me encontré al niño dormido y al padre sentado en la butaca con la cabeza casi en las rodillas y cubriéndose el rostro con las manos. Así estuvo, silenciosamente llorando, ignorando mi presencia, hasta que la puerta fue abierta por dos enfermeras que arrastraban una camilla.

—Hemos de llevarnos al niño. Va a ser revisado en una consulta de médicos

—¿Puedo estar presente?

—Me temo que no.

—¿Tardarán mucho?

—Tampoco podemos darle una respuesta, de todas las maneras espere aquí y ya le comunicaremos cualquier novedad.

 Él marchó con ellas, tomando entre sus manos la manita del niño dormido, hasta que una puerta de cristales opacos le separó de su hijo. Yo me acerqué y dijo como si hablara para sí mismo, derrumbándose en un sillón:

—Esto es humanamente difícil de asimilar.

Él ignorando mi presencia oró:

Tiende, oh Dios, tu oído, escúchame porque soy pobre y desdichado; guarda mi alma porque soy tu amigo, salva a tu siervo que confía en ti. Porque tú eres bueno y clemente y lleno de gracia para todo el que te invoca. Escucha mi oración y atiende la voz de mi súplica. A ti clamo en el día de la angustia y tú me responderás.

»Pero… ¿Cómo es posible?

“Sólo el que sufre en su propia carne, es capaz de medir la intensidad del dolor”

» ¡Claro! ¡Ya estás! He aquí la explicación del misterio ¡He aquí la respuesta! El Señor quiere que experimente este dolor para saber entender el dolor del inocente. ¿Cómo consolar a los que sufren dándoles el mensaje de fe, si tú no has sido víctima de esa experiencia? ¿Cómo ayudar a asumir y aceptar la parte más difícil de entender del misterio humano?

Gracias demos al Señor por ser el Dios de toda consolación. El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, a fin de que gracias al gozo con que somos consolados por Él, podamos nosotros consolar a cuantos pasan alguna tribulación, compartiendo con ellos el ánimo que nosotros hemos recibido.  

Y con esto me despedí de él dejándole con Juan que llegó en ese momento.

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